LA JIRIBILLA

Y NO TE PASES CON FICHA 

El dominó en Cuba no es un simple pasatiempo de mesa, es la exaltación de nuestra personalidad como pueblo y como individuos, es la plenitud del entretenimiento sano, es también otro estímulo para la convivencia en paz y un modo antiguo de estudiarnos, comprendernos y aceptarnos.


Joel del Río |
La Habana


Nadie, o casi nadie, lo ha elegido nunca entre los iconos que mejor pueden representarnos como pueblo. Tal vez nunca será elegido por los "cubanólogos" para figurar junto a símbolos tan expresivos como la ceiba y la palma, el ron y el son, la caña de azúcar y el tocororo, pero especialistas y profanos en asuntos redomadamente criollos deben estar convencidos de que el dominó es, en primer lugar, el juego de mesa preferido por el pueblo que habita entre el cabo de San Antonio y la península de Maisí, y además, aunque se juegue en decenas de países y en muchos de ellos sea bien popular, es muy fácil distinguir a los cubanos que juegan dominó, a pesar de que se encuentren entre jugadores de cien nacionalidades, porque al dominó se le han impregnado, en la Isla, rasgos esenciales de la idiosincrasia nuestra como la fraseología y la gesticulación, el tono de hablar y el refraneo, las actitudes vitales, el regusto por lo efímero y la pasión por el perenne recomenzar. Ya se sabe: cada nueva data, es otra oportunidad, si logramos combinar esfuerzos con "el frente", para levantar a los contrarios, y continuar nosotros jugando toda la noche, hasta que los ojos, incluso cerrados, no vean otra cosa que una danza implacable de dobles nueves. 
También, de algún modo, resultan comprensibles las razones de su exclusión entre los símbolos que mejor nos representan. Entre las pocas cosas que sobre el dominó se saben a ciencia cierta, están las más antiguas referencias a este juego, registradas en China (de donde parece ser originario) y que datan de alrededor del año 1120 en nuestra era. Mientras, en el mundo occidental, los primeros en jugarlo parecen haber sido los italianos, en las cortes de Venecia y de Nápoles. ¿Quién se atreve a garantizar que Marco Polo, o algún viajero continuador de su ruta, no se deslumbrará con la sucesión de fichas construidas de ébano, hueso o marfil, y decidiera llevarlo de regalo al Viejo Continente? Si el origen chino ha quedado más o menos bien establecido, azaroso sería aventurar cómo llegó a Cuba, si mediante los mismos asiáticos, o desde antes, con los españoles, que a su vez lo habían aprendido de los italianos que, a su vez, lo habían aprendido de los chinos. De todos modos, parece ser bastante verídica la versión de que el dominó arribó a Gran Bretaña a finales del siglo XVIII desde Francia, y en Inglaterra se hizo rápidamente popular en posadas y tabernas. La palabra dominó proviene del francés por la similitud de las fichas con el vestido blanco y negro que usaban en invierno los curas dominicos. Tal vez hayan sido los norteamericanos, quienes lo habían aprendido de los británicos, los "culpables" del tremendo auge del dominó en Latinoamérica, particularmente en la cuenca del Caribe y en Cuba. No obstante los destinos y azares, nadie puede negar la realidad de que hoy por hoy es jugado, en sus múltiples variantes más o menos modernas, en casi todos los países del mundo. Una vez admitida tal realidad, habrá que conceder también que en ninguna parte los jugadores arman semejante alharaca antes, durante y después de concluida cada mano
 No es que el cubano sea más propenso a la trampa en el dominó que algún otro pueblo, pero no es nada raro que, desde el mismo momento en que se reparten las fichas, las cejas, los comentarios de algún jugador ("¡Ño!, estoy enyerbao", "Pues yo estoy en la playa, pa' que sepas") delaten sin sonrojos por dónde anda el rango de prietura en su data. Por supuesto, siempre habrá alguien que sermonee a los indiscretos apuntando que "el dominó lo inventó un mudo", como un intento por conservar la clave misteriosa, es decir el tipo de fichas que más le abunda al contrario y al aliado, dos secretos que solo deberían ser revelados a medida que vaya creciendo el número de fichas viradas sobre la mesa. 
En Cuba el dominó ha generado toda una fraseología típica, amén de contribuir a consolidar, y a aflojar, ciertas dinámicas filiales. Alguien pudiera acusarme de exagerado, pero lo sé muy bien, porque lo tengo visto y oído. Nací y me crié en una casa donde concluyen generaciones de dominoseros natos, tanto por la rama paterna como la materna. Desde que alcancé a ver sobre la mesa, y me permitieron construir castillos con las fichas sobrantes, me acostumbré al grito final, alarido victorioso con fichazo adjunto, de ¡Me pegué!, como síntoma de que el gritón había logrado colocar en fila hasta la última de sus fichas. También presencié mil veces las caras de circunstancias de los que contemplaban la negrura de sus seis u ocho fichas, desalentados ante el anuncio inminente de "Caballeros, ese es el noveno cuatro, y es tranque pa' que sepan, así que a virarse". Otras frases del argot dominosero cuya acepción popular jamás será admitida por la ilustre Academia de la Lengua Española serían "quedarse ahí" (cuando se hace una jugada neutra colocando un doble), "agacharse" (incómodo egoísmo de tu pareja cuando decide no matarte una ficha que te resulta incómoda, pudiendo hacerlo), "dar agua" (operación asignada a los perdedores cuando se encargan de virar y revolver las fichas), entre otras. Porque no me he referido a expresiones clásicas, para designar cierto tipo de juegos, de jugadores y de fichas, como "blanquizal de Jaruco", "caja de muerto" y "la puerca" para designar respectivamente, los dobles blanco, seis y nueve; la "capicúa" -sospecho que ningún lingüista ni filólogo se ha detenido a investigar por qué se designa así al pegue orgásmico que puede darse por cualquiera de las dos cabezas-, el "botagorda" que adora salir con el doble nueve y siempre "matará" todos los ochos, los nueves y los siete que pongan en la mesa no importa si los está sirviendo su pareja; y por último, la adorable u odiosa pollona, dependiendo de si usted la distribuye o se la zumban por la cabeza. La pollona es el descrédito, el pasajero desprestigio para cualquier dominosero consagrado. Única venganza posible y deseable: regalársela doble a quien te la colgó. Pero no siempre se puede, claro está, sobre todo cuando uno padece, como yo, la debilidad mental de no memorizar en el dominó los juegos y las tácticas ajenas. A quienes clasifican en mi grupo, sólo les queda el consuelo de intentar disfrutar la pollona cuando venga, y jugar solo por el inmenso placer que significa pasar tres veces seguidas al contrario (al que está "abajo" de ti), y por el placer, insisto, orgásmico, de pegarse al menos una vez cada diez manos, si te ayuda ese frente tuyo que tantas veces maltrataste con tu amnesia congénita. 
Mucho refuerza la solidaridad y la compenetración entre dos personas jugar de pareja en el dominó. Aunque hay casos en que las estropea. Eso de que uno carezca por completo de un tres, y tu frente lo infiera y acuda presuroso a matarlo, para que no te pases, puede ser de momento hasta conmovedor, sobre todo si uno consigue no sólo eludir el tres sino colocar la partía de ochos que tenía y se pega además con el doble. 
Decía que jugar de pareja en el dominó no siempre es un ejercicio de solidaridad y compenetración. Hay parejas que en la vida amorosa les va divino pero no pueden intentar replicar en el dominó su estatus de unión porque todo termina en recriminaciones y hasta rencores. Porque tanto para los hombres como para las mujeres, entre los jóvenes y los viejos, el dominó en Cuba no es un simple pasatiempo de mesa, es la exaltación de nuestra personalidad como pueblo y como individuos, es la plenitud del entretenimiento sano, es también otro estímulo para la convivencia en paz y un modo antiguo, amén de bien eficaz, de estudiarnos, comprendernos y aceptarnos. Ante semejante propuesta es casi imposible pasarse con fichas. 


© La Jiribilla.
La Habana. 2002
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