LA JIRIBILLA
EL BESO Y EL PLAN

Eduardo del Llano  

O'Donnell abrió la puerta preparado para decirle a Esperanza la del CDR que si de todas formas tenía que hacer guardia se la pusiera para el viernes. Pero no era Esperanza. Era una extranjera rubia con licra y sandalias y unos cuarenta y pico de años muy bien llevados. Tenía el pelo húmedo y la piel rosada como si acabara de bañarse en gel. Nicanor envidió con toda su alma al tipo que se estuviera acostando con aquella hembra.

-Good night -dijo Nicanor- may I help you?

-Claro que puede -dijo la rubia en buen español, sin demasiado acento- quisiera hablar con usted, si me dispensa la hora y el vestuario. Soy Chrissy.

Supongamos que el Plan se le había ocurrido a fines de los sesenta, concretamente una noche en que salió de un concierto de los Stones con los labios de Jagger triunfalmente estampados en un cartoncito por el que cualquier otra groupie menos afortunada le daría mil libras, si las tuviera. Llegó al piso que compartía con otras dos chicas -lesbianas- y un amigo -negro, podrido en ácido. Pegó el trofeo en la pared y advirtió que quien se acercara no más al santuario iba a llegar a setenta con el culo atravesado por una estaca como un vampiro malherido. Janie dijo que la perspectiva le fascinaba, pero lo dijo en broma. Chrissy se tendió en el suelo sobre una manta y pasó la noche mirando el fósil, imaginando la cabeza de Mick hundida entre sus piernas. Acabó dejándose ir; luego su mirada se hizo más espiritual y fue entonces que tuvo la revelación. Pero se le olvidó.

Se le olvidó poco a poco. En el setenta y uno, digamos, cuando se casó con Paul, ya no tenía memoria del Plan; lo había aplazado por falta de dinero hasta que ni siquiera recordó aplazarlo. Y Paul tenía los labios finos. Era un buen poeta; publicó tres libros con bastante éxito, se decía amigo de Bukowski -hasta el punto en que alguien podía serlo, incluso por correspondencia- atacaba al sistema y se enajenaba, encerrándose con Chrissy semanas enteras a beber y pasar los mismos videos decenas de veces. En el ochenta y cuatro murió, tontamente atropellado por la amante del secretario privado de la Thatcher. Para evitar el escándalo que Chrissy se proponía armar, el secretario le ofreció trabajo al frente de una campaña de ayuda a los africanos. Chrissy aceptó porque pensó que eso era lo que Paul hubiera querido.

La noche del día en que cumplió treinta y nueve años, Chrissy fue a la cama con un bielorruso recién emigrado, un tipo de labios particularmente vultuosos. Se pusieron a hablar de la paz, de la fraternidad universal, de Lennon y Eco, de Mc Luhan y Jagger; sobre todo de Jagger. Para el eslavo eso era leyenda, miraba a la mujer con la boca abierta. Y Chrissy, de pronto, volvió a recordar el Plan.

Para crisis estoy yo, pensó O'Donnell. Comenzaba a sentir una erección que prometía ser violenta. Dijo su nombre.

-¿Interrumpo algo?

-En absoluto. Pase, por favor -se hizo a un lado, y aprovechó el paso de la mujer para arreglarse el short de modo que la hinchazón fuera menos visible y pudiera confundirse con un pliegue de la tela. No lo logró del todo.

Chrissy se sentó en el sofá y cruzó las piernas. La erección de Nicanor empezaba a batir records. Para disimularla -ya no bastaba con reajustar el short- cruzó las piernas él también. Sólo que entonces el pene caliente, oprimido entre los muslos, creía hallarse en una estrecha vagina y latía con entusiasmo. O'Donnell desplazó la pierna colgante para dejar más espacio a su miembro, pero este descubrió, gozoso, cierto ritmo en el movimiento y se puso más grande y más caliente.

-De seguro que usted estaba durmiendo -dijo Chrissy.

-No se preocupe. Comí algo e iba a leer un poco, por eso la facha. No tengo sueño. Vivo solo.

-Eso pensaba -la rubia se pasó la lengua por los labios- qué bien.

Nicanor se contuvo para no saltarle encima. No solía ser demasiado impetuoso, pero como iban las cosas su falo iba a salir disparado como un jumping jack.

-Será mejor que se explique -dijo con voz de asmático.

-Yo soy una activista por la paz y la fraternidad universales.

A esta hora, pensó O'Donnell, esa descarga, Dios mío. ¿Qué iba a decir ella a continuación? ¿Le daría un prospecto, una planilla o algo así? Sin embargo, las próximas palabras de la rubia le interesaron sobremanera.

-Y como un gesto de protesta contra las guerras y a favor de la hermandad voy realizando un acto de amor en cada país. Estoy aquí para cerrar el ciclo. Y quiero que usted me ayude.

-¿Un acto de amor?

-Un acto sexual, si me entiende.

Algo en la más pura línea de la Bed peace de los Ono, algo que, adecuadamente publicitado, sería un bombazo de amor, algo ingenuo y cínico, romántico y posmoderno, un performance con materia primera eterna, un ready made en un nuevo odre. El Plan. Supongámoslo.

Los cinco últimos años habían sido de conocimiento carnal de tipos pertenecientes a todas las razas y credos. Al principio lo filmaba todo con vistas a la publicidad, pero luego suprimió la práctica al notar que sus compañeros de lecho se inhibían o desconfiaban. Procuró además que hubiera individuos de todas las clases sociales y que no fueran demasiado bellos como norma. Buscaba al hombre común, al ciudadano promedio. Muchos países se hicieron eco de la propaganda en torno a su iniciativa -la campaña original la financió el secretario de la Thatcher, a instancias suyas- y se le entrevistó y fotografió centenares de veces.

"Sigo un orden aleatorio -dijo en cierta ocasión- no quiero que ningún país o bloque de países se sienta jerarquizado. Puedo saltar de Austria a Bolivia y de Japón a Marruecos. Se trata de la salvación del mundo a través del amor, de acabar con la irresponsabilidad y la demencia. Mi cuerpo es un mensajero de la cordura, mi voz un grito que todos debieran asumir. En los noventa se arreglará todo o se irá todo al carajo."

Llevaba en el bolso, como un talismán, el beso de Jagger.
La erección desapareció como si el pene lo hubieran desinflado de pronto. Nicanor era muy susceptible al comportamiento de las mujeres en el período previo y durante el primer o los primeros coitos. Si la pareja tomaba la iniciativa o era demasiado pragmática, si no mostraba una timidez casi virginal, Nicanor, como queda dicho, tenía invariables problemas con la erección. Y en este caso concreto, en que su desempeño iba a ser representativo de la habilidad amatoria de todos sus compatriotas, se puso nervioso enseguida y pensó en declinar el honor que implicaba haber resultado elegido. Para colmo, jamás había tenido sexo con extranjeras, ni cuando estudió, ni durante su única salida al más allá -a un festival cultural en una isla del área, donde pronunció conferencias sobre economía- ni después. Eso era importante, porque sus gustos íntimos, la posición predilecta, los sonidos que se exhalan antes y durante el orgasmo, la higiene, los temas de conversación y la marca del cigarro tendrían que ser comunes o al menos familiares a la pareja, a su idiosincrasia erótica. ¿Y si a la rubia no le gustaba ponerse arriba?

-No creo...mire, pueden llegar visitas... la compañera del CDR...

-Será muy rápido -dijo Chrissy, sacando de su mochila un spray y echándose algo en la boca- como usted comprenderá, no se trata de amor. Lo escogí porque es usted un nativo standard, si sabe lo que quiero decir. Sólo necesitaría que me dejara hacerle una foto -y sacó una cámara.

-¿Una foto?

-Sí. Antes yo filmaba, pero usted podría sentirse incómodo.

-Ya me siento incómodo -gritó Nicanor y fue corriendo hasta la puerta- por favor, márchese, Chrissy. Usted es muy bella, pero...

-¿Verdad que sí? -dijo Chrissy, quitándose la blusa. Nicanor sintió que su miembro acusaba recibo con una especie de estremecimiento. Por un instante pensó que la mujer, si era rechazada, podría hablar mucho y mal acerca de él, y lo que era peor, acerca de su país. La única nación en el mundo reacia a participar en la iniciativa de paz, por culpa suya. Y qué lindas tetas.

-Es que yo soy casado todavía -dijo O'Donnell. La mujer le bajó el short. El pene del economista parecía decidido a hacerse invisible: en ese momento mediría lo que diez protones puestos en fila. La activista por la paz lo cogió como si fuera a poner un cultivo en un portaobjetos y se lo metió en la boca. Primero se deslizó en el espacio entre dos dientes, luego empezó lentamente a crecer, aunque manteniendo la consistencia de una babosa anciana.

-Relájese -dijo Chrissy, escupiendo por un momento la cosita.

Nicanor estaba consciente de estar consciente de los ruidos, las temperaturas, las incomodidades. Hizo un esfuerzo cerebral por descubrir placer en lo que le sucedía a aquella porción suya tan periférica y ponerla bajo el control del sistema nervioso central. No logró gran cosa. Iba a llorar.

-Relájese, le digo. Esto le sucedió al vietnamita, al australiano, al turco, al argentino, a un lama del Tibet...

-¿También a un lama? -dijo Nicanor, y al decirlo se echó a reír, y al hacerlo su pene creció de pronto.

Imaginemos que casi siempre optaba por considerar el país de turno como una entidad indivisible, de la que cualquier ciudadano masculino y adulto sería representativo. Ella escogería sus parejas, eso siempre estuvo claro: no toleraría intromisiones o sugerencias, vinieran o no del gobierno. El Plan era tan preciso como un programa de computación.

Pero no. Después de los fornicios iniciales, algo empezó a salir mal. La Unión Soviética se desmembró y ya no fue uno, sino quince ciudadanos ex-socialistas a meter en el lecho. Todavía esto hubiera pasado sin mayores percances, mas ocurrió que también los territorios que reclamaban la autonomía -chechenos, osetios, gente así- quisieron que el Plan los tuviera en cuenta: la presencia de Chrissy sería para ellos una suerte de validación de sus aspiraciones independentistas. La mujer cedió en buena parte de los casos, hasta que le llegaron las primeras amenazas y fue objeto de dos atentados. Uno de ellos, en Nagorni-Karabaj. 

Y Yugoslavia. Dioses, hubo que contar con serbios y croatas y montenegrinos. Coitos apresurados en Dubrovnik, recelosos jadeos en Zagreb. Protestas del gobierno central, expulsión del país.

¿Del país? Persona no grata.

Y el Vaticano, ad maiorem Del gloriam.

Y el Tibet. Y Taiwán.

Y explicarle a un inexpresivo campesino peruano que eso no tenía que ver con Sendero.

Y los negros y las costumbres tribales.

Y Monte Athos.

Y aquel lío con el harem del sha.

El equipo de reporteros desertó en pleno. Los media la tomaron con ella, la llamaron puta número uno del mundo. Nadie volvió a apoyarla.

Ya basta, Chrissy, clamó el secretario de la Thatcher. Deténte o llegará la Tercera, la última. De hecho, se murmura que muchos conflictos se han recrudecido por tu culpa. Vade retro.

Y el amuleto en el bolso.

Hasta que sólo faltó un país. Pero qué país.

Y un chino, y uno de la Seychelles, y un esquimal, y un mexicano que se suicidó por eso, y a un belga, a pesar de que su padre era carnicero y él mismo profesor de sicología, y a un croata...

Nicanor se sentía ahora muy bien. El deseo sexual le vino de pronto como si se lo hubieran derramado encima. Le quitó la licra a la activa activista y le buscó el sexo con los dedos. Allí estaba, y adecuadamente húmedo. Se lanzó hacia adelante -luego de liberar el pene de las fauces de Chrissy, que había vuelto a tomarlo- e hizo blanco.

-Vamos a la cama -dijo él.

-No, es mejor de pie -repuso ella, y Nicanor cedió porque Chrissy debía estar al tanto de la última moda al respecto.

Se movían con voluptuosidad. Parecía que la mujer lo estaba disfrutando de veras, y descubrirlo puso a Nicanor al tope de sus posibilidades. Ahora él tenía la iniciativa, aunque siempre que se excedía Chrissy lo llamaba al orden poniéndole las manos en las nalgas y controlando el ritmo. Nicanor pensó en sus alumnas de la Universidad, en Sylvia, en Aymara, en Marta Yureimis. En las tres a la vez. En el culo de una, las piernas de otra...

-Come on, fuck! -gritó Chrissy- here I go! Come on now!

Nicanor eyaculó, notando cuán placentero era venirse en inglés. De pronto le flaquearon las piernas. Pero Chrissy había gritado también, tuvo su orgasmo en tiempo y forma, y pese al enervamiento físico, Nicanor se sintió hombre, en el sentido más animal del término. Y genérico. Ahora estaba orgulloso del papel jugado por su país en el cierre de la iniciativa de paz. Flasheó una cámara.

-¿Qué es eso?

-Le puse el automático para tener algunas vistas. No te preocupes, no va a traerte problemas.

-Está bien -dijo Nicanor. En ese momento le parecía que era el centro del universo. Él y su pene.

-Me gustó mucho -admitió Chrissy- ¿lo hacéis siempre así, ustedes?

-Bueno... -Nicanor, displicente, salió de ella y notó con orgullo que la erección persistía, haciéndolo parecer una señalización del tráfico- al menos yo. No voy por ahí fijándome en cómo lo hacen los demás.

-Claro -la mujer fue al baño, y Nicanor aprovechó para tomar un resto de café, encender un cigarro y sentarse en la cama. De pronto recordó las enfermedades de transmisión sexual y se puso pálido.

Llegó al aeropuerto sin publicidad, pero no le extrañó demasiado que la estuviesen esperando. Admitamos que venía de Zurich; el calor la puso de mal humor. Tres funcionarios vinieron hacia ella.

Se habían barajado dos posibilidades: un miembro del Partido, experto en responder las preguntas que los extranjeros solían hacer acerca de economía, política y derechos humanos, o un gran amante escogido mediante vertiginoso y empírico survey. Adiposo y parlanchín el primero, demasiado profesional el segundo. Chrissy dijo que muchas gracias, pero que ella buscaría por sí misma. Insistieron. Querían que se llevara la mejor impresión del país. Chrissy les dijo que no jodieran.

Dos días después, cuando estuvo segura de que no la seguían, salió a la calle y se dejó llevar por el azar. Inquirió hasta saber de un hombre que vivía solo y no era un obvio cazador de turistas.

Estaba decidida a terminar bien el Plan. Aunque no sirviera de mucho. El mundo era una bola de mierda sin remedio, pero la consolaba pensar que hizo lo posible.

Jagger y ella.
-Me hice análisis al venir a este país -dijo Chrissy desde el baño- y estoy sana como una vaca. Puedes ver los papeles en la mochila, si quieres.

Nicanor suspiró. Era hipocondríaco desde que tuvo una ligera blenorragia, seis o siete años antes. Se la regaló una alumna, junto con un par de camisas de vestir.

No habían pasado todavía quince minutos desde que Chrissy tocó a la puerta. Ahora salía del baño, limpia y desnuda. Era realmente una manufactura; el candor y las cremas le escamoteaban quince años. Largas y hermosas piernas, caderas anchas y grupa rotunda, aunque sin la pesantez que los compatriotas de Nicanor solían confundir con la excelencia estética. No, nada había allí macizo, toda Chrissy era ligera y manuable como un maniquí, firme y esbelta y curvilínea.

-Me gustas -dijo Nicanor.

-Tú también -dije Chrissy- te pareces un poco a Jagger.

-¿A quién?

-Mick Jagger. Un cantante. Solía ser mi ídolo -fue hasta la cámara y sacó las fotos. Se las pasó al hombre. A Nicanor aquello le pareció muy divertido y también excitante. Desde el ángulo de toma se veía en primer plano el delicioso trasero de la mujer y detrás un O'Donnell desfalleciente de lujuria. El pene protagonizaba dos de las fotos.

-Nunca antes oí de tu iniciativa de paz -dijo. Chrissy se encogió de hombros y Nicanor pensó en la prensa de su país. Sólo un segundo.

-Quiero regalarte algo -dijo ella- no lo tomes como pago ni nada de eso. Me gustó hacerlo contigo. Eres mejor que un francés.

-No aceptaré nada -murmuró Nicanor, pasándole el brazo por los hombros a aquella maravilla de rubia y sintiéndose también él un mozalbete- sólo quiero tu recuerdo, y que pienses en mí si decides emprender otra campaña.

-Tuve que soltar diez dólares por averiguar dónde vivía un hombre solo -recordó Chrissy- pero no se trata de dinero ahora. Toma.

Nicanor se quedó mirando el cartoncito con unos gruesos labios en rouge indeleble. Serán sus labios, pensó.

-Gracias.

Chrissy suspiró.

-Me voy.

Se vistió.

-Todo es una mierda -dijo Nicanor, enternecido- todo menos lo que hicimos tú y yo.

Chrissy se fue. Nicanor encendió otro cigarro. Estaba muy solo de pronto. Puso el radio. Alguien anunció éxitos del ayer. Sonó una guitarra disonante.

I can't get no satisfaction but I try, and I try...

5 de septiembre de 1994


2001. La Jiribilla. Cuba.
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