La Habana. Año XI.
27 de OCTUBRE al
2 de NOVIEMBRE de 2012

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Reabre sus puertas el mayor templo de la cultura cubana

Cira Romero • La Habana

Fotos: Kike (La Jiribilla)

La Biblioteca Nacional José Martí, restaurada entre los años 2009 y 2012, se reincorpora a la vida cultural de la nación cubana. El remozamiento lo ha comprendido todo —mobiliario, elevadores, montacargas, pulido de los pisos, entre otras mejoras—; pero de singular importancia ha sido el reordenamiento de sus colecciones (libros, folletos, publicaciones periódicas, manuscritos, mapas y fotos, entre los más relevantes), que constituyen un fondo documental que suma 94 kilómetros de metros lineales de una rica información cercana a los cuatro millones de documentos. Puede afirmarse, entonces, que nuestra biblioteca insignia comienza una nueva etapa de su ya larga vida.

Pero el cambio se observa sin tener que cruzar el umbral del edificio, parte integrante del conjunto arquitectónico modelador y distintivo de la Plaza de la Revolución, pues en el jardín lateral de la entrada que accede al edificio se ha colocado una escultura de José Villa Soberón que lleva por nombre “Atenea”, inspirada en representaciones volumétricas de los espirales, como alegoría del conocimiento, del proceso continuo de aprendizaje y desarrollo. Concebida en un lenguaje de fácil lectura urbana ha sido dimensionada a una escala proporcional al entorno del edificio. Se le ha dado un color azul por su vínculo con el logotipo de la institución y en contraste con el ambiente natural. En medio de tantos cambios sustanciales vale la pena recordar, sobre todo para las más jóvenes generaciones, que su sede no ha sido siempre este edificio.

Un poco de historia

El libro llegó a Cuba con el arribo de los primeros conquistadores y colonizadores, pero preferentemente en manos de los sacerdotes —misales, devocionarios, oraciones— con el propósito de catequizar a la cada vez más diezmada población autóctona. No había, pues, sentido de biblioteca, que comenzó a tenerse con mayor precisión cuando, de manera paulatina, fue surgiendo el criollo ilustrado al modo de Francisco de Arango y Parreño (1765-1837) o del padre José Agustín Caballero (1762-1835), quienes, sobre todo el primero, contaron con una importante biblioteca privada. De manera paulatina fueron creciendo ya entrado el siglo xix y acaso su mayor ejemplo, al menos en materias humanísticas, lo constituye la de Domingo del Monte (1804-1853). Sin embargo, no puede obviarse que al fundarse en 1728 la Universidad de La Habana por los frailes dominicos de la Orden de Predicadores, de manera casi natural nació su biblioteca, aunque era de uso interno y sus fondos lo integraban, fundamentalmente, libros de teología escritos en latín.

No fue hasta 1793 que surgió en la Isla la primera biblioteca pública, bajo los auspicios de la Sociedad Económica de Amigos del País. Los primeros 77 volúmenes que cubrieron sus escasos anaqueles fueron adquiridos con los fondos del Papel Periódico de la Havana (1790-1805). Como dato curioso, abrió al público en la sala de la residencia de Antonio Robledo, su primer bibliotecario. Su carácter de biblioteca pública lo mantiene hasta nuestros días y en el año 1947 se construyó un edificio idóneo que funciona con tal fin, además de ser la sede de la propia Sociedad Económica, reactivada en 1993, y del Instituto de Literatura y Lingüística José Antonio Portuondo Valdor. La segunda en el tiempo fue la Biblioteca Gener y Del Monte (Matanzas, 1834), creada a iniciativa de la Diputación Patriótica, filial en esa ciudad de dicha Sociedad. En 1899 se fundó, por decisión de Emilio Bacardí, la Biblioteca Elvira Cape, de Santiago de Cuba. Estas dos últimas también continúan desempeñando sus funciones.

Nace la Biblioteca Nacional

El 18 de octubre de 1891, hace 111 años, fue creada la Biblioteca Nacional por decreto del gobierno interventor norteamericano. A falta de un edificio idóneo, se instaló en el Castillo de la Fuerza, modélica construcción renacentista finalizada hacia 1582, que permanece cual si el tiempo no hubiera pasado por ella, situado en las inmediaciones de la actual Avenida del Puerto, muy cerca de la Plaza de Armas. Estuvo bajo las órdenes directas del gobernador militar Leonardo Wood y su primer director fue Domingo Figarola-Caneda (1852-1926), quien aportó el inicial fondo bibliográfico con que contó la institución, integrado por 3 000 volúmenes de las más variadas materias. En 1902 fue trasladada a la Antigua Maestranza de Artillería —donde hoy se ha instalado un parque infantil, frente al canal de acceso a la bahía de La Habana—. A partir de 1909 vio la luz la Revista de la Biblioteca Nacional, una de las más importantes publicaciones dedicadas a la cultura cubana, cuya  aparición se ha mantenido en el tiempo. El funcionamiento de la institución era casi caótico, como lo demuestran las cartas del escritor José Antonio Ramos (1885-1946), quien entre 1938 y 1945, luchando a brazo partido por encaminar científicamente sus fondos, logró implantar el método de clasificación decimal conocido por  Dewey, por entonces el más moderno. El 18 de febrero de 1958 fue inaugurado el edificio que actualmente ocupa. Al triunfo de la Revolución fue nombrada directora María Teresa Freyre de Andrade. Otras figuras de la cultura cubana la han dirigido, como los también poetas Sidros Ramos y Luis Suárdíaz, Marta Terry, de larga experiencia bibliotecológica, y los historiadores Elíades Acosta y Eduardo Torres Cuevas, su actual director.

Es imprescindible recordar que la Sala Martí de la Biblioteca Nacional fue la célula inicial de lo que hoy constituye el Centro de Estudios Martianos, fundado en 1977. Dicha sala fue creada por Cintio Vitier y Fina García Marruz y en ella trabajaron otros importantes intelectuales cubanos. Asimismo, Eliseo Diego fue un decisivo impulsor de la Sala Infantil y Juvenil.  Otras personalidades de nuestra cultura, como Roberto Friol, Juan Pérez de la Riva, Walterio Carbonell, Aracely García Carranza, Tomás Fernández Robaina y Olga Vega, estos tres últimos incorporados activamente a las labores de la institución, le conceden a la misma un enorme prestigio, además de los antes citados.

La Biblioteca Nacional José Martí ha reabierto con las siguientes salas: Sala de Servicios Generales; Sala de Referencias; Sala de Navegación; Sala Alexander Puskin; Sala de Música; Sala Braille, para ciegos y débiles visuales; Sala de Etnología y Folclore Fernando Ortiz; Sala de Arte Wifredo Lam, que en la planta baja exhibe, en un salón de impresionante sobriedad valiosas obras de arte de artistas plásticos preferentemente cubanos; la mediateca; un salón de actos donde se ofrecen actividades culturales variadas; y Colección Cubana, que lleva el nombre ilustre de Antonio Bachiller y Morales, padre de la bibliografía cubana. Se trata de una sala especializada en libros, folletos, manuscritos, publicaciones periódicas, fotos y mapas cubanos de los siglos anteriores al xx. A ella está adscripto el llamado Fondo de libros raros y valiosos, que cuenta, entre otras maravillas, con 18 incunables, o sea, libros anteriores a 1501. Quien visite hoy este recinto podrá contemplar en su vestíbulo una muestra invaluable de tesoros nacionales, como el famoso Libro de los peces, de 1728, de Antonio de la Parra, primer libro cubano de ciencias e ilustrado a color; y también, donado a la biblioteca por el español José Raventós Mestre (1894-1957), músico, pedagogo y bibliófilo, una valiosísima colección de libros antiguos, encuadernados en piel, que tratan sobre todo de música religiosa. Tienen un tamaño descomunal para un libro: 60 por 40 centímetros.  Asimismo, se exhiben en sus vitrinas, de la autoría de Pedro Apiano (1501-1552), el Libro de la cosmographia de Pedro Apiano..., impreso en Amberes en 1548. Entre los manuscritos se muestran cartas de la autoría de Julián del Casal y otras figuras emblemáticas de la cultura cubana. Aunque no está mostrado en este momento, Colección Cubana atesora nueve álbumes manuscritos  de Anselmo Suárez y Romero (1818-1878), el autor de la novela antiesclavista Francisco. El ingenio; o las delicias del campo (1880), así como, preciosamente encuadernados, los volúmenes en piel, por decisión del propio Domingo del Monte, de las cartas a él dirigidas desde finales de la década del 20 hasta 1845 por importantes figuras de la cultura cubana y algunos extranjeros. Allí está recogida la vida literaria cubana de ese lapso, cuya lectura, en el hoy famoso Centón epistolario de Domingo del Monte,  nos permite apreciar todo el desenvolvimiento de la cultura cubana en esos años, en especial el literario, que se vio interrumpido tras los sucesos que han pasado a la historia de Cuba con el nombre de Conspiración de la Escalera (1844). Los manuscritos del esclavo Juan Francisco Manzano (1797-1854), integrados por su autobiografía y por dos libros de poemas, son apenas otra muestra del verdadero caudal que se atesora en la Colección Cubana. La era digital no ha estado ajena a la institución: una sala de navegación, así como la revista electrónica Librínsula, constituyen dos de las más interesantes propuestas en este campo.

La Biblioteca Nacional José Martí ha regresado a las manos de quienes tenemos como primer deber cuidarla y protegerla como merece la cultura cubana, pues, lamentablemente, no deja de haber inescrupulosos depredadores de nuestro patrimonio cultural. Bienvenido sea, pues, este tesoro de todos.  

 
 
 
 


GALERÍA de portadas

Recorrido por la Biblioteca Nacional de Cuba
José Martí

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.