La Habana. Año XI.
27 de OCTUBRE al
2 de NOVIEMBRE de 2012

Correo Canal RSS Canal en Twitter Facebook Flirck You Tube

 

BÚSQUEDA AVANZADA   . . .

ENLACES

SUSCRIPCIÓN
 
 

Fígaro, Fígaro, Fígaro…

Lupe González Esturo • La Habana

Hacia finales del siglo XIX circulaban en Cuba un buen número de publicaciones periódicas ilustradas, encargadas de recoger los acontecimientos más relevantes del momento. Algunas de ellas centraban su contenido en temas específicos, mayormente vinculados a la literatura como La Habana Elegante (1883-1891; 1893-1896) y La Habana Literaria (1891-1893) mientras  otras como Cuba y América (1899-1917) se dedicaban a cuestiones ligadas a la política, intereses generales y variedades.1 Estas publicaciones se incluyen dentro de una breve muestra cuya aceptación por parte del público de la época queda registrada en diferentes materiales bibliográficos, y que por sí mismas constituyen en la actualidad una inapreciable fuente de conocimiento.

Lamentablemente, no todas las publicaciones ilustradas fundadas en el siglo XIX lograron mantenerse durante la nueva centuria. Las condiciones políticas vigentes en aquel entonces influyeron definitivamente en la permanencia de estos medios de prensa.  Si revisamos los nombres de las revistas ilustradas más prestigiosas durante la etapa republicana comprobaremos que Carteles (1919-1960), Social (1916-1933; 1935-1938) y Bohemia (1910- ) fueron fundadas luego del primer decenio del siglo XX. Únicamente El Fígaro (1885-1933?; 1943?) logró transitar con éxito el cambio de siglo e incluirse dentro de las ediciones más importantes en la historia del periodismo cubano.  

Esta publicación aparece en La Habana en el año 1885, con el subtítulo de “Semanario de sports y de literatura. Órgano oficial del Baseball. El interés inicial de sus directivos, por propiciar un espacio que informara acerca de las prácticas del béisbol y otros deportes en la Isla, fue variando a lo largo de los años. Así en el periodo correspondiente a 1885-1901 basta con revisar los subtítulos que la acompañaron para notar el cambio que privilegiaba temas artísticos y literarios e iba trazando el camino hacia una publicación de actualidad cultural.

Es en el año 1901 que adopta de manera definitiva el subtítulo de “Revista Universal Ilustrada“. A partir de entonces alcanzó altos índices de excelencia, aproximadamente hasta la década del 20 (ya que la publicación regular se interrumpe en 1916 y termina definitivamente hacia el año 1933). Buena parte de ello gracias a la homogeneidad visual que la caracterizó y la colocó entre las publicaciones más novedosas y atractivas de Cuba a inicios del siglo XX.

Los primeros años de vida de El Fígaro estuvieron matizados por la sencillez del formato y la ausencia de imágenes, por lo que la visualidad se asentó en la tipografía. Fueron las secciones fijas Teatros, Peloteras y Sports, junto a la constante presencia de obras y críticas literarias, las que le permitieron irse abriendo paso entre las ediciones habaneras del momento.

Entre 1888 y 1894 comenzaron a notarse importantes cambios visuales en la publicación, determinados por la ampliación del formato, que incluyó una cubierta o portada, así como la paulatina introducción de ilustraciones, fotografías y caricaturas que apoyaban la información e igualmente ornaban las páginas del semanario. La nueva proyección fue posible gracias a la asidua colaboración de artistas plásticos apenas reconocidos como Oscar Held, Manuel del Barrio, Francisco Henares, Ricardo de la Torriente, Héctor Saavedra (seudónimo Fleur de Chic), mientras que la correcta impresión de las fotografías corrió a cargo de Roberto Spencer y Alfredo Taveira.

Se hizo entonces necesaria la designación de un Director Artístico, asumido durante estos años por Ricardo de la Torriente, que velara por la distribución de los materiales expuestos, así como la relación entre imágenes y tipografía en aras de la efectiva trasmisión de conceptos o ideas. Resulta interesante cómo esta designación, que comienza a ser socializada entre las décadas de 1920 y 1930, ya se manejaba por las publicaciones finiseculares.

La edición adoptó los modelos de publicaciones ilustradas europeas, específicamente españolas, en los aspectos concernientes al formato y la relación entre texto-imagen. Sin embargo, no puede desestimarse la influencia de ejemplares cubanos que por aquella época circulaban, como La Habana Elegante, aunque transcurrido un tiempo fuera aventajada visualmente por El Fígaro.

La ampliación del formato permitió, además, ampliar los espacios dedicados a la literatura y la crítica literaria, que años anteriores habían dotado de determinado prestigio a la publicación. Baste señalar durante estos años la constante presencia de poemas de la mano de sus mismos autores, Julián del Casal, Juana Borrero, Carlos Pío, Federico Uhrbach, y Enrique Hernández Miyares, fieles exponentes del modernismo literario en la Isla.

Sin embargo, uno de los hechos más notorios fue, sin duda alguna, la reproducción a página completa del cuadro de Armando Menocal “El embarque de Colón por Bobadilla”, en el número correspondiente al 19 de febrero de 1893, una semana después que lo hiciera La Habana Elegante. Y aunque fue tardía la reproducción del cuadro, la edición se propuso conquistar la “exclusividad” valiéndose del criterio de  Enrique José Varona, y así concluir con los comentarios publicados sobre la obra de Menocal, exhibida por aquella fecha en el patio del habanero Teatro Tacón.

De 1895 a 1898 ocurre un nuevo giro visual apegado a las nuevas circunstancias históricas marcadas por el inicio de la Guerra. Las publicaciones periódicas cubanas de la etapa sufrieron durante estos años continuas restricciones y censuras, y en este sentido resulta significativa la permanencia de El Fígaro como publicación de preferencia, aun en tiempos tan convulsos.

Un elemento imprescindible, que garantizaba la atención de los lectores, fue su formato, caracterizado por amplias páginas, atractivas portadas y una buena cantidad de imágenes, todo ello impreso con una excelente factura. El contenido y las informaciones ofrecidas, tuvieron entonces que adecuarse a la situación que vivía el país. Por un lado no debía volver los ojos únicamente a los acontecimientos de la guerra, puesto que el público meta, los círculos de poder, necesitaban de un espacio que los representara.

El continuo y eficaz empleo de la fotografía, como medio gráfico vital para informar a los lectores de todo cuanto acontecía en el país, fue utilizado indistintamente para mostrar los acontecimiento sociales más relevantes del momento, así como el avance de la gesta independentista. 

De esta manera, como mismo se reseñaban las grandes celebraciones y espectáculos frecuentados por la alta sociedad, fundamentalmente habanera, que parecía estar ajena a lo que acontecía en otras zonas de Cuba, eran presentadas imágenes de pueblos devastados, de fincas y asentamientos donde primaba la miseria.

En este punto radica entonces la mayor problemática enfrentada durante la investigación. Y es que los principales acontecimientos de nuestro país siempre  han sido presentados de manera tal que, aun cuando cada cubano conciba su propia historia, lo arrojado por El Fígaro en estos años, dista mucho del imaginario construido acerca de la gesta independentista. 

El país atravesaba por un momento crucial y definitorio, cuyo alcance en la sociedad no queda plasmado de la forma que nos ha sido trasmitida la historia. Si en algunas zonas de Cuba se combatía, en otras transcurría la vida “normalmente”. Las páginas de El Fígaro, continuaron llevando a sus lectores noticias de todo tipo, que trataban disímiles temas y por increíble que parezca resultaban del interés y agrado para un país sumido en una campaña independentista. 

En tiempos de censura y represión no podía ser otra la postura tomada por la publicación, en aras de la permanencia. Es por esto que presentaba las dos caras del fenómeno, y no comprometía su discurso político.

Sirva entonces de muestra la cubierta dedicada a la inauguración del Monumento a Albear en La Habana (No. 17/1895) y la que difundía el retrato de Valeriano Weyler (No. 6 /1896).  Son estos ejemplos polares los que revelan la singular postura asumida por El Fígaro durante estos años. El prominente ingeniero Albear, que con la ejecución del acueducto en la capital cubana contribuyó al desarrollo del país, dista mucho de Weyler, quien fuera nombrado Gobernador para ponerle fin a la Guerra a través de métodos opresivos, etapa que hoy conocemos como la más cruenta represión acontecida en Cuba.

Del mismo modo fueron tratados los sucesos que antecedieron a la intervención norteamericana, reseñados sin ofrecer opiniones ni comentarios críticos al respecto. Los hechos del Maine, ocuparon la portada de El Fígaro al igual que la fotografía de Calixto García en Washington sin disponer de textos que pusieran en valor los acontecimientos. Estas cubiertas recalcan la postura imparcial asumida, puesto que ambos hechos responden a causas e intereses opuestos. La voladura del Maine como el acontecimiento inicial de la futura ocupación norteamericana, y la presencia de Calixto García en EE.UU., que representaba el reconocimiento de las tropas cubanas, una vez librado del régimen colonial español, y con ello la tan anhelada independencia.

La etapa correspondiente a la Intervención norteamericana en Cuba de 1899 a 1902 exigía una nueva visualidad, diferenciada de la existente durante el periodo de Guerra, por lo que se retomó la apariencia de años anteriores que imbricaba fotografía, ilustración y caricatura, con algunas variaciones.

En el  mes de enero de 1900 fue publicada una nómina inicial, que incluía alrededor de 20 artistas, por lo que en cada número era anunciado el dibujante encargado de la dirección artística correspondiente a la siguiente entrega. Todo ello acompañado de una foto y un texto, que sintetizaba la labor del creador. Sin duda, son estos los ejemplares más bellos e interesantes desde el nacimiento de la publicación. Entre la relación inicial publicada destacan: Dulce María Borrero, Adriana Billini, Leopoldo Romañach, Miguel Lluch, Aurelio Melero, Santiago Gelabert, J. M. Soler y otros ya conocidos en El Fígaro como Antonio Jiménez, Ricardo de la Torriente, Carlos Batista, Santiago Quiñones, Manuel del Barrio, Emilio Heredia, Luis Lacalle y Francisco Henares. Aunque no todos los convocados pudieron concretar su trabajo, resulta igualmente válida la intención de aunarlos en una única publicación. 

Estos trabajos resultan de vital relevancia ya que incluyen informaciones y valoraciones elaboradas en  una época particular de nuestra historia carente de materiales bibliográficos suficientes, referidos al arte. Igualmente, posibilitan la comparación y análisis de discursos artísticos, e imbrica tanto a personalidades conocidas como a otras que no lo son tanto, aún en nuestros días. 

Las páginas de El Fígaro durante la ocupación norteamericana reflejaron de esta manera lo acontecido en un país, que parecía detenido a la espera de nuevas y definitivas transformaciones, pero que a través de lo vivido supo conformar una historia y una cultura independiente. La conciencia acerca de lo alcanzado hasta entonces por los artistas e intelectuales cubanos fue fomentándose a partir de estos años, como resultado de las conquistas obtenidas, que hablaban de una cultura nacional ajena a cualquier influencia dominante.

Una vez instaurada la República el 20 de mayo de 1902, comienza para El Fígaro una nueva proyección tanto visual como de contenido, en busca de una mayor afinidad hacia los acontecimientos sociales más significativos del país, así como la cobertura completa de los hechos y  figuras políticas del momento. Si anteriormente había sido una publicación de actualidad cultural marcada por el valor y trascendencia alcanzada en el aspecto literario, a partir de 1902 se amplían los espacios dedicados a reseñar sucesos culturales, deportivos, políticos y sociales dentro y fuera de la Isla.  Pasa entonces a ser, poco a poco, la connotada “Revista Universal Ilustrada” que aborda todo tipo de temas, apoyados en una buena cantidad de imágenes.

Las primeras planas fueron ocupadas durante estos años por figuras políticas relevantes del momento como Leonardo Wood, el gobernador militar de la isla de Cuba y su sucesor Tomás Estrada Palma cuyo retrato fue motivo para las cubiertas en múltiples ocasiones durante este corto periodo de tiempo.

A partir de 1903 empezaron a colaborar figuras conocidas en el ámbito de la ilustración y caricatura como Jaime Valls y Rafael Blanco, lo que le otorgó mucha más distinción y modernidad a la visualidad de la publicación.

Es así que inicia el período de mayor esplendor para El Fígaro, variadas investigaciones y estudios centran su atención en las primeras décadas del siglo XX dada la relevancia alcanzada, que logró posicionarla entre las principales publicaciones culturales cubanas de todos los tiempos. Sin embargo, el estudio pormenorizado de su génesis y su posterior paso por el entre siglo, arrojan una buena cantidad de información y un particular acercamiento a tan compleja etapa de nuestra historia.

Fragmento de una Tesis de Diploma, tutoreada por la Dra. Luz Merino. Facultad de Artes y letras, Universidad de La Habana, 2011.

 

Nota:

1- Cuba y América.  (New York) I: 1-2, 1 de abril 1897.

 

 
 
 
 
.
© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.