La Habana. Año XI.
20 al 26 de OCTUBRE
de 2012

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Mis recuerdos de la crisis de octubre

Rolando Rodríguez • La Habana

Escuché por radio, en la dirección de la Escuela —creo que ya se había producido el accidente en que murió Raúl Cepero Bonilla y esta llevaba su honroso nombre—, la traducción de las palabras de Kennedy. Era sin dudas, la amenaza más cierta de que seríamos invadidos, porque según aquel presidente estadounidense, el portaviones cubano llevaba cohetes nucleares. Eso no lo creí, me pareció un ardid para invadirnos. Fui a mi cuarto. Recuerdo que me llegó la advertencia de que nosotros, que estudiábamos Filosofía marxista, con profesores hispanosoviéticos, y otros Economía, para prepararnos como profesores de la Universidad de La Habana, debíamos quedar en la profunda retaguardia cubana, para seguir alistándonos con vistas a cuando terminara —victoriosamente para nosotros, por supuesto—el intento de invasión, ir a profesar en la Universidad. Me pregunté dónde estaba la profunda retaguardia cubana, pues si los marines desembarcaban por la costa norte en pocas horas estarían en el sur y si lo hacían por el sur en pocas horas estarían en el norte. Pero el director, y sobre todo el subdirector, que vivían espiritualmente en la Unión Soviética nos decían que en la II Guerra Mundial los estudiantes del Partido habían quedado en la profunda retaguardia preservados para la hora de la victoria. Yo me pregunté: ¿y dónde está la profunda retaguardia de Cuba? Fue terrible pues me sentía que estaba prisionero del dogmatismo de aquellos lamentables personajes.

Fui hacia mi cuarto, cuando entré vi a Fernando Martínez que metía la pistola en una mochila. “¿A dónde vas?”, le pregunté. “Llamaron del batallón 154, el universitario —me dijo, pues no era la unidad 2254 todavía, que yo recuerde—, y dijeron que debía presentarme”. Abrí los ojos. El 154 era el mismo mío. “¿Por qué no me llamaron a mí también?”, pregunté casi ofendido. Entonces, Fernando me llamó a un lado. Me dijo que había llamado a su hermano para que este, haciéndose pasar por el jefe del batallón, reclamara a la escuela su presentación. “Fernando —le dije— llama a tu hermano y que me llame a mí también”. Otro compañero, Roberto Brier, que estaba a nuestro lado dijo lo mismo. Fernando fue a la esquina de la escuela que estaba en el Nuevo Vedado, y llamó desde la bodega a su hermano, que estudiaba medicina, y pidió que nos citara como miembros del batallón 154. Media hora después estábamos en la calle. Fuí a mi casa en el Vedado. El batallón estaba concentrándose en el stadium universitario. Tomé mi mochila y demás útiles de guerra y fui para allá. Allí estuvimos toda la noche. A Fernando no lo vi más. Estábamos en diferentes compañías. Yo era el comisario de la 1ra. Compañía, cuyo jefe era el ex capitán de la policía Manolito Carbonell.

Al amanecer siguiente nos montaron en rastras y partimos. Esperábamos llegar a la costa, pero para mi sorpresa nos bajaron en la carretera central, cerca de Guanajay, en el centro de la Isla. Juro que creí ver un letrero que decía Lasciate oñi espera voy che entrate. Allí había gato encerrado. Nadie nos habló de cohetes ni armas nucleares; pero la sospecha era muy fuerte. Luego lo olvidé. Comenzamos a dar pico y pala, mañana, tarde y noche. Cuando ya casi teníamos cavadas las trincheras, llegó Manolito y nos dijo que era absurdo donde habíamos cavado. Lo habíamos hecho al pie de la loma que se levantaba detrás de  nosotros. Debíamos cavar al inicio de la falda. Volvimos a empezar. Todavía recuerdo que me tocaba cavar en el turno de la madrugada. Dije que me llamaran a las tres y me acosté. Cuando me desperté el sol me daba en la cara. ¡Cómo yo me había quedado dormido cuando debía ser el ejemplo! Me dijeron que hasta me había puesto de pie y me habían dado bofetadas y yo no me despertaba. Así que decidieron que siguiera durmiendo. En eso dos indisciplinados (que siempre los hay) pasaron una cerca de alambre detrás de la cual se había advertido que no podíamos pasar. Al poco rato llegaron dos soviéticos, con AK, terciados y sus camisas de cuadritos y nos dijeron en chapurreado español que los dos milicianos habían pasado la cerca. Estos explicaron a otros compañeros lo que habían visto. Confirmamos lo que sospechábamos. Allí había rampas de lanzamiento de cohetes. Estábamos en la defensa perimetral de una base de cohetes. Por la carretera central a cada rato pasaban unos enormes camiones como no he visto otros en mi vida. Iban los mismos soviéticos de camisas de cuadritos y nos gritaban y nosotros a ellos tobarich, tobarich. Era como si unos a otros nos reconociéramos porque estábamos en el mismo bote. Nunca pude pensar que había 50 000 como ellos en Cuba, dispuestos a morir por la independencia de Cuba. Pero debo decir, que en nuestro caso nunca se nos ocurrió que podíamos llegar a perecer en aquel lugar.

Un día apareció el comandante Samuel Rodiles. Nos dieron la orden de prepararnos para partir. Nos montaron en camiones y nos llevaron a una unidad militar antieaérea, en el borde de la bahía de Mariel. Me tocó guardia a cada rato en una trinchera para vigilar los aviones enemigos que pasaban. “Avión a las 3 y cuarto”, decía, y por el teléfono de magneto avisaba. A lo lejos veíamos la flota estadounidense. Allí junto a un carro de mando escuché el discurso de Fidel con los cinco puntos. Después nos dijeron que desintegraban el 154, pues no podía haber un batallón que concentrara a todos los universitarios, porque en caso de combate todos los que cayeran serían futuros profesionales y sería muy grave la pérdida para el país. Por eso, nos convirtieron primero en artilleros de cañones de 85 mm y luego de morteros de 120mm. Entonces aprendí a manejar ambos.

Cuando regresamos a la escuela no sabíamos qué recibimiento tendríamos, pues estaba claro ya que habíamos mentido para irnos a la movilización. Más bien recuerdo que nadie nos dijo nada. Pero nosotros habíamos cumplido con nuestro deber. Por mi parte, siempre he sentido una enorme gratitud a Fernando, pues gracias a él pasé aquella extraordinaria experiencia.    

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.