La Habana. Año XI.
20 al 26 de OCTUBRE
de 2012

Correo Canal RSS Canal en Twitter Facebook Flirck You Tube

 

BÚSQUEDA AVANZADA   . . .

ENLACES

SUSCRIPCIÓN
 
 

 

El humanista revolucionario
y su novela inolvidable
Ana Cairo • La Habana

     A la memoria de  Roberto Friol (1928-2010)


¿A qué perder tiempo? […] ¿A qué confundir la necesidad histórica y humana de la independencia de Cuba, que es ley que solo admite la demora de la madurez, y no se puede desviar con la infelicidad, respetable siempre, de una de las tentativas hechas para  acelerarla? ¡Pues a la otra tentativa mejor hecha! ¡Seguir hasta llegar!

                                              Cirilo Villaverde
José Martí: “Cirilo Villaverde”, periódico Patria, 30 de octubre de 1894

 

La pasión investigativa

En 1972, cursaba el quinto año en la Escuela de Artes y Letras de la Universidad de La Habana. Debía investigar para el trabajo final de la asignatura Estudios Martianos, impartida por el profesor Roberto Fernández Retamar. Estaba obligada a  revisar libros en la Sala Martiana y, por curiosidad investigativa,  me aventuré con  otros fondos  en la Sala Cubana de la Biblioteca Nacional José Martí (BNJM). Allí, conocí a Roberto Friol, poeta, traductor del inglés y ensayista, quien era uno de los mejores investigadores, especializado en la narrativa colonial.

Con los años, surgió la amistad y se profundizó la admiración por el humanista cordial y generoso, quien, además, era el  más apasionado y sistemático investigador de la narrativa de Cirilo Villaverde. Hasta que se jubiló, intercambiamos saberes. En varias ocasiones, me leyó fragmentos  de los ensayos que deberían conformar un libro inédito. Se regodeaba construyendo la evolución del narrador. Me han dicho que Friol no llegó a terminar la obra y que, al parecer, destruyó  lo que ya tenía escrito.

En la colección de libros Letras. Cultura en Cuba  (1983-1993, ocho tomos, Editorial Pueblo y Educación, La Habana), dediqué  la mayor parte del cuarto volumen (1987) a Cirilo Villaverde. Se difundieron textos suyos  encontrados en el Archivo Nacional y en la BNJM. Expertos, como Friol, Salvador Arias y Denia García Ronda, aportaron  sus análisis. Además de la responsabilidad con el libro, me ocupé del Epistolario de Villaverde (1852-1892). Gracias a esta labor, organicé una carpeta que se ha mantenido  abierta por más de tres décadas. He incorporado múltiples datos a una “cronología” inédita y a diferentes ensayos y artículos.


La formación del humanista 

El padre de Villaverde ejercía como médico en el ingenio Santiago en la zona de San Diego de Núñez, región  de Vuelta Abajo (perteneciente a los antiguos límites de la provincia de Pinar del Río). De este modo, conocía en profundidad los modos de vida de los terratenientes, empleados, campesinos, artesanos y esclavos.

En la adolescencia, Cirilo fue enviado a residir con una tía en La Habana para que estudiara. Se graduó de bachiller en leyes  en el Colegio Seminario  de San Carlos. Quizá, porque no tenía recursos económicos para matricular en la Universidad Real y Pontificia; o porque ya estaba convencido de que se ajustaba más a su personalidad, optó por adscribirse a las modalidades del autodidactismo. Comenzó a trabajar muy joven. Hacía todo tipo de labores en el periodismo y como impresor. Ejerció como maestro en Matanzas. 

He encontrado “Mi paseo” (2 de junio de 1836), firmado con el seudónimo de El Solitario en el Diario de la Habana. Hasta donde se conoce, este artículo de costumbres, no ha sido reproducido. El narrador omnisciente recomienda la visita al castillo del Príncipe, un espacio romántico diferente en el entorno citadino. En dicho texto se anticipan las mejores cualidades para  los motivos  temáticos asociados al disfrute de los paisajes.

Las primeras cuatro narraciones: “El ave muerta”, “La cueva de Taganana”, “El perjurio” y “La peña blanca” se difundieron en 1837, simultáneamente con las de su entrañable amigo Ramón de Palma (1812-1860). Traducía profesionalmente del inglés y del francés.

Acaso fue  Palma quien lo introdujo en las tertulias literarias promovidas —desde 1834— por Domingo del Monte (1804-1853) en La  Habana y en Matanzas. Anselmo Suárez Romero (1818- 1878) y  José Antonio Echeverría (1815-1878) fueron de los contertulios más cercanos.

Se sabe que Echeverría ya tenía una primera  versión del  relato “Antonelli” desde 1837. Él se encargó junto con Palma  de editar la revista El Plantel.  Sacaron tres números; consiguieron varias decenas de suscriptores. Ambos renunciaron, porque el dueño de la publicación los engañó en cuanto al pago de sus servicios. Quizá, entonces,  se originaron  las primeras ideas de una “Colección de novelas cubanas” en una imprenta propia.

El 10 de febrero de 1839, Domingo del Monte escribía a José Luis Alfonso (quien estaba casado con su cuñada y residía en París):

[…] Palma, que ha comprado la Imprenta Literaria del Dr. Castro, director de La Cartera…, piensa publicar una “Colección de novelas cubanas”, con láminas de edición de lujo, compuestas las tales por él, Echeverría y Villaverde: si ellos tienen paciencia pa. [para] escribirlas, no dudo que saldrán muy buenas  pues son los tres ingenios más aventajados para  el caso  que hasta ahora se han  presentado en ntra. [nuestra] reducida arena literaria.

(“Carta de  Domingo del Monte a José Luis Alfonso”, Revista de la Biblioteca Nacional, julio diciembre de 1910, t.4, p.94. Alfonso estaba casado con la cuñada de Domingo y era su librero y corresponsal en París. Vicente Antonio de Castro, médico y fundador de logias masónicas.)

Esta valiosa información facilita suponer cuál pudo ser el verdadero origen de la novela Cecilia Valdés o la loma del Ángel (primer tomo, 1839), que justamente se publicó en la Imprenta Literaria, propiedad de Palma. La obra podría afirmarse que significó la única concreción del proyecto “Colección de novelas cubanas”, que ya había sido abandonado por los tres entusiastas hacia finales de ese mismo año, debido a que Echeverría había aceptado ocuparse del colegio La Empresa en Matanzas y había convencido a los otros  dos  para que fueran profesores.

Si Echeverría había publicado el relato de tema histórico “Antonelli” en 1839, dividido por fragmentos, en tres números de La Cartera Cubana, regenteada por Vicente Antonio de Castro, Villaverde asumió una variante parecida con la novela de costumbres en preparación Cecilia Valdés o la loma del Ángel. Promocionó tres fragmentos en el segundo tomo de la revista La Siempreviva (1839), destinada a los jóvenes cubanos, y, en particular, a las mujeres.

Él tenía 26 años y ya dominaba la técnica del folletín: se elaboraba un fragmento autónomo para publicarse en un número; después se hacía el siguiente para otro. El objetivo central era conseguir lectores interesados, que compraran la publicación para ir siguiendo la historia; así, se lograban los suscriptores imprescindibles y también los fieles lectores para cuando apareciera ya como libro en la “Colección de novelas cubanas”.

 

La primera Cecilia...

  

En la Cecilia… de La Siempreviva, los tres fragmentos atendían a problemáticas diversas e interrelacionadas. En el primero, se explicaba la responsabilidad moral del escritor cuando se decidía a caracterizar las costumbres; en el segundo, comentaba las vicisitudes que sufrían los huérfanos; en el tercero —¡por fin!— presentaba un boceto de la fábula: Leocadio (estudiante de Filosofía en el Seminario de San Carlos) se impresionaba con la belleza de una niña de diez años, quien jugaba por la plazuela cercana al convento de Santa Catalina. Los tres fragmentos de La Siempreviva cumplieron el objetivo de estimular la curiosidad sobre una niña y un estudiante.

 

La segunda Cecilia…

De inmediato, Villaverde acometió la segunda versión en ocho capítulos; se publicó en la Imprenta Literaria (Calle Cuba, próxima al convento de San Agustín). Si gustaba la historia amorosa y se vendía este primer tomo; se justificaría la escritura y publicación del segundo volumen.

Hasta donde se conoce, existe un ejemplar único, que fue propiedad de Juan Manuel Macías. El mismo, estuvo en la biblioteca del Instituto de La Habana, hasta que en 1961 fue transferido a la colección de Raros y Valiosos en la Sala Cubana de la BNJM.

En dicha obra se combinan dos objetivos: contar las peripecias de un triángulo amoroso, y recrear cómo había sido la feria de San Rafael, una diversión popular, ya en desaparición, que había acontecido cada 23 de octubre (la víspera del santo) en las inmediaciones de la iglesia del Santo Ángel.

Se conforman dos tiempos: un pasado inmediato (1826), cuando se encuentran la niña y el estudiante, y un presente (23 de octubre de 1831). En los dos primeros capítulos se resume el primer tiempo, que es una segunda versión de los fragmentos de La Siempreviva. Entre el tercero y el octavo capítulo, se desarrolla el segundo tiempo, en el que se describe el movimiento de personas por la plazuela de la iglesia del Ángel durante el día, y por la noche, los bailes en las casas.

El estudiante, ahora llamado Leonardo, con dos amigos visita a su tía; allí corteja a Isabel Rojas. Por otra parte, enamora a Cecilia (la misma niña de los dos primeros capítulos). La protagonista agrede a Isabel por celos. Se incorpora el contraste anticipatorio de sucesos, cuando aparece Dolores Santa Cruz, negra vieja, pobre y loca. 

Los personajes se organizan en dos series clasistas: los ricos blancos (Leonardo, Isabel), y los pobres, mulatos y negros.

Se presenta un triángulo amoroso, muy usual en la vida cotidiana; pero que suscita una curiosidad escandalosa en la ficción narrativa: Leonardo, un joven blanco, rico, enamora a Cecilia una mulata pobre,  hermosa, tocadora de arpa, y también a Isabel, blanca, rica y residente en el campo.

Se promueve una audacia en la recreación costumbrista, fundada en ideas similares a las que Félix Tanco (1797- 1871) había expresado en una carta a Domingo del Monte (20 de agosto de 1838), mientras escribía el relato “Petrona y Rosalía”:

Has de saber que la idea de escribir estas Escenas cubanas no es nueva en mí; pero me la calentó y fecundó el maldito Balzac con las suyas francesas, y me ha entrado tal reconcomio por pintar, que no me puedo ir a la [SIC] mano. A cada cuadro quisiera yo ponerle su estampa, porque esto escitaría [SIC] infinito la burla y la indignación, y produciría más efecto. Ya se supone que esto no es para imprimirse ente nosotros, y tal es mi pena.

(Centón epistolario de Domingo del Monte, La Habana, Imprenta Siglo XX, 1957, t. VIII, p. 114)

Tanco se atrevía con las relaciones sexuales y de hegemonía. Los amos violaban a las esclavas; por lo mismo, él sabía que sus narraciones estaban destinadas a la circulación manuscrita, entre amigos, y a publicarse en el extranjero (cuando se pudiera).

Villaverde elegía las relaciones amorosas en el ámbito de la población libre; se  arriesgaba de todas formas al incluir una coprotagonista mulata. Él  jerarquizaba más en la fábula la descripción colectiva de personajes en un espacio festivo.

En la carta de 2 de diciembre de 1839, Domingo del Monte escribía a José Luis Alfonso,  sobre el éxito de la segunda Cecilia...:

Esta es la novela de más longue haleine que se ha publicado en La Habana, y fuera de algunas incorrecciones y ciertos resabios de estilo, es lo mejor que en su clase ha producido el ingenio cubano, tiene el mérito particular de presentar un cuadro exacto y animado de las costumbres de la gente suburbiana y mulatesca de nuestra población.

(“Carta de Domingo del Monte a José Luis Alfonso”, Revista de la Biblioteca Nacional, 1911, t. 5, p. 68)

La opinión delmontina avalaba que la novela costumbrista Cecilia... quedó interrumpida no por falta de recursos económicos para financiar el segundo tomo, ni por escasos lectores,  sino por decisión autoral.

 

Costumbrista en el “Paseo pintoresco de la Isla de Cuba”

El 26 de abril de 1841 estaba fechada la introducción del primer cuadernillo, que se distribuyó en mayo. Los 11 restantes fueron apareciendo hasta mediados de 1842. Antonio Bachiller y Morales fue el que más artículos escribió. Además, colaboraron: Manuel Costales, Tranquilino Sandalio Noda, Idelfonso Vivanco, L. A. de Ugarte.

Villaverde aportó: “Aguada del Cura”, “Jesús María y José”, “Campo de Marte o campo militar”, “Puerta de la Luz”, “Casa de San Dionisio”,, “Paseo militar de Tacón”, “Iglesia de San Felipe y Santiago de Bejucal”, “Cueva donde se sume el río San Antonio”.

En los cuadernillos de 1842, se incluyeron lugares matanceros. Villaverde elaboró tres: “Valle del Yumurí”, “Puentes del Yumurí  y del San Juan en Matanzas” y “Las canteras del Yumurí en Matanzas”.

El 6 de junio de 1841, desde  Matanzas, Cirilo solicitó en una carta a Domingo del Monte el préstamo de un folleto con textos de Francisco de Arango y Parreño sobre la historia del tabaco. Estaba preparando el artículo sobre el barrio habanero de Jesús María. Aprovechaba para explicar su método:

Mi plan es, en primer lugar describir la iglesia y su fundación, en segundo lugar el barrio con sus progresos, mejoras, atrasos o desgracias por incendio y otros contratiempos y su estancamiento, y concluir con sus fiestas, o celebradas y alborotadoras ferias, todo esto reducido a los más estrechos límites posibles, que el periódico no admite otra cosa.

Mire Ud., si tiene otro libro raro y noticiero que me pueda convenir. […]
(Carta XXI. “Cirilo Villaverde a del Monte”, en Domingo del Monte: Centón epistolario, Ediciones Imagen Contemporánea, La Habana, Colección Biblioteca de Clásicos Cubanos, 2002, t. 3, pp. 35-36).

La mayoría de los artículos habaneros en el Paseo pintoresco… constituyen  fuentes esenciales para numerosos capítulos de la tercera Cecilia…

La génesis del político

Villaverde residía en La Habana cuando se desató la larga y cruenta represión denominada como la Conspiración de la Escalera.

Se le  atribuyó el dibujo satírico (impreso como un volante anónimo) “La vaca de leche y relevo de sus ordeñadores”, en el que se denunciaba a las autoridades coloniales, empezando por el capitán general Roncali; ellos se lo robaban todo.

En junio de 1848, conoció al general Narciso López en La Habana; ambos conspiraban; Cirilo fue encerrado en el castillo del Morro; sobornó a los carceleros y logró huir a los EE.UU. Allí, se convirtió en el secretario privado del general y en el primer cronista de las expediciones. Hasta la muerte, defendió la memoria de su jefe. A su primer hijo, le puso el nombre de Narciso.

Un particular interés historiográfico tiene la polémica de Villaverde con Manuel de la Cruz (agosto-noviembre de 1888). Cruz estimaba en un artículo público que el general López figuraba en la galería de los “campeones del anexionismo”. Cirilo le respondió  con una carta privada, en la cual  precisaba que “en su concepto”, el general sí era uno de los precursores de la Revolución de 1868:

[…] no solo pertenece a López, la gloria de haber sido precursor, sino que les enseñó a rebelarse y a pelear contra el temido poder español. Hizo más, dio testimonio con su sangre en el patíbulo de la verdad de sus palabras. […]

Duró tres años cabales este período de nuestra amistad y compañerismo, y ya puede V. [Usted] ver que tuve ocasión sobrada de estudiar y conocer su carácter, sus ideas y pensamientos sobre todo lo que se relacionaba con sus proyectos de revolución e independencia de Cuba del dominio español. Y como para que no se borrara de la frágil memoria ninguno de sus hechos, hechos y sueños patrióticos, los fui apuntando día a día, en un libro que conservo manuscrito y el tesoro que me sirve de consuelo en las largas horas de mi ausencia de la patria. […]

Jamás él pensó en la anexión. La idea de semejante cambio, no cupo nunca en su cabeza; en cuanto a su corazón, la odió con toda la fuerza de que era capaz

La idea de la anexión nació en el palacio de Aldama. De allí se le trasmitió a Gaspar Betancourt Cisneros, y este, por orden superior, la sometió al elevado criterio de José Antonio Saco, el cual la rechazó con todas sus fuerzas[…]

Según Villaverde, el general López explicaba la presencia de estadounidenses en sus expediciones con el siguiente argumento:

[…]Puesto que no hay aquí cubanos bastantes que me acompañen, estos peleles de americanos me servirán de escolta, con ellos desembarcaré, me internaré, levantaré el país, y los iré dejando en el camino para que los perros de los españoles se entretengan en roerle los huesos, mientras yo me rehago y frutifico. Y como me dijo en Nueva Orleans, así lo hizo en las Pozas, en Frías y en Candelaria.

Cirilo utilizó un fragmento de un discurso de Gaspar Betancourt Cisneros (pronunciado el 1 de septiembre de 1854 en Nueva Orleans) para reiterar lo ya dicho que ellos no fueron anexionistas:

La independencia nacional de Cuba es el primer artículo de nuestro programa revolucionario. Por aquí vendrán ustedes en conocimiento de cuán lejos estaba de la mente de Narciso López y de los caudillos de la revolución la idea de anexar a Cuba a los Estados Unidos por medios indignos, humillantes y derogatorios de la dignidad del pueblo cubano. Por aquí comprenderán ustedes cuánto debe ser el dolor, y cuán justa la indignación de todo cubano sensible y pundonoroso, al ver que sea precisamente el gobierno de los Estados Unidos… quien trate de adquirir la posición de Cuba por medio de una compra, cual si se tratase de una hacienda de ruin ganado para mejorar la cría. España, señores, es una madre injusta, y los azotes y los ultrajes y las vejaciones de una madre jamás infamaron a sus inocentes hijos. El gobierno español en Cuba es el ladrón que roba y que despoja a Cuba de todo cuanto tiene; pero el gobierno de los Estados Unidos es el raptor que la viola y deshonra. Yo, a nombre de Narciso López, a nombre del pueblo cubano, en el seno de esta asamblea y en la presencia de Dios, quiero dejar consignada nuestra solemne protesta contra el raptor y violador de Cuba.

(Cirilo Villaverde: “Narciso López”, Revista Cubana, 1891, t.XIII, pp.106-115. Manuel de la Cruz había solicitado la autorización de Cirilo para publicar su epístola de 1888).

Cirilo no solo atesoraba el diario de las expediciones del general López, sino la primera bandera cubana que este diseñó en Nueva York (1849). El diario nunca se ha publicado. Su último dueño conocido fue el historiador Herminio Portell Vilá. La primera bandera fue entregada por Narciso Villaverde y se encuentra en la Sala de las Banderas del Museo de la Ciudad de La Habana.

En 1855, se casó con Emilia Casanova (1832- 1897), tan apasionada en política como él. Tuvieron tres hijos.

Entre 1858 y 1860, el matrimonio residió en La Habana. Ambos  no ocultaban su antiespañolismo y se sabían discretamente vigilados. Villaverde pretextaba que investigaba para una tercera versión de Cecilia...; visitaba lugares, compraba revistas y libros, conversaba con amigos. En 1859, definió los fundamentos génericos de la novela histórica:

Desde que Gualterio [Walter] Scott imprimió el sello su genio creador a la novela histórica, este género literario se dividió en dos ramas, aquella y la novela de costumbres [...]

Ahora bien, de las dos ramas del género literario de que vamos tratando, en nuestra pobre opinión, hallamos que es doblemente difícil el de la novela de costumbres, razón porque han sobresalido tan pocos escritores en ella. En esta hay que crearlo todo y que hacer doble esfuerzo de imaginación, siendo el ejercicio de la última lo que más campea.

La novela histórica encuentra ya sus personajes creados, por decirlo así, y aun muchas de las escenas en que figuraron y el carácter con que se distinguieron en la vida...

(“Prólogo a Una feria de la Caridad en 183...”, en Ana Cairo (comp.), “Homenaje a Cirilo Villaverde”, Letras, Cultura en Cuba, t. 4, La Habana, Pueblo y Educación, 1987, p. 53. Villaverde publicó cuatro artículos sobre esta novela de José Ramón Betancourt en la revista semanal La Habana (agosto de 1859), que sirvieron de Prólogo a la edición catalana de 1885. Con la cita se abría el segundo artículo).

Por temor a un nuevo encarcelamiento, el matrimonio regresó a Nueva York. Desde el estallido de la Revolución de 1868, ambos se consagraron al proselitismo político. Admiraban a Calos Manuel de Céspedes y acusaban de traidor a Domingo Aldama. Ayudaron a financiar expediciones.


La tercera Cecilia…

Hacia 1876, estaban apesadumbrados porque veían extinguirse el esfuerzo bélico. Villaverde decidió imponerse la misión escritural de la tercera Cecilia..., en ratos libres y los domingos. Al concluir los capítulos de las cuatro partes, los discutía con Emilia, quien le aportaba informaciones muy precisas sobre las mentalidades femeninas, el modo de vida, la organización de la vida familiar, modas, vestuario, comidas, música, bailes, etc.

El manuscrito original (concluido hacia 1879) tenía alrededor de 1100 folios. Al autor no le alcanzaba el dinero para la impresión; le suprimió un tercio de la extensión (en particular de la cuarta parte). Pagó mil duros a la imprenta y sabía que no recobraría la inversión. La novela circuló en 1882; la remitió a intelectuales cubanos residentes en los EE.UU., La Habana y Matanzas, y regaló un ejemplar al más famoso de los novelistas españoles, Benito Pérez Galdós.

Se la dedicó a las mujeres cubanas, no solo como ofrenda amorosa y de agradecimiento a la contribución de Emilia, sino porque ellas deberían ser (como lo era su esposa) las guías espirituales de la educación familiar patriótica.

En Cecilia Valdés, novela histórica, se fusionaban el afán cognscitivo de explicar un momento histórico y el placer del entretenimiento. Los lectores cubanos y extranjeros podrían adentrarse en múltiples saberes sobre la vida colonial que se liquidaba con la Revolución de 1868. La narración debía funcionar como una metáfora eficiente de los horrores de una colonia-infierno, que bien merecía desaparecer.

El mundo narrado en la Cecilia... de 1882 transcurre entre 1812 (nacimiento de la protagonista y del propio Villaverde) y 1832, cuando ella está presa en el hospital de Paula y encuentra a su madre. En las cuatro partes del texto predominan los acontecimientos centrados en la gobernación del Capitán General Dionisio Vives (1823-1832).

En esa década se acentuó la conciencia de las diferencias entre criollos habaneros y españoles; se implantaron los humillantes decretos de las facultades omnímodas de la élite miliar y de los hacendados peninsulares. Con el clandestinaje de la trata negrera se multiplicaron los horrores de la esclavitud en el campo (ingenio y cafetal), en las ciudades y en el ámbito doméstico; y se entronizó la más descarada corrupción pública (Vives atendía una valla de gallos).

La estructura temporal de Cecilia... resulta más compleja, porque se añade el tiempo de la memoria del autor implícito, quien en funciones de narrador omnisciente comenta hechos, lugares, personajes, etc. En el capítulo nueve de la primera parte, se intercala la historia de Panchita Tapia (una adúltera, cómplice en el asesinato del marido, y que fue condenada a muerte por garrote).

El narrador enumera los lugares en los que había estado la cárcel habanera; cuenta quiénes habían ejercido como verdugos; menciona cuántas ejecuciones se habían efectuado en la explanada del castillo de San Salvador de La Punta, hasta el fusilamiento de los ocho estudiantes de medicina (27 de noviembre de 1871). No olvida incluir opiniones propias —teñidas de prejuicios racistas— en contra de que una mujer blanca fuera llevada al garrote.

En el capítulo V de la cuarta parte se alude al ensayo Memoria sobre la vagancia en Cuba (1832), de José Antonio Saco; de este modo se fundamenta, con la perspectiva político-sociológica de un cubano orgulloso de serlo, la crítica esencial a la corrupción pública (encabezada por Vives), como una de las lacras.

Villaverde solía recomendar a otros escritores:

Elimínese Vd. cuando pinta, escóndase Vd. entre bastidores y deje Vd. que los personajes representen la novela, actúen, declamen y expresen libremente sus sentimientos y pensamientos, y verá Vd. cómo, sin mayor esfuerzo, resulta una dramática que agita, entusiasma y mueve al lector.

(“Carta a Julio Rosas”, 3 de enero de 1884, en Ana Cairo, Epistolario de Villaverde (1852-1892) Letras. Cultura en Cuba, ed. cit., p. 155)

En realidad, el autor implícito se convirtió en un personaje más, que acotaba a los otros. Si se contabilizaran los personajes, la cifra excedería con amplitud los cien. Para la construcción de ellos, Villaverde eligió una técnica mixta. Retrató a personalidades históricas (Vives, Saco, Tondá, el sastre Uribe) e inventó el grupo más numeroso a partir de anécdotas de amigos y conocidos; primó un juego imaginativo libérrimo en dicha praxis composicional. En carta a Julio Rosas (21 de noviembre de 1883) se regodeó en las fuentes de los personajes.

El novelista operó también con una intencionalidad política para realzar sus tesis sobre el aprendizaje de la colonia-infierno. Podría ilustrarse con el diseño satírico de Dionisio Vives, o con el respeto manifestado al sastre Uribe (preso en la fortaleza de la Cabaña, durante los procesos de La Escalera en 1844, allí se suicidó); y —sobre todo— al conferirle la función de narradora a María de Regla, una esclava culta, quien con su propia voz argumenta los derechos a la libertad y la unidad de la familia.

En 1841, Villaverde leyó la novela Sab de Gertrudis Gómez de Avellaneda, y publicó un artículo (hoy desaparecido). Sab, el protagonista, un esclavo culto, mulato, resulta inverosímil porque filosofa sobre la dignidad humana, como argumento legitimador de una suprema contradicción: ya era un hombre espiritualmente libre, y, por lo mismo, elegía seguir en cautiverio, porque había encontrado un tesoro y lo entrega para el pago de la dote de su amada. Proclamaba que el amor prima sobre el ansia de libertad.

María de Regla, por su parte, explica a otras mujeres la necesidad y el derecho a su libertad y la de su familia. Ella ha sufrido por ser cómplice y víctima de las acciones de los amos; merece ser libre; quiere la opción de ganar dinero con su trabajo para comprarlas. Como enfermera de un ingenio, conoce las atrocidades que sufrían las dotaciones; puede narrar el horror del suicidio de Pedro Carabalí, ex cimarrón, quien, ante los excesos de la golpiza del mayoral, decidió rebelarse con el acto de tragarse su lengua. El médico ratificó la precisión de la narradora con una explicación técnica.

En el ciclo de narraciones con intenciones filantrópicas y —por excepción— abolicionistas, entre 1837 y 1841, no se construyó un personaje como María de Regla, porque hubiera resultado demasiado transgresor e inaceptable para los intelectuales (Villaverde incluido).

Después que la Revolución de 1868 había comenzado el proceso de liquidación de la esclavitud, María de Regla era un tipo de aporte al diseño de personajes imprescindibles, porque se multiplicaba la efectividad de la denuncia.

Por similares razones, el hacendado español Cándido Gamboa narra cómo funcionaba la trata negrera perseguida, y la lógica de los asesinatos masivos de esclavos si había riesgo de que el barco fuera apresado. La Cecilia... de 1882 concentró el repertorio más horrendo de los crímenes de la esclavitud en la colonia-infierno.

Villaverde creció admirando la maestría del pintor francés Juan Bautista Vermay (1786-1833), quien cumplió satisfactoriamente el encargo político-religioso de realizar dos murales con intención historiográfica, para El Templete (1827) en la Plaza de Armas.

Con Cecilia Valdés podría pensarse en la estructura de un álbum de murales sobre la colonia-infierno. Cada mural podría visualizarse en el correlato de escenas históricas (a veces conformadas por varios capítulos); podría ilustrarse con el ingenio La Tinaja, el cafetal de los Ilincheta, la casa habanera de los Gamboa, etc. Los conjuntos de personajes afines están contextualizados por atributos políticos, sociales, económicos, familiares, culturales, con rasgos del modo de vida, vestuario, hábitos alimentarios, sistema de ideas y creencias, etc.

José Martí sintetizó, en nombre de los revolucionarios de tres generaciones, el agradecimiento a Villaverde:

 De su vida larga y tenaz de patriota entero y escritor útil, ha entrado en la muerte, que para él ha de ser premio merecido, el anciano que dio a Cuba su sangre, nunca arrepentida y una inolvidable novela

(Periódico Patria, 30 de octubre, 1894).

Esa “inolvidable novela” constituyó la credencial de Villaverde para articular un diálogo originalísimo con los jóvenes modernistas de la década de 1880, quienes —precisamente— a partir de Cecilia... y del conocimiento personal, se interesaron por apropiarse del ciclo narrativo entre 1837 y la Revolución de 1868.

Interacciones generacionales

En 1886, Villaverde y Emilia Casanova visitaron La Habana y trajeron ejemplares para regalar; de ese modo se favoreció un interés por esa novela. Él recibió muestras de respeto admirativo que propiciaron el redescubrimiento de viejas narraciones suyas.

Se editó Excursión a Vuelta Abajo (1891); hizo amistad con los jóvenes modernistas Ramón Meza y Manuel de la Cruz. El primero editó Carmela (1887), a la cual Villaverde juzgaba como “una hermana menor” de Cecilia... En la obra se recrean las costumbres habaneras modernas y se actualiza el triángulo amoroso: la mulata protagonista es cortejada por un señorito blanco y un comerciante chino.

En 1891, Meza evaluaba la evolución de la novela en el siglo y afirmaba:

La novela registra su más notable triunfo con la publicación, en 1882, de Cecilia Valdés, por Cirilo Villaverde. Pálidos serían los elogios que añadiéramos a los justamente tributados a esta hermosa obra debida a la pluma del mejor de los novelistas cubanos. Su argumento, altamente dramático, domina por completo la atención que, en tanto llega la trágica escena final, no se siente fatigada al recorrer los bien presentados cuadros incidentales llenos de vida, de animación, de colorido. En esa rica serie de escenas, de rigurosa verdad local, van interviniendo los personajes que constituyeron en un lapso de tiempo considerable, los tipos todos de nuestra sociedad, desde el altivo procónsul al esclavo humilde. Para quien desee completar el estudio de la fisonomía de nuestro país, de 1812 a 1831, a la vez que a la historia habrá de consultar esa obra donde con rasgos de observaciones sagacísimas, han quedado bien caracterizados los sucesos y los hombres.

(“La obra póstuma de A. Mitjans”, Revista Cubana, 1891, t. 14, pp. 36-37)

Martín Morúa Delgado también estudió la obra para construir textos alternativos de contrarréplica. Primero, apareció su novela Sofía (1891), y después el ensayo “Las novelas del señor Villaverde” (1892, en el que enumeraba las inconsecuencias argumentales de la fábula y alertaba sobre los prejuicios racistas del autor.

El último desafío al poder colonial

Villaverde falleció el 23 de octubre de 1894. En Nueva York, José Martí en nombre de la emigración revolucionaria homenajeó al “patriota entero” en el periódico Patria.

Su viuda Emilia Casanova decidió que fuera enterrado en La Habana. Sería el último desafío al poder colonial. En diciembre, un grupo de intelectuales, encabezados por Juan Gualberto Gómez, Enrique Hernández Miyares, Ramón Meza, acudieron al puerto a recibir a los familiares y rendir el último  tributo ante el sarcófago. Después, se trasladaron al cementerio de Colón.

Enrique José Varona se sumó a la despedida patriótica con el realce de los aportes de Cecilia…. Él privilegió las virtudes sociológicas del texto y, en tal sentido, anticipaba varias de las tendencias exegéticas, que se impondrían en el siglo XX. Coincidía con Martí y con Meza, en que la pervivencia de la memoria del revolucionario era inseparable de su extraordinaria novela:

[…] De esa legión de proscritos fue Villaverde. Sencillo, modesto, laborioso, no parecía destinado a las duras vicisitudes del destierro, pero tenía el alma demasiado sensible y la vida interna demasiado clara, para acomodarse mucho tiempo a las asperezas aún mayores y a las doradas miserias de la vida colonial. Había nacido artista, se había enamorado temprano del bien y la belleza, y tenía que vivir en una factoría española, podrida en el fondo y mal barnizada en la superficie. Las palabras fastuosas e hipócritas con que se ha querido cohonestar la degradación sistemática de todo un pueblo: religión, civilización, orden, riqueza, no podían deslumbrarlo. Había visto de cerca las úlceras ponzoñosas del bello cuerpo tan querido, y su corazón se había desgarrado. Sabía de qué fuentes de sangre e ignominia manaba el raudal de oro que desvanecía tantas conciencias, y sus ojos se habían apartado con horror y conmiseración. Cuando se encontró lejos, y con ojos empañados por el dolor, recorría, en el cuadro de sus recuerdos, las escenas conmovedoras de que había sido testigo, las pasiones que había visto chocar enfurecidas, los largos martirios ignorados que había descubierto, las deshonras que se le habían revelado, las escorias todas que había visto flotar un instante, revolverse y sumergirse en la turbia corriente que arrastraba, en su país, los hombres y los sueños, cuanto había en él de artista vibró estremecido, y la obra de su vida tomó forma en su cerebro creador.

La trama de su Cecilia Valdés se complicó, el escenario se amplió, y la que había de ser en la primera intención de su autor, mera novela de costumbres, se convirtió por la intensidad de la emoción, la riqueza de los recuerdos y la profundidad escrutadora de la mirada del artista patriota en evocación maravillosa, en exteriorización palpitante de la vida de un grupo humano. Cecilia Valdés es la historia social de Cuba. Allí está Cuba, la que nos complacemos en llamar ¡ilusos! La del  tiempo viejo, pero que es la Cuba de ayer, la que lleva en su seno dolorido, fecundado por el crimen, este presente infausto cargado y rendido con el fardo abrumado de la expiación. Allí está la Cuba proconsular, pirámide tosca de servidumbres superpuestas, que gravitan unas sobre otras, amalgamadas por la codicia y la concupiscencia. Allí está la sociedad híbrida en que se mezclan y confunden el salvajismo y el refinamiento exterior, con sus castas separadas por la ley y las preocupaciones y unidas por los apetitos bestiales: con su vida rutinaria, monótona, interrumpida solo por el estallido de las pasiones primitivas, que destrozan y matan: hervidero comprimido de intereses e impulsos ciegos, de ideas que se disimulan, de afectos que se deforman, donde el amor de la primer edad, por la facilidad de su satisfacción, tiene dejos de hastío senil, donde las inclinaciones más naturales se deslizan al crimen y la risa de los labios en flor despierta un eco lúgubre.

El escritor que escribió y trazó con mano trémula el vasto cuadro, en que se destacan esos personajes símbolos, que son otras tantas fases del alma dolorosa de Cuba realizó una gran obra artística y una gran obra patriótica. Nos hizo vivir nuestra vida, toda nuestra vida, y espantarnos de los abismos entre los cuales corría inconsciente. Nos puso frente a frente con todos nuestros sombríos problemas, y nos obligó a mirarlos a la plena luz de una revelación sincera. Su voz profunda y conmovida lanzó sobre la sociedad colonial un apóstrofe patético que le decía: despiértate y mira. […]

(Periódico La Igualdad, La Habana, 6 de noviembre de 1894, recorte de prensa, CM Borrero, núm. 59, BNJM).

Revisitaciones

Tomás Fernández Robaina (investigador de la BNJM) se ocupa de la bibliografía de Cecilia...

Por las referencias compiladas, se podría afirmar que en el siglo XX se multiplicó el interés por la obra. Se leía habitualmente en las tabaquerías; se incluyó en los programas de Literatura Cubana para el bachillerato, escuelas normales y carreras universitarias; se reprodujo como folletín en periódicos y revistas. En 1932, se estrenó una zarzuela con música de Gonzalo Roig que ha devenido emblemática de la producción lírica cubana. En los más de 70 años que se ha llevado a escena, se ha mantenido como la obra más reverenciada de todos los tipos de público. Ha circulado como radionovela y telenovela y, por supuesto, como dramatizado para espacios de teatro o musicales (a partir de la zarzuela).

En 1949, el director Jaime Sant-Andrews hizo una película irrelevante; las referencias han provenido de un artículo de crítica de cine hecho por Mirta Aguirre.

Después de 1959, la Editorial Nacional de Cuba (1962), bajo la dirección de Alejo Carpentier, promocionó una reedición de Cecilia..., como uno de los clásicos de la literatura colonial. El Instituto Cubano del Libro (1968) ha proseguido dicha estrategia.

El Ballet Nacional de Cuba ha estimulado la creación de obras inspiradas en nuestro patrimonio. El coreógrafo Gustavo Herrera estrenó Cecilia Valdés, el 14 de diciembre de 1975, dentro del programa cultural asociado a la celebración del Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba.

Nelson Dorr escribió el libreto a partir de la novela. Se retomó la música de la zarzuela de Gonzalo Roig, con orquestaciones y adiciones de José Ramón Urbay. Los diseños de vestuario correspondieron a Manuel Barreiro. El ballet se conformó por un prólogo y dos actos. El rol protagónico lo asumió la primera bailarina Josefina Méndez.

El cineasta Humberto Solás se arriesgó con la versión libre Cecilia (1981). Desarrolló dos productos: un serial para televisión, de seis horas (que, al parecer, no se ha exhibido) y un largometraje de 198 minutos. Hubo debates de todo tipo sobre la versión. Solás  defendió sus opciones; era una de sus películas preferidas, porque la concibió como la plasmación del derecho a las libertades máximas en el ejercicio de la creación fílmica; la diseñó como un melodrama histórico, en el que los personajes se mueven en un “ámbito de pasiones eternas que se agitan a despecho de la historia”. Argumentó que en su melodrama “la música tiene una estructura que se corresponde a la del filme y que intencionalmente evoca un carácter operístico. Se trata de una ópera hablada y cantada”.

(“Cecilia”, en Juan Antonio García Borrero, Guía crítica del cine cubano de ficción, La Habana, Arte y Literatura, 2001, pp. 89-92).

En 1982 se celebró el centenario de la obra. Con el incentivo de la polémica sobre el filme, se reactivó el deseo de apreciar el texto literario. Se organizó una tirada de más de diez mil ejemplares. En 1983, la revista Opina, especializada en encuestas, difundió la noticia insólita de que Villaverde había alcanzado, por votación, uno de los girasoles de cristal, trofeo que avalaba una máxima popularidad. El artista de la plástica, Antonio Canet, elaboró una serie de grabados inspirados en la novela. El narrador Reinaldo Arenas publicó La loma del Ángel (1983) en los EE.UU. Se ofrece una parodia con personajes esperpénticos, en los que se satirizan problemáticas y personajes del siglo XX.

En 1987, F. Mond entregaba Cecilia después o ¿por qué la tierra? , una novela para adolescentes. Se trata de una fábula fechada entre las décadas de 1840 y de 1850, en la que se amalgaman personajes de la obra, el propio Villaverde, Matías Pérez, el amante de los viajes en globo, y extraterrestres. El juego irónico con elementos de ciencia-ficción convierte la narración en una lectura festiva.

Alfredo Antonio Fernández ganó uno de los premios Razón de Ser, de la Fundación Alejo Carpentier, y publicó al año siguiente Lances de amor, vida y muerte del caballero Narciso (1994), cuyo protagonista es el general Narciso López, Villaverde el narrador y Cecilia una de las amantes del militar.

El dramaturgo Abelardo Estorino escribió Parece blanca (1995), y dirigió su estreno. En un atril, situado en medio del escenario, permanecía el libro, y los personajes interactuaban con sus enunciados para que se asumieran como recontextualizados con problemáticas del presente.

En 2004 se publicó y estrenó La virgencita de bronce, pieza construida para títeres por el dramaturgo Norge Espinosa. El público ideal es el adulto. Espinosa propone un diálogo que involucra las variaciones de la zarzuela, el cine, la novela de Arenas y la obra de Estorino.

A los 130 años de publicada la Cecilia Valdés de 1882, se puede reiterar la afirmación martiana sobre que es “una novela inolvidable”,  la más famosa de la cultura romántica en Cuba y una de las emblemáticas en el ámbito latinoamericano.

 
 
 
 

LITERATURA EN LA JIRIBILLA:

 
.
© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.