La Habana. Año XI.
20 al 26 de OCTUBRE
de 2012

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en el Bicentenario de Cirilo Villaverde...
Un escritor realista
Denia García Ronda • La Habana

Se cumplen doscientos años del nacimiento de Cirilo Villaverde y el país parece casi olvidado de ese hecho, cuando debimos echar las campanas al vuelo por la suerte de tenerlo en el censo de nuestros más importantes escritores. Declarar, quizá, como el Día del escritor cubano, el de su nacimiento; divulgar su obra y su actuación vital; volver a repasar las opiniones que sobre él tuvieron hombres de la talla de José Martí, Enrique José Varona, Manuel de la Cruz, Diego Vicente Tejera, Ramón de Palma, Domingo Figarola Caneda, y tantos otros de sus contemporáneos y coterráneos, e incluso de otras partes como Benito Pérez Galdós o Manuel Fernández Junco; así como los más cercanos, entre ellos los de Esteban Rodríguez Herrera, Loló de la Torriente, Pedro Dechamps Chapeaux, Max Henríquez Ureña, Imeldo Álvarez, Raimundo Lazo o Salvador Bueno. Debemos honrar como se merece a quien fue llamado por Domingo del Monte —y reiterado por José Martí— “el primer novelista de los cubanos”.

Hijo de un médico rural, Villaverde nació y vivió sus primeros años en un ingenio azucarero de la zona de San Diego de Núñez, perteneciente a la región de Vueltabajo.1 Nunca abjuró de su origen campesino, ni de su vinculación afectiva con los lares de su infancia; pero, al residir en La Habana desde sus 11 años, su experiencia de vida fue, más bien, habanera, y buena parte de su obra refiere ese espacio urbano.

Instruido en el seno familiar, pudo posteriormente acceder al histórico Seminario de San Carlos y San Ambrosio y graduarse de abogado, profesión que apenas ejerció, llamado por  la docencia y la literatura. En este campo, es legítimo representante de la evolución que sufriría la narrativa colonial cubana desde la década de los años 30 del siglo XIX. Iniciador, junto con Ramón de Palma, del género en Cuba, sus primeras novelas, que apenas tienen algún valor literario, responden, en gran medida, a la irrupción, un tanto caótica, de cierta faceta del romanticismo europeo y —en tanto ópera prima— pecan de varios defectos de estructura, personajes, diálogos, lenguaje; pero, sobre todo, como dijo Ramón de Palma en su momento, la adaptación a los asuntos cubanos de los recursos románticos europeos, no asimilados totalmente por el autor, resultó artificiosa y poco convincente. En esos primeros intentos hay, sin embargo, un destacable interés por tratar ambientes criollos, voluntad que lo llevaría no solo a la mejor selección de los asuntos y al desarrollo más verosímil y coherente de estos, sino a una progresiva profundización de su visión de la sociedad cubana, hasta llegar a ese gran fresco social que es la Cecilia Valdés de 1882.2

Su génesis es, en realidad, un relato, cerrado en sí mismo, que hoy pudiera considerarse dentro del género cuentístico, y que fuera publicado en La Siempreviva en el propio año 39. En este relato, de dos capítulos, se narra la historia de una jovencita de gran belleza, que aunque gustaba de pasear y ser admirada, tenía determinadas habilidades, lo que hace suponer un carácter de preocupación y constancia por su futuro. Tocaba el arpa y cantaba con gracia. En la obrita se sugiere el parentesco de la protagonista con el padre de su enamorado —en este caso Leocadio Gamboa—, quien es pintado como un verdadero diablo; pero no se desarrolla explícitamente el motivo del incesto. Seducida por Leocadio, la muchacha no vuelve a su casa, ni se tienen otras noticias de ella, con lo que se cumplen las alegóricas advertencias de la abuela.

Ese mismo año, Villaverde escribiría lo que llamó, posteriormente, la primera parte de Cecilia Valdés, pero que, en verdad, no es sino un antecedente de la definitiva. Esta publicación, con el mismo título, se diferencia tanto del relato de La Siempreviva como de la del año 82. En ella, ya Leocadio se llama Leonardo, pero el futuro José Dolores Pimienta se nombra Águedo Falcón, e Isabel se apellida Rojas y no Ilincheta. Sus ocho capítulos relatan no solo los amores de Cecilia y Leonardo, sino el compromiso de este con Isabel. Igualmente, se aclara más el incesto entre los protagonistas. Pero la intención del autor era —por lo menos según lo que dejó escrito— totalmente costumbrista, y esto no solo por la trama que organiza, los bailes, los personajes populares, las fiestas tradicionales, etc., sino por su propia proyección temática. No hay, como en la definitiva, un retrato al fresco de la sociedad cubana entre 1812 y 1831; no se refleja un estudio profundo de los diferentes actores sociales; falta, especialmente, el análisis de la esclavitud y de la situación de los negros y mulatos libres, en sus variadas posiciones económicas y laborales. Hay, además, innumerables variantes estilísticas en relación con la de 1882.3

A pesar de quedar por debajo de la Cecilia Valdés del 82, la del 39 le abrió a su autor las puertas de la consideración intelectual. Con ella, Villaverde sobrepasa con mucho a sus contemporáneos en cuanto al tratamiento costumbrista, la capacidad de descripción, fluidez de los diálogos y otros valores. Desde su publicación, será el narrador romántico-costumbrista por excelencia, aunque en su obra intermedia, entre las dos versiones de Cecilia… no vuelva a lograr totalmente la coherencia que exhibió en los ocho capítulos de la primera.

Del mismo modo que se percibe una evolución positiva en su obra artística, su posición política también varía con el tiempo y con su propia experiencia. Desde una posición que se puede calificar de reformista, pasa al anexionismo, influido por su amigo Narciso López —de quien fue secretario—; y muere siendo un convencido independentista. A su muerte, Martí, que lo conoció en su exilio, dijo de él que era “el anciano que dio a Cuba su sangre, nunca arrepentida, y una inolvidable novela”.4

Diez años después de publicada la definitiva Cecilia Valdés, Manuel de la Cruz proclamaba a  su autor, como el iniciador del realismo narrativo cubano.5Otros lo afilian al costumbrismo, al naturalismo, o lo mantienen en el discurso romántico que llenó buena parte del siglo XIX cubano. Lo cierto es que la obra mayor de Villaverde puede cumplir características de cualquiera de estas tendencias, y no ser militante de ninguna, dado el complejo entramado que la informa. Por otra parte, no es su clasificación lo más importante, sino la profundización crítica de la sociedad colonial cubana que representa, y de los rasgos identitarios —muchos de los cuales todavía perviven— de su población. Como bien dijo Enrique José Varona:

El escritor que escribió y trazó con mano trémula el vasto cuadro en que se destacan esos personajes símbolos que son otras tantas fases del alma dolorosa de Cuba, realizó una gran obra artística y una gran obra patriótica. Nos hizo vivir nuestra vida, toda nuestra vida, y espantarnos de los abismos entre los cuales corría inconsciente. Nos puso frente a frente con todos nuestros sombríos problemas, y nos obligó a mirarlos a la plena luz de una revelación sincera.6

Efectivamente, el censo de personajes de Cecilia Valdés simboliza la composición social de la Cuba del primer tercio del XIX, desde el mismísimo Capitán General, hasta los diferentes grupos de esclavos —de ingenio, cafetales o domésticos—, pasando por la “aristocracia” azucarera o comercial, la intelectualidad blanca, los militares, la pequeña burguesía negra, las mulatas “de rumbo”, blancos pobres y sectores marginales como los “curros del manglar”, entre otros.

La propia relación incestuosa de los protagonistas Cecilia y Leonardo es, como ha explicado Enrique Sosa7 “símbolo de la caótica descomposición de la sociedad cubana”, en la que era común que hombres blancos y ricos, tuvieran hijos e hijas con mujeres negras y pobres, y los mantuvieran encubiertos aun para ellos mismos. Leonardo y Cecilia desconocen que son hermanos por ese ocultamiento, que no es más que el reflejo de la hipocresía de los oligarcas coloniales: mientras no tenían reparos en relacionarse sexualmente con mujeres negras o mulatas, esclavas o no, consideraban un deshonor y una vergüenza, su conocimiento público, y en especial tener hijos “bastardos”, de color quebrado.    

En la Cuba del siglo XXI, todavía esa gran novela nos obliga a mirar de frente muchos de nuestros problemas, al ser, como también dijo Varona, “la exteriorización palpitante de la vida íntima de un grupo humano”.8 Centrada en la realidad de la plantación y la esclavitud, Cecilia Valdés repasa todas las clases y sectores sociales actuantes en aquella sociedad, y lo hace de una manera coordinada, como el verdadero sistema que es, y cuyos factores, en este caso, están necesariamente interconectados alrededor de la realidad colonial y esclavista. No es extraño que sirva de fuente a estudios históricos, tanto o más, en alguna ocasión, que los documentos y la prensa. Mucho de lo que somos hoy tiene su origen en situaciones tratadas en Cecilia Valdés.


Notas:

1. La región de Vueltabajo ocupaba el territorio de lo que hasta 1976 —cuando, por la nueva división político-administrativa, perdió las zonas de Guanajay y Artemisa— fue la provincia de Pinar del Río.

2. Como he explicado en otras ocasiones, pienso que la Cecilia… de ocho capítulos, publicada por La Imprenta Literaria en 1839, no es la primera parte de la definitiva, sino una  obra retomada y ampliada, muchos años después, por el autor, y con un tema mucho más trascendente que la primera, sobre todo en lo tocante a la estructura social del país que le sirve de contexto.  Hay, además, innumerables variantes estilísticas en relación con la de 1839.

3. Véase Esteban Rodríguez Herrera, “Estudio crítico a Cecilia Valdés”, en Acerca de Cirilo Villaverde, La Habana, Letras Cubanas, 1882, pp. 133-181.

4. José Martí, “Cirilo Villaverde” (Patria, 30 de octubre, 1894), en Imeldo Álvarez (comp.), Acerca de Cirilo Villaverde, La Habana, Letras Cubanas, 1982, pp. 99-100.

5. Manuel de la Cruz, “Cirilo Villaverde”, (Cromitos cubanos, t.V) en Imeldo Álvarez (comp.), ob. cit., pp. 41-52.

6. Enrique José Varona, “El autor de Cecilia Valdés”, (El Fígaro, 4 de noviembre de 1894), en Acerca de Cirilo Villaverde, ed. cit., pp. 101-103. 

7. Enrique Sosa, “Apreciaciones sobre el plan y el método de Cirilo Villaverde para la versión definitiva de Cecilia Valdés”, en Acerca de Cirilo Villaverde, ed. cit., pp. 381-409.

8. Enrique José Varona, ob. cit.

 
 
 
 

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ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.