La Habana. Año XI.
20 al 26 de OCTUBRE
de 2012

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A propósito del Día de la Cultura Nacional

Una breve referencia a nuestros antecedentes

Fernando Luis Rojas • La Habana

La celebración del Día de la Cultura cubana este 20 de octubre, recordando ese acto de reafirmación nacional que significó cantar por primera vez el Himno de Bayamo, constituye la mejor expresión del contenido simbólico que adquiere la historia patria. En un país cargado de referencias culturales, escoger esta fecha magnifica el sentido de lo ocurrido en Bayamo hace 144 años por erigirse en clara expresión del proceso de nacimiento de la cultura y la nacionalidad cubanas. Por ello, nos ofrece la oportunidad de hurgar en los precedentes del acontecimiento que inmortalizó al patriota Pedro Figueredo y su posteridad.

Como plantea Armando Hart, existen varias condicionantes que convierten en singular el caso cubano, como son la situación geográfica y económica del país, su carácter insular y la dependencia del comercio exterior1. Además, durante todo el proceso de formación de la cultura nacional en Cuba influyeron determinados procesos históricos de carácter internacional. Partiendo del presupuesto de que la cultura nacional en Cuba marcha aparejada a las luchas de independencia y se convierte en un arma en el desarrollo de las mismas, pueden mencionarse por su incidencia en la Isla: la necesidad de liquidar el sistema colonial europeo en América, el desarrollo y expansión de los EE.UU. que sienta las bases del imperialismo moderno, el crecimiento acelerado de la población esclava de origen africano y de trabajadores blancos traídos de España y de otras latitudes que conformó como conjunto una composición social y de masas que sufría doble explotación nacional y de clases, y la dominación del imperialismo norteamericano que impide todo el posible desarrollo capitalista independiente en la base.

La conjugación de las condicionantes objetivas y los procesos históricos mencionados, imprimen singularidad al caso cubano. Se distinguen varias características en el proceso de formación y desarrollo de la cultura nacional: el humanismo —de hecho, la esencia de la cultura cubana es la utopía de la redención universal del hombre”2—, el enfoque desde las raíces y la implementación de una concepción electiva y abierta.

Los reducidos grupos intelectuales de la Isla recibieron a finales del siglo XVIII lo más elevado de la cultura política, social y filosófica de Europa, asumiéndose y recreándose estos paradigmas y valores sin las contradicciones clasistas de la Europa burguesa latifundista. En Cuba, al manifestarse el eclecticismo como principio metodológico en la asunción de la herencia cultural universal, se seleccionaron de las corrientes de pensamiento europeas solo aquellas concepciones válidas para la solución de los problemas de la práctica política y se estructuraron concepciones originales en función de los intereses de los nacidos en estas tierras. Por otra parte, partiendo del enfoque desde las raíces, no se producen los grandes antagonismos entre las tradiciones éticas cristianas y los elementos de la modernidad europea, que signaron procesos como la Revolución Francesa.

Los pensadores cubanos rechazaron la conformación de sistemas tradicionales. Este rechazo se puede observar tanto en Varela, quien fundamentó ideológicamente la posición independentista, como en Luz y Caballero. Este último lo expresa de modo concreto en uno de sus aforismos en el que se plasma el carácter electivo de la filosofía cubana, en función de las necesidades prácticas. Martí asumiría también esta actitud electiva al integrar en su inmensa cultura todos aquellos elementos positivos y valiosos de los autores más diversos, para formar un saber coherente ajustado a los intereses de Cuba y Latinoamérica.

En Cuba coexisten durante los siglos XVIII y XIX tres corrientes políticas de importancia: la anexionista, la reformista y la independentista. Aun cuando la evolución del pensamiento político también estuvo signada por la actitud ante el problema de la esclavitud, podemos diferenciar dos épocas en el desarrollo del mismo. La primera está marcada por el predominio del reformismo y el anexionismo; la segunda por la irrupción del independentismo como tendencia más sólida, y es aquí donde se consolida la cultura nacional, pues uno de sus componentes se encuentra en su papel liberador.

La ruptura epocal la encabezan Céspedes y Agramonte: ha naufragado el anexionismo pues niega por definición que Cuba sea nación y ha fracasado el reformismo por la intransigencia del reaccionario sistema dominante en España; como señala Hart: un país que no goza de libertades, no puede brindarlas a otro”3. Los dos padres liberadores definen una clave de la historia nacional, la articulación entre dos grandes necesidades: la abolición de la esclavitud y la independencia, lo cual solo es posible con la Revolución. Céspedes, con un enfoque desde las raíces, toma en cuenta el drama social y político de la Isla para llegar a soluciones certeras históricamente: libera a sus esclavos y opta por imprimir radicalidad a la lucha independentista. Los gérmenes de la radicalización de la gesta liberadora en Cuba no aparecen con el ascenso en el Ejército de figuras como Maceo o la labor martiana, sino en La Demajagua, con el Manifiesto del 10 de octubre.

Los líderes revolucionarios aceptan lo mejor del pensamiento precedente. En Cuba se toman elementos del reformismo, fundamentalmente las valoraciones del papel de la conciencia en función de soñar con la igualdad social entendida en su alcance universal. Los iniciadores de la Revolución comienzan a sintetizar lo mejor del ideario de la Isla, las experiencias de la “culta Europa” y aportan la práctica social transformadora. No existe un sistema filosófico conformado en el marco de la contienda de los Diez Años, pero sí un método teórico-práctico transformador.

En un complejo proceso ensayo-error desde los inicios de la gesta del 68 se manifiestan principios e ideas claves, como la necesidad de la unidad para alcanzar el triunfo, el respeto a la autoridad revolucionaria, evidenciado en la estatura política de Céspedes y su obediencia a la legalidad al acatar decisiones contradictorias como su propia destitución en octubre de 1873; y el principio de la renuncia en virtud de los intereses patrios, demostrándose la importancia de lo subjetivo en la actividad transformadora, enseñanza que en la actualidad adquiere gran dimensión y se ha plasmado en la ideología como elemento enriquecedor (no regulador) de la doctrina marxista-leninista.

Todos estos aspectos constituyen parte del legado que recibe y desarrolla José Martí, representante genuino de la masa integrada por la pequeña burguesía, el naciente movimiento obrero, la intelectualidad revolucionaria, los campesinos y los esclavos liberados que asumen la responsabilidad de encarnar el movimiento independentista tras el revés del Zanjón.

El Héroe Nacional signa los últimos 20 años del siglo XIX en la Isla, aun, y, sobre todo, con su actividad en el exilio. En esta etapa, dos procesos afectan sustancialmente la historia de Cuba: el tránsito del capitalismo norteamericano hacia el Imperialismo —descrito por Martí en sus famosas “Escenas Norteamericanas”— que tiene su expresión en Cuba en el proceso que llevaría al control de la industria azucarera; y el fortalecimiento del carácter popular de la revolución independentista, condición básica para que la misma alcance fuerza decisiva.

Martí actúa como elemento aglutinador, organizador de los diferentes sectores de la población cubana que continúan la lucha armada por la independencia y trasmite una proyección ideológica y política a la guerra apoyándose en el Partido Revolucionario Cubano (PRC) por él fundado en 1892. Su actividad revolucionaria se complementa durante la contienda del 95 con la visión de Maceo —el más puro representante de las grandes masas populares que integran el Ejército Libertador— que encarnó un republicanismo acendrado que se evidencia en su democratismo y posición antianexionista; así como con la concurrencia del mayor estratega militar de las epopeyas libertarias: Máximo Gómez, también de pensamiento político-social de avanzada.

El Apóstol encarna lo más adelantado de las ideas en Cuba porque asumió la misión histórica de sintetizar todo el saber y la experiencia acumulada desde los tiempos forjadores de la nacionalidad en los planos político, social y filosófico. Es grande porque en él están Varela, Luz y Caballero, Céspedes y Agramonte; pero también Bolívar, Hidalgo, Sucre, San Martín y Juárez. El pensamiento nacional adquiere en tiempos de Martí componentes antimperialistas y un carácter universal. Desde entonces, los ideólogos cubanos han sido capaces de plantearse en forma consecuente con su época el fenómeno del imperialismo yanqui y de valorar la importancia de establecer un sistema de relaciones internacionales que favorecieran el equilibrio del mundo. Es mérito suyo también, haber elaborado un antimperialismo de fundamento nacional-económico que no se dejara maniatar por una ética inconsistente.

Es conocido que producto de la intervención de los EE.UU. y la desaparición de los principales líderes ideológicos de la gesta del 95, resulta escamoteada la proyección martiana de República Democrática, instaurándose en su lugar un sistema político, social y económico dependiente del vecino norteño; accediendo al poder representantes de los intereses de la burguesía entreguista que generaron una deformación estructural de la nación en casi todos los órdenes. La entrada de Cuba a la formación capitalista se produjo desde posiciones de sometimiento y restricciones en las esferas productiva y comercial. La sociedad republicana nació corrupta y viciada, reflejando la actitud de los gobernantes de turno.

Sin embargo, apenas en la segunda década del siglo XX emerge una generación patriótica, antimperialista y en algunos casos socialista, que rescata el pensamiento martiano y pretende articularlo con las ideas del marxismo. Como paladín de este proceso aparece el joven Julio Antonio Mella, quien acompaña su labor fundacional de la Federación Estudiantil Universitaria (1922) y del Partido Comunista de Cuba (1925) con el estudio de las ideas de José Martí. De hecho, habla de la necesidad de realizar un libro sobre Martí en el que apareciera una interpretación histórica del pensamiento y actuación del Apóstol que permitiera apreciar los hechos históricos y su importancia para el porvenir y subraya en qué consiste esa interpretación histórica al señalar: “…Consiste, en el caso de Martí y de la Revolución, tomados únicamente como ejemplos, en ver el interés económico y social que creó el Apóstol, sus poemas de rebeldía, su acción continental y revolucionaria: estudiar el juego fatal de las fuerzas históricas, el rompimiento de un antiguo equilibrio de fuerzas sociales, desentrañar el misterio del programa ultrademocrático del Partido Revolucionario Cubano, el milagro —así parece hoy— de la cooperación estrecha entre el elemento proletario de los talleres de la Florida y la burguesía nacional, la razón de la existencia de anarquistas y socialistas en las filas del Partido Revolucionario…”4.

Resulta evidente el clamor del joven líder acerca de la necesidad de una interpretación marxista del pensamiento martiano, y al mismo tiempo, su comprensión de que las coincidencias entre el ideario de Martí y la doctrina marxista convertían la obra del Maestro en la clave contextualizadora y enriquecedora del marxismo en Cuba. La vida de Mella lo eleva consecuentemente como el actor inicial de la articulación de lo que algunos han llamado “pilares de la Ideología de la Revolución Cubana”; rompiendo con dogmatismos doctrinales se muestra un adelantado a su época y a los propios comunistas que le acompañaron en Cuba.

El decursar del siglo XX demostró la acertada visión de Mella y sus predecesores. La Revolución del 30 evidenció cómo las enseñanzas decimonónicas debían beberse aún: el problema de la unidad revolucionaria, una falsa concepción de la autoridad y la entronización de dogmas llevaron al fracaso de uno de los procesos de mayor potencialidad revolucionaria que conociera la historia de Cuba. Años más tarde, un grupo de jóvenes tuvo que romper con los políticos tradicionales y emerger como nueva vanguardia organizada para luchar contra la dictadura de Batista.

Sin duda, el siglo XX nos ofrece claves que complementan todo el desarrollo de las ideas en Cuba. Su estudio crítico es una tarea que tenemos por delante los investigadores para encontrar las fuentes de enriquecimiento de nuestra cultura. Sirva este 20 de octubre como pretexto para este empeño encomiable.

 

Notas:

1- Hart, Armando: Una interpretación de la Historia de Cuba desde el 2001. Oficina del Programa Martiano. Ciudad de La Habana. 2001.

2- Hart, Armando. Ob. Cit. p. 18.

3- Hart, Armando. Ob. Cit. p. 19.

4- Mella, Julio Antonio: “Glosas al pensamiento de José Martí”. Marxistas de América, Editorial Arte y Literatura. Ciudad de La Habana. 1985. p. 48.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.