La Habana. Año XI.
20 al 26 de OCTUBRE
de 2012

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"la casa de san dionisio", de cirilo villaverde
Pintura de la realidad
Roberto Méndez • La Habana

En 1841, Cirilo Villaverde publicó varios artículos descriptivos en el Paseo pintoresco por la Isla de Cuba, impreso por el Establecimiento Litográfico del Gobierno y Capitanía General. El libro se anunciaba como una “obra artística y literaria, en que se pintan y describen los edificios, los monumentos, los campos y las costumbres de este privilegiado suelo… desde la punta de Maisí, hasta el Cabo de San Antonio, y desde la conquista hasta la época presente”.

Tan ambicioso proyecto estaba formado en realidad por un conjunto de artículos, los más notables de ellos firmados por Antonio Bachiller y Morales y Cirilo Villaverde, ilustrados por 76 grabados, realizados por Laureano Cuevas y Fernando Costa, todos de formato pequeño y en blanco y negro.

Según la crítico Adelaida de Juan: “Emparentados algunos de estos últimos [los de Cuevas] con las representaciones de Mialhe por su sentido del espacio y del claroscuro, están igualmente animados por el movimiento lleno de gracia de alguna figura o el reflejo cambiante de las aguas del mar.”

Por esas fechas, era Villaverde un joven de 29 años, graduado de Bachiller en Leyes, que había trabajado fugazmente en un par de bufetes, pero había preferido dejar de lado la abogacía, para ejercer por un tiempo la docencia en colegios de La Habana y Matanzas, e iniciar su carrera literaria con la publicación de una serie de narraciones breves y leyendas: “El ave muerta”, “La Peña Blanca”, “El Perjurio”, “La Cueva de Taganana”, en diversas revistas, lo que llega a su punto más notable con la aparición del núcleo primitivo de Cecilia Valdés, en La Siempreviva, en dos partes, en 1839 y de La joven de la flecha de oro, como volumen editado en la Imprenta de Oliva en 1841.

A partir de 1834, el joven narrador había frecuentado las tertulias de Domingo del Monte. Ese ambiente donde se discutía no solo de literatura y arte, sino también de política y economía y en el que se procuraba buscar soluciones para urgentes problemas sociales como la esclavitud, el analfabetismo y la vagancia, marcaron profundamente sus puntos de vista.

Si bien el novel autor está muy marcado por el folletinismo romántico y gusta de lo misterioso y crepuscular, de los hechos bizarros, de la narración de amores imposibles y de los desenlaces más o menos truculentos, las lecturas de Víctor Hugo y Eugene Sue, así como de los costumbristas españoles lo llevan a una especie de mirada filantrópica en lo social. Sus especiales habilidades para la descripción facilitan no solo retratar tipos y costumbres, sino, sobre todo procurar un remedio para los males que descubre en medio de la belleza del paisaje insular o de la elegancia de las edificaciones urbanas.

En ese sentido, la obra de este autor prolonga la de narradores de la generación anterior. En él llegan a un punto más alto las preocupaciones del Ramón de Palma de Una pascua en San Marcos, el Pedro José Morillas de El ranchador y el Anselmo Suárez y Romero de Francisco. No menos romántico que ellos pero sí más preciso en su pintura de la realidad, más agudo para detectar los problemas sociales y develar sus causas, más sistemático y abarcador en sus alegatos, Villaverde es el más notable de los autores cubanos que forman un puente entre romanticismo y realismo.

Sus artículos para el Paseo pintoresco por la Isla de Cuba muestran, precisamente, esa habilidad para describir paisajes naturales y urbanos; sin embargo, más allá de la mera postal turística, con extrema habilidad introduce la cuestión social, de manera tan cuidadosa que no pueda cortarla la censura, pero tan visible, que los lectores avisados pueden seguir el rumbo de sus intenciones.

Así, cuando describe el barrio de Jesús María, no solo se detiene en sus célebres ferias con sus bailes, alimentos y campanas echadas al vuelo, sino que señala los peligros del juego y la relajación general “de las virtudes sociales y domésticas”. Así como el paisaje portuario de la Puerta de Luz no solo le hace evocar un pasaje de la novela autobiográfica Sor Inés de la Condesa de Merlín, sino los “desacatos y tropelías” que cometían los boteros un tiempo antes con las personas que necesitaban embarcarse hacia Regla.

Las páginas que dedica a “La casa de San Dionisio”, son, a mi juicio, las más sobrecogedoras. El autor visita la primera institución oficial habanera dedicada a albergar a los dementes, situada en las inmediaciones de la Beneficencia y junto al Cementerio de Espada, en el entorno de la Caleta de San Lázaro.

El escritor no puede ocultar su fascinación por la locura, que asocia con la muerte:

Un temor religioso sobrecoge el ánimo del escritor al estampar el solo nombre de S. Dionisio, mayormente, cuando sin quererlo, por sobre las almenas de la casa, divisa los pinos del Cementerio. Aquí la tumba de los dementes! allí la tumba de los muertos! Qué consonancia tan terrible! La muerte y la locura juntas! Nosotros respetamos las intenciones del sabio magistrado que así lo dispuso, y aún aplaudimos su filosófico pensamiento. La locura y la muerte son una misma cosa. El hombre demente existe en un mundo donde aún no han podido penetrar los sabios de la tierra: el hombre muerto reposa en otro mundo cerrado definitivamente para el hombre vivo.

La vecindad entre la institución y el cementerio lo pone ante un problema social: el enfermo mental es apartado y relegado, colocado en un margen muy semejante al de los muertos depositados en sus tumbas. La razón extraviada es causa de proscripción y de hecho funciona como una anticipación del tránsito a otro mundo:

La casa de los locos y la casa de los muertos deben estar pues, en un mismo sitio. Si la sociedad tiene un sepulcro debajo de la tierra para sus muertos, que sirve de asilo a sus huesos, es cosa muy puesta en razón que erigiese también asilo sobre la tierra, para aquellos que, perdiendo el juicio, perdieron la existencia moral, y demanden una tumba o lugar apartado, donde sus delirios no exciten a todas horas, el horror, la lástima y tal vez el escarnio del hombre sensato. La sociedad en esto obedece a Dios callando. Desgraciado el hombre que no encuentra un hueco en la tierra donde descansar sus huesos! Desgraciado el loco, que no tiene un asilo donde ocultar a los demás hombres las miserias de su razón extraviada!

Ante estas páginas no podemos sino recordar que en la obra de Villaverde la frustración, ocasionada habitualmente por problemas sociales es causa de locura y esta es el preludio de la muerte. Recuérdese en la versión definitiva de Cecilia Valdés, como Dolores Santa Cruz pasa de ser una persona normal a una pintoresca loca callejera cuando es despojada de sus bienes materiales y, sobre todo, como Charito Alarcón enloquece cuando se le arrebata su hija recién nacida, por lo que debe ser encerrada en el Hospital de Paula y de hecho, el desenlace de la novela ocurre entre los muros de esa institución, donde también es encerrada hacia el final la protagonista: su progenitora la reconoce, recobra la razón y muere en sus brazos, pero intuimos que Cecilia no saldrá de allí; encerrada con locos, probablemente su frágil razón naufrague, una vez que la sociedad, representada por la familia Gamboa, ha descargado sobre ella el peso de toda la tragedia. Criminales y locos son tratados del mismo modo: se les sustrae de la vida, se les invisibiliza y se adelanta de manera legal la declaración de su deceso.

Hay una importante dosis de ironía en la descripción de la institución, que se muestra como limpia, organizada y silenciosa:

Cuando se abrió la casa en 1828, no tenía más que este patio y un gran jardín al fondo; pero posteriormente lo destruyeron para fabricar otras celdas, con patios correspondientes, según veremos después. Para entrar en el segundo que es cinco varas más chico que el primero y que tiene los mismos pasadizos y columnas, atravesamos otro pasillo al cual abren dos puertas, que lo eran de otros tantos salones corridos a derecha e izquierda, donde se veían las largas mesas y bancos de pino, en que se sientan los reclusos blancos a comer, pues los de color tienen las suyas en los pasadizos. En el centro de este segundo patio hay una hermosa fuente, que derrama un chorro abundante de agua por la boca de una bestia marina; y corona la pila el Dios del silencio, representado en un precioso niño de mármol ordinario, que se ve de pie, con el indicador sobre los labios.

Aunque se supone que el escritor debe dejar una impresión tranquilizadora en los lectores, no quiere escatimar el describir el pequeño caos que motiva su visita y a la vez, poner muy a la vista los instrumentos de represión. Se hace evidente que ante cualquier ruptura del orden, ahí están el castigo y la más evidente tortura para reprimir a sus causantes:

Los patios, celdas, calabozos, pasillos, pasadizos y paredes respiraban tal aseo y limpieza que sobremanera nos admiró, no menos que el religioso respeto con que aquellos seres de extraviada razón miraban a su guardián o loquero, D. Ignacio Franco, quien tuvo la amable condescendencia de enseñarnos el establecimiento y darnos cuantas noticias e instrucciones le pedimos. Mientras pasábamos de un patio a otro solía quedarse atrás el loquero cerrando alguna puerta; entonces los dementes nos rodeaban hablándonos a un tiempo y cada cual conforme a la tema de su locura; pero se aproximaba aquel y todos se alejaban y le abrían paso, atentos siempre a sus menores acciones, como a sus palabras. La mayor parte de esos infelices estaban echados en sus tarimas cuando entramos; mas según fuimos penetrando en la casa, fueron ellos poniéndose de pie, por manera que a nuestro retorno, ya casi todos los 119, que hoy encierra el establecimiento, ocupaban los pasadizos del primer patio, y comenzaron a darnos voces e insultarnos desde lejos, porque nos veían con el lápiz y el papel en las manos, apuntando las noticias con que redactamos este artículo.

Desde la edad fresca y lozana de los 20 años, hasta la débil y madura de los 70, vimos allí locos; y es cosa singular que ninguno furioso; porque si bien es cierto que hay calabozos y estrechas celdas, rara vez, según nos dijo el loquero, se han visto en la necesidad de ocuparlos; y los cepos y los encierros; más se dan como corrección de pequeñas faltas, que como medios preservativos contra la furia de algún demente.

El último párrafo del texto resulta ejemplar, pues, si por una parte, el periodista intenta acompañar el tranquilizador grabado sobre aquel hospital de sabor neoclásico con el que las ilustradas autoridades civiles y eclesiásticas han dotado a la ciudad, para encerrar a la sinrazón, por otra, el narrador no puede escapar a la atracción de la locura, un mundo de sabor goyesco, con mucho de fantasmagórico:

Nosotros nos retiramos de S. Dionisio al cabo de una buena hora, es decir a las cinco y más de media de la tarde, Quedando encantados de la amabilidad del Sr. Franco, a quien los dementes tratan con el respeto de un padre cariñoso, y él a ellos como a hijos desgraciados. Hoy no hemos olvidado ninguna de sus cortesanas atenciones, para con nosotros extraños e importunos visitantes; tampoco se nos borrará nunca de nuestra imaginación la fisonomía de esa enfermedad que llaman locura, fisonomía espantosa que inspira lástima, y horror al mismo tiempo. La palidez del rostro, la vaguedad en los ojos ahuecados, la macilenta expresión del semblante, y las manías de todos y cada uno de los locos agrupados en torno de nosotros mirándonos unos como estatua, asustándonos otros con sus contorsiones ridículas... oh! estas son cosas que no se pueden olvidar jamás. Dios nos conserve la razón y tenga misericordia de sus pobres criaturas, porque el hombre demente vive, es verdad, pero no existe en el mundo de los vivos.

En esas páginas, que por entonces pasaron poco menos que inadvertidas y que hoy quedan sepultadas entre las piezas “supuestamente” menores de Don Cirilo, estaba el núcleo de muchas de sus obsesiones: el asesinato de Rosalía en El espetón de oro, acompañado por la locura del pretendiente Andrés; la muerte de Paulina a manos de su esposo celoso en La joven de la flecha de oro; las truculencias de La peineta calada y desde luego todo el variopinto mundo de su Cecilia Valdés.

 
 
 
 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.