La Habana. Año XI.
20 al 26 de OCTUBRE
de 2012

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Cirilo Villaverde y su novela máxima*
Salvador Bueno

Se requiere que el estudio de la literatura cubana se realice a partir de las concepciones marxista-leninistas sobre la historia y sobre la literatura y el arte. No es posible seguir evaluando nuestro proceso literario, a nuestros escritores y sus obras representativas con puntos de vista que responden a criterios ya superados, los criterios de la burguesía criolla y sus voceros ideológicos. De ahí que obras valiosas del siglo XIX sean analizadas de modo unilateral debido a ciertos prejuicios y discriminaciones que subyacen tras postulados derivados de dichos criterios. Así ha ocurrido con Cecilia Valdés, la máxima novela de Cirilo Villaverde (1812-1894) sobre la cual se repiten apreciaciones que revelan la persistencia de puntos de vista de la burguesía que no atienden a la debida captación de la problemática cubana del pasado siglo.

No ha sido subrayado por críticos e historiadores literarios que en la primera mitad del siglo XIX surge en Cuba toda una corriente literaria que podemos denominar “la novela antiesclavista cubana” con el aporte de obras que no encuentran similitud en otras literaturas de nuestra América en aquella misma época. Estos escritores afrontaron con mayor o menor crudeza y valentía el problema de la esclavitud. Es cierto que ellos no declaran con claridad objetivos abolicionistas, ya que se limitan a presentar los conflictos, las confrontaciones raciales de aquella sociedad esclavista. Varias de ellas no pudieron publicarse en Cuba cuando fueron concluidas, como el relato “Petrona y Rosalía”, escrito en 1838 por Félix Tanco (que solo se publicó por primera vez en 1925) y Francisco de Anselmo Suárez y Romero, también escrita en 1838-39 y que fue editada en Nueva York en 1880. Menos oportunidades hubieran tenido para pasar por la rígida censura colonial si abiertamente hubiesen proclamado la necesidad de eliminar aquel terrible sistema que constituía la fuente de riqueza de aquellos propietarios de haciendas y plantaciones de azúcar. La temática antiesclavista queda reducida a un planteamiento de tipo moral, no social; postulaban tan solo dulcificar (si este vocablo no fuera atrozmente irónico) la situación de los esclavos productores del dulce alimento; disminuir los maltratos a que estaban sometidos, la implacable explotación que padecían aquellos indefensos seres humanos considerados como cosas o mercancías, “piezas de ébano” y “sacos de carbón”.

Villaverde amplió mucho más su enfoque. No presentó solamente el sistema esclavista sino toda la sociedad colonial que giraba en torno al bárbaro sistema. Ese ambicioso objetivo llevó al narrador a presentar todas las clases y segmentos sociales que constituían la sociedad de aquella época desde el jefe político, el capitán general Vives, y debajo la pirámide social que tenía en su ápice a la aristocracia (representada por Fernando O'Reilly, amigo de Leonardo); la alta burguesía peninsular y criolla de hacendados, comerciantes y contrabandistas de esclavos (en la que se encuentra Cándido Gamboa, español convertido gracias a un ventajoso matrimonio en rico comerciante, propietario de un ingenio y tratante de esclavos africanos), y una pequeña burguesía liberal de médicos y profesores, y más abajo los pequeños comerciantes y empleados peninsulares (gallegos, catalanes, isleños), el relojero, el bodeguero, el mayordomo de Gamboa, etc., y los empleados criollos con varios oficios en la ciudad y en el campo. Más abajo, el mundo de los negros y mulatos libres, que ya en estos años iba alcanzando un nivel económico que causaba el recelo de las autoridades coloniales y provocaría la horrible represión de la “conspiración de la Escalera” en 1844. A este mundo pertenecen artesanos y músicos, como el sastre Uribe y el músico José Dolores Pimienta. Cecilia y su amiga Nemesia corresponden a este segmento que constituye el eje de la novela. Por último, en la base de la pirámide se hallan los esclavos que no eran más que cosas, mercancías, pero a quienes Villaverde logra infundir personalidad, vida, singularidad. 

Villaverde describió con minuciosidad los usos y costumbres de los negros y mulatos libertos. Si en Francisco el protagonista es un esclavo, como ocurre por igual con Sab, el personaje principal de la novela antiesclavista de Gertrudis Gómez de Avellaneda, Villaverde escoge como núcleo de su novela el mundo de los mulatos libertos. En ellos advertimos un profundo complejo de inferioridad, un viscoso rechazo a la raza negra, una constante negación de su origen étnico africano. ¿Por qué? No es meramente por afanes de ascenso social, sino que en aquella sociedad esclavista el origen africano, lo oscuro de la piel, representaba una discriminación total, una barrera casi infranqueable, una supeditación a todos los desmanes y provocaciones. Cecilia Valdés es, en este sentido, un personaje-tipo: soporta a los mulatos y rechaza obviamente a los negros, aspira a escalar posiciones dentro de la estructura social imperante y esa posibilidad —la única posibilidad que le permitía aquel régimen— era la relación con un blanco. La tragedia de Cecilia está impulsada por los consejos que le da su abuela Ña Chepilla (primera parte, capítulo III). La autonegación del negro también se manifiesta en las relaciones que mantiene la esclava María de Regla, uno de los personajes más diestramente trazados por Villaverde, con sus hijos Dolores y Tirso.

Entre los mulatos libertos se deja entrever ya la semilla de la rebeldía. José Dolores representa un sector cada vez más numeroso dentro del progresivo mestizaje. La conversación entre José Dolores y el sastre Uribe (segunda parte, capítulo I) permite conocer la inconformidad y el resentimiento latente en una “clase” o sector determinado. Las palabras de Uribe son suficientemente claras: “Deja correr, chinito, que alguna vez nos ha de tocar a nosotros”. Pero, ¿estas palabras son “propias” de aquel personaje en realidad, o representan el “temor al negro” en que tanto insistieron los ideólogos de la burguesía reformista, como José Antonio Saco? ¿Cuánto del propio Villaverde había en estas palabras resentidas?

Consciente o inconscientemente, Villaverde revela en esta novela-testimonio, la real situación de la Isla: a pesar de la esclavitud y de la discriminación racial, no obstante el explosivo ambiente causado por las violentas confrontaciones raciales y clasistas, se va produciendo la integración racial, el mestizaje, la vinculación entre las dos razas. El criollo y el mestizo imponen su fisonomía y perfil a la población insular. Tanto uno como otro, a pesar de los antagonismos existentes, se ubican frente al gobierno colonial español, tanto contra la esclavitud como contra el coloniaje. No era posible conquistar la independencia de esta tierra si al mismo tiempo no se daba la libertad a todos sus pobladores, se hacía desaparecer la esclavitud. De esta caldera al rojo vivo surgirá el impulso frenético que causará la lucha por la liberación, las guerras de independencia a partir de 1868.

Desde los primeros capítulos de la novela caemos bruscamente en medio de los conflictivos problemas de la colonia esclavista. Al leer el capítulo séptimo de la primera parte, que describe la vida y costumbres de la familia Gamboa, verificamos el cuadro de las relaciones amo-esclavo. Aquí solo se nos ofrece la situación del esclavo doméstico, distinta a la más brutal del esclavo rural en la plantación de azúcar. Según avanza la novela penetramos más y más, nos hundimos más y más, en el mundo tenebroso de la esclavitud que manchaba con huella indeleble tanto al amo como al esclavo. Villaverde con enfoque abarcador capta no solamente entre los amos y los esclavos sino las relaciones de los esclavos entre sí. No nos causa extrañeza conocer la pugna entre un esclavo de “nación” (de origen africano) con un mulato habanero. Vemos igualmente, gracias al poder plástico del novelista, la estampa de un remate de esclavos y podemos percibir la escena de la madre con la cabeza baja y cubierta a medias por una manta de algodón rodeada de sus hijos pequeños prendidos de su falda.

Toda una gama de sentimientos, desde los más bajos y turbios hasta los más sublimes y compasivos, manifiesta el autor en su obra. Indiferencia por parte del tratante de esclavos ante estos hombres cuyo destino solo le interesa cuando puede afectar a su economía. Diálogo revelador el de Cándido Gamboa con su esposa Rosa (segunda parte capítulo II). Para el “negrero” estos hombres son solamente “fardos de carbón”, “piezas de ébano”. Rosa permite asomar cierta compasión hacia los niños esclavizados arrojados al océano por el capitán del buque negrero a causa de la persecución de un barco de guerra inglés. La tercera parte de la novela, que relata la visita de la familia Gamboa y sus amigos al ingenio La Tinaja, permite conocer la faz más terrible de la esclavitud, su vileza y sus crueldades.

En dicha tercera parte se presentan los castigos que recibían los esclavos: los “bocabajos”, el cepo, el “cuero” o látigo. Varios esclavos habían huido; algunos de los cimarrones son apresados, y uno de ellos, Pedro Carabalí, se suicida tragándose la lengua; en un paseo de Leonardo con sus jóvenes amigos encuentran el cadáver de un esclavo, que se había suicidado colgándose de un árbol, comido por las auras. Estas páginas parecen anticipaciones naturalistas, tal es lo turbio, sucio y horrible del ambiente que traza el novelista. Los invitados de Gamboa discuten sobre la condición de los esclavos dejándose conocer su discriminación y su ignorancia, pero solo Isabel Ilincheta, la novia oficial de Leonardo, al reflexionar cuál será su porvenir si contrae matrimonio con el hijo del propietario del ingenio, nos dice en su soliloquio:

“...eso tenía de perversa la esclavitud, que poco a poco e insensiblemente infiltraba su veneno en el alma de los amos, trastornaba todas sus ideas de lo justo y de lo injusto, convertía al hombre en un ser todo iracundia y soberbia...”

Cecilia Valdés más que una novela lograda formalmente es más bien un melodrama de folletín cuyos personajes responden con exceso a un mal realizado maniqueismo, pecan en muchas ocasiones de superficialidad. Pero, como advertía ya Manuel de la Cruz en el siglo pasado, esta novela tiene que ser evaluada como obra de arte, por una parte, y por otra, como documento histórico y social. Si pueden advertirse en la forma (su lenguaje, su estilo y su estructura), muchas fallas y errores, es de inapreciable valor para conocer cómo era Cuba en la mitad del siglo XIX, cómo era aquella sociedad colonial y esclavista. Si Carlos Marx afirmaba que en las novelas de Balzac había aprendido más economía que en las obras de los economistas podemos decir —salvadas las debidas distancias— que en Cecilia Valdés de Cirilo Villaverde podemos conocer mucho mejor cómo era la sociedad cubana que en los manuales de historia del siglo porque en sus páginas bullen, chocan, se enfrentan las condiciones propias de aquel régimen explotador, se advierten las violentas confrontaciones entre las cuales fue fraguándose la nacionalidad cubana.

 

*Al cumplirse en octubre de 1974 el octogésimo aniversario de la muerte de Cirilo Villaverde, el Consejo Nacional de Cultura organizó varios actos conmemorativos en San Diego de Núñez y en Pinar del Río, región natal del notable narrador. Asimismo, la Sección de Literatura de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba preparó un acto como rememoración de dicho aniversario. Con motivo de la celebración del decimoquinto aniversario de la fundación del Departamento Circulante de la Biblioteca Nacional José Martí, el autor de estas líneas pronunció una conferencia que en parte reconstruye la presente crónica.

 

Tomado de Revista de la Biblioteca Nacional José Martí, enero-abril de 1975, pp. 145-150.

 
 
 
 

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ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.