La Habana. Año XI.
20 al 26 de OCTUBRE
de 2012

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Un hombre de la prensa
Cira Romero • La Habana

La vida cultural cubana del presente año se ha visto animada con la merecida celebración de centenarios de nacimientos de importantes artistas: escritores como Virgilio Piñera y Mirta Aguirre; pintores como René Portocarrero y Mariano Rodríguez; escultoras, como Rita Longa. Sin embargo, el bicentenario del nacimiento de Cirilo Villaverde —ocurrido en el Ingenio Santiago, en Pinar del Río, el  28 de octubre de 1812, y autor de la novela por excelencia del siglo xix cubano, Cecilia Valdés, o La loma del Ángel (1882), creadora de un personaje, el único, que se ha convertido en nuestra literatura en un verdadero mito, la mulata Cecilia Valdés— ha pasado casi inadvertido. A modo de homenaje a su figura, recordémoslo como un activo hombre de la prensa cubana y de la escrita en español en los EE.UU., país donde, por razones políticas, se vio obligado a vivir y también a morir. Sus restos yacen hoy en el habanero cementerio de Colón, en tumba tan humilde como fue su propia vida.

Villaverde, junto con su amigo Ramón de Palma, Antonio Bachiller y Morales y Domingo del Monte, entre varios nombres ilustres, fue uno de los escritores cubanos que más contribuyó a animar la vida literaria del país a partir de los años finales de la década del 30 del siglo xix. Por entonces, el movimiento romántico pugnaba por establecerse en la Isla y muchas de las revistas fundadas surgieron en Cuba, en especial en La Habana, para promoverlo. En un artículo titulado “Aguinaldo para los clásicos”, publicado en El Puntero Literario (1830), Bachiller y Morales lo apreciaba con los siguientes versos:

Pisando Aguinaldo

De bello matiz

Romántico llega

el año feliz:

Despeja las sombras

su entrada gentil:

Los clásicos lloran

Y me hacen reír.

Villaverde comienza a aparecer en revistas literarias a través de una de esas publicaciones: Miscelánea de útil y agradable recreo (1837), donde dio a conocer sus cuatro primeros intentos narrativos: “El ave muerta”, “La peña blanca”, “El perjurio” y “La cueva de Taganana”. En la revista El Álbum (1838-1839), que fue editada por Palma, publicó “Engañar con la verdad” y una de sus narraciones más conocidas: “El espetón de oro”, además de la primera parte de su “Excursión a Vueltabajo”. También figuró en las páginas de La Cartera Cubana (1838-1840), Flores del Siglo (1846-1847), La Siempreviva (1838-1840), donde publicó, en 1839, el primer esbozo de su novela Cecilia Valdés o La loma del Ángel, y El Artista (1848-1849). Fue tal el aluvión de revistas literarias para dar cauce a la apertura romántica, que en un artículo titulado “Periodismo”, de la autoría del propio Villaverde, escribió:

Todo el mundo se creía llamado a la carrera escritoril: todos querían escribir, y sobre todo publicar; nadie quería estudiar, ni era posible, en medio del afán del ansia vivísima de estampar su nombre en las columnas de algún periódico, y tal vez subir a la gloria. Declamose en alguno que otro periódico, contra esta irrupción no menos bárbara y terrible que la de los pueblos del Norte, que atropellando el idioma, el buen gusto, la sana crítica y la filosofía, se habían lanzado sobre los periódicos y amenazaba inundarlos en insulsos versos y en agermanada prosa; pero el mal era grande, fatal; el remedio que se oponía escaso, insuficiente, equivocado y los médicos indoctos, sin autoridad ni influencia [...] Todo pasó, todo se hundió en el eterno olvido, junto con los periódicos y obras periódicas que le dieron nacimiento. El mismo que esto escribe, creyó haber hecho algo en el género novelesco; pero ¡ay!, se ha convencido últimamente, que tampoco ha hecho nada.

La visión pesimista de Villaverde no concuerda con la que tenemos hoy a partir de nuevas perspectivas históricas, pues podemos valorar con mucha mayor justeza aquel momento en que coincidieron un buen número de publicaciones literarias donde el propio autor sembró sus primeras contribuciones a nuestra narrativa.

Pero fue en Faro Industrial de la Habana (1841-1851), “Diario de avisos políticos, mercantiles, económicos y literarios”, que comenzó a publicarse en el mes de noviembre, dirigido por José García Arboleya, donde Villaverde compareció con el mayor número de sus narraciones. Quizá la razón más importante de esta presencia radica en que Antonio Bachiller y Morales y el propio Villaverde fueron los dueños del periódico. Allí publicó “El guajiro”, “El ciego y su perro”, “Cartas de Isaura a Indiana”, “Declaración de un marinero náufrago”, “Generosidad fraternal”, “La peineta calada”, “Dos amores”, “La tejedora de sombreros de yarey” y otras narraciones más. Este periódico finalizó el 31 de agosto de 1851, suprimido por el gobierno, cuando ya Villaverde había logrado escapar de la Isla, donde había sido detenido en 1848 por conspirar contra el gobierno español.  Se considera  a Faro Industrial de la Habana como el “primer defensor de los intereses netamente cubanos”.

Establecido en Nueva York, comenzó a colaborar, y más tarde pasó a dirigir el periódico La Verdad y en Nueva Orleáns fundó El Independiente. En 1858, al amparo de una amnistía, regresó a Cuba, dirigió la imprenta La Antilla y fue codirector y redactor del periódico literario La Habana (1858-1860), en cuyo primer número se expresaba: “La Habana se presenta al público con legítima ambición: la de ser un espejo fiel de los adelantos y progresos de esta tierra privilegiada, el eco sonoro que lleve a propios y a extraños climas cuantos hechos y cuantos nombres sean dignos de llenar una página en la historia”.

A su regreso a los EE.UU. trabajó como redactor en La América (1861-1862) y en el Frank Leslie’s Magazine. Colaboró en las publicaciones propiciadas por la Sociedad Republicana de Cuba y Puerto Rico y dirigió La Ilustración Americana. Cuando estalló la guerra en 1868 se sumó a la junta revolucionaria establecida en Nueva York. Dirigió El Espejo desde 1874, en cuyas prensas se imprimió la primera edición de Cecilia Valdés o La loma del Ángel. También hubo trabajos suyos en La Familia, El Avisador Hispanoamericano, El Fígaro y Revista Cubana.

Cirilo Villaverde, a pesar de algunas objeciones al periodismo y, en general, a las revistas culturales cuando apenas se iniciaba en el ambiente literario cubano, fue un hombre de imprenta y de periódicos. Creo lo llevaba en la sangre, además de que formó parte de su sostén económico durante la mayor parte de su vida.

Con sus mencionadas narraciones de la década del 30 en las citadas revistas, contribuyó Cirilo Villaverde a darle vía al romanticismo en Cuba y fue precisamente la revista La Siempreviva la escogida para comenzar a pergeñar la obra que lo llevaría, decididamente, a la inmortalidad. Como sus contemporáneos, fue concitado por el interés en las publicaciones periódicas, pues sabía era un camino viable para llevar adelante el progreso y también para gestar la independencia de su Patria, por la que luchó tras un breve desvío anexionista, al lado de su esposa, Emilia Casanovas,  que fue para él un apoyo inapreciable en todas las empresas que acometió y también en la causa política por la libertad de Cuba.

El bicentenario del más relevante y reconocido narrador cubano del siglo xix, al que José Martí calificó de “patriota entero y escritor útil”, los dos calificativos que más lo honran, no puede pasar inadvertido. Su desempeño como el autor de la novela emblemática del siglo xix cubano ha quedado legitimado con su Cecilia..., muestra del talento y de la persistencia de quien sabía, o presentía, tenía entre sus manos una materia que debía modelar para la posteridad.

 
 
 
 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.