La Habana. Año XI.
20 al 26 de OCTUBRE
de 2012

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Modas*
Sansueña

Cada día se acendra más y más el gusto de nuestras elegantes y fashionables. Cada día advertimos una mejora, una novedad en lo respectivo a modas, que nos encanta y sorprende a veces. Si se compara las de este año con las del próximo pasado y anteriores, la diferencia es enorme. Lástima que se sucedan con tanta rapidez antes de generalizarse; porque no solo no hay ocasión ni tiempo de observarla paso a paso, como lo deseamos los meros observadores, sino que también algunas de trajes, que merecían durar siquiera un mes cumplido en gracia de la honestidad, y sobre todo del favor que hacen a los esbeltos y flexibles talles de las jóvenes, son reemplazadas por otras quizá de menos primor, de menos sencillez.

¿Y será posible que en Londres, París, New York/&c., la moda esté condenada a tan breve existencia, como en La Habana? Parécenos que no. Al menos si se considera la rapidez con que se generaliza y la escrupulosidad con que se guardan sus tiránicos y caprichosos preceptos en esas capitales del mundo civilizado y elegante, no podrá dejar de convenirse en que la propagación o generalización compensa la brevedad de la vida que le destina el antojadizo fashionable. Es decir, que si en La Habana una moda cualquiera necesita 12 días de existencia para ser conocida, en París, no obstante el séxtuplo número de almas, le bastan cuatro. Porque fuera de los inconvenien­tes que presentan nuestra sociedad, nuestras costumbres y nuestra constitución económica para que tal o cual moda se propague y generalice, y sostenga un número dado de días, el influjo de nuestro clima abrasador es muy poderoso para que nos desentendamos de él, cuando se trate de seguir los mandatos de esa señora del mundo. En aquellos países que tienen sus estaciones marcadas y fijas, ya puede el hombre arreglar su traje al tenor de ellas, seguro de que la temperatura no sufrirá los repentinos cambios que se experimentan bajo los trópicos. Pero entre nosotros cuántas veces no nos hemos visto obli­gados a desnudarnos de un traje de invierno al mediodía, que a las nueve de la mañana era necesario que lo vistiéramos para abrigo?

Por esta razón la Prensa del miércoles 3 del corriente, con el fin de informarse de las modas parisienses, nos copia y presenta un figurín de invierno, siendo así que entre nosotros ya asoma la alegre primavera su cabeza coronada de jazmines y azahares.

Bien se nos alcanza, que aquí faltan casi todos los medios generalizadores de la moda: tales como los periódicos, que en París, Londres, etc., son muchos los que se consagran solo a ese objeto, los teatros diarios, las tertulias continuas, los bailes, los paseos públicos, la corte, que es una reunión constante de fashionables; y en fin, la multitud de modistas, cuyo interés en propagar las modas que inventan por causa de la competencia, es muy grande. Aquí todavía las costumbres y la desigualdad de la riqueza, no consienten que cualquier familia tenga su modista y su peluquero. Pocas, muy pocas son las muchachas de la clase media que pueden pagar el corte y hechura de sus trajes. Las más los hacen y cortan en su casa, por medio de moldes de papel, que consiguen de esta o esotra amiga más pudiente, o más en relación con las elegantes. Y de aquí procede, por consecuencia forzosa, que una moda de peto, verbigracia, sufra tantas variaciones pasando de mano en mano, que cuando llega a la última, ya ha perdido completamente el primitivo tono y corte que le dio la modista. No de otra manera aquellos sucesos que trasmite el pueblo de boca en boca, a medida que avanzan, van abultándose y des­figurándose.

Sin embargo, de todas esas causas que decimos se oponen a la generalización y duración de nuestras modas, no podemos menos de levantar la voz en favor de los petos, imitando las cotillas, que dimos en los primeros bailes de disfraz de la Habanera y en el último de la Filarmónica. Difícil es que se invente moda más propia para hacer resaltar las dotes con que plugo al cielo enriquecer los cuerpos de nuestras mujeres. Hoy, que de acuerdo con nues­tro clima abrasador y con el mundo fashionable europeo, se cifra la elegancia en la sencillez, pocas modas de petos ganarán al de que tratamos en esa cualidad; pues no podía ser menos cargado de adornos, ni más ligeras sus man­gas de ángel, ni más airosa la ancha cinta con que se rodeaba la cintura y servía para ceñirla. También la limpieza del monillo contrastaba de tal modo con los profusos pliegues de la saya, echados cuidadosamente hacia atrás, que era una maravilla ver andando a una de nuestras elegantes. En especial para aquellos que sueñan siempre con los usos y costumbres de la época en que la mujer, como reina de los corazones, presidía en los torneos y consisto­rios de amor, (llamados hoy literarios) semejante modo de trajes le transpor­taba allá en cuerpo y alma, como por encantamiento.
No ayudaba poco a la realización de esta idea, la corona de rosas, que por tocado pedía de suyo el corte del peto; si bien de ellas vimos muchas y muy lindas en el último baile de Santa Cecilia. Esta es una de las modas más generalizada [que] hemos observado acaso por no ser costosa, y por no estar tan sujeta a variaciones. Muy pocas de las señoritas concurrentes al dicho sarao, dejaron de llevar su corona, ya blanca, ya encarnada, ya azul de cielo; en lo que parece que se habían propuesto imitar a la Santa Patrona de la Sociedad, cuya hermosa pintura se veía fija a la pared en uno de los testeros del salón principal. Podemos asegurar, que merced a este adorno tan elegante, alguna de las jóvenes que vimos bailando, nos parecieron otras Santa Cecilia, que durante la noche, antes de volar al cielo, querían deslumbrarnos con el poderoso hechizo de sus gracias sobrenaturales.

Ahora, descendiendo a hablar de las modas de los hombres, y sabido que pocas son las variaciones, que admiten, por causas que están al alcance de todos, nuestra tarea al mencionarlas aquí, se reducirá a breves renglones. Donde se nota bastante mejora es en los chalecos y corbatas: estas por las exquisitas telas que ahora nos vienen del extranjero, y aquellas por el corte del cuello, que hoy no tienen más que una pulgada de ancho y es redondo. En el último baile de Santa Cecilia, por lo que hace a corbatas, estuvieron en su fuerte las chalinas de raso de labores chinescas, o mejor dicho de mosaicos; que sea dicho entre dos, se necesita gracia, tino, para colocarlas bien; y de modo que sus colores contrasten elegantemente con el color del chaleco. Los sastres que más se esmeran en cortar estos con Melogán y Ramón Guillot: las tiendas que mejores partidas han recibido de aquellas son La Extranjera, La Bomba y La Escocesa. Sin embargo, la estación va desterrando las chalinas por calurosas, y sustituyendo las corbatas de pañuelos sencillos.
 

*Este artículo de Cirilo Villaverde, fue publicado bajo el seudónimo Sansueña en Faro Industrial de La Habana. La Habana, número 65, marzo 6, 1842.

 

 
 
 
 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.