La Habana. Año XI.
20 al 26 de OCTUBRE
de 2012

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La musa de Cirilo Villaverde
Rafael Esténger

No todo cuento de amor ha de ser infeliz ni tormentoso. Las pasiones novelescas son indudablemente las más interesantes; pero no siempre las más hondas. Hay en la serenidad una discreta fuente de poesía, de profunda y cándida poesía color de rosa, sin encrespamiento ni violencias, que decursa por suaves cauces poblados de margaritas.

La fama, sin embargo, no gusta de pregonar los amores serenos. Parecen insípidos al paladar estragado por anécdotas picantes. “¡Demasiado vulgar!” —dirá el lector bostezando—; pero nada, en rigor de verdad, menos fácil y corriente, un matrimonio bien avenido es la más extraña aventura que vieran ojos humanos, y más extraña aún cuando los cónyuges hacen vida pública, destacándose cada cual sobre el nivel de los vecinos. La gloria es un tortuoso enemigo de la tranquilidad hogareña. Atrae demasiado la perturbación indiscreta de los hombres.

Sin embargo, dos criollos se unieron en Filadelfia para ceñir lauros perdurables: Cirilo Villaverde, el gran novelador de Cecilia Valdés, y Emilia Casanova, la apostólica propagandista revolucionaria. Las dos vidas se enlazaron por la fuerza generosa del amor y el patriotismo, en impecable comunión de ideas.

Un fugitivo

Han sido inútiles los afanes de Narciso López, que en su mina de Manicaragua ha tratado de organizar un fuerte movimiento separatista. El propio López, prematuramente delatado, tuvo que huir a lomo de potro, cruzando el territorio de dos provincias. Otros conspiradores no pudieron evadir la garra de hierro de los esbirros coloniales. Un joven novelista de claro talento, autor de narraciones guajiras, fue víctima de la sorpresa policíaca. Las autoridades le sepultaron, como a una fiera, “en húmeda y obscura bartolina”.

La Comisión Militar Ejecutiva y Permanente —el Santo Oficio laico de la intransigencia española— le había sentenciado a presidio por conspirar contra los derechos de la corona; pero el hombrecito enjaulado, sorprendiendo la confianza de los guardianes, logró la fuga al extranjero. Entonces, el 19 de mayo de 1849, exactamente un año antes del desembarco de Narciso López en Cárdenas y 46 del sacrificio de Martí en Dos Ríos, la Comisión Militar le condenó a muerte en garrote vil por el delito de infidencia. El escritor ya tenía un nombre famoso: se llamaba Cirilo Villaverde y había publicado sus obras esenciales.

La bandera de López

Ha transcurrido un año. Ha desembarcado Narciso López en Cárdenas. Los expedicionarios visten camisas rojas con una estrella blanca sobre el pecho. Retumban sordos disparos. Ha corrido la primera sangre rebelde. Flota a los aires una bandera jamás vista, hasta entonces: un triángulo rojo con una estrella argentina, del que parten tres franjas azules y dos blancas. Gran confusión agita los corazones aquella mañana del 19 de mayo de 1850; pero los hombres de la ciudad no ayudan a los que traen esperanzas redentoras.

Sin embargo, una mujer espía palpitándole el corazón de gozo. Espía desde el postigo de la ventana, sigilosamente, y se le van los lindos ojos negros tras la bandera nueva. La muchacha es muy joven todavía. Acaba de cumplir 18 años. De mediana estatura, se empina tras el postigo. Sus ojos enmarcan vívidamente en un rostro quemado por el sol de los trópicos. La boca es pequeña y firme, como indicio de voluntad perseverante. La cabellera copiosa le sombrea la frente ancha.

No querría nunca ver pasar esa bandera, con sus franjas azules y blancas, con su triángulo estrellado.  Los ojos se le van detrás del símbolo. Una gozosa emoción le acerca al éxtasis. Pero ya no verá, por largo tiempo, esa bandera alegre, pues el general Narciso López abandonó la plaza ante la indiferencia del pueblo. Sin embargo, el frustrado libertador ha obtenido una victoria: la criollita de ojos negros jamás olvidará esa bandera y vivirá constantemente obsesionada por el afán de tremolarla libremente bajo la brisa del rincón nativo.

Poco después, en el regocijo de un convite, todos habían brindado por turno. Los brindis eran frívolos como la vaga sonrisa de una coqueta. Presidía un coronel de lujosos entorchados. La criollita que vio la bandera desde el postigo, frente al coronel de España, brinda como deslumbrada todavía por la visión heroica: “brinda por la libertad del mundo, y lo que es más: ¡por la independencia de Cuba!” (Ruidos de vasos caídos, murmuración indiscreta, hombres que se levantan de súbito, indignación de integristas: la reunión ha terminado). Aquella ejemplar criollita había nacido en Cárdenas el 18 de enero de 1832 y se llamaba Emilia Casanova.

Vidas convergentes

Después del escándalo del convite, los padres de Emilia creyeron oportuno un largo viaje por los EE.UU. Así llegó a Nueva York en el verano de 1852, para seguir más tarde al Niágara, a Filadelfía, a Albany y a Saratoga.  Donde quiera encontraba cubanos en exilio, que sufrían privaciones, nostalgias, soledades; pero con una fe absoluta en la victoria del ideal revolucionario. Ella pensó entonces que “el pueblo, para ser libre, no tiene más que quererlo de veras”. Y se dio a ayudar generosamente los deseos populares, como si el dolor de los emigrados la estimulara en vez de amedrentarla.

El primer servicio de Emilia Casanova fue traer pliegos importantes de Domingo Goicuría para los conjurados de La Habana, al regresar en 1853; pero al año siguiente los Casanova vuelven a Filadelfia, donde ya conocían a Cirilo Villaverde. Un noviazgo fugaz y apacible, sin brusquedades ni complicaciones, conduciría ante el altar al escritor y a la criolla apasionada.

Emilia les ha aconsejado a los padres que lleven a los EE.UU. la mayor cantidad posible de sus cuantiosos bienes. La Revolución puede estallar de un momento a otro y no es prudente dejar a manos del enemigo la fortuna de los conspiradores. Por fin don Inocencio Casanova, a pesar de su manso criterio tradicionalista, accede al buen consejo; pero accede premiosamente, en 1867, solo a menos de un año de la catástrofe.

Instalado don Inocencio a nueve millas de Nueva York, en Wash Farms, bajo los ricos artesonados de una mansión opulenta, los hijos no cesan de conspirar por la independencia de la isla lejana. Un día Emilia llega radiante, con un papel en la mano.

Tiene el cable que anuncia la sublevación de Céspedes en Yara.

―He ahí la Revolución —exclama—; ¡bienvenida sea!

Después, como loca de júbilo, besa y abraza a sus padres, a su esposo, a sus hermanos. El marido la contempla sonriente.

 ―¡Ya somos libres! —añade Emilia—. ¡Viva la independencia!

La muchacha comprende que el entusiasmo nada puede por sí solo. Necesita convertirlo en acción. Y vende papeletas de una función de teatro a beneficio de los emigrados, obteniendo en pocos días cuatro mil dólares. Funda La liga de las hijas de Cuba. Se multiplica, junto al esposo, en propagandas y organizaciones. Su padre, tal vez confiado en demasía por tan pacífico que era, retorna a La Habana y cae preso de las autoridades; pero Emilia solicita y obtiene una audiencia del presidente Grant, que extiende el brazo poderoso en favor del prisionero. En diciembre de 1871, el Secretario de Relaciones Exteriores de los EE.UU., aquel complejo y singular Washington Pisch, a indicación de Emilia Casanova, hace gestiones por los estudiantes presos en La Habana. Para la gran criolla no hay obstáculo ni jerarquías que la detengan.

No descansa. No se fatiga. No se arrepiente jamás Emilia Casanova. Los emigrados se escinden por intrigas pasionales. Hay cespedistas y aldamistas. Unos se entorpecen a otros. La vida es un tormento, con esa angustia constante de saber que los hermanos luchan en la manigua terrible, casi desvalidos, sin balas ni medicinas, por abandono de los emigrados inconformes. Pero Emilia Casanova es de los emigrados buenos que no se cansan, ni se fatigan, ni se arrepienten nunca. Trata de mover el mundo con sus tiernas manos de mujer elegante.

La lucha

Le escribe a Garibaldi, héroe del liberalismo romántico: “No debe usted extrañar que una persona que le es absolutamente desconocida le dirija estas líneas. Es usted ciudadano del Orbe”. Y Garibaldi le contesta: “Caprena, Enero 31 de 1870: Mi querida señora: Con toda mi alma he estado con ustedes desde el principio de su gloriosa Revolución. No es solo la España quien pelea por libertad en casa y quiere esclavizar a los demás pueblos fuera. Pero yo estaré toda la vida con los oprimidos, sean reyes o naciones los opresores. De usted afectísimo, G, Garibaldi”.

Y también le escribe a Víctor Hugo, el gran profeta lírico, y el poeta le responde. No vacila en llamar a ninguna puerta, en nombre de Cuba, para implorar el óbolo que ayude o la palabra que conforte.

Le presentaban en caricaturas ridículas los periódicos adversos. ¡Una mujer política, una Madame Roland de los trópicos!  Y los mismos revolucionarios se burlaban de ella. Sin embargo, “los asuntos políticos —al decir de quien le conociera— no le han robado el tiempo que dedica a los quehaceres domésticos”.

Cuando le presentan las caricaturas enemigas, o le chismean los agravios, solo dice con lástima y orgullo:

 ―¡Los pobres! ¡Eso no es más que el desfogue de su impotencia!

Y Emilia Casanova —mujer muy política... ¡y muy mujer!— sabe que su misión no es combatir, sino ayudar a los que pelean e inspirar a los que luchan a su lado. Por ella Cirilo Villaverde, en el frío nostálgico del Norte, se resuelve a terminar la segunda parte de la novela Cecilia Valdés, remate y base de su gloria.

Últimos tiempos

Los años pasan, y con los años las ilusiones juveniles. ¡Qué larga procesión de mártires! ¡Qué horrible y gloriosa lucha del ideal contra la fuerza! Una generación se inmola, en el cadalso y en los campos; pero otra generación le sigue con mayor resolución de sacrificio. Ya Cirilo Villaverde es un inquieto anciano, sin vigor para tomar la pluma de sus triunfos; ya Emilia Casanova peina hilos de plata entre sus largas ondas color de noche. Han rendido sus armas en el Zanjón los patriotas que sostuvieran diez años de combate.

Ahora recorre los EE.UU. un hombre enjuto y pálido, de hondos ojos radiantes de ensueño. Moviliza las últimas reservas del entusiasmo criollo. La gente humilde le llama reverencialmente el Maestro.

En Nueva York, una fría noche de invierno, ya muy anciano, Villaverde quiere comunicar a los demás su fe indomable en los destinos de su Patria. Ya no es el hombre de abundante verba, ni aun escribiendo. Lucha por concretar en fórmulas exactas todo su pensamiento. De pronto, ante un sencillo auditorio de cubanos, propone la clave de la victoria:

 ―¡Seguir hasta vencer!

¡Hasta vencer! Hasta vencer más allá de la vida y de la muerte. No importa que en vísperas de la última guerra de independencia cerraran sus ojos los viejecitos generosos, que se unieran en un solo amor y en un solo pensamiento. La victoria también le pertenece a los que la prepararon y formaron, aunque no tuvieran la fortuna de verla.

 

Tomado de Los amores de cubanos famosos: Miniaturas biográficas, Rafael Esténger, La Habana, 1939, pp. 65-73.

 
 
 
 

LITERATURA EN LA JIRIBILLA:

 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.