La Habana. Año XI.
13 al 19 de OCTUBRE
de 2012

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Josué Tacoronte

Viaje de ida y vuelta

Rachel Domínguez • La Habana

Fotos: Iván Soca y Kike (La Jiribilla)

I

Cuando hace casi 30 años comenzó a estudiar música, miraba con el negro y blanco de los pianos. En la carrera de obstáculos que es la música (así lo dice él mismo) logró un buen salto, pierna bien estirada y el impulso adecuado, cuando entró al Conservatorio… a tocar flauta… con nueve años. Cambió al contrabajo, pero la guitarra lo “obligaba a estudiar”, y lo enamoró. Josué Tacoronte no se buscó otra ocupación, no hubo juegos de videos ni otras distracciones, cuando los excesos de la edad suelen atentar contra la dedicación.

Había que estudiar condenadamente en aquel lugar. Se notaba cuando no se dedicaban las horas de soledad, casi de enfrentamiento, a la guitarra. ¿Qué otra cosa es intentar sacar buena música de un objeto con cuerdas y trastes? Constancia. Y los profesores lo cobraban caro. “Te mandaban a casa y uno se sentía disminuido”. Porque era un ambiente competitivo. Era un requisito si se quería sobresalir en el grupo, en el instrumento, en definitiva, en una generación. “Hay que tomárselo en serio toda la vida. Es, sencillamente, creer en la carrera que uno escogió y el talento propio”.

Hoy habla el profesor que reside en México, cuyos alumnos no son los mismos que fueron hace 20 años, tiempo que, para algunas cosas, resulta una larguísima espera. La rigurosidad del maestro, la calidad de los alumnos, la dedicación y hasta las estrategias de aprendizaje son distintas. La tecnología, como ha pasado en otros ámbitos sociales, ha permeado con fiereza los modos de apropiación de la cultura, la música dentro de ella. La diferencia entre las generaciones es abismal. “Un profesor ahora tiene que adaptarse a la manera de pensar de sus alumnos si quiere lograr avances con ellos, porque los intereses son muy variados”.

Muchos cubanos dan fe de la eficiencia de aquel entrenamiento, de la “antigua manera” de incorporar el estudio como filosofía de vida de un músico. Pero también hay otros en distintos países, construyendo sus propios proyectos, ofreciendo conciertos. O impartiendo clases, como Josué. Da gusto escuchar que tantos de esa generación “andan regados por el mundo contaminándolo de buena música”.

II

“La culpa fue de la guitarra. Cuando escuché flamenco por primera vez, me dije: ‘¿y esto cómo se toca?’. En aquel momento en Cuba era muy difícil tener acceso a medios de comunicación como Internet, que ciertamente es una gran ventaja, y no sabía nada eso, ni cómo buscarlo. Entonces, una vez, vi a un guitarrista flamenco tocando durante un festival La Huella de España, Rafael Riqueni, y… lo único que pensaba era que estaba escuchando a un hombre hacer 20 cosas con la guitarra. Me daba mucha curiosidad y al mismo tiempo me impresionaba.

“El primer guitarrista flamenco que escuché en unos casetes sonaba violento, había que dejarse impresionar por aquello. Me parece que el 80 porciento de los guitarristas flamencos han sido ‘víctimas’ de Paco de Lucía, aunque nunca lleguemos a igualarlo; es un ‘monstruo’. Y no es que quisiera imitarlo; he elegido otra rama, otro estilo. No sería sincero conmigo si deseara hacer la misma música. El flamenco viene por la guitarra, porque entre la guitarra acompañante y la de concierto siempre me gustó más la última, aunque también me gusta acompañar, claro. Y no solo flamenco, sino boleros o cualquier otra cosa; se trata de que llevo la música cubana en el bolsillo. Además, el flamenco me divertía, pero también me hacía trabajar, esforzarme. Digamos que siempre fui un muchacho tranquilo, y la guitarra se convirtió en mi compañera, la gran acompañante que hacía feliz a un muchacho tímido.

“Después participé en un concurso de música clásica donde me encontré con una sonata de Joaquín Turina, y empecé con los rasgueos. Una sonata deriva de la parte sinfónica, pero llevada a un solo instrumento, y puede tener de tres a cuatro movimientos. Puede ser allegro, lento o presto, para poner a todo el mundo a aplaudir. El último de ellos, que era como más español, llevaba el rasgueo, pero yo no conocía la técnica. Por suerte, tuve un maestro que fue mi socorro.

“Luego estuvo el Ballet Español de Cuba y Eduardo Veitía, gran amigo y hermano. Allí aprendí el flamenco verdadero. Después de la sonata aquella, yo quise entender el flamenco con sus otros complementos: el baile, el cante y el toque. Y, ¿qué mejor que el Ballet Español de Cuba para eso? La guitarra abarca tres raíces o categorías dentro del flamenco: una guitarra clásica, una acompañante de cante y otra acompañante de baile. Y conocer los ritmos, la estructura del baile, los complementos del cante fue lo mismo que conocer el flamenco. Allí estuve durante cinco años, durante los cuales no solamente aprendí flamenco, sino a escribir música para ballet español, contemporáneo, folclórico.

“Una vez estuvimos en España con un programa que se llamaba Tras la huella, que incluía al ballet folclórico nacional, y tuve que aprender los cantos yorubas y además ponerle la guitarra, lo cual me inclinó mucho a estudiar esa cultura y conocer las raíces de todo aquello. Estuvo también La Habana Valdés, que fue una de las obras que más me marcó, por su cubanía. Lo que mejor recuerdo de esa etapa es mis ganas de aprender, como con una venda en los ojos, escuchar de todo e ir probando distintas formas de creación, porque el trabajo con los bailarines implica reconocer sus conocimientos musicales, sus formas de expresar el amor o la violencia, tal vez, a través de los ritmos, de la música. De hecho, de no haber tenido esa oportunidad —gracias, de nuevo, a Veitía— hoy no estaría haciendo arreglos a la música del maestro Leo Brouwer para llevarla al flamenco. Pero en aquel momento no había otra opción que aprehender, además el Ballet Español de Cuba fue para mí la única oportunidad de conocer a fondo el flamenco”.

III

Llegó a México como compositor de un espectáculo que se estrenaría en dos o tres meses. Allí había de todo: música de ballet, cubana, flamenca. Aquello, inevitablemente, se fue mezclando con el ambiente, con la historia increíble de aquel lugar. Hubo una transformación, siempre sucede en los llamados choques culturales. Pero no hay ranchera en la música de Josué Tacoronte. Prefiere las raíces, el halo rústico de la vida y la música prehispánica.

El conocimiento de sus instrumentos, no solo de percusión, sino también de viento, su cercanía a los ritmos africanos, produjo la fascinación de la que surgió Mestizos, un espectáculo que, además de la música, incorporó los bailes aztecas, o lo que de ellos dicen ciertos libros y algunos hombres con inusitadas habilidades para mirar y estudiar el pasado. Aquello con la guitarra flamenca incorporada era “una alquimia loca. Sonaba raro, pero fue increíble”. Quizá, años atrás, Moctezuma y su pueblo también se contaminaron con las guitarras españolas. Quizá ambos ritmos se fundieron hasta la misma noche antes de disputar la tierra con las armas, antes de que el continente quedara sentenciado a llegar de último y pocas, pero poquísimas veces reír mejor. Desde esa época se fusionaba la música. No puedo asegurarlo, pero me gusta al menos imaginarlo.

Y ya que de fusión hablamos, estuvo también Skapao, un paréntesis en la vida musical de Tacoronte. “Hubo un momento en que me saturé del flamenco y de la guitarra. Porque todos los artistas estamos locos, tengo ese convencimiento”. Fue un proyecto donde se mostraron todas sus etapas como músico: el concertista, el clásico, el cubano, el flamenco, el jazzista… Fue, más que todo, una reunión de grandes músicos y amigos (14, para ser exacta), y, probablemente, el germen de su propio y posterior receso. “Cuando aquello empezaba a sonar, era pura electricidad”, un tren a toda marcha, una caída libre, un escalofrío en pleno verano. “Hace ya casi un año que dejamos de reunirnos, porque lidiar con tanto ego artístico se hizo muy agotador. Pero en este tiempo tuve la oportunidad de regresar a la guitarra, que fue como regresar a mi niñez”.

Ahora, en el IV Festival Leo Brouwer, llega con los arreglos de la propia música del Maestro, de los cuales ya existe un disco. El proceso, lidiando con las conexiones, una cabina en Cuba y otra en México, ha sido de prueba y error. Un minuto y tanto de música por correo electrónico —la tecnología, más determinante por sus usos que por el acceso, ahora no parece un competidor—, “revisa aquí”, “prueba con esto”, otra llamada telefónica. Y aquí está por fin, un regreso no tan inesperado y siempre bienvenido.

 
 
 
 


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ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.