La Habana. Año XI.
13 al 19 de OCTUBRE
de 2012

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ROSTROS de Anton Chéjov

Otra pieza inconclusa de Kaliáguin en Cuba

Marianela González • La Habana

Fotos: Yaima Amador

Cuando se despidió de nosotros sobre el escenario, Alexander Kaliáguin lloró como quien moriría al día siguiente. Y pasó la noche... ¡Por la salud!, le sonreí al amanecer; pero el rostro, otra vez, como ¡por el reposo!: el director de Et Cetera no habla español ni inglés, y lo sintió de veras. Suerte la de esta Isla donde en ruso, aún, lavamos ropas, estudiamos Anatomía y nombramos a nuestros hijos. Sorteando el inhóspito background de un lobby de hotel, Alicia, la salvadora de aquella mañana, nacida y criada en La Habana, madre y padre médicos cienfuegueros, ni ingeniera química ni astronauta, comienza a traducir.  

Al frente del colectivo teatral que en 1992 fundara con algunos de sus exalumnos, el Artista del Pueblo de Rusia revivió a Chéjov sobre el tablado del Hubert de Blanck este primer fin de semana de octubre en La Habana. En la sala, alguien bromeó sobre sentirse en los 70-80: rusos y rusas de todas las edades posibles e imposibles desbordaron aquella sala, dejando los subtítulos a los aquí nacidos en vísperas o después del parteaguas. La sintonía, no obstante, sería absoluta: en perfecto ruso, supongo, Alexander Kaliáguin y Vladímir Símonov encarnaron los Rostros menos conocidos del autor de Tío Vania. Y el público, en ruso, español e inglés, rió, sonrió y calló al unísono, cada vez.   

Si bien los relatos humorísticos de Chéjov constituyen deliciosos y diminutos matices del gran espectro de seres humanos posibles, harían las caracterizaciones de los actores las mieles del público. Durante cerca de dos horas, Kaliáguin y Símonov fueron una clase de actuación: dos figurillas de plastilina que Chéjov modeló a sus anchas, por dentro y por fuera, sin que una sola grieta pusiese en peligro la consistencia del carácter. Extranjeros, sicópatas, malhechores, sacristanes, aldeanos, detectives, campesinos, coroneles, diplomáticos; peliagudos, simplones, refinados, pusilánimes, tercos. Todo ello, en cinco pequeños relatos.    

Quizá porque el propio Kaliáguin ha sido enfermero y actor, comprende y encarna a plenitud al Chéjov doctor como al Chéjov escritor: todos los colores de la existencia y de la muerte le son afines, y con ellos se viste como para una fiesta. Fueron esos los personajes que eligió para traer a Cuba: protagonistas de situaciones que son “la vida mirada por un microscopio. De vez en cuando, eso hace falta”.

Platónov, como mejor le conocemos acá, le nació a la Rusia de 1942. Cuando mi generación, la que no habla ruso, le conoció por Mijalkóv, ya Alexander Kaliáguin era uno de los artistas más relevantes de la cultura de su país, no solo en el ámbito de las tablas o del cine, sino, incluso, en la fragmentada esfera pública de todo el espacio cultural postsoviético. Entre las más recientes credenciales, el director de Et Cetera ha sido reconocido como la “mejor personalidad pública” en su país, y ha merecido el premio del Estado de la Unión de Rusia y Bielorrusia para la literatura y el arte. Desde 2005 preside una comisión para el desarrollo de la cultura en la Cámara Pública de la Federación Rusa y desde 2010 integra una comisión para el desarrollo regional en la Cámara Social de su país.

No obstante, mientras intenta resumir para La Jiribilla la primera función de Et Cetera en La Habana, la figura de Kaliáguin se me aleja cada vez más de todos esos pedestales y se me antoja, como los de Chéjov, un rostro común. Calvo, pasado en algunas libras al peso meta de su estatura y luciendo un delgado bigote bajo la diminuta nariz, me garantiza que frente a los espectadores cubanos, como ante los estadounidenses, canadienses, alemanes, japoneses, israelíes, polacos y armenios, ha sentido que los relatos humorísticos del gran escritor ruso navegan con seguridad: el ser humano que somos detrás de las nacionalidades y ciudadanías, las culturas y las pieles, los teatros y las cámaras —dice— es más exquisito incluso que cualquier caracterización que podamos ofrecer de él; la riqueza está en cómo lo recibe cada persona desde su butaca, porque, sin saberlo, puede estarse riendo, compadeciendo, burlando o deleitando de sí mismo. Descubrirlo —dice Alexander Kaliáguin— puede ser un momento mágico, y me satisface solo saberme parte de ello.

También a nosotros —me ayuda Alicia. Especialmente, si en el camino hemos asociado otros rostros con el de ese actor mítico que nos llegó con el aval de San Sebastián. El último medio siglo cubano le ha tenido también en su imaginario; y el que apenas comienza, le aplaude y despide sin llanto, por la salud, no por el reposo, de una pieza que nos ha dejado inconclusa: un teatro que nos falta y que ya no nos sirve en lata. Dejemos entonces suspendidos los puntos cuando ha caído el telón de Et Cetera sobre La Habana…  

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.