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de 2012

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Ricardo Gallén: Devoción por la guitarra

Helen H. Hormilla • La Habana

Fotos: Iván Soca

La postura con que Ricardo Gallén toca la guitarra mantiene en intriga a colegas y especialistas. La pierna derecha cruzada sobre la izquierda y el gesto abrazado con que acaricia las cuerdas han motivado varias investigaciones para dilucidar el enigma que provoca el guitarrista cuando se sube a la escena. Sin embargo, el porte no es más que un detalle de color. La verdadera fuerza proviene de dentro, de aquel lugar definido por la época romántica como el “corazón”. Es el alma. El misterio.

Nacido en Linares, España, en 1972, el instrumentista es uno de los más destacados guitarristas clásicos en activo del mundo. A pesar de que no suma los años asociados a la consagración y aún mantiene la timidez de los principiantes cuando se le convida a una entrevista, se ha ganado aplausos en casi todas las regiones del orbe; ha grabado cinco discos con obras de Giuliani, Joaquín Rodrigo, Regondi y Bach; ha sido elegido por compositores como Tomás Villajos, Ernesto Halffter y Joaquín Clerch para estrenar sus obras y suma una veintena de premios en los concursos internacionales de Guitarra Paco Marín (1997), Alhambra (1998) y el Certamen Internacional Fco. Tárrega (1999), por solo citar algunos.

Con solo cuatro años aprendió los primeros acordes de su padre. La vocación precoz la depuró con décadas de estudio en los conservatorios de Linares, Córdoba, Madrid y Granada, conducido por profesores como Miguel Barberá, Demetrio Ballesteros y Carmelo Martínez. Prosiguió el aprendizaje de guitarra y música antigua en Austria y Alemania, hasta graduarse en la Meisterklasse (Clase de Maestros) de la Hochschule für Musik en Munich, de la mano de Joaquín Clerch en 1999.

El compositor cubano le abrió el contacto con la música en la Isla, que aprendió a admirar, además, desde la figura de Leo Brouwer. En La Habana se le recuerda desde 2002, cuando se alzó con el primer premio y cinco premios especiales del Concurso Internacional de Guitarra, celebrado en esta ciudad. Luego, llegó en 2004 como invitado del mismo certamen y hoy su maestría vuelve a retar la mística de la buena música durante la IV edición del Festival de Música de Cámara que se celebra en La Habana desde el 3 hasta el 13 de octubre, donde protagonizará un concierto con varias piezas del autor de Un día de noviembre y Paisaje cubano con rumba.  

¿Cómo comenzó su devoción por la guitarra?

Mi papá tocaba como músico amateur en una rondalla, que es un conjunto de música popular con instrumentos de cuerda pulsada: bandurria, laúdes y guitarra. Fue mi madre quien lo convenció de que me enseñara a tocar el instrumento y con cuatro años aproximadamente aprendí los primeros acordes para acompañar a mi padre en la rondalla. Como el grupo pertenecía a un hogar de pensionistas, mi papá era el más joven y yo me convertí en la atracción. Estuve tocando con ellos hasta los 12 años. En Linares, mi pueblo, se creó un conservatorio cuando tenía diez años y allí comencé a estudiar guitarra formalmente.

Es un instrumento que exige mucha dedicación.

Sí, es bastante sacrificado, sobre todo porque es muy ingrato si no lo sabes tocar bien. En el piano, por ejemplo, todo parece inmediato porque pulsas una tecla y suena. En la guitarra puedes poner un dedo y es un desastre.  

Tuve varias etapas de formación. Primero estuve en el Conservatorio de Linares, fundado como un aula de extensión del Conservatorio Superior de Córdoba por mi primer maestro Tomás Villajos Soler. Cuando se independizó la escuela de Jaén pasé a Córdoba y después estuve en varios conservatorios en Madrid y Granada, donde terminé la carrera. Mi segunda etapa importante transcurrió en Austria, en el Mozarteum, junto con el profesor cubano Joaquín Clerch, quien me cambió la vida.

¿Por qué?

Cuando me fui a Austria y luego a Alemania, en España me preguntaban por qué quería estudiar fuera cuando en mi país existe una tradición de estudio de ese instrumento. Mi respuesta era que no se trataba de la guitarra, sino de la música, del contexto. Es cierto que en España hay muy buenos guitarristas, pero no con todo el rigor científico. Se toca más dejándose llevar y yo buscaba la profundidad que hay detrás del instrumento. Eso lo conseguí con el maestro Clerch, por eso me cambió la vida.

Esa tradición española de guitarristas viene tanto de la música clásica como de la popular. ¿Cómo interactúan ambos estilos?

Hubo una época en la que se apreció de una manera muy marcada la influencia de la música popular en la clásica. Esa escuela viene desde los años 20 de principios del siglo pasado, hasta los 70 y casi 80. Con los maestros más recientes como Joaquín Turina se puede apreciar perfectamente la influencia de esta música española. Pero las nuevas generaciones se han ido más por otro camino, no tanto aprovechando la música popular, sino los extremos contemporáneos, lo serial, lo decafónico. Por otra parte, la auténtica música popular española como la copla, las tonadillas, ha dado paso al flamenco, con una gran importancia en los últimos años. Pero el flamenco está restringido a algunas zonas de España, que es un país muy rico en cuanto a tradición popular. Si sales de Andalucía encuentras otro tipo de danzas que no tienen absolutamente nada que ver con el flamenco.

¿Existe una continuidad de la escuela de guitarristas españoles?

No creo que exista hoy una escuela de guitarra española. La hubo hasta los 70, cuando España era centro de la guitarra. Todo el mundo iba hasta allí a estudiar guitarra clásica, guitarra española y música española. Luego, todos esos maestros regresaron a sus países y fueron marcando las tendencias actuales de la guitarra clásica. Entonces, España está ahora en el limbo. Musicalmente se han cambiado las jerarquías.

Ud. ha sido intérprete incansable de la música de Bach y de la música antigua. ¿Cómo lee esas obras desde la actualidad?

Para mí se trata de un dios de la música. Y no solo yo le dedico esa admiración, cualquier músico pensaría igual. Es una devoción que tuve desde pequeño y, cuando me fui a estudiar a Austria, pude acceder a la música antigua de manera más concreta. En España había estudiado grabaciones con instrumentos antiguos, pero era todo por intuición pues allí no existían libros sobre el tema. En Alemania y Austria logré conseguir esa información gracias a Joaquín Clerch y a los libros sobre el tema editados allí.

Cuando pensamos desde la actualidad en la música de Bachs, debemos comprender que también sus obras estaban basadas en la música popular, en las danzas de su tiempo. Siempre ha habido una comunicación muy grande entre lo popular y lo culto, con lo cual no me ha sido difícil trabajarlo. Se trata de comprender lo popular de aquella época para poder acceder a lo culto de hoy.

Varios compositores le han entregado piezas para que las estrene.

Uno de los primeros maestros con los que trabajé fue Tomás Villajos, quien compuso un concierto para guitarra y orquesta para el maestro Andrés Segovia, pero nunca llegó a tocarse. La parte de la guitarra estaba solo esbozada, porque Villajos era un compositor sinfónico. Le ayudé entonces a adaptarla y así comencé a trabajar directamente con un compositor. Con eso se logra conocer la obra por dentro, otorgarle una forma personal. Luego compuso bastantes piezas para mí. También tuve la suerte de estrenar varias obras de Joaquín Clerch, quien me dedicó el Concierto de Cáceres Nro. 2. El trabajo desde la composición es muy interesante porque como una vez le oí al maestro Brouwer, cuando un compositor escribe una obra le deja de pertenecer y es del intérprete. Me gusta trabajar en unión, pues aunque el intérprete tiene su propia identidad, conocimiento e intuición, intenta mostrar una obra que ha hecho otra persona. Hay que lograr una comunicación que sea plena con el sentimiento del compositor, para luego conmover al público.

¿Cómo ha sido la relación entre compositor e intérprete con Leo Brouwer?

Tengo una gran devoción por el maestro Brouwer. Ha sido una persona que ha cambiado la historia de la guitarra. Es el compositor vivo de guitarra más importante del siglo XX y XXI, de manera indiscutible. Aunque tengo una relación de amistad con él, algo me frena por ese respeto que le tengo. Es una figura tan importante que me veo superpequeñito a su lado. El hecho de tocar su música con él, delante de él, o dirigido por él es un reto. Esta vez, se suma el tocar en su país, delante de su público, una oportunidad que me llena de orgullo.

¿Qué elementos validan la influencia de Brouwer en la música contemporánea?

Ha creado un lenguaje que muchísimos compositores del siglo XX y actuales han tratado de seguir. Es un lenguaje idiomático para el instrumento, muy profundo, con armonías arriesgadas. Ha conseguido conciliar la vanguardia y la tradición. Su música suena disonante pero sin renunciar a la capacidad melódica que tiene. La guitarra es un instrumento fundamentalmente armónico, pero que también puede cantar. Una de las tendencias que se pueden notar en muchos otros compositores que se dedican a vanguardias extremas es que basan la escritura sobre el instrumento en efectos, en que suene lo más raro posible. Pero es tan científico que a veces no llega a un público. Funciona como pura matemática. En Leo es diferente porque va más allá. Dentro de la vanguardia tiene todavía la capacidad de llegar al corazón de la gente, de emocionar, de crear un lenguaje que suena muy difícil, pero a la vez es accesible al instrumento. Ha sido un gran maestro de la guitarra. Muchos compositores han tratado de imitarlo pero no lo consiguen. Solo hay un Leo.

En el concierto compartirá con varios instrumentistas de Cuba. ¿Qué opinión le merece la música que se hace acá?

Solo he tenido un ensayo con cada uno y ya estamos acoplados. Son músicos muy formados, con mucha técnica musical e instrumental, pero sobre todo con una pasión tremenda. Conozco el nivel de la música en Cuba por mi maestro Joaquín, Leo y muchos músicos de acá que he escuchado.

En el Festival Leo Brouwer estoy por primera vez como parte de un concierto, aunque participé en los concursos internacionales de guitarra de La Habana en 2002, como concursante, y en 2004 como invitado. Este Festival es una ventana al mundo que ayuda a gritar que la música cubana se mantiene presente y que puede tener una influencia muy grande en el mundo.

 
 
 
 


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ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.