La Habana. Año XI.
13 al 19 de OCTUBRE
de 2012

Correo Canal RSS Canal en Twitter Facebook Flirck You Tube

 

BÚSQUEDA AVANZADA   . . .

ENLACES

SUSCRIPCIÓN
 
 

Edin Karamazov:

No importa el instrumento, sino la música

Abel Sánchez • La Habana

Fotos: Iván Soca y Abel Sánchez (La Jiribilla)

Edin Karamazov entra al escenario con aire distraído, arrastra unas botas que parece no quitarse nunca y el pelo muy lacio le cae sobre la cara. Agradece humildemente la ovación anticipada del público, pero su mirada parece estar en otra parte. Le he visto esta misma expresión otras veces, moverse entre la gente como ausente, como si no estuviese allí, como si lo que pasa —o suena— dentro de su cabeza fuese más interesante que lo que ocurre en el exterior. Eso, hasta que se sienta frente al auditorio y acaricia su guitarra o laúd. Entonces, y solo entonces, vuelve a la realidad, que se reduce a un determinado número de cuerdas, según el caso.
 

Karamazov aprendió a tocar la guitarra desde niño, en su balcánica Zenica, allá en Bosnia. Pero un día descubrió a Johann Sebastian Bach —quien desde ese entonces es su compositor favorito—, escuchó lo que este había escrito para el laúd barroco y supo, casi como una revelación, que tenía que aprender a tocar esa música fantástica. Fue así cómo se acercó a los laúdes: primero, a través de los antiguos grabados del Renacimiento; después, estudiando con Hopkinson Smith en la Schola Cantorum Basiliensis, en Suiza.

“Por supuesto, lleva mucho trabajo —confiesa—, porque hay toda una familia de laúdes diferentes. No es como la guitarra, que por lo general solo tiene seis cuerdas. Existen distintos tipos de laúdes con múltiples cuerdas, algunos tienen más, otros menos. Además, la forma del instrumento es un poco más incómoda, pues no encaja tan perfectamente en el cuerpo de uno como la guitarra. De todos modos, vale la pena vivir para él, de veras lo amo”.

Ya sea con el laúd o la guitarra, a lo largo de su extensa carrera ha colaborado con agrupaciones tan reconocidas como Hilliard Ensemble, L'Arpeggiata, Orpheus Chamber Orchestra y Hesperion XX.

En su primer disco en solitario, The lute is a song, no solo tocó una versión para guitarra eléctrica de Paisaje cubano con rumba, de Leo Brouwer; sino que, además, hizo una adaptación para laúd de la célebre Toccata y fuga en Re menor, de su querido Bach. Aunque la pieza original fue compuesta para órgano y algunos especialistas creen que en un principio era para violín, Karamazov tiene su propia versión del asunto:

“Siempre he creído que la obra original surgió de otro instrumento, porque es demasiado fácil de tocar en el órgano. Probablemente, Bach hizo un arreglo de una pieza similar que escuchó tocada por algún laudista. Así que hice un arreglo para el laúd que, quizá, se parezca al que Bach escuchó y luego adaptó para el órgano”.

Allí, en la contracubierta del CD, puede leerse una frase escrita por el propio Karamazov: “Lo que quiero hacer con mi laúd es cantar”. Y me explica: “La voz es la esencia de la música. Pero, sencillamente, yo no puedo cantar, así que trato de hacerlo con mi laúd y mi guitarra. Esa es la idea, liberar mi cuerpo, sacar fuera todo lo que llevo dentro”.

De acuerdo, tal vez no sepa cantar, pero en ese disco invitó a cuatro amigos, que saben hacerlo muy bien: Kaliopi, una cantante macedonia que interpreta una tonada tradicional de esa región; la soprano Renée Fleming, quien canta un fragmento de la ópera Dido y Eneas, la única que escribió Henry Purcell; el contratenor Andreas Scholl, quien lo acompaña en una pieza de Handel; y, quizá el más conocido de todos, Sting.

Su trabajo con Sting comenzó varios años atrás, cuando grabaron juntos The journey & The labyrinth, un disco con piezas del compositor, cantante y laudista irlandés John Dowland (1562-1626). A pesar de que murió en la miseria, Dowland fue el músico británico más relevante del Renacimiento. De ahí el éxito que tuvo la serie de conciertos ofrecidos por Karamazov y Sting en todo el mundo:

“Le propuse la idea a Sting porque siempre creí que él era la persona indicada. He trabajado con otros cantantes, pero en este caso Sting captó a la perfección la música que interpretamos. Pues, además de ser compositor, tiene otros rasgos en común con John Dowland, por ejemplo, ambos han sido los músicos británicos más famosos en su tiempo. Sting aceptó la invitación como un reto, porque este tipo de música era completamente nueva para él”.

Karamazov ha venido por segunda vez a Cuba invitado por otro de sus grandes amigos: Leo Brouwer, a tocar en el Festival que lleva su nombre. La primera vez que estuvo aquí, en el 2011, interpretó música de Bach y de Brouwer. Pero esta vez, el Maestro cubano ha compuesto una pieza especialmente para él: Sonata para archilaúd.

“Resulta increíble —se entusiasma Karamazov— cómo él llega a conocer mi modo de interpretar, mi cuerpo, mis dedos, lo que soy capaz de hacer. Esa sonada extrae todo de mí, además de que es la única obra compuesta para el laúd en nuestro tiempo”.

“Leo Brouwer es, sencillamente, el mejor compositor para guitarra de la historia —asegura—. Ya sea por la diversidad de estilos que domina o por la cantidad de conciertos que ha escrito para guitarra clásica, eso, sin mencionar sus otros conciertos. La música escrita por Leo Brouwer está influenciada por su tierra. Más allá de todos los lenguajes musicales que usa, uno puede oler y sentir sus raíces cubanas”.

Del mismo modo en que la mezcla explosiva de los Balcanes —eslava, turca, cristiana— aparece inevitablemente en su manera de tocar. Tal vez por eso, a pesar de su aspecto apacible, Karamasov se considera un hombre de acción. Por la misma razón que no ve los telediarios ni lee los periódicos: allí solo hablan, cuando en realidad se debería actuar.

“Si no fuera músico sería un combatiente revolucionario —confiesa—. Pero prefiero ser músico, así que he decidido no estar muy al tanto de lo que sucede en el mundo, pues de lo contrario tendría que salir a pelear, porque no creo que hablar sirva de mucho. Igual sucede con la música, no tiene sentido hablar de ella, la música habla por sí misma. Soy un hombre de acción. Afortunadamente me hice músico —se ríe—, porque en el combate, probablemente, no hubiese sido ni la mitad de bueno que en la música”.

Y es justo ahora, al entrar en acción —o en combate—, mientras recorre con sus dedos las cuerdas del laúd o la guitarra —lo mismo da—, que cobran sentido esas palabras. Porque Edin Karamazov, el verdadero, no era aquel hombre despistado que caminaba entre la multitud; sino este que suda, se retuerce y desgarra sobre el cuerpo de su instrumento. El mismo que asomó a sus ojos, apenas por un instante, cuando le pregunté cuál de los dos era su favorito: el laúd o la guitarra.

“Lo único que importa es la música —respondió—, solo eso. Me siento muy afortunado de poder interpretar ambos, como un pintor que es capaz de combinar colores diferentes. A veces toco a Mozart en la guitarra eléctrica, otras a Bach en el laúd o en la guitarra, depende de mi estado de ánimo y de la música. Al final, laúd y guitarra son la misma cosa: música. Lo importante no es el instrumento, sino tocarla”.

 
 
 
 


GALERÍA de imágenes

Músicas inteligentes

ARTÍCULOS RELACIONADOS:

Diversidad, excelencia, diversión
Pedro de la Hoz

Labèques en cuban way
Mabel Machado

Ricardo Gallén: Devoción por la guitarra
Helen H. Hormilla

Josué Tacoronte
Viaje de ida y vuelta

Rachel Domínguez

Música desde la pantalla
Frank Padrón

.
© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.