La Habana. Año XI.
13 al 19 de OCTUBRE
de 2012

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Música desde la pantalla

Frank Padrón • La Habana

No solo se trata de los excelentes programas musicales que se presentan en vivo en varios teatros capitalinos. El IV Festival Leo Brouwer de Música de Cámara ha tenido en cuenta un poco de la música que se recrea también en la pantalla grande y, en un ciclo que podrá apreciarse en la sala 2 del Multicine Infanta, hasta el día 14 en que finaliza el evento, los cinéfilos tendrán la oportunidad de repasar o conocer algunos de los títulos más significativos que abordan esa temática.

La premiére —que a la vez será cierre—  no pudo ser mejor elegida: Coco Chanel e Igor Stravinski  (Francia/ 2009), de Jan Kounen (Dobermann), focaliza, como indica su nombre, el romance vivido por la gran diseñadora de modas de inicios del siglo XX en Francia y el gran compositor ruso emigrado en plena revolución de su país a un París que, con todo y su carácter avant la lettre y avant garde, al principio no entendió su música iconoclasta y transgresora.

Precisamente así comienza el filme: los abucheos en el imponente Teatro de los Campos Elíseos a una Consagración de la Primavera que, finalmente, lo “consagrará” y el interés de la modista por la música y —poco después— el hombre que la llevará al papel, dieron médula primero a la novela de Chris Greenhalgh  que Kounen trasladara a la pantalla.

La película tiene, ciertamente, un tempo lento donde, en ocasiones, aparentemente no ocurre nada; pero mucho bulle y crepita por debajo de ese marasmo: la pasión, y más que eso, la lucha de dos grandes artistas: ella, dolida por el desprecio de él en tal sentido (no la consideraba entre esos elegidos), ambos tratando de encausar aquel amor a tenor de la familia del músico, donde la presencia cautelosa y doliente de la esposa (interesantísimo personaje) constituye un decisivo catalizador dramático. Por encima de todo, una época magistralmente ambientada e incorporada a la gran tela en detalle y preciosismo.

Claro que en una cinta sobre dos artistas y sus respectivas esferas, las relacionadas con ellas desempeñan un rol protagónico; por ello la dirección de arte, la fotografía y la música van colaborando paso a paso con la narración, y se diría que forman parte de la propia diégesis. El blanco y negro que centró el interés cromático de Chanel, la hermosa y fastuosa mansión campestre donde ella instala al amante y su familia, los conciertos de piano del músico que ejecutaba en el cuarto de estudio, desbordan esos espacios y abarcan el todo.

Lo cierto es que se va tejiendo con pormenorización, conocimiento de causa y una progresiva maduración que el espectador sensible no tarda en incorporar, la relación salvaje que se matiza de ternura y después rompe ante una, llamémosle “cuestión de principios” de Chanel, aunque el arte sobrevive y lo que pudo dar al traste con la obra medular y difícil de Stravinski logra imponerse, aun a pesar de lo personal, pues el ego cede a la gran empresa, los inmensos aportes musicales que la ex amante, a pesar de sí misma, no quiso abortaran.

Si bien los rubros encima mencionados son decisivos en la feliz consecución del filme, hay otros dos que no quedan detrás: uno es la planimetría lúdicra, complementaria a los vaivenes y modulaciones del relato (planos inclinados, contrapicados, hermosos travellings ralentizados por el decisivo bosque…) y manejados con una sabiduría encomiable, no menos enriquecedora; otro son los desempeños: el danés Mads Mikkelsen (El rey Arturo), la francesa de padre griego Anna Mouglalis (El papel de su vida)  y un gran nombre de la actual escena rusa: Elena Morozova (Diario de su mujer) conforman un trío exquisito, que demuestra primero la eficaz labor de casting y después la incorporación feliz, rica en matices y detalles de cada una de sus labores, donde los silencios e insinuaciones son casi más importantes que las mismas palabras.

Amplio espectro

El ciclo se conformó sobre la base de diversas clasificaciones. Una pudo ser en torno a instrumentos que, más que sus propios ejecutantes, fungían como verdaderos protagonistas de los filmes (piano, violín, viola…); otra, en torno a concertistas famosos (Mozart, Salieri, Jerry Mulligan, Wladislaw Szpilman…).

Otra manera de analizarlo sería la dualidad entre música clásica y popular, barreras que, a propósito, el propio músico emblemático de este Festival, Leo, ha tenido a bien difuminar, tanto en la teoría como en la práctica.

Lo cierto es que la muestra ha sido amplia y variopinta, y lo fundamental es que ni uno de los títulos pudiera considerarse siquiera menor. Lo más importante quizá es que junto al acercamiento personal a los músicos abordados, los directores pasan revista a la(s) época(s) que los enmarcan: la primera Guerra Mundial, el nazismo, el antisemitismo crecientes en El pianista (2002, Román Polanski); la Francia del siglo VII y Luis XIV en Todas las mañanas del mundo (1991, Alain Corneau); ese mismo país, concretamente su mítica capital, en la etapa de posguerra (Un americano en París, 1951, Vicent Minelli) o la corte de José II en la Austria del siglo XVIII que observó las rivalidades entre dos grandes músicos: Mozart y Salieri (Amadeus, 1984, Milos Forman).

Pero acaso ninguna obra sea tan abarcadora e inclusiva en cuanto a recorrer las etapas y países como la excelente (también por otras razones) El violín rojo (1998, François Girard), que parte del siglo XVII y sigue al singular cordófono emblemático hasta nuestros días, pasando por varios países de Europa, Canadá y la China maoísta.

Como decía, no falta lo contemporáneo: musicales famosos de Broadway llevados a la pantalla (Chicago, El demonio de Fleet Street…), clásicos de la composición contemporánea que han trascendido la puesta en pantalla (West Side Story, 1961, Wise/Robbins, con la célebre partitura de Leonard Bernstein) o uno de los imprescindibles del gran hacedor del musical en los años 50 (Vicent Minelli), en este caso Un americano en París.

Algo que los espectadores han apreciado es el drama humano, erótico, familiar que se teje en torno a instrumentos, músicos e historias, como una fascinante partitura humana, y que tiene en los casos de El piano (1993, Jane Campion), las mencionadas Coco Chanel…, El pianista y sobre todo, El violín rojo…) ejemplos sobresalientes, sin olvidar esa otra zaga que atraviesa países y etapas, esta vez desde el mar (La leyenda del pianista del océano, 1998) del célebre italiano Giuseppe Tornatore.

En fin, un ciclo que prolonga y enriquece desde la gran tela blanca, las excelencias musicales que, en vivo y en diversos teatros y plazas capitalinas, ofrece el Festival Leo Brouwer. 

 
 
 
 


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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.