La Habana. Año XI.
13 al 19 de OCTUBRE
de 2012

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La Gaceta… otra vez desde dentro
Arturo Arango • La Habana

La Jiribilla me ha solicitado un texto para este homenaje a La Gaceta de Cuba por el cumpleaños 50 de la publicación en que trabajo desde 1995. A lo largo de estos 17 años he escrito o conversado muchas veces sobre esta zona imprescindible de mi labor intelectual. Antes que reiterarme, he preferido volver a dos de esas ocasiones anteriores en que me he ocupado de La Gaceta...: la primera de ellas es una de las preguntas de la entrevista que respondí a Michel Encinosa Fu en 2005 para La Letra del Escriba (apareció en el Nro. 59 de ese tabloide); la segunda (primera en el tiempo) es un texto que escribí para ser leído en un encuentro sobre la cultura y los medios de difusión organizado por El Caimán Barbudo en 1997. A pesar del tiempo transcurrido entre ambos materiales y el presente, puedo suscribir aún todo lo dicho en ellos: si acaso, solo es preciso actualizar los nombres de ese equipo ejemplar que nos ha acompañado durante estos lustros, y añadir, a los ya mencionados, los de las diseñadoras Grisele Botana y Michele Miyares, actual directora artística de la revista, y el del ensayista, poeta y profesor Leonardo Sarría, quien está al frente de Crítica desde julio de 2006.Por último, quiero avisar al lector que tanto la entrevista (“La literatura no es un arma”) como “La Gaceta desde dentro” están incluidos en el libro Terceras reincidencias. La Historia por los cuernos, en proceso de publicación por Ediciones Unión.

Michel Encinosa Fu: La Gaceta de Cuba es una publicación muy codiciada, blanco de todo tipo de miradas. ¿Representa para ti una carga o una herramienta hacia un objetivo? ¿Cuáles son los principales cambios que has visto en la revista desde que la conoces?

La Gaceta de Cuba es una carga, una tarea, una molestia, un tiempo invertido... pero, sobre todo, un proyecto cultural en el que creo, y no doy por perdido ni uno solo de los minutos que le he dedicado. Es un privilegio hacer una revista como esa, entre amigos. Quienes hemos estado allí desde inicios de los 90 (Norberto Codina, Leonardo Padura, Vivian Lechuga, Omar Valiño, Camilo Venegas, Charo Guerra, David Mateo, Desirée Díaz, Mailyn Machado, y también los diseñadores Salvador González, Wilfredo Torres, Juan Carlos Fuentes, Roger Sospedra, Carlos Zamora, Osmany Torres, José Luis Vega, y, lastbutnotleast, GraziellaPogolotti, que ha sido para nosotros lo que George Martin a los Beatles) hemos creído en ella, y no pensamos que estamos cumpliendo con un trabajo más (y una revista implica muchísimo trabajo) sino que realizamos una obra en la que también está implicada nuestra realización como intelectuales. Para nosotros, cada número es un desafío y una celebración. No ya cuando sale de la imprenta, sino desde que lo comenzamos a imaginar, a asociar los trabajos, a diseñar ese diálogo más o menos visible, ese discurso otro que debe existir en una revista bien pensada.

Supongo que una mirada exterior encontrará cambios incluso en la que hemos hecho a partir del 92, pero estoy demasiado dentro para advertirlos. Por supuesto, hay algunos muy visibles, materiales. También, después de la entrada de Roger Sospedra, la imagen tuvo un cambio radical. La revista encontró un diseño tan renovador como los mejores textos que publica. Creo que hay una Gaceta antes de Roger y otra después de él, de la misma manera que, a fines de los 80, Frémez dio un sello nuevo, que permaneció más allá de su pertenencia al equipo de trabajo de la revista.


 

La Gaceta… desde dentro

Al recibir esta solicitud de los compañeros de la Asociación Hermanos Saíz para hablar de la cultura y los medios de difusión (o de la cultura “en” los medios: no sé, de momento, cómo definir la relación entre una y otros), me ha parecido que quizá sea más útil, antes que referir inconformidades, hablar desde una experiencia, digamos, constructiva, aunque sea dentro de una publicación exclusivamente cultural (de un medio que existe “en” la cultura), y de un alcance limitado, dedicada, como gusta decir Norberto Codina citando a Juan Ramón Jiménez, a las “grandes minorías”. Me refiero, como imaginarán ya, a mi trabajo en el equipo de La Gaceta de Cuba. Reconozco que este punto de vista tiene el riesgo de la inmodestia. Me curaré en salud advirtiendo que, más que de lo que La Gaceta… haya hecho, estaré hablando siempre de lo que nos proponemos hacer, o de un conjunto de principios, a veces implícitos, otras discutidos por nosotros hasta la saciedad, que nos ayudan a realizar cada uno de los números de esta revista, y que, tengo la esperanza, algo han tenido que ver con su singularidad dentro del conjunto de las revistas culturales cubanas. También, me ayuda a moderar la inmodestia mi convencimiento de que en Cuba la calidad de una publicación depende menos de sus realizadores directos que de la voluntad de la institución de que es vocera. En nuestro caso, la UNEAC, sobre todo durante la última década, es de las instituciones que se sustenta en una concepción revolucionaria de la cultura, que entiende la cultura no como mero eco, o “embellecimiento”, sino, como ya se ha dicho aquí, con una función emancipadora, ligada a un pensamiento que por definición es crítico, cuestionador, y también predominantemente afirmativo, en la tradición implantada desde los tempranos 60 por la Casa de las Américas o el ICAIC.

Imagino que un lector medianamente avisado se apresuraría a proponer dos constantes a la hora de caracterizar a La Gaceta... Una de ellas sería el dar abrigo, o incluso alimentar, polémicas sobre asuntos marginados u ocultados por otros medios, y la de abrir espacios para la cultura (principalmente, hasta ahora, a la literatura) debida a los emigrantes cubanos. Sé también que tales constantes no son exclusivas de La Gaceta…, pero sí me permitiré abundar en la manera como concebimos lo uno y lo otro.

Tal vez, en el primer caso, se trata de una cuestión de respeto: de respeto a la inteligencia del lector, y a la diversidad de pensamiento, de posiciones, de puntos de vista. Muchas de estas polémicas se han librado en defensa de la cultura cubana, o de concepciones revolucionarias de la cultura. En tales casos, se ha tratado de enfrentar criterios que son explícitamente nuestros a ideas que nos son hostiles, y que mayoritariamente han aparecido primero en publicaciones no cubanas. El lector de La Gaceta…, pensamos, tiene el derecho de estar informado, de conocer no uno, sino todos los puntos de vista en debate, y de establecer sus conclusiones. Y si reconocemos que todo hecho cultural es ante todo un acto de conocimiento (y si admitimos también que ese conocimiento se cumple por vías muy disímiles, a veces insospechadas), hacemos lo posible porque la defensa de nuestras posiciones se realice mediante ideas, y no por la vía de los denuestos, de las descalificaciones a priori, o en ausencia del oponente.

En otras ocasiones se han publicado polémicas que pudiéramos calificar de “internas”: sacan a la luz algunas de las numerosas contradicciones que existen en el interior de la cultura cubana ¾que a veces alcanzan otros ámbitos de nuestra realidad¾, en cuyo caso no siempre es explícito cuál es el punto de vista que defendería la revista, porque también quienes hacemos La Gaceta… podemos tener, entre nosotros mismos, posiciones divergentes. Incluso, hemos recibido y publicado textos con los que estamos unánimemente en desacuerdo (y hasta lamentamos en alguna oportunidad que un trabajo donde se nos atacaba duramente fuera técnicamente impublicable): son  ideas, tendencias, que llegan a nosotros porque están ya insertas en el tejido de la cultura cubana y desconocerlas no las hará desaparecer, por lo que nuestra opción es someterlas a debate, enfrentar esa razón otra con nuestra razón. También nos ha parecido fundamental respetar la voz del otro, por el convencimiento de que la verdad solo se encuentra en el reconocimiento de lo diverso que toda contradicción supone, y de que cada hallazgo conduce inevitablemente al comienzo de nuevas búsquedas. Como le gusta decir a alguien que fue mi maestro, “el diablo no tiene la razón, pero tiene razones que vale la pena escuchar”.

Hay, además, un argumento adicional y no menos importante: La Gaceta… es órgano de la Unión de Escritores y Artista de Cuba, y aunque no de manera exclusiva, sí se debe principalmente a sus miembros. A todos sus miembros. Nuestro deber es escuchar y atender las opiniones, la obra, el quehacer de cada uno de esos escritores y artistas, de la misma forma que ese conjunto, y sobre todo las individualidades que lo componen, pueden ser también, sin excepción, objeto de estudio, de debates, de contradicciones que estamos igualmente obligados a tratar.

Si para las polémicas nuestra palabra clave es respeto, para incluir la cultura de la emigración esa palabra pudiera ser responsabilidad. A quienes hacemos La Gaceta… nos gusta repetir que, aunque la presencia en nuestra revista de nombres de artistas y escritores cubanos de la emigración data de mucho antes, quien nos proporcionó los argumentos más nítidos para hacerlo fue Ambrosio Fornet, en una entrevista publicada en el ya lejano 1992. A nosotros nos corresponde la responsabilidad de cuidar por la totalidad. Y cuidar es conocer, estudiar, también poseer, apropiarse de sus indudables valores. A quienes, desde fuera de Cuba, denigran de la cultura que se hace en la Isla, y pretenden desconocerla desde una actitud de intolerancia, no podemos responderles de la misma forma porque es nuestra esa responsabilidad a la que ellos han renunciado, y también, añadiría yo, porque el país, las personas que lo componemos, necesitamos hoy de políticas inclusivas.

Pero ese sentido de la responsabilidad no se agota ahí. Hemos tratado de evitar también dos caras opuestas que con frecuencia han acompañado a este proceso: la demonización y la beatificación. Ni la agresividad contrarrevolucionaria de ningún artista o escritor cubano es suficiente para descalificar su obra (si esa obra es realmente meritoria), ni el prolongado olvido en que se tuvo a esa cultura basta para hacer que ignoremos la beligerancia con que algunos de esos escritores y artistas han defendido posiciones de derecha. En uno y otro casos, se trata de contextualizar, de no olvidar cuál fue el signo, la huella, el espíritu, de determinada época, de las circunstancias que acompañaron una posición, un gesto, una ruptura, e incluso la excesiva o injustificada hostilidad con que, desde Cuba, fueron tratadas algunas de esas personalidades.

También es obvio que La Gaceta… no se hace en una campana de cristal, y que estamos bajo la presión de compromisos de otro orden, que tienen que ver con las tensiones que se viven en el país: con la desfavorable correlación internacional de fuerzas en que se inscribe Cuba y con los cambios de tan diversa naturaleza que han venido ocurriendo en nuestra sociedad. Hacer una revista de espaldas a ese contexto sería una irresponsabilidad extrema: de igual forma lo sería, para nosotros, guardar silencio ante aquellas contradicciones relacionadas con la cultura. Argumentar nos parece más razonable que callar; informar más sabio que desconocer o que ocultar. Por ello tal vez sea evidente que La Gaceta… ha pretendido aportar una voz en el diseño de la política cultural cubana (como ya dije, la voz de la institución de que es vocera), pero hemos tenido el cuidado de hablar siempre desde la cultura, es decir, desde el espacio que nos pertenece, y al cual pertenecemos, con la esperanza de que hacerlo desde la cultura no supone una limitación, sino un enriquecimiento, una amplitud, la posibilidad de complejizar y matizar el conocimiento como quizá ninguna otra disciplina sea capaz de lograrlo.

Digamos entonces que el objeto de trabajo de La Gaceta… es el conjunto de la cultura del país, pasada y presente. Esa cultura está sometida a modas, a tendencias. Algunas provienen del mismo desarrollo de determinada manifestación; otras se relacionan más con los cambios contextuales. Unas, con el paso del tiempo, traen su cuota de justicia: nombres o títulos que en algún momento, sobre todo por razones extraculturales, fueron sobrevalorados, toman con los años el lugar que siempre les hubiera correspondido (y ese lugar a veces es el olvido). Otras, por el contrario, intentan imponer unas tendencias sobre la descalificación de las restantes o reivindicar a los ignorados de ayer sobre el abandono de las figuras que entonces gozaban, con mayor o menor justicia, de la difusión máxima. En ese vaivén inevitable, La Gaceta… ha tratado de guiarse exclusivamente, hasta donde ello es posible, por valores culturales, y adoptar una actitud inclusiva que tenga en cuenta, también, todos los estratos de nuestra cultura: Nicolás junto con Lezama, Caturla junto con Manuel Corona, Agustín Cárdenas junto con Servando Cabrera Moreno.

Ya al concluir estas líneas advierto la persistencia en palabras como “principios”, “respeto” o “responsabilidad”, que pertenecen fundamentalmente al campo de la ética, y no creo que esa persistencia sea casual: se trata de una ética que, pretendemos, esté sustentada por esa manera de entender la cultura como un acto emancipador en cuya realización, de una forma u otra, todos estamos implicados. Por eso, ojalá alguna vez sea posible que nos reunamos a hablar no de la cultura y o “en” los medios, sino de los medios “en” la cultura: de la apropiación, por parte de los medios, de un territorio que debe serle sustancial y no un añadido para refrescar o darle cierto toque de frivolidad o de falso cosmopolitismo a los espacios informativos.

 
 
 
 


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ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.