La Habana. Año XI.
13 al 19 de OCTUBRE
de 2012

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La revista de los primeros años
Luis Marré • La Habana

La Gaceta de Cuba cumple 50 años, pero hay que decir que ha tenido tres épocas y que, realmente, solo han sido dos, pues de la segunda más vale no hablar, porque no tuvo nada que ver con la que fundó Nicolás Guillén en los primeros meses de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba: perdió hasta el nombre.

De esos 50 años yo fui el secretario de redacción 18 —un cargo técnico que mantuve después de que nuestro querido tabloide fue convertida en La Nueva Gaceta, sin el diseño de aquel artista del cual aún hay algunas muestras en muros habaneros—: Darío Mora. Me avergüenza recordar que nuestro mensuario se convirtió en una publicación dedicada a halagar lo peor del gusto popular, con un diseño atroz, pero se agotaba cada número en unos días. Se cumplía el objetivo del cambio: ingresar dinero en la cuenta bancaria de la UNEAC.

En la primera época de La Gaceta…, Nicolás Guillén siempre estuvo conforme con mi trabajo y aprobaba la mayoría de las colaboraciones que yo le presentaba, entre las que se encontraban, a menudo, las de notables escritores como José Antonio Portuondo, Juan Marinello, José Luciano Franco, Leonel López-Nussa, Dora Alonso, Samuel Feijóo y algunos jóvenes como Ciro Bianchi, Gerardo Mosquera, Rogelio Martínez Furé, Desiderio Navarro, Adolfo Suárez, y otros que emigraron y sirven al enemigo. Sería un ingrato si no recordara la ayuda de Reynaldo González y Nancy Morejón.
 

De la primera época quiero destacar el número 100, en el cual Desiderio Navarro inició la sección “Criterios”, número monotemático dedicado a la ciencia literaria, con traducciones del propio Desiderio, dando a conocer, por primera vez en Cuba, a especialistas soviéticos, franceses y de otras nacionalidades. Mirta Aguirre nos llamó para felicitarnos. Ese número se agotó en unos días.

Tener como director a Nicolás Guillén era un aliciente en la primera época, cuando las colaboraciones no se pagaban y los escritores solo esperaban ver impresos sus artículos o crónicas. Nicolás fue siempre un verdadero compañero —no le gustaba la palabra jefe—. Ya he hablado de nuestra amistad en algunas entrevistas o crónicas. En esta oportunidad, quiero hablar de otros compañeros inolvidables: Marcelino Arozarena y Manuel Cuéllar Vizcaíno.

Hacía poco tiempo que me desempeñaba como secretario de redacción en el tabloide mensual, que entregábamos puntualmente en el taller de la calle Reina, pero que a veces salía con retraso de tres meses. La imprenta estaba sobrecargada, principalmente, por los tabloides del Ministerio de Educación, que tenían prioridad.

Una tarde, Nicolás me llamó a su despacho para presentarme a Marcelino Arozarena. “¿Le parece bien que Marcelino Arozarena se incorpore como redactor a nuestro periódico?” —me preguntó—. “¡Como no!” —respondí, pues, aunque no lo conocía personalmente, sí había leído algunos de sus poemas y oído, por la radio, algunos comentarios suyos. Marcelino recordaba que alguien nos había presentado en la redacción de Radio Reloj. Pronto, muy pronto, Marcelino se hizo imprescindible en cualquier situación, por penosa que fuera.

Nuestras conversaciones, en los momentos en los que aflojaba el trabajo de redacción o cotejo, versaban sobre personas a las cuales él estimaba: Salvador García Agüero, José Luciano Franco, Nicolás Guillén, Juan Marinello, Odilio Urfé, Nancy Morejón, Luis Carbonell, Miguel Barnet. Pronto sus amigos fueron mis amigos; varias veces fuimos de visita a la casa de José Luciano Franco. Nunca olvidaré la chispeante conversación del ilustre historiador, sus recuerdos de La Habana en los últimos años del siglo xix, con anécdotas inéditas y revelaciones sobre nuestra conturbada Historia. Todavía recuerdo nuestro último encuentro; la tarde se fue sin darnos cuenta, oyendo sus vivencias infantiles en La Habana de los 90 del siglo xix, sobre todas la voladura del Maine y la intervención posterior de los norteamericanos.

Algunas veces, Marcelino nos hablaba de sus años mozos: la casa de vecindad, en El Vedado, sus caminatas hasta Jesús del Monte —ida y vuelta a la escuela donde ejercía el magisterio, para ahorrar los centavos del pasaje; sus años de estudiante en la Normal durante el machadato, cuando Juan y Pepilla comenzaban su magisterio y él —Marcelino— compartía las aulas con García Alzola y Miguel Vidauzárraga. El edificio más alto de nuestra capital era el Andino, al final de la calle San Lázaro.

Había otro Marcelino que había que evitar porque su consustancial calma desaparecía. No toleraba discriminación alguna: raza, sexo, religión. No quiero finalizar esta rápida evocación de mi inolvidable compañero sin recordar que este año Marcelino cumpliría cien años. Nos queda su poesía, que todavía no tiene entre nosotros, un estudio como el que realizó un hispanista alemán en su país. Su libro Canción negra sin color merece una reedición y, ahora que se valora tanto la décima, también una recopilación de sus décimas festivas, llenas del gracejo criollo que muchos decimistas muy reconocidos no han logrado.

Manuel Cuéllar Vizcaíno era amigo de los tiempos de estudiante de Nicolás Guillén, en la Universidad de La Habana. Cuéllar, como todos lo llamábamos, en los tiempos en que conoció a Nicolás en La Habana, tenía un fotingo, en él paseaba a su amigo por la ciudad: visitaban redacciones para las cuales Cuéllar hacía reportajes, y de vez en cuando alquilaba su fotingo. A Nicolás no le agradaba que Cuéllar hiciera comentarios sobre aquellos años ni sobre lo que escribía entonces. Presenciamos algunos disgustos entre ellos, sin que nunca durara mucho tiempo el enojo de los dos.

Cuéllar había trabajado mucho tiempo en Aguada de Pasajeros, donde tenía muchos amigos, entre ellos, los hermanos Quintero, quienes militaban en el Partido Socialista Popular y tenían una imprenta que sacaba unas hojas de información partidista; además, otra de las amistades de Cuéllar en Aguada era Sabina Núñez de Villavicencio, maestra de los cienagueros, que conocí cuando fui con Escardó a trabajar como contador de las obras que construía en la Ciénaga la Revolución. Yo admiraba a esa mujer que cada día se internaba en los pantanos a enseñar a leer y escribir a los carboneros.

Cuéllar había escrito un libro titulado Doce muertes famosas, sobre la lucha por el poder entre los políticos corruptos de la república neocolonial. Ese libro, del cual poseo un ejemplar, nunca se ha reeditado.

Un día, nuestro viejo compañero llegó a la redacción de La Gaceta… con la noticia de que yo recibiría una sorpresa agradable: me llevó a visitar a alguien que yo admiraba. Me hizo acompañarlo a la Habana Vieja. Sí que fui sorprendido: se trataba nada menos que de Sabina Núñez de Villavicencio, la vieja maestra de los carboneros de la Ciénaga, octogenaria, pero muy vivaracha y gentil.

Hace poco supe que la Casa de la Cultura de Aguada de Pasajeros lleva su nombre.

A menudo, Nancy Morejón y yo pedíamos a Cuéllar que hiciera tiempo para sentarse con nosotros para grabar sus memorias y preparar un libro; pero nuestro querido compañero falleció antes de que lográramos sentarlo ante la grabadora.

 
 
 
 


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(2008 - 2012)

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.