La Habana. Año XI.
6 al 12 de OCTUBRE
de 2012

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Fans forever, exposición colectiva de artistas cubanos en EE.UU.

Dos abanicadas cubanas y el deseo de reconstruir

Mabel Machado • La Habana

1941

En las excavaciones que ha mandado a hacer el reverendo Raúl Martínez bajo el altar mayor de la Iglesia Parroquial de Santa María del Rosario aparecieron una escalera de nueve peldaños y una bóveda con restos de enterramientos no identificados. Alejo Carpentier reseña la noticia en las páginas del Tiempo, a solo meses de haberse visto de pie, en un extremo de la nave crucero, esperando a que Lilia Esteban, vestida de blanco, recorriera los 55 metros desde el portón de entrada para concederle el definitivo “Sí, acepto”. El periódico, para el que escribe el cronista desde su regreso de España en 1939, imprimió hace poco un artículo suyo a propósito de la celebración de la Misa del Gallo. El “estallido de oros, azules, flores, aureolas y arabescos del altar” desde donde se oficia cada año la ceremonia navideña, le devolvió al escritor el recuerdo de los paseos de adolescencia, época en la que el musgo y las grietas no habían comenzado aun su avance de reptiles entre las paredes del templo. La novedad que aporta la prensa con el presente artículo en la pluma de Carpentier es que ahora, gracias a la gestión del avispado párroco Martínez, se han emprendido en la iglesia dieciochesca trabajos de reconstrucción y rescate de los tesoros de la historia. “Tesoros”, ha dicho el periodista, pero advierte que los zapadores no encontrarán botijas o cofres repletos de joyas, sino los cadáveres de ciertos fieles privilegiados que alcanzaron a merecer un pedazo de Tierra santa antes del edicto de la Corona sobre el asunto de las sepulturas1. A la hora de cierre del rotativo no se conoce nada nuevo sobre la búsqueda compulsiva del padre Martínez y los desenterradores de fortunas. Un misterio queda en el aire suspendido y blanco como la paloma de porcelana que cuelga desde lo alto del púlpito en representación del Espíritu Santo.

Unos años después…

Alguien en el Lyceum Lawn Tennis Club de La Habana2 debe haber mencionado el deterioro de la iglesia a la que Don Juan José Díaz de Espada, el Obispo, bautizó allá por el 1812 como “la catedral de los campos de Cuba”. Tal vez alguna asociada vivió en Santa María del Rosario, el antiguo feudo de los condes de Casa Bayona, o quizá el crítico y ensayista José María Chacón y Calvo, descendiente de la misma casta, haya puesto alguna referencia a esa “ciudad diminuta” sobre el tapete durante las charlas promovidas por la organización femenina. Es posible que Alejo Carpentier, quien conocía al dedillo las columnas, altares y guirnaldas de aquella morada de Dios, comentase algo sobre el descalabro constructivo en una de sus visitas a la mansión de Calzada 81, en el viejo Vedado. El Lyceum, que se inauguró allí en 1929 como una organización de índole cultural y social similar a otras existentes en diversas ciudades de Europa, ha encontrado en el deterioro de la iglesia rosareña una nueva causa. No pocos aprecian ya a estas alturas la enorme contribución de la sociedad a la promoción de la cultura, especialmente al universo de las artes plásticas. Su Salón de Exposiciones se abre sin reservas al arte nuevo, por lo que no es raro que la Revista de Avance escriba sobre el “predominio de la joven fauna intelectual” entre el público que asiste con entrada libre a los conciertos, conferencias, lecturas y exhibiciones de arte. En medio de ese clima, que en la historia se reconocerá como influencia decisiva para la formación de la intelectualidad cubana del periodo republicano3, se cuece la idea de impulsar una exposición en beneficio de la parroquia de Santa María del Rosario. La justificación cae por su propio peso: por una parte, el fomento de las artes plásticas singulariza el trabajo del Lyceum, y, por otro lado, está de sobra probada la vocación de la sociedad por contribuir al bienestar social. Sin embargo, quizá existen otras razones para que las señoritas se fijen en el templo, convocan a los mejores pintores del momento a compartir su nueva empresa.

Deducciones4

La aureola del misterio desenterrada con los trabajos del padre Martínez permanece flotando entre la cúpula y los confesionarios de la iglesia. Varios de los objetos encontrados en el interior de la bóveda han hablado más que los 50 tomos de inscripciones estudiados por el cura con la seriedad y la vocación detectivesca que ninguno de sus predecesores hubiera concedido nunca a unos libracos de hojas color ocre, empotrados por el polvo en las tablas del armario. Una tarde venturosa como aquella mañana en que comprobó en los escritos la existencia de la bóveda, el párroco, mientras supervisaba las excavaciones, recibió de manos del zapador Ignacio un bultico de varillas de nácar calado, que unidas formaban la fuente de un abanico plegable de mujer. El nombre del obrero le provocó al sacerdote un pensamiento sobre su tocayo Loyola, el poeta, militar y santo de la Iglesia Católica retratado en un cuadro que, según el rumor popular y la sapiencia de algunos viejos entendidos, permaneció una temporada guindado en el interior del templo, con la discreción y naturalidad de una toronja en la rama de su árbol, a pesar de que pudo haberlo pintado el sevillano Velázquez. Las varillas que le acababa de entregar Ignacio le recordaron al cura la “Dama con abanico”, uno de los lienzos de Velázquez que repasaba a menudo por medio de las enciclopedias y las reproducciones de las bibliotecas. Aquel cuadro siempre distraía al párroco mientras hojeaba los folios. La señora de ojos almendrados debió haber posado para el artista antes de bajarse el velo para asistir a la misa del domingo. Las únicas regiones luminosas del retrato, tan sobrecogedor como el interior crepuscular de las iglesias, son el rostro, el comienzo de los senos y los guantes. En la mano derecha la dama lleva al descuido un rosario que se derrama hacia el vestido, una imagen que ha visto el cura repetirse entre las devotas asiduas a Santa María del Rosario. El crucifijo cae, y el abanico se levanta en la mano derecha, semiabierto, sugerente, indicando un destino que se fuga de los límites del cuadro.

La exposición

Si no fue predestinación, al menos la curiosidad del clérigo Raúl Martínez contribuyó a que la iglesia quedara declarada Monumento Nacional por el Congreso de la República en 1946, y se revalorara de este modo como una de las obras más importantes de la arquitectura barroca en Cuba. Las señoritas del Lyceum Lawn Tennis Club aportaron otro tanto al organizar su exposición y subasta de 1943, con motivo de las cuales Wifredo Lam, Cundo Bermúdez, René Portocarrero, Felipe Orlando, Carlos Enríquez y Mario Carreño pintaron sobre abanicos tan elegantes para la época como lo fue tres siglos antes el accesorio español de la dama de Velázquez. Se dice que más de una habanera distinguida poseía colecciones de estas prendas, algunos llegan a asegurar que María Luisa Gómez Mena, sobrina de la Condesa de Revilla de Camargo y mecenas en la época dorada de la pintura cubana, las guardaba con cuidado; mientras que la escritora Dulce María Loynaz, a quien se le adjudica la posesión de otro importante grupo de ellas, escribió: “El abanico no es un accesorio, sino un todo perfecto, una obra de arte en miniatura, y como tal hay que respetarla”. No es de extrañar que al considerarlo dentro del régimen de las artes, tanto el autor de “La Jungla” como Bermúdez practicaran regularmente en el transcurso de la década del 40, la decoración del indispensable objeto usado en tertulias y portales para aliviar el calor martirizante del clima cubano. Con el tiempo algunas de esas obras, demandadas como cualquiera de las firmadas por estos artistas entre los círculos cultos y acomodados de la sociedad, pasarían a formar parte del patrimonio privado de coleccionistas dentro y fuera de la Isla. Siete décadas después de la abanicada habanera, en Miami otro grupo de abanicos pintados confluiría en un mismo salón, en homenaje al servicio de las señoritas del Lawn Tennis hacia la villa de Santa María del Rosario. 

Fans forever

Dos años y dos meses tardó el curador Gustavo Orta en la investigación, encargo y recopilación de las 50 piezas que componen Fans Forever, el revival que ahora ocupa dos salones en el Museo de Arte+Diseño del Miami Dade College, en el Biscayne Boulevard. Conocidos por el éxito de otras exposiciones como 31 Escultores Cubanos y Los 90 de Tony López realizadas en esa ciudad, Orta y su hermana Ester consiguieron persuadir a coleccionistas privados radicados en EE.UU. para facilitar las piezas de aquel periodo realizadas por Lam y Bermúdez que hoy se muestran en la instalación, al tiempo que recibieron en calidad de préstamo, tres ejemplares de Mariano Rodríguez preservados por sus hijos Alejandro y Lolita. Valga aclarar que ninguno de los coleccionistas que ofrecieron los primeros abanicos se dedica exclusivamente a la adquisición de estos objetos, por lo que el proyecto de los Orta ha influido en su motivación para ampliar el lente a través del cual se acercan al arte cubano.
 

El abanico de Cundo Bermúdez, un asiduo a las exposiciones del antiguo Lyceum, es el único que casi con total certeza pudo haber participado en la subasta del 43 por estar fechado en ese año. No obstante, el curador de Fans Forever insiste en que no es la búsqueda histórica el principal objetivo de esta exposición, sino el de mostrar en conjunto el quehacer de pintores cubanos de trayectoria relevante en las últimas décadas, asentados dentro o fuera de la Isla. Alrededor de cuatro generaciones convergen en la muestra, y la diferencia de edades de los artistas es casi proporcional a la diversidad de las poéticas, el planteamiento de los temas y el uso de las técnicas. La silueta de un ave azul emerge de un par de líneas en el abanico de Manuel Mendive, mientras que una profusión de verde intenso crece en cada extremo del objeto conformando el paisaje vegetal de Tomás Sánchez. Junto con ellos aparece la escena en el paraíso dibujada por Tony López, las manchas abstractas de Salvador Corratgé y Pedro de Oráa, las mujeres emplumadas de Zaida del Río, los seres ovalados de Pedro Pablo Oliva…



Tomás Sánchez

Algunas “lecturas” de la exposición aluden a cierto aliento nostálgico implícito en la reunión de los artistas y en el empleo de los abanicos. Orta afirma que la añoranza por objetos como este o como “la leontina y el sombrero de pajilla, frecuentes en los tiempos en que las muchachas debían ir con chaperona a los bailes, puede ser común a cualquier persona dondequiera que se encuentre”.

Hubiera sido difícil para las animadoras de la exposición del 43, e incluso para las fundaciones que se abocaron al rescate de la memoria de Lyceum en la década del 80, prever que su entusiasmo por salvar de la decadencia a la iglesia de Santa María del Rosario desembocaría mucho después en otro esfuerzo por unir a los cubanos en pos de la cultura. Chacón y Calvo mencionaba entre los valores fundamentales del Club “el sentido colectivo de sus empresas”, valoración con la que coincide el historiador Gustavo Pitalugga, al referirse a la acción en “comunidad humana” que guiaba como política a las asociadas del club y a sus colaboradores, con el fin de alcanzar “una sociedad nutrida por el más elevado anhelo de vida colectiva”.

Fans Forever retoma la atmósfera de convivencia reinante en el Lyceum, sobre la cual da fe el testimonio de Eugenio Florit: “Más de una vez pudimos ver allí amigos que el destino separaba [...] conversando sobre un tema cualquiera con la sonrisa cordial en el rostro, abandonando en el umbral el fuego de la lucha…”. El entendimiento y la búsqueda de nuevos vasos comunicantes entre los artistas de la Isla y los de su diáspora que se propone en el “para siempre” de esta exposición de abanicos, constituye, al decir del pintor y crítico Manuel López Oliva “un suceso de la cultura cubana, de la unidad de los cubanos del arte, de la trascendencia de la cubanía, del afán de amor contra el de odio, del deseo de reconstruir —esta vez no la Iglesia de Santa María del Rosario—, sino el mosaico artístico actual de nuestra nacionalidad”.
 


Manuel López Oliva

 

Notas:

1- En 1806, la Corona emitió una orden que prohibía continuar dando sepultura a fieles importantes, personalidades de renombre o clérigos en el interior de los templos.

2- Organización femenina fundada por Berta Arrocena de Martínez Márquez, René Méndez Capote y una docena de amigas, inspiradas en el recién fundado Lyceum de Madrid.

3- A las acciones de promoción cultural impulsadas por la organización asistían con frecuencia artistas e intelectuales como Jorge Mañach; José Lezama lima, Medardo y Cintio Vitier, Amelia Peláez y Mariano Rodríguez. Al decir de Eugenio Florit, una parte de la inteligencia cubana del momento le debía al Lyceum su éxito y subsistencia.

4- El contenido de este acápite es de carácter puramente ficcional.

 
 
 
 


GALERÍA de obras

Fans forever, exposición colectiva de artistas cubanos en EE. UU.

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.