La Habana. Año XI.
6 al 12 de OCTUBRE
de 2012

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A quien nunca podré olvidar
Marta Rojas • La Habana
Fotos: Cortesía de la autora y Liborio Noval

Hace solo unas horas recibí un correo de Nancy Morejón fechado en Nantes. En el texto expresaba su sentimiento con un fuerte fondo de consternación por el fallecimiento repentino de Liborio Noval. Seguramente, me pasó el correo a mí porque sabe que fuimos durante muchos años compañeros de trabajo en los diarios Revolución y Granma, y además, grandes amigos. Decía Nancy Morejón que el impacto fue aun mayor porque en el evento donde se encontraba aparecía la obra del gran artista y fotorreportero Liborio. El dato podía parecer emocional; pero a la vez sencillo, lógico... A mí me resultó una confirmación a su favor: Liborio fue siempre un hombre valiente. Ni siquiera una compleja operación cardiovascular —a la cual se sometió hace muchos años, en pleno apogeo de su obra como reportero y artista— hizo disminuir su ímpetu creativo y laboriosidad; de ahí sus exposiciones internacionales.

Ni depresión ni miedo redujeron su capacidad física o sicológica. No dejó de ser el impetuoso y peleador Liborio, contestatario —casi siempre con razón— aunque pudiera irritar a alguien; pero a la vez, el más colaborador y humano de los compañeros. El colega que “se echaba los muertos encima” y ayudaba a la parentela de aquellos que lo necesitaban. Talento y modernidad se unieron en él cuando irrumpió en el medio la digitalización que prontamente asumió.

Tengo infinidad de recuerdos de Liborio, comenzando por choques de dos espíritus rebeldes (el mío más contenido); pero puedo decir que fue uno de los pocos colegas y amigos más queridos y afectuosos que he tenido, uno de los más colaboradores en nuestro quehacer en el medio periodístico e intelectual; porque era un hombre de pensamiento y de firme ideología revolucionaria.

Lo conocí cuando a ninguno de los dos nos prestaban atención más allá de nuestros centros de trabajo: él laborando en publicidad donde trabajaba, y yo de joven reportera de la Sección En Cuba y, luego, de Revolución y Granma. La casa materna junto a la bodega familiar cerca de la Papelera de Puentes Grandes, era un sitio favorito de Liborio, y los que lo conocimos más de cerca lo saben. Cuando ya era un reportero “estrella” se llenaba la boca para afirmar que él apretaba el “gatillo” pero que el fotógrafo de verdad era su maestro y amigo Osvaldo Salas. Ese astro de la fotografía que dejó las luminarias de Nueva York para regresar a Cuba e incorporarse a la Revolución cubana, a la cual sirvió en la Gran Manzana, era el ídolo indiscutible de Liborio y su colega y amigo. Cuánto siento que muchos jóvenes fotógrafos no puedan tener un maestro como Liborio tuvo a Salas.

Cuando Cuba emprendió la lucha solidaria por todo Vietnam, fue un colaborador incondicional de la heroína Melba Hernández, entonces fundadora y presidenta del Comité de Solidaridad. Él no podía dejar de ser, como lo fue un día, corresponsal de guerra en ese hermano país.

Existen infinidad de muestras de su obra como reportero gráfico en los recorridos de Fidel; sin embargo, a todas les insuflaba su vocación de artista. Yo tengo en mi memoria dos entre miles —la famosa de la boina verde olivo y la extraordinaria y única de Fidel en guayabera, durante la Cumbre Iberoamericana en Cartagena de Indias, Colombia—.

El reportero que había en él, indisolublemente ligado al artista, no reparaba en ningún tema. Recordábamos muchas veces sus osadías en el errático y victimario ciclón Flora, debatiéndose entre las olas de aquellos ríos embravecidos para captar una imagen impactante. También, cómo discutimos, en un helicóptero que se ocupaba de recoger víctimas del huracán, que estaban subidas a los techos de las casas. En un momento dado, cuando el helicóptero prácticamente sobrevolaba sobre el techo de un bohío (posiblemente, el único techo que aun quedaba en una estepa inundada), peleamos porque yo quería que tomara la foto de un hombre y una mujer que intentaban amarrar a la soga que pendía del helicóptero un saco de yute con algunas “pertenencias” dentro. Los pilotos estaban desesperados por salvar a aquellas dos personas, pero sobraba el saco. Finalmente, convencí a Liborio de que retratara la escena. Me dijo que el fotógrafo era él y no yo; pero él vio, seguramente, con su fino ojo artístico, una escena insólita y tomó varias fotos, muchas más de las que podían haberse hecho en circunstancias tan dramáticas. Cuando los pilotos subieron al hombre y a la mujer con el saco que, supuestamente, contenía enseres del hogar o alimentos, lo desataron. La consternación nos impactó a todos. Vi lágrimas en los ojos de Liborio: los campesinos llevaban en el saco a dos de sus pequeños hijos muertos. Hubieran preferido morir ahogados que dejar que aquellos cuerpos sin vida fueran arrastrados por el agua.

El periódico publicó a una página entera (página de sábana, no de tabloide) aquel reportaje eminentemente gráfico de Liborio. Quizá, el más humano que algún colega pudo hacer sobre el ciclón Flora.

Este era el auténtico Liborio: profesional, artista, peleador, honesto y, sobre todo, un gran ser humano al que al menos yo, nunca podré olvidar.

 
 
 
 


GALERÍA de IMÁGENEs

Instantáneas de Liborio Noval


GALERÍA de IMÁGENEs

Instantáneas de un líder

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.