La Habana. Año XI.
6 al 12 de OCTUBRE
de 2012

Correo Canal RSS Canal en Twitter Facebook Flirck You Tube

 

BÚSQUEDA AVANZADA   . . .

ENLACES

SUSCRIPCIÓN
 
 

Homo ludens (o el mundo desde las gradas)

Rafael de Águila • La Habana

...el juego... se ejecuta dentro de determinado tiempo y determinado espacio,

se desarrolla en un orden sometido a reglas

y da origen a asociaciones que propenden a rodearse de misterio.

Johan Huizinga. Homo Ludens, p.26.


Johan Huizinga, filosofo holandés, escribió Homo Ludens en 1938. El hombre que nos legó este holandés de rostro ecuménico, es un ser que juega. Han transcurrido más de siete décadas desde entonces, mas de la mano de ciertos juegos el mundo, esa bella y absurda naranja que habitamos, parece cada vez más destinado a vivir acontecimientos dramáticos. Acontecimientos que pueden lanzar a millones de seres a un lado u otro. Que pueden cambiar la vida o cambiar la muerte. Cambiar las maneras de vivir y de morir de millones de seres. Todo a peor. Y los humanos, esos bellos y absurdos seres inmersos en el juego, no parecemos mover un solo dedo para evitarlo. Especialmente aquellos que detentan alguna dosis de poder. El poder del juego. El poder para lanzarnos a un lado u otro. Para cambiar nuestras vidas y nuestras muertes. La mayoría de los momentos parecen mover los dedos todos (incluidos los diez que exhiben en los miembros inferiores) con el ánimo de lanzar a millones de seres a peor. A la peor muerte. A la peor vida. Y es que la sinergia del status quo (o el absurdo, siempre el absurdo con su rictus sardónico) parece llevar a aquellos que detentan el poder (el poder del juego) en sentido opuesto a las muy anheladas y blondas soluciones. Semeja un maleficio. Una suerte de hálito kafkiano. En el interior de una membrana hialina avanzan (y se nos hace avanzar) al matadero. Huizinga, el holandés de rostro ecuménico, sostuvo la existencia del homo ludens, el hombre que juega. Los seres que hoy detentan el poder (del juego) capaz de cambiar la vida o la muerte en nuestro pobrecito planeta, esos que exhiben rostros adustos y visten de etiqueta, semejan párvulos de gran tamaño en mitad de sus travesuras. Juegan con la vida y la muerte. La vida y la muerte de millones. Los millones sin derecho a ejercer el juego (o simplemente a controlar o cambiar sus misérrimas reglas) miramos desde las gradas. No se nos permite bajar al terreno. Un terreno donde los jugadores se juegan nuestra existencia. Y sobre las gradas nuestras vidas, nuestra miseria, nuestros sueños. Y sobre las gradas nuestros hijos. Y los hijos (respirantes o nonatos) de nuestros hijos. Y miramos, el corazón en un salto, a los que juegan. Expectantes miramos. Ah, virgen santa, decimos. Algunos las miradas confiadas. Otros las miradas escépticas. Los de más allá miradas recelosas. Aquel grupo se encoge de hombros, ya no les importa, se han abandonado. 1

No faltan quienes traman invadir el terreno, vapulear de buena gana a los jugadores. Zurrarlos. A menudo todos (sin importar la filiación de las miradas) nos llevamos las manos a la cabeza. Y gritamos. Y abrimos mucho los ojos. Y salimos a las calles, por miles. Con pancartas. Y escribimos artículos. Y firmamos manifiestos. Y explicamos. Los que juegan, pensamos, pueden escuchar. Pero los que juegan siguen ahí, adustos, vestidos de ocasión, reconcentrados. Si miles salen a las calles y se tornan (vaya, por Dios, que la templanza tiene límites) algo violentos, los que juegan aducen que son más los que quedan en las casas. Es decir, en las gradas. Y los elogian. Y se congratulan por ello. Y ven en ello la aprobación del juego. Quedar en las gradas es respetar las reglas, dicen. De acuerdo con el holandés Huizinga el juego es una acción libre sometida a reglas. En este juego, sin embargo, los jugadores (y solo los jugadores) han escrito ad aeternum las reglas. (Parte de las reglas consiste en apalear a los miles que salen a las calles.) En la mayoría de los sitios se permite cambiar a ciertos jugadores. Eso cada cuatro, cinco, seis o siete años. Cambiar los jugadores, no las reglas. Nuevos jugadores, mismas reglas. Idéntico juego. En otros sitios los jugadores permanecen incólumes sobre el terreno. Muchos años. Y así ha sucedido por siglos. Sí, ad aeternum. Y es que la mayoría siempre ha quedado en las casas. Es decir, en las gradas. Lamentablemente. Pueden citarse, sin embargo ciertos eventos, ocasiones en los que aquellos, los de las gradas, incordiados hasta el hipotálamo, han defenestrado a los jugadores. Y han escrito nuevas reglas. Por desgracia los hombres, absurdos y kafkianos, hialinos y membranosos, una y otra vez han subvertido las reglas, y los vientos de subversión lo han devuelto todo a... “gradas y jugadores”. De tal suerte aquellos que han detentado el poder (el poder del juego, Huizinga dixit) han hecho siempre “su” juego. Y “sus” reglas. Han cambiado (ad aeternum) la vida y la muerte de millones. Millones que siempre han mirado desde las gradas. Todo a peor. Los sueños a un lado. Los hijos y los hijos de sus hijos (respirantes o nonatos) a un lado. Y los jugadores ahí, adustos, reconcentrados, ataviados para la ocasión. Jugando. Tan sordos y ciegos como siempre. Todo a peor.

Muchos y temibles son los juegos que amenazan al mundo. Dos, sin embargo, lo amenazan hoy, ahora, en este instante, de manera inminente.  

Aquellos que detentan el poder del juego (y de formular las reglas) han lanzado a millones a sufrir  los efectos y las consecuencias de una crisis. Una crisis económica. Una como no se recuerda en los últimos 80 años. Los jugadores (gobiernos, parlamentos, bancos, emporios globales, instituciones financieras) provocaron la crisis.2 Se cruzaron de brazos y se cerraron de ojos. Eso les impidió evadirla. Ni pizca de responsabilidad para aquellos que viven sobre las gradas. Los mismos jugadores, adustos y reconcentrados (y por supuesto, vestidos de ocasión), bien adentrados en la crisis, deciden nuevas maniobras. Juegan, nos dicen, a resolver la crisis. Pero todo a peor. Y desde las gradas miramos. El corazón en un salto. Miramos a los que juegan. Expectantes miramos. Ah, virgen santa, decimos. Ahí están las miradas confiadas. Las miradas escépticas. Las recelosas. Los que se encogen de hombros. Ahí están los que desean abandonar su país, probar suerte en otro sitio, nuevos juegos, relevo de jugadores, al menos eso creen. Están los que optan por reinventar los mapas, escindir al terruño de la nación, desde el terruño, piensan, lo haremos mejor. Y están (sí, no podían faltar) los que invaden el terreno. No pueden faltar ellos. Ya dijimos, por Dios, que la templanza tiene límites. Invaden el terreno con el deseo de vapulear a los que juegan. Zurrarlos. Vengarse. Lograr catarsis. Justicia. Y están los otros, los que se llevan las manos a la cabeza. Y gritan. Y abren los ojos. Y escriben artículos. O pancartas. O graffitis. Los que juegan, piensan, pueden escuchar. Pero los que juegan adoptan las mismas y viejas reglas del mismo y viejo juego. Sordos y ciegos, como siempre. Y todo a peor. Algunos, esos pocos que han logrado comprender las muy intrincadas (y para la mayoría incomprensibles) reglas del juego,3 gritan a aquellos que juegan: “eh, ustedes, los que juegan, urge cambiar las reglas, las que emplean están llevando todo a peor”. Pero los que juegan están cerrados. Siguen ahí. Adustos. Vestidos de ocasión. Reconcentrados. Hacen su juego. Respetan sus reglas. Están dispuestos a hacerlas respetar. A palos. A balas de goma. A balas de acero. A chorros de agua. A irrespirables gases. A cañonazos, si ello fuera preciso. A como de lugar. Son las reglas. Las reglas que les han llevado a ser cada vez más ricos. Las reglas que han lanzando las vidas de los jugadores a mejor. “Ustedes deben renunciar a los mullidos asientos de las gradas, nos dicen, deben ser austeros, deben, para vernos jugar, sentarse sobre el escabroso suelo, sobre las espinas de esas ortigas, y mientras contemplan nuestro juego deben ayunar, hacer sacrificios, soportar la pérdida de empleos, abandonar la ilusión de recibir asistencia médica o disfrutar de vacaciones o poseer autos o viajar al extranjero, o, o, o, o, deben, en resumen, poner en pausa sus vidas”. Eso nos dicen. Adustos. Reconcentrados. Vestidos de ocasión. Y desde las gradas miramos, el corazón en un salto. Virgen santa, decimos, ¿qué será de nosotros? Y expectantes nos persignamos. Puede llegar el tiempo en que desaparezcan las miradas confiadas. Desaparezcan aquellos otros, los escépticos, tan en pausa sus vidas el escepticismo no será ya una opción. Y los de más allá se tornarán cada vez más recelosos. Y los encogidos de hombro, aquellos a los que no les importaba el juego, tendrán hambre. Todos tendrán hambre. Mucha hambre. Muy mala consejera el hambre. Sí, señor. Los que la hemos padecido lo sabemos. Los que la han provocado deberían saberlo. No lo saben, sin embargo. El escarmiento no arriba desde vientre ajeno. El hambre no se sufre desde la ajenitud. Puede que entonces los hambrientos (todos) deseen invadir el terreno. Iracundos. Todos a una. “Fuenteovejuna, señor”. Vapulear de buena gana a los jugadores, ese será el deseo, zurrarlos, sin importar la otrora filiación de las miradas. Y gritarán. Y abrirán mucho los ojos. Y saldrán a las calles, por miles de millones. Otrora miraban (maniatados) desde las gradas. Pero la templanza, ya se sabe, tiene límites. Para entonces barrerán gobiernos, bancos, parlamentos, emporios globales, instituciones financieras. Para entonces intentarán echar a los que juegan. Recomenzar el juego. Uno nuevo. Escribir nuevas reglas. Nadie sabe si para, tiempo después, confinar a otros seres a las gradas, sentarse ahí, adustos, vestidos de ocasión, reconcentrados, otra vez a jugar el juego. “Su” juego. Un juego que lance a millones a un lado u otro. Que cambie las maneras de vivir y de morir de millones. Todo a peor. Otra vez. Recomenzar el ciclo.

Aquellos que detentan el poder (el poder del juego) pueden, en breve, lanzar a millones de seres a una guerra. Ese es otro de los juegos. Ah, sí, la guerra siempre ha resultado parte insoslayable de la inequívoca manía de jugar. En este juego los jugadores de un bando no aceptan que los jugadores del otro ejerzan cierto derecho. El derecho a lograr algo. Ese algo se llama energía nuclear. Algo que puede ser maravilloso o tremebundo. Conducir a la luz o a las sombras. Todo, por supuesto, de acuerdo al juego. Los unos aducen que los otros desean el maravilloso / tremebundo poder para fabricar bombas. Adosarlas a misiles. Es decir, para el juego tremebundo. El juego sombrío. Por su parte aquellos otros, los jugadores que reclaman el derecho a la maravillosa / tremebunda energía, juran y perjuran que la desean solo con fines lícitos, es decir, para el juego maravilloso, fines que se ajustan a lanzar a mejor la vida de millones que tienen las posaderas sobre las gradas, y a los hijos y a los hijos de sus hijos (los respirantes o nonatos). Pero el bando opuesto no lo cree. No, señor, dicen, no les creemos. Y en eso consiste precisamente el juego. En persistir unos y en no creer los otros. Al menos esa es parte del juego. Habría que agregar un tercer grupo de jugadores, jugadores que también juran y perjuran: “ellos desean la maravillosa / tremebunda energía para adosarlas a bombas y misiles”, nos dicen, “quieren dejarlas caer sobre nosotros”. “Quieren el juego tremebundo”. “No vamos a permitirlo”, siguen diciendo. “Atacaremos antes”, concluyen. Y presionan. Presionan al jugador más poderoso. Un jugador que, poder mediante (el poder del juego), puede llevar a aquellos que aguardan sobre las gradas todo a peor o todo a mejor. El poderoso (adusto y reconcentrado, debidamente ataviado para la ocasión) sostiene que no permitirá al jugador que desea la maravillosa / tremebunda energía llegar a poseerla. Eso dice el poderoso, adusto y reconcentrado, vestido de ocasión. “Todas las opciones están sobre la mesa”, declara. La opción de pulverizar a millones. A los de las gradas. Eso está sobre la mesa. Millones contemplamos el juego y decimos por lo bajo: ah, virgen santa. Da pavor esa mesa. Pavor lo que está sobre ella. Pavor los jugadores. Todos dispuestos a apachurrar a millones. A millones sobre las gradas. (Siempre han sido ellos los apachurrados). Empleados como asesinos de otros hermanos de gradas. (Siempre han sido ellos los obligados a ese rol). Y todo a peor. No para los jugadores, no. Para ellos no. Los jugadores no sufrirán. Ellos se irán a refugios. Refugios especiales. Top Quality. Refugios a prueba de lo peor. Henchidos de lo mejor. Refrigerados. Debidamente equipados. Todo confort. Whisky, caviar negro y Direct Tv. Todo a mejor. Y emularán con César, estarán prestos a decir: “llegué, miré y vencí”, y alea jacta est, y qualis artifex pereo, toda esa parafernalia. Y sonreirán. Saturados de desconfianza en el juego del otro jugarán a asesinar al otro. A millones de otros. Otros sobre las gradas. Esas son las opciones sobre las mesas. Sobre las mesas está ausente la capacidad de contemporizar. Acordar. Darse las manos. Confiar. Sonreír. Cooperar. Brindar confianza. Cambiar el juego. Variar las reglas. No. Nada de eso. Sobre las mesas todo a peor. Y es que ese es el juego. Esas las reglas.

De las manos (tremebundas) de crisis y guerras el mundo, esa bella y absurda naranja que habitamos, parece cada vez más destinado a acontecimientos que pueden lanzar a millones de seres a un lado u otro, pueden cambiar la vida o cambiar la muerte, las maneras de vivir y de morir de millones. Acontecimientos que pueden matar a nuestros hijos y no permitir la vida a los hijos (respirantes y nonatos) de nuestros hijos. Todo a peor. Y los humanos, esos bellos y absurdos seres, especialmente aquellos con derecho al juego, no parecen mover un solo dedo para evitarlo. Y es que la cohorte, íntegra, parece mover los dedos (sumados aquellos que exhiben en los miembros inferiores, sobre todo esos) con el ánimo de lanzar a millones de seres a la peor muerte o a la peor vida. Ese es el juego. En sus diferentes variantes se tienen juegos de guerra y juegos de crisis. Podrían citarse otros muchos. Son infinitos los juegos para incordiar y defenestrar. En mitad de semejante barahúnda lúdica no faltarán extraviados que iracundos mancillen lo sacro que otros veneran. Iracundos (no menos extraviados) que causen la muerte en aras de lavar afrentas a lo sacro mancillado. Iracundos todos parecen ignorar que Dios, cualquiera sea el nombre que se le asigne o el ectoplasma que lo circunde, es, a priori, amor, tolerancia, respeto a la vida.

Ya lo dijo Huizinga, el holandés de rostro ecuménico, el hombre es un ser que juega. Solo que unos pocos detentan el poder de urdir juegos y hacer valer reglas. La mayoría contemplamos, impávidos y maniatados, desde las gradas. Ay, virgen santa, ¿qué será de nosotros?, balbuceamos. Y a un lado los hijos, y los hijos (respirantes o nonatos) de nuestros hijos, y los sueños, mustios, deshojándose. Y la imposibilidad de cambiar el juego, de rehacer las reglas. La imposibilidad de hacerse escuchar por los jugadores. Esos que adustos y reconcentrados, vestidos de ocasión, parecen lanzarlo todo a peor. No discrepo de Huizinga. No, señor. El hombre, sin dudas, es un ser que juega. Soy, sin embargo, de los que piensa que existe la posibilidad de variar las reglas. Cambiar el juego. Lograr que todos influyamos en él, única manera en que todos podamos jugar. Lograr que juego y reglas respeten los sacros anhelos de la mayoría. Que juego y reglas cambien las maneras de vivir y de morir. Donde si persiste el asomar de crisis no resulte menoscabo de mayorías y encumbramiento de unos pocos. Donde mutuos enconos y compartidas desconfianzas no lleven a lanzar sobre otros bombas o misiles. Donde las energías, cualesquiera que estas sean, no resulten tremebundas. Donde no se mancille lo que otro venere. Donde si ello (fatalmente) ocurriera no se asesine a semejantes para lavar afrentas. Donde elijamos llevar al terreno (o retirar de él) a todo jugador. Donde tengamos absoluto control de las reglas del juego. Donde todo resulte a mejor. Donde la sinergia del status quo (el absurdo de rictus sardónico) no lleve en sentido opuesto al sitio en el que esperan las muy anheladas y blondas soluciones. Donde a un lado crezcan los sueños, y los hijos, y los hijos (respirantes o nonatos) de nuestros hijos. Un juego donde las miradas, todas, sean confiadas. Donde nadie se abandone. Donde no digamos: “ah, virgen santa, ¿qué será de nosotros?” Donde no permitamos que regresen los seres adustos y reconcentrados. Nunca más. Donde nos autovigilemos para no convertirnos en ellos. Donde las opciones, todas, estén sobre las mesas, sí, pero sean opciones para contemporizar. Acordar. Darse las manos. Confiar. Cooperar. Respetar. Dolerse por el dolor del otro y sonreír con su sonrisa. Huizinga, el holandés de rostro ecuménico, no elaboró su tesis para legarnos la desgracia. No, señor. Dijo simplemente que el hombre es un ser que juega. No argumentó que el juego fuera incordiar o dañar al prójimo. Jugamos, sí señor, pero tenemos el derecho (inalienable) y el deber (sacrosanto) de jugar un juego digno. Fair play. El objetivo del holandés de rostro ecuménico fue demostrar que el juego brotó de la cultura humana. Convengamos que una parte enferma de nuestra cultura hizo brotar un juego enfermo. Llevemos salud a la parte enferma para gozar de la armonía y el beneficio del juego. Un juego benéfico. Para todos. Sin que ser alguno (o asociación rodeada de misterio) pueda entender el todo como simple o exclusiva parte. Si como sostenía el holandés “la existencia del juego corrobora constante, y en el sentido más alto, el carácter supralógico de nuestra situación en el cosmos” seamos merecedores de que el cosmos se maraville con nuestra sapiencia y se congratule de nuestra lógica. Con semejante juego estarán seguros nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos. Los respirantes y los nonatos. Ah, virgen santa, ¿cuando llegará ese día? El día en que el mundo, esa bella y absurda naranja que habitamos, tenga derecho a ser un sitio feliz. Un sitio donde todo vaya a mejor. Donde ese sea el juego y esas las reglas. Ad aeternum.

 

Notas:

1- No sin asombro descubro que Roger Callois enuncia cuatro tipos de juegos. En uno de ellos (alea) la voluntad renuncia y se abandona al destino, a alea, la suerte. 

2- En la mayoría de los sitios se permite cambiar a ciertos jugadores cada cierto tiempo. Ciertos jugadores: gobiernos y parlamentos. El resto, jugadores que en el mundo moderno han alcanzado la cota máxima de poder, no son electivos: bancos, emporios globales, instituciones financieras.   

3- Bien lo dijo Huizinga: “el juego… da origen a asociaciones que propenden a rodearse de misterio”. En el misterio vivimos: en conciliábulos y asociaciones a los que los de las gradas jamás tenemos acceso, los que juegan lanzan sus designios y enmascaran sus intenciones. En ese misterio se componen y recomponen las reglas.

 
 
 
 
.
© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.