La Habana. Año XI.
29 de SEPTIEMBRE
al 5 de OCTUBRE de 2012

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De la Escuela de Letras y sus inicios…

Más jóvenes que otros jóvenes

Luisa Campuzano • La Habana

A diferencia de la antigua Facultad de Filosofía y Letras, que había sido una suerte de conglomerado de distintas especialidades y de la cual, realmente, el graduado salía sabiendo poco de cada una de ellas, la carrera de Letras surge en 1962 con la Reforma universitaria prevista para formar especialistas de un nivel más elevado y con una formación más amplia en determinadas disciplinas literarias. El egresado ya no sería una persona que podía ser geógrafo, historiador, sicólogo, especialista en letras clásicas, en literatura española, como antes en Filosofía y Letras sino, específicamente, alguien que se iba a especializar en las lenguas y las literaturas. La Escuela de Letras se concibió para estudiar lengua y literatura clásica, lengua y literatura española, hispanoamericana y cubana. Se estudiaba también lengua y literatura francesa e inglesa, y ruso y literatura rusa, aunque en el año 1962 apenas se contaba con profesores para impartir estas últimas.

Por lo tanto, era una carrera de Letras, en la cual Historia del Arte era una disciplina que se impartía solamente en cuatro semestres. La formación básica fundamental era en literatura y en lengua. Era una preparación muy sólida, con muy buenos profesores que habían regresado a Cuba como Camila Henríquez Ureña; también Juan Marinello, que antes de la Revolución no había ingresado en la Universidad porque había perdido unas oposiciones ganadas por Raimundo Lazo (se dice que el tribunal se inclinó por Lazo porque Marinello era comunista); y otros intelectuales como Mirta Aguirre, quien nunca había enseñado antes. La mayor parte de los profesores ya tenían un renombre en el campo de las letras, como es el caso de Vicentina Antuña, Roberto Fernández Retamar, Graziella Pogolotti, Rosario Novoa, Adelaida de Juan. Llegaron, además, otros profesores para nuevas disciplinas, como Filosofía marxista-leninista, y también Lingüística general, Lingüística romance, Técnicas de investigación literaria, para las que tuvimos, entre otros, a profesores de otros países, como Oldrich Tichy y Federico Álvarez. La carrera tenía dos años comunes y dos de especialidad. Yo estudié Lenguas clásicas, y nos impartían Literatura, Historia de las lenguas (latín y griego), Paleografía, Epigrafía, Temas de cultura y civilización. Recuerdo que Retamar impartía un curso sobre poesía en lengua española del siglo XX  y el Seminario Martiano. Mirta Aguirre daba un curso sobre teatro español de los Siglos de oro y un seminario sobre Cervantes, sobre El Quijote en particular. Es decir, era una carrera estrictamente de letras. Elitista, clásica y al mismo tiempo fascinada por lo  contemporáneo; pero también racional, pensada para un país de 5 millones de habitantes que se suponía —porque todos habíamos participado en campañas que así lo anunciaban— que iba a tener un gran desarrollo agrícola y un gran desarrollo industrial.

Esta carrera tenía la intención de formar profesores e investigadores, tal como se habían formado antes, pero sobre todo, formar a los profesores que darían clases en los Institutos de segunda enseñanza y, tal vez, algunos de ellos en la Universidad. En esa época, al margen de la Universidad de La Habana estaban creándose los pedagógicos. En la Universidad existía la Escuela de Pedagogía, a la que iban a recibir  una enseñanza superior los maestros normales, que eran quienes enseñaban en primaria, pero las escuelas formadoras de maestros de secundaria y preuniversitario no existían como algo ajeno a las antiguas facultades de la Universidad, de Ciencias Físicas, Químicas, Naturales, Matemática, y de Filosofía y Letras, o a las nuevas escuelas creadas por la Reforma.

Nosotros éramos graduados de bachillerato, algunos eran solo estudiantes; otros, como yo, además trabajábamos. Yo laboraba en el Consejo Nacional de Cultura, primero con Retamar, después con la doctora Antuña, y finalmente en la Biblioteca Nacional, con Juan Pérez de la Riva. Muchos becados venían de provincias, con nosotros estudiaban condiscípulos de Camagüey, de Oriente. Supongo que las carreras de Letras no empezaron juntas, o con todas las especialidades, en las tres universidades que entonces existían.

Ese proyecto se hubiera podido sostener, si se hubiera correspondido con el proyecto de nación al que se aspiraba entonces, para el cual estas escuelas eran las adecuadas. Se había eliminado el concepto arcaico de una facultad cargada de departamentos, de especialidades que en realidad no lo eran porque si acaso se daban dos semestres de una asignatura. Nosotros estudiábamos lenguas clásicas, con el molde de lo que era la formación universitaria del mundo occidental. Se suponía, por ejemplo, que los estudiantes que venían a cursar Lengua y literatura inglesa conocían el idioma; se les hacía un examen de ingreso, porque en el bachillerato y en las escuelas de idiomas que había en el país se impartían inglés y francés.

Quienes trabajaban y no podían seguir haciéndolo porque la carga de estudio era muy grande, tenían la oportunidad de becas. Y los que seguíamos trabajando teníamos un horario de estudiantes, de seis horas en vez de ocho. El hecho de que hubiera gente que estudiara y trabajara implicaba una relación estrecha con lo que estaba pasando en el país. Yo les llevaba a mis compañeros los libros del Consejo Nacional de Cultura, ellos me encargaban cualquier libro del Consejo, me daban el dinero y yo se los compraba. Otros aportaban sus experiencias. Guillermo Rodríguez Rivera, nuestro condiscípulo, trabajaba en la radio, en la prensa, hacía crítica de cine y nos tenía al tanto de muchas cuestiones. Había una serie de vasos comunicantes dentro de la Escuela, no éramos todos niños; aunque éramos muy jóvenes no llegábamos sin intereses culturales, y además, se  despertaban muy pronto esos intereses. Fue una utopía en nuestras manos, y durante años disfrutamos de las clases, tuvimos la oportunidad de tener libros y aun considerábamos que los que había eran anticuados. Existían   presupuestos para la excelente biblioteca, dirigida por una inolvidable bibliotecaria, y se adquirió todo de las librerías y libros de segunda mano. Entonces, se importaron para vender al público en general, libros mexicanos, españoles...  Estudiamos en un momento muy especial.

Yo tuve uno de los primeros carnets de la Cinemateca, íbamos también a los conciertos de la Sinfónica. Un eje de la cultura estaba en la Calle G que continuaba por la avenida Rancho Boyeros; iba de la Biblioteca Nacional a la Casa de las Américas: ahí se movía todo, y en ese espacio estaba la Escuela. Asistíamos a conversatorios, mesas redondas, se nos presentaban libros: recuerdo a Carpentier hablando sobre El siglo de las luces en la Biblioteca Nacional. Grandes escritores, como Lezama, iban a la Escuela invitados por nosotros al salón de la Asociación de estudiantes, que era un inmenso espacio con unos sillones muy cómodos donde nos reuníamos los alumnos, donde merendábamos, y donde también hacíamos una vida cultural y política activa. Durante esos años nos la pasábamos haciendo guardias o acuartelados, como sucedió cuando la Crisis de Octubre. Empezó pronto la incorporación a otros tipos de actividades como las milicias, que se constituyeron meses antes de empezar nosotros la Universidad. Comenzó nuestra vida con trabajos productivos en el campo y también hicimos otras labores sociales luego de terminar la carrera. Recuerdo que tuve que ir con una compañera mía a la Biblioteca Nacional para que la subdirectora, una mujer maravillosa, amiga de Fidel, del Frente cívico de mujeres martianas, me dejara ir a recoger papas en Güines, porque yo quería ir con mis compañeros en la quincena de Girón. Las cocineras en el campamento eran Vicentina Antuña, Rosario Novoa y Elena Calduch.


Primera promoción de la Escuela de Letras, de la Universidad de La Habana, 1966.
La graduación se efectuó en el Segundo Frente; al regreso se reunieron en Río Cristal.
Foto: Cortesía de Luisa Campuzano

Cuando nos graduamos, fuimos en trenes hasta Santiago de Cuba, pasamos por San Lorenzo, atravesamos la Sierra Maestra, llegamos al Segundo Frente (en camión), y un ciclón nos salvó del último día de marcha: nos graduamos en La Mícara.  Estuvimos buena parte del tiempo con Raúl y Vilma, nos encontramos una vez con Fidel. Fue la graduación más grande de la historia de la humanidad, duró dos semanas: nunca había durado tanto una. Había en ese entonces mucha actividad revolucionaria, mucha integración y comprometimiento, debates... Imagino que muchos jóvenes de hoy y de otras generaciones piensen que su vida ha sido igual y la describan del mismo modo; pero creo que hace 50 años éramos más jóvenes que otros jóvenes, porque todo era muy fresco entonces y en cierta medida era nuevo, nadie nos imponía nada, todo lo hacíamos porque queríamos. Era una vida libre, un momento en el que se rompían muchas amarras y prejuicios.

Fue un periodo importantísimo; pero de pugnas políticas muy grandes en el país. La gente empezó a querer utilizar espacios de poder en la Escuela de Letras, había fuerzas que intentaban imponerse con métodos sectarios, viejas disputas heredadas de otros momentos. Hubo profesores excelentes, con importantes responsabilidades, que por su pasado o su presente en otros compromisos, fueron poco a poco alejados de la dirección académica. Empezaron presiones dentro de la Universidad para, supuestamente, buscar nuevos desarrollos y una democratización de aquel espíritu nuestro que, por exigente, era considerado burgués, excluyente. Se produjo “el desviejamiento”, término irónico porque sus víctimas eran personas de 50 años, mucho más jóvenes de lo que soy ahora. La directora y fundadora de la Escuela, Vicentina Antuña, que tenía un gran prestigio, y también había presidido el Consejo Nacional de Cultura, tuvo que salir de la dirección. Quienes quedaron al frente de la Escuela se plegaron a las exigencias y los cambios que vinieron después. Esta creación de piñas sectaristas, de seudocélulas causó muchísimo daño a largo plazo. Algunos sobrevivieron emigrando al Escambray, otros nos acogimos al despacho de Latín, de la Dra. Antuña, al que llamábamos “el reducto de la inteligencia”. En la puerta se colocó un letrero en griego, cita de Heráclito, que traducíamos de acuerdo con quien preguntara el significado y que en realidad decía: “los perros ladran a lo que no conocen”.

Debo aclarar que en un inicio la carrera era de cuatro años y después se llevó a cinco. También hubo cursos por encuentro, para quienes estaban en el Escambray. Y debo decir que la Escuela de Letras fue en su origen solo de Letras. No existía la Escuela de arte, pero hubo estudiantes de Letras que ya en primer o segundo año plantearon la posibilidad de hacer una especialización de Historia del arte, se incorporó a la de Letras y se llamó entonces, Escuela de Letras y de Arte.

La Universidad era regida al triunfo de la Revolución por un Consejo Superior de Universidades, no existía el Ministerio de Educación Superior, existía un Ministerio de Educación que se ocupaba de la primaria y la enseñanza media, y las universidades conservaban cierta autonomía académica. El gran momento de cambio se presenta con la creación del Ministerio de Educación Superior. Entonces, la Escuela pasó a ser Facultad, como en la más vieja Europa. Debo aclarar que antes del 76 Lenguas modernas se había constituido en una escuela y Letras se había quedado con Bibliotecología. Para los moldes anticuados de los asesores soviéticos que entonces llegaron, en la filología no cabía el arte. En realidad, lo que siempre se estudió en Letras y Arte era Historia de las artes visuales. Pudieron, de acuerdo con la lógica más irrebatible, enviar esta especialidad al Instituto Superior de Arte para que acompañara a los creadores, del mismo modo que lo hacían Musicología o Teatrología. Hubiera sido una ganancia para todos: para los artistas que en los 80 harían estallar los cánones y las normas de la plástica cubana y para los estudiantes de Historia del Arte, porque habrían podido acompañar estos movimientos muy comprometidamente; pero el paradigma soviético establecía que debían pasar a la Facultad de Historia porque eran historiadores de arte. Se desguazó literalmente ese departamento. Sus valiosísimas reproducciones, sus vitrales, sus colecciones de láminas junto con el claustro se trasladaron a la colina y cercanías.

Dejamos de ser Letras para ser Filología, o sea, que volvimos a los análisis de la lengua, de los textos, de manera ajena a la vida cultural y a la vida real; a trabajar los textos como si fuesen autónomos y perteneciesen solo al pasado. Se sovietizó la facultad. A la Universidad venían asesores soviéticos con sus traductores, porque no sabían español, a explicar cómo había que enseñar Lengua española y Literatura hispánica; a revisar los planes de estudio. Después se implantó el más corto pero al parecer renaciente reino de la metodología. Antes del 76 se había establecido la homologación nacional de las carreras: los planes de estudio tenían que ser idénticos, iguales en las tres universidades y ese igualitarismo académico lastró los resultados de la Universidad de La Habana —aunque en realidad siempre hicimos lo que nos pareció—, porque, en lugar de trazar metas más altas para las otras dos, se nos forzó a bajar el listón de donde lo teníamos a niveles inferiores, se nos forzó a ser todos iguales, igualitos...

En el 76 se vuelven a reunir Letras (Clásicas e Hispánicas), Lenguas extranjeras, Periodismo y Bibliotecología. Ese es el periodo de la metodología, que se extiende desde finales de los 70 hasta principios de los 80. Todavía es famosa la “Oda metodológica”, que Guillermo Rodríguez Rivera compusiera en esos años.

Entre quienes más lucharon contra la metodología estuvimos los de Letras. Por fortuna, contamos con el apoyo de personalidades muy vinculadas a Vicentina y a Graziella como Raúl Roa y Carlos Rafael Rodríguez, y eso se acabó de un día para otro. Aunque al parecer es una especie de tiñosa fénix… 

Ya en los 80 vuelven a separarse Lenguas extranjeras, Bibliotecología y Periodismo. Se recuperó, por iniciativa del Ministerio de Cultura, lo que había sido la vieja Escuela de Letras y de Arte, solo que en la última reunión en la que se determinó la restructuración de las carreras el ministro Armando Hart la llamó de Artes y Letras, y perdimos su nombre antiguo de Letras y Arte. Pero esta anteposición o posposición de un nombre u otro realmente no tiene importancia, porque durante mucho tiempo todos nos seguimos llamando y siendo llamados “la gente de Letras”, una especie rara, molesta, a veces un tanto indisciplinada e inteligentemente protestona dentro de la fauna universitaria. Lamento mucho que esa fauna esté prácticamente extinguida y que a los supervivientes ya no nos quede la capacidad de reproducirnos.

Testimonio ofrecido a La Jiribilla el 13 de septiembre de 2012 a propósito del aniversario 50 de la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana.

 
 
 
 
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