La Habana. Año XI.
29 de SEPTIEMBRE
al 5 de OCTUBRE de 2012

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El equipaje amarillo, de Marta Rojas

Una novela de conciencia y corazón

La Jiribilla • La Habana

Marta Rojas es una de nuestras periodistas más reconocidas y, en justicia, una de nuestras novelistas más interesantes. Una ojeada a su producción narrativa: El columpio de Rey Spencer, Santa Lujuria, El harén de Oviedo, Inglesa por un año y El equipaje amarillo, revelan un interés genuino por el estudio y análisis de la historia cubana, desde una perspectiva desmitificadora, que, sin duda, hace que la difusión a nivel internacional de sus obras sea un suceso deseable y digno de la mayor atención. Por ello, y a propósito de la presentación de la novela El equipaje amarillo —publicada en Cuba en el año 2009 por la Editorial Letras Cubanas—, en las Ferias del Libro de Beijing, China, y Moscú, Rusia, del 2012, hicimos llegar a la autora un brevísimo cuestionario, que tuvo la gentileza de responder.  

La recreación histórica dentro de su narrativa ocupa un espacio relevante, en el caso de El equipaje amarillo ¿qué motivaciones han sustentado la elección del periodo de introducción de los asiáticos en Cuba?

Desde un punto de vista sentimental influyó el hecho de haber conocido cuando era pequeña, en Santiago de Cuba, a un chino lavandero cuyo nombre cubano era Carlos. Él planchaba la ropa de hombre que mi padre, que era sastre, terminaba. Carlos tenía un “tren de lavado” con un socio chino pero hubo un conflicto entre ellos y separaron el negocio. Mis padres accedieron a una petición suya de que le permitieran lavar y tender la ropa de los clientes en el traspatio de mi casa. Ellos accedieron y  yo, quizá la más curiosa de los tres hermanos, oía sus cuentos para entretenerme —aunque no sabía si eran verdad o mentira—, mientras él lavaba o planchaba. Siempre tuve un recuerdo agradable de Carlos (El Chino) y por eso le dedico también el libro a él. Ese fue el primer contacto directo que tuve con el pueblo chino y me llenó de curiosidad; pero entonces, ni pensaba ni podía pensar en escribir sobre él y su país.

Transcurridos muchísimos años fui a China. Estuve allí varias veces, como escala hacia Vietnam, donde realicé trabajos periodísticos como corresponsal de guerra. Como consecuencia de la guerra de Vietnam, a veces las escalas eran por varios días y, como me quedaba en la Embajada, visité con compañeros que estaban allí los lugares emblemáticos como La Gran Muralla China, la Ciudad Prohibida y otros. Dos veces fui a la Ciudad Prohibida —en un ocasión con el entonces embajador y destacado intelectual Oscar Pino Santos, gran conocedor de la cultura china— y hasta cierto punto constaté que aquellos cuentos que me hacia el chino lavandero podían ser ciertos. La guerra de Vietnam era lo esencial y tampoco puse en mi “agenda” (no suelo llevar agenda propiamente dicha) escribir sobre China, pero cada vez era mayor mi curiosidad.

En una ocasión, por cierto desperfecto de una nave aérea que tuvo que hacer varias escalas, fui a parar a Macao y estuve dos días allí. No me imaginé que habría de usar la imagen del Faro, por ejemplo, en El equipaje amarillo.

Cuando comenzó el periodo especial y se redujeron las páginas del periódico —trabajé en Revolución y luego en Granma, periódicos “sábanas” y de muchas páginas—, fueron muchos los periodistas que pasaron a la radio; pero como a mí me gustaba escribir y desde el ciclón Flora (1963) tenía la idea de hacer un relato sobre los jamaiquinos y haitianos de Pinalito, una montaña de la provincia de Oriente que sufrió un deslave tremendo, seguí yendo al periódico y empecé a escribirlo. Aquel texto que redacté en la sede del periódico se convirtió en mi primera novela de ficción: El columpio del Rey Spencer. No pudo publicarse en Cuba y acordé con Jorge Timossi enviarla a Chile donde una amiga común, Marisol Vera, tenía una editorial muy modesta: Cuarto Propio.

Una vez publicada, me entró el “bichito” de seguir fabulando sobre grupos humanos componentes de la nación cubana y figuras no relevantes pero cuyas vidas dan una idea cabal de Cuba, los cubanos y su entorno geográfico. En ese mapa estaban presentes los españoles, los negros, los antillanos, otros inmigrantes y, entre ellos, los chinos.

Hice un “inventario” de la influencia de los chinos en muchos aspectos, incluyendo naturalmente su cultura tan sedimentada. Me vinieron a la mente figuras como el pintor Wifredo Lam; el poeta Regino Pedroso; el arquitecto santiaguero Choi; el fotógrafo Chinolope; el escritor Eduardo Heras; la periodista Susana Lee; la pintora Flora Fong y, por supuesto, las referencias acerca de los chinos en las guerras de independencia. Ya había leído lo que Alejo Carpentier había escrito sobre el Teatro Chino, en fin, llovieron asociaciones de ideas. Me dije: “los chinos y su cultura de seis mil años tienen que estar en mi narrativa”. Leí a Confucio, a Mencio… y regresaron a mi mente las imágenes que tenía de China. Y así salió la novela El equipaje amarillo.

Ud. aborda el fenómeno de la trata de asiáticos, ¿qué características relacionan este fenómeno con la trata negrera?

La trata negrera fue atroz, larga y extremadamente masiva, en Cuba y en toda América. Comenzó, con esa fuerza horrible, desde los albores del siglo XVI. Mucho se ha escrito sobre ella en ensayos y obras de ficción en Cuba, EE.UU., Brasil, etc.; pero la “esclavitud” disfrazada del componente chino no fue menos dura aunque se mantuviera menos tiempo. En primer lugar, eran supuestos inmigrantes voluntarios, y en realidad eran esclavos. El Contrato era una infamia porque, supuestamente, los chinos aceptaban enrolarse como inmigrantes pero el documento que “firmaban” les era desconocido pues esos pobres campesinos, en su inmensa mayoría, ni siquiera conocían la lengua china (mandarín) —mucho menos el español o el inglés—, tampoco sabían hacia dónde venían —creían que era a Filipinas quienes estaban mejor informados—. El choque con una cultura completamente ajena, e incluso un paisaje incomprensible, fue tremendo. Además, el cruce del Océano Pacífico al Atlántico era atroz pues no existía el Canal de Panamá. Pero, sobre todo, su cultura bastante homogénea y milenaria, nada tenía que ver con el llamado Nuevo Mundo. Por otra parte traían solo a varones jóvenes; no venían mujeres como sí sucedía en el caso de los esclavos africanos. Son muchas las diferencias sicológicas.

Los amos (en este caso los contratistas) no podían tener relaciones como lo hacían con las negras o las indias que les parieron hijos mestizos. Por malos que fueran los amos, no lo eran tanto con sus hijos mestizos.  Aquí, en la caricatura de “contratados” chinos, no existía ese vínculo. Por otra parte, la inmensa mayoría, para no decir todos, de los chinos que traían eran agricultores, y aquí tenían que convertirse en cortadores de caña o trabajadores en la construcción del camino de hierro o ferrocarril, o debían extraer guano de murciélago —detritus— en las islas de Chinchas para abono, o arañar la tierra en California para buscar oro. Los contratistas eran los mismos. De ahí que mis personajes principales sean un contratista “de diabólica eficiencia” y un joven chino que como única pero gran arma, tenía solo su cultura ancestral sedimentada y fue capaz de burlarlo.

En esta novela recuperó el consumo de opio como un rasgo de dicho periodo. ¿La introducción de este elemento le permitió establecer un paralelismo entre lo onírico y lo real?

El opio era una moda. Los ingleses lo propagaron en el mundo e incluso hubo una famosa Guerra del opio en China. La gente rica lo consumía disimuladamente. Los chinos también, aunque aquí en América era muy caro. La reacción del opio me permitió, en la novela, cruzar de un tiempo a otro de modo ligero, transportar a los personajes a un escenario u otro; pero escenarios reales pues el paso por el Cabo de Hornos cerca de la Antártica es una realidad y también lo son otros hechos relatados.

Recientemente, El equipaje amarillo fue traducido al mandarín y presentado en la Feria del Libro de Beijing. Con posterioridad, participó en la Feria del Libro de Moscú. ¿Cómo fue la recepción del público lector?

El equipaje amarillo fue atractivo a los chinos aunque, realmente, yo fui la primera sorprendida cuando la compañera Zuleica Román, presidenta del Instituto del Libro, me llamó por teléfono, pocos días antes de la Feria de Beijing y me dijo que un compañero de la Embajada China en Cuba le había informado que estaba traducida la novela y que la presentarían en la Feria del Libro. No hubo ninguna gestión especial, simplemente en una reunión de convenios el agregado cultural recibió un ejemplar. También, los estudiantes chinos asistieron a la presentación de la novela en Cuba y nada más. Eso me hace pensar que les gustó. En cuanto a la Feria en Beijing, se trata de un encuentro expositivo donde convergen los países invitados y las editoriales de las provincias chinas y ellos solicitan los libros para una impresión determinada. Pero allí, in situ, los ejemplares que se repartieron eran leídos con avidez por los asistentes, y los representantes de la Feria cuando hablaban conmigo mencionaban a Fan Ni (el joven contrapartida del comprador o “contratista” de chinos) como si fuese una personaje harto conocido. Por eso considero que hubo aceptación. Los ejemplares que me dieron como autora se quedaron casi todos en Beijing, solo puede traer tres, pues desde el chofer hasta los traductores me lo pedían y se los di. Un día me llamaron de la Televisión de Beijing para que hablara de El equipaje amarillo y de mi obra en general, la entrevista duró media hora, lo cual es mucho para un programa en la TV China.

En cuanto a la Feria del Libro de Moscú, no hubo un plan previo. Hice una escala allí coincidiendo con la Feria y el Embajador de Cuba, Juan Valdés y la  Agregada Cultural, Marta Rivery informaron a los organizadores sobre el libro y mi presencia en Moscú. El libro fue expuesto en el stand de Cuba. Fui invitada a la Feria y participé en ella. Fue algo un tanto casual pero magnífico pues este año no pudo viajar desde Cuba otro escritor y asumí ese honor.

¿Se han cumplido sus expectativas para con esta obra?

Cuando escribo una obra lo hago con la conciencia y el corazón pero no me trazo expectativas. Creo que logré mis propósitos y el libro, en el 2009, se agotó en Cuba en un santiamén. No sé si le ocurre igual a otros escritores pero yo quiero y me apasiono con lo que hago, desde que comienzo a elaborarlo. Tengo la costumbre, incluso, de contar el tema sobre el que escribo (mis amistades más cercanas lo saben). Mientras escribía El harén de Oviedo (en esta novela hay otro chino, Lee), la conté varias veces, incluso en público. El harén… y El equipaje, son las novelas que más veces he contado mientras las escribía y sí se cumplieron las expectativas.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.