La Habana. Año XI.
29 de SEPTIEMBRE
al 5 de OCTUBRE de 2012

Correo Canal RSS Canal en Twitter Facebook Flirck You Tube

 

BÚSQUEDA AVANZADA   . . .

ENLACES

SUSCRIPCIÓN
 
 

 

Carlos Rosero:
Construir alternativas verdaderas
A. S. Yhanes • La Habana
Foto: Abel Sánchez (La Jiribilla)

Nacer en un país que lleva más de 50 años en guerra ya es, de por sí, un contexto difícil. Si encima de eso eres negro, pobre, con poca educación, sin un sustento estable y con la amenaza constante de ser desalojado del territorio que perteneció a tus ancestros; pues, lo más probable es que acabes enrolado en un grupo paramilitar y, en el peor de los casos, ametrallado al borde de una cuneta.
 

Este es un fenómeno que el afrocolombiano Carlos Rosero conoce muy bien, porque lo ha visto desde niño. Rosero nació en Buenaventura, en el Valle del Cauca, junto a la costa del Pacífico. Luego estudió Antropología, se hizo activista afrodescendiente y, en 1993, fundó el Proceso de Comunidades Negras (PCN); una organización que trabaja para que se reconozca el derecho de la población negra a la tierra, la conservación de su identidad, la participación ciudadana y al desarrollo de acuerdo con sus aspiraciones culturales.

Hace apenas unos días estuvo en Cuba, en el encuentro de Articulación Regional Afrodescendiente de América Latina y el Caribe. Vino, entre otros asuntos, a contar sobre las necesidades de su gente y las acciones que ha llevado a cabo el PCN durante los últimos años entre las comunidades negras del Pacífico y el Caribe colombianos.

Rosero asegura que, por contradictorio que suene, más allá de los asesinatos, las violaciones y las masacres, la guerra se ha convertido en una forma de supervivencia para muchas personas, sobre todo afrodescendientes. Existen zonas del país donde la gente tiene muy pocas opciones de educación y empleo, por lo que empuñar un arma puede ser un escape a sus problemas. 

Y, ya puestos a ello, tienen bastante donde escoger: pueden enrolarse en el ejército, en la guerrilla o con los paramilitares. Algunos, cuando son desmovilizados del ejército regular, como ya no saben hacer otra cosa, van a parar a los otros grupos, de donde, todo el mundo lo sabe, casi nunca puedes volver a salir, al menos con vida.

Aunque la muerte, si bien la más evidente, no es la única consecuencia del conflicto. Según Rosero, Colombia es el segundo país con más desplazados internos de sus territorios nativos y un número significativo de ellos son descendientes de africanos. La lucha contra el narcotráfico también provoca que estas comunidades pierdan sus alimentos o, mejor dicho, se los quemen, como una medida extrema para acabar con los cultivos de droga.

Pero la historia no termina aquí, estos territorios, que han sido ocupados por comunidades negras durante siglos, también son codiciados por compañías nacionales y extranjeras, ya sea para la explotación de sus recursos o para construir áreas turísticas o, incluso, para el monocultivo de la palma aceitera que se utiliza como agrocombustible.

De ahí que la lucha del PCN se concentre, sobre todo, en la conservación de los mismos, en evitar estos desplazamientos. Pues, sin un pedazo de tierra, si estas comunidades pierden los asentamientos que les legaron sus ancestros —en muchos de ellos todavía se conservan cementerios africanos—, no hay posibilidad de desarrollo ni autonomía.

El PCN siempre ha abogado, en primer lugar, por una solución negociada entre las partes del conflicto, que es lo que ahora se intenta en Colombia. Pero, además, exige el respeto de los derechos territoriales, medioambientales, económicos y sociales de las comunidades negras. Hacia esto han enfocado sus acciones concretas, intentando visibilizar los problemas de estas comunidades más allá de sus límites regionales.

“El racismo es parte de la ideología del poder —me explica Rosero con acento pausado—. Dialogamos con los gobiernos, pero estamos absolutamente claros de que luchamos por una perspectiva autónoma de nuestra gente en términos de desarrollo, participación y reconocimiento de sus derechos. Queremos lograr que nuestras comunidades puedan autogobernarse. Entendemos que, a pesar de que formamos parte de la nación, no siempre los intereses del poder coinciden con los nuestros. Por eso muchas veces tenemos confrontaciones, discutimos sobre los territorios, sobre los recursos naturales, la gran minería en la región, la ampliación de las áreas cultivadas con palma aceitera para la producción de agrocombustibles, etc.

“Nuestro papel y la condición en la que está nuestra gente hacen que casi siempre estemos en resistencia a ese modelo económico de dominación que sojuzga a la gente, a la naturaleza, que homogeneiza no solo la cultura, sino también los paisajes. Tenemos compañeros que afirman que resistir no es solo aguantar, sino que necesitamos elaborar propuestas desde las propias comunidades, distintas al modelo que no queremos. Es decir, que no sean propuestas de desarrollo, sino propuestas alternativas al desarrollo. Porque, en general, la noción hegemónica de desarrollo tiene al planeta al borde de la muerte. Entonces, hay que construir alternativas verdaderas, que estén fuera del sistema, si queremos detener este coche que va a una velocidad enorme y cuesta abajo. Somos de los que creemos que no tenemos por qué soñar lo mismo que sueñan en el Norte, porque el planeta ya no resiste”.

Aunque muchos —incluyéndome— lo consideran el líder del PCN, Rosero rechaza este calificativo de inmediato. Él sencillamente forma parte del Equipo de Coordinación, que es donde se toman las decisiones, pues el peso de la dirección no recae exclusivamente en una persona. Todo se decide de manera consensuada y las determinaciones las ejecutan equipos de trabajo que están distribuidos local y regionalmente.

“Nunca hemos querido entrar en ese royo de las jerarquías —asegura haciendo una mueca—. Pensamos que una cosa es tener la jerarquía y otra la autoridad ganada en el trabajo día a día al conversar con los compañeros y trabajar en las comunidades. Procuramos no tomar decisiones por mayoría, sino por consenso, a través de la discusión. Si no estamos de acuerdo con algo se discute entre todos y punto. Muchos proyectos organizativos fracasan porque se montan sobre estructuras mayoritarias, nosotros preferimos ponernos de acuerdo de otra manera. Esto es una pelea y hay que darla. Para mí no es tan importante quién la dirige, sino quién la gana”.

Y precisamente para eso, para ganarla, entiende que es importante que se den espacios como el encuentro de Articulación Regional Afrodescendiente. Porque, aunque en ninguna reunión caben todos los descendientes de africanos que viven en América, piensa que vale el esfuerzo para hacer que cada vez sean más los que se sumen a la lucha contra la discriminación racial. Pues, a fin de cuentas, no es una responsabilidad exclusiva de los descendientes de africanos, sino de todos.

“En este tipo de eventos uno enriquece su perspectiva —concluye—, aprende de los compañeros, uno calibra un poco las cosas y deja una especie de rampla de asuntos que si avanzan procesalmente pueden ser muy importantes para las peleas que hay que dar y para los derechos de la población. Pero el proceso dirá los verdaderos resultados, que están más allá de estas conclusiones, dependen del día a día”.

 
 
 
 
.
© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.