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Algunos recuerdos de la Escuela de Letras

Roberto Fernández Retamar • La Habana

Me piden de La Jiribilla que escriba unas líneas sobre mis recuerdos de la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana, que cumple en estos días 50 años de creada. En mi caso, tales recuerdos están fundidos con los que guardo de la predecesora de la Escuela de Letras: la Facultad de Filosofía y Letras, a la que entré en 1948 para no salir de ella. Terminé allí los estudios en 1952, presenté mi tesis de grado a finales de 1953, recibí el título de doctor en 1954 y en 1955 me presenté con buena fortuna a unas laboriosas oposiciones de resultas de las cuales pasé a ser el profesor más joven que tenía entonces mi Universidad (es posible que hoy sea el más viejo). En 1961, en vísperas de dejar atrás aquella Facultad, estuve acuartelado en su edificio durante los intensos días y noches de Girón. Ricardo Alarcón, vicepresidente entonces de la FEU, era mi alumno y a la vez mi jefe militar: señal de los tiempos. Al año siguiente, en 1962, con la implementación de la Reforma Universitaria, surgieron varias Escuelas del seno de la añosa Facultad, y entre ellas la Escuela de Letras. Ella contó, además de los que proveníamos de Filosofía y Letras, con nuevos profesores de gran nivel y diversidad, como Camila Henríquez Ureña, Juan Marinello, José Antonio Portuondo, Mirta Aguirre, Beatriz Maggi. A ellos se les unieron otros como el notable lingüista checo Oldrich Tichý y el hispano-cubano-mexicano Federico Álvarez, mientras la Escuela de Historia tenía como profesor a Alejo Carpentier. Por mi parte, fui subdirector de la Escuela de Letras, y ofrecí, entre otros, cursos de teoría literaria, estilística, nuevas literaturas hispánicas y un seminario sobre José Martí para el cual preparé una antología de sus textos que editaría años después el Centro de Estudios Martianos (que dirigí), como preparé, también con destino a mis alumnos, una antología de poetas españoles del siglo XX.

Quiero destacar varias cosas importantes en estos recuerdos míos. Una es que tuve el privilegio de que no pocos de los que iban a ser los nuevos intelectuales del país estuvieran entre mis alumnos. No puedo nombrarlos,  pues son harto numerosos. Y, como es previsible, si algo les debo haber enseñado, también aprendí de ellos, y a varios los llevé a publicar algunos de sus primeros textos en la revista Casa de las Américas.

Los vínculos entre profesores y alumnos eran grandes. Unos y otros compartíamos los trabajos agrícolas en los cuales nuestra destreza era muy cuestionable, pero contribuyeron grandemente a unirnos y a conocer mejor las realidades del  país. Todo  propició un cálido trato de compañeros  entre nosotros. Ello ocurrió también en lo que toca a  ejercicios militares. Yo pertenecía al Batallón Universitario, y en una ocasión pasamos una escuela militar en la cual varios de los profesores eran alumnos, y  preparamos, con textos de ellos, los alumnos, la sección “Escuela militar”, que apareció en la revista Casa de las Américas.

Ahora que escribo estas cosas, me doy cuenta de la nostalgia que ello despierta en mí. La Revolución era joven, y tanto alumnos como profesores, al margen del calendario, lo éramos también. Goethe dijo que cuando él era joven, Alemania era joven. Se puede afirmar otro tanto, referido a Cuba, en relación con aquellos años inolvidables. 

17 de septiembre de 2012.

 
 
 
 
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ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.