La Habana. Año XI.
22 al 28 de SEPTIEMBRE
de 2012

Correo Canal RSS Canal en Twitter Facebook Flirck You Tube

 

BÚSQUEDA AVANZADA   . . .

ENLACES

SUSCRIPCIÓN
 
 

Una página para Armando Suárez del Villar

Norge Espinosa • La Habana

Foto: Cortesía del autor

Para recordarlo junto con Osvaldo Doimeaidós 

Le pregunté dónde quería ser enterrado, llegada la hora fatal; si en su natal Cienfuegos o en La Habana, y se echó a llorar. Comprendí que mi irreverencia había tocado una cuerda sensible en aquel hombre alto, de voz cascada y risa inconfundible. Y que tras esa figura que reconocíamos en cada teatro, en los estrenos a los que acudía para adormecerse y luego comentarnos con asombrosos detalles todo lo que el sueño no debería haberle dejado saber, había un ser humano con una biografía extremadamente sensible, un ser humano al que valía la pena conocer más allá de su propio mito. Armando Suárez del Villar dejó este mundo de teatro al que dio tanto, desde su generosidad y su dignidad, y sus alumnos y colegas no han dejado de lamentar su muerte, que ya sabíamos impostergable. Ahora soy yo el que lo recuerda y se conmueve hasta las lágrimas. Qué curioso el que una persona a la que recordábamos por sus anécdotas plenas de humor  o con una sonrisa de maliciosa bondad en los labios ahora nos provoque tanta tristeza.

Imaginó un siglo XIX para la escena cubana, y desempolvó a Milanés y a la Avellaneda. Reinventó, con Antón Arrufat, el mito de Joaquín Lorenzo Luaces a través de El becerro de oro y La escuela de los parientes. Su puesta en escena de mi zarzuela preferida, La corte del Faraón, era precisa y burbujeante, con un encanto digno del mejor recuerdo. Fue él quien se empecinó en que me graduara del ISA como teatrólogo, y eso me une a la larga lista de discípulos que tanto le deben. Lejos de las posesiones y riquezas que su estirpe perdió bajo las leyes revolucionarias, se encargó de construir un mundo de representación que nos recordaba la herencia de dónde veníamos, y no perdía momento para conseguir que habláramos con mayor respeto sobre la comedia y el género musical, a los que tanto defendía. Debió sentir como una victoria suya el que Rosa Fornés y María de los Angeles Santana ganaran el Premio Nacional de Teatro, lauro que finalmente se le concedió, cuando estaba ya a punto de ostentar el mayor récord de nominaciones para ese galardón siempre polémico. Lo obtuvo porque algunos tienen memoria incluso en el olvidadizo teatro cubano. Y porque él mismo, con su sola presencia, nos recordaba un instante que merecía esos y otros tributos en la fragmentada historia escénica de la Isla.

Fue también, aunque nunca hizo de tal cosa un estandarte vacío, víctima de los recelos que animaron las recogidas de la UMAP. De esa experiencia tan dolorosa tenía un recuerdo que confió a varios de sus fieles, desde la postura de quien lucha contra esa injusticia, tal y como lo hizo con las normas de la parametración que amenazó a ese mismo mundo que imaginaba a partir de 1971. Sus montajes no eran tan deslumbrantes como los de Revuelta, Blanco o la Martínez, pero sus preocupaciones por una idea de lo clásico en el teatro cubano, así como la voluntad perenne de ubicar a rostros de diversas generaciones en el aprendizaje de cada día sobre las tablas, acabaron por sumarlo a ese arco de maestros en el que ahora le echamos de menos. Su fe en el teatro, levantada desde los días del Ateneo de Cienfuegos en su juventud, fue la misma hasta el final. Querer a Armando no era difícil, y bajo esa piel de amistad y generosidad, él ocultaba lo que en otros de sus contemporáneos podía ser simple vanidad, pretensión pasajera o pose frívola. Ya sé que suena a frase hueca, pero al decir que lo extrañaremos, lo que estamos expresando es que nos va a doler su ausencia como solo duele la de un familiar al que ya no podrá sustituir nada.


Armando Suárez del Villar junto a dos de sus alumnos

Podía ser enérgico y claro en sus exigencias. Recorría la Facultad de Artes Escénicas del ISA bajo la mirada de jóvenes con los que dialogaba de tú a tú, como se ve en la hermosa fotografía donde sonríe bajo los piñerianos paraguas de Fabián Suárez y Rogelio Orizondo. Tenía esa memoria tan grande como su estatura, y sobre todo, no olvidaba los desastres escénicos que presenciábamos de vez en vez. Su honestidad no fue nunca más visible que su propio talento. Tal vez eso me sirva para intentar definirlo. Con sus virtudes y defectos, Armando Suárez del Villar fue siempre un talento honesto.

Se fue de este mundo y no dictó sus memorias, aunque sí se encargó de contarnos los pasajes de la guerra interna en Teatro Estudio que fue, por ejemplo, Los siete contra Tebas, obra que siempre quiso estrenar. Habrá que reconstruir el carácter de Suárez, como le decíamos cuando éramos sus alumnos, guardando para chistes más íntimos otras maneras de nombrarlo, a partir de todos esos retratos que la amistad nos deja. Ya no podré leer La hija de las flores sin pensar en su hermoso montaje, que no vi, pero que pervive como parte de su leyenda como director. Y saberlo ahora junto con Adria Santana, Javier Fernández, Vicente Revuelta y otros amigos y maestros de ese mundo teatral que empieza a despoblarse de distintas maneras para recordarnos cuán importante es que nos querramos, nos respetemos y nos escuchemos más en el paso efímero de esta otra vida, nos debiera hacer sentir otras clases de responsabilidades.

Eso es lo que digo para evitar un discurso formal, un obituario al uso, que no daría la medida de quién fue, en verdad, Armando Suárez del Villar. Cómo no hacerlo así si fue el más cordial de mis maestros de teatro. Y solo llego a descubrirlo ahora, cuando nos falta. Cuando el abrazo acaba por resolverse en una tristeza que acaso acabe en lágrimas. Ojalá no nos falte la memoria de su bondad y de su risa para que sigamos haciendo teatro. Teatro en esa isla que él imaginó, y en la cual, de tanto dar al mundo de la escena, se convertirá, a partir de ahora, en uno de sus más entrañables personajes.

 
 
 
 
ARTÍCULOS RELACIONADOS:

Armando Suárez del Villar (1936-2012)
Un mito del teatro cubano

La Jiribilla

.
© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.