La Habana. Año XI.
22 al 28 de SEPTIEMBRE
de 2012

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Unas palabras con Eusebio Leal

“Si no se salva la Patria no hay Habana Vieja”

Mario Jorge Muñoz • La Habana

Foto: Kike

Eusebio Leal no solo encanta por todo lo que ha sabido lograr junto con su equipo de trabajo en el Centro Histórico de La Habana, desde 1967, cuando comenzara sus aventuras en pos del rescate del patrimonio nacional, sino por la manera en que domina el lenguaje de las palabras. Es de esos pocos oradores que se pueden escuchar durante horas sin darnos cuenta. Estoy seguro que si lo pretendiera, podría engañarnos en ese entramado de parábolas, símiles, historias, datos y remembranzas. Tal es el embrujo ante el cual sucumben políticos, diplomáticos, intelectuales, damas, caballeros…

Por eso, cuando hace unos pocos días se hizo público que la Universidad de las Artes le entregaría el título de Doctor Honoris Causa, salí disparado en busca de la transcripción de una conversación, no difundida completamente en su momento, porque entonces solo necesitábamos su opinión, como la de otros intelectuales cubanos, acerca de las relaciones que deberían existir en nuestro país entre las instituciones de la cultura y el turismo.

Revisando el texto nuevamente, me di cuenta que cada letra mantiene hoy el mismo significado de entonces, porque este hombre ha convertido su trabajo en un sacerdocio en favor del beneficio y la cultura de todos los cubanos.

Recuerdo que aquel día Leal nos inició su disertación a partir de un concepto, recogido según sus palabras, en un encuentro que sostuviera con Fidel Castro, quien ya por los años 80 del pasado siglo le advertía que “la Habana Vieja podría convertirse en un nuevo Varadero”.

El Historiador de la Ciudad nos explicaba que tal analogía se refería a la confianza del líder de la Revolución cubana en que sin duda, “la Habana Vieja llegaría a convertirse en un polo de interés y, por qué no, en un apoyo económico grande para el país.

“Desde el principio se pensó que la puesta en valor del Centro Histórico era también su puesta en valor económicamente. Porque los países en vías de desarrollo, los países pobres y, fundamentalmente, los de nuestro continente, que tienen un gran patrimonio cultural, deben saber también que no es solo tenerlo, o mantenerlo, sino es conservarlo, impedir que se privatice, impedir que se convierta en el gozo y disfrute de minorías sociales. Se trata de retribuirle al pueblo uno de los espacios de su creación. Y cuando hablo de pueblo, lo digo en el sentido más amplio de la palabra, incorporando a ese concepto todo lo que hay de valor generacionalmente en la historia.”

¿Pero levantar la Habana Vieja resulta muy difícil por el deterioro físico de las construcciones y la falta de recursos económicos para enfrentar tamaña restauración?

La puesta en valor supone crear medios para sostener ese patrimonio, porque de lo contrario no podríamos determinar esos medios desde el Estado, a partir de que el Estado tiene otras prioridades y otras necesidades. Y aunque apoya —legalmente existe una voluntad política de salvar el patrimonio nacional—, hay también una preocupación enorme porque ese patrimonio no sea una corona en medio de un piélago de necesidades no resueltas. El patrimonio tiene que desarrollarse armónicamente con el país. Y sin ese desarrollo armónico no hay patrimonio.

Hoy nos sentimos muy orgullosos en la Habana Vieja de poder contribuir al Estado. No solo por restaurar y distribuir en beneficio de las masas residentes en el Centro Histórico una parte de las utilidades de la explotación turística, sino porque debemos tener conciencia y orgullo de poder, además, contribuir a la nación. Si no se salva la Patria no hay Habana Vieja. Después viene el cómo obtener esos beneficios económicos.

El que la Organización de las Naciones Unidas para la Ciencia, la Educación y la Cultura (UNESCO) declarara Patrimonio de la Humanidad el Casco Histórico de La Habana, en 1982, ayudó al auge turístico de esta zona de la capital.

A veces no nos hemos percatado de la importancia que tiene nuestro patrimonio para el mundo. Consideramos que el haber sido definido como parte del Patrimonio de la Humanidad, no ya al Centro Histórico, sino el Sistema de Fortificaciones, la ciudad de Trinidad y el Valle de los Ingenios, y el Castillo de San Pedro de la Roca junto a su sistema de fortificaciones, en Santiago de Cuba, fue un acto gratuito y un honor que se ha dispensado a Cuba. No, eso fue un proceso, fue una batalla librada en Cuba por las autoridades del patrimonio nacional del Ministerio de Cultura. Fue una batalla llevada adelante además, casi personalmente, con un grandísimo empeño, por la compañera Marta Arjona.

Debo decir, en aras de la verdad y la justicia, que cuando el Centro Histórico de La Habana ocupó el número 27 en el índice del Patrimonio Mundial, los requerimientos eran de extrema exigencia. Y se demostró de manera objetiva que la ciudad vieja reunía la acumulación de patrimonio necesario para esa declaración.

Pero no eso solo: demostró también los esfuerzos que el país había realizado, desde el momento mismo del triunfo de la Revolución, por preservar ese patrimonio. Los museos que se hicieron, las obras que realizamos. Particularmente, me siento comprometido, ya que trabajé desde 1967 en la restauración del Palacio de los Capitanes Generales.

Eso quiere decir que a los cubanos se le abrieron las puertas de los museos, se le abrieron las puertas de las grandes manifestaciones y gozos de la cultura. A nadie se le pregunta si sabe cuánto puede costar entrar a un bello teatro en la Basílica para un gran concierto, a ver una gran película, cuando todas estas cosas en el mundo están sobredimensionadas económicamente por la especulación. Y forman parte de los gozos y placeres de determinadas capas de la sociedad.

En Cuba, antes del triunfo de la Revolución, un grupo muy meritorio de personas: Sociedad Pro Arte Musical, organizaciones de intelectuales como Orígenes, la Sociedad de Avance, se preocuparon extraordinariamente por la cultura. Y nadie puede negar la obra de los precursores, de todos los que han luchado en los diferentes campos del saber y extiendo esto a la educación, a la pedagogía.

Tampoco podemos afirmar equívocamente, porque sería negar el proceso, que antes de la Revolución no hubo nada. Sí, hubo una acumulación, la Revolución entra como un factor salvador, como un factor que pone en valor estas cosas, y que lleva al poder a las grandes figuras de la historia y también los propósitos de esas pequeñas vanguardias, que tuvieron una gran influencia en la formación del pensamiento revolucionario. A partir de ese momento hay una acción cultural coherente en el país.

Sin embargo, hay críticos que consideran que lugares como el Casco Histórico de La Habana deben ser solo para la contemplación cultural y no espacio para la vida cotidiana.

Cuando el Centro Histórico perdió su protagonismo, los grandes hoteles que una vez estuvieron aquí comenzaron a surgir en otras zonas de la ciudad. Los nuevos y grandes hoteles de los años 50 crecieron en El Vedado: el Riviera, el entonces Habana Hilton, el Capri, etc. Pero si la memoria nos lleva atrás encontraremos el Zaratoga, el Isla de Cuba, el Florida, el Lafayette, el Santa Isabel, que son hoteles de prestigio en La Habana por siglos, como también lo fueron el Inglaterra, el Telégrafo, por solamente mencionar algunos. Se ha hecho una gran labor por rescatar todo esto. Por ejemplo, la puesta en valor del hotel Sevilla, que ocurrió hace ya muchos años, del hotel Plaza, uno de los más interesantes de La Habana por la cantidad de figuras: artistas, hombres de letras, científicos… que lo habitaron. Qué no decir del hotel Inglaterra.

Renació el Florida en la calle Obispo, uno de los más hermosos hoteles que existieron en Cuba en todos los tiempos. Su restauración, en un palacio del siglo XIX, es una obra modélica. Qué no decir del Santa Isabel, convertido en uno de los hoteles más solicitados a nivel mundial; el Lafayette, lugar de reunión de Julio Antonio Mella y Rubén Martínez Villena; o el hotel Ambos Mundos, donde vivió Hemingway, pero no solamente él: este era el lugar de reunión habitual de una parte del pensamiento cubano, en las figuras de sus más importantes protagonistas en los años 30 y 40 del siglo XX. Es un hotel precioso, y se ha renunciado a una habitación por conservar la memoria de Ernest Hemingway, el gran escritor norteamericano, que vivió en Cuba, que escribió ahí una de sus más importantes novelas o al menos gran parte de ella, Por quién doblan las campanas.

Los hoteles son también fuente de belleza, crean un ambiente favorable para que los turistas no solo pasen por La Habana, sino que vivan y duerman en ella.

Pero, además, se crea una fuente de relaciones humanas, los turistas no son máquinas productoras de dinero, son seres humanos que vienen de diferentes lugares del mundo, atraídos esencialmente por Cuba. Y ya no solamente por la Cuba de la naturaleza, sino por la Cuba como concepto. Vienen luchando contra las campañas mundiales que tratan de subrayar defectos, circunstancias, de calumniar a nuestro país… Los turistas vienen más allá de todo eso. Es más, habría que estudiar sicológicamente y tipológicamente, los grupos de turistas. Vamos a obtener resultados importantísimos. Realizan encuestas y preguntan cosas en Cuba que no suelen preguntar en otros lugares. ¿A qué se debe? A una duda, a un deseo de constatación, a un deseo de conocimiento del país.

El proyecto turístico en Cuba no solamente pueden desarrollarlo las instituciones, tienen que desarrollarlo las familias, tienen que desarrollarlo los cubanos, saliendo al paso con su aclaración, con su hospitalidad y con su guía, a la urgencia de un proyecto que tiene un carácter salvador para la economía cubana.

¿Cómo se traducen los beneficios de ese turismo y del patrimonio rescatado en la comunidad?

El turismo no es solamente una opción, es una necesidad. Al mismo tiempo es una apertura importante, que nos permite una relación con el mundo. Y trata de oponerse políticamente al proyecto de aislar, balcanizar o satanizar a Cuba.

Es precisamente de estas obras que obtenemos beneficios que de una forma directa e inmediata vienen no solo sobre el municipio Habana Vieja, sino sobre toda la ciudad, en todos aquellos programas culturales o sociales que la Oficina tiene por mandato que realizar.

Por ejemplo, si caminamos por el Prado vemos que se restauró el hotel Zaratoga, pero también frente el Teatro Martí, punto cardinal en la historia del teatro popular cubano. Y los invito a que visiten el Hogar Materno de la Habana Vieja, o que vean la nueva escuela Mariano Martí en la calle Paula, o que visiten la escuela José Martí en la calle Obispo, para que comprueben dónde, y de qué manera, se cumple el principio de que una parte de lo recaudado en el Centro Histórico se invierte en nuestra comunidad.

Los hoteles son, al mismo tiempo, fuente de trabajo para los cubanos en general, para los habaneros, y para la gente de la Habana Vieja.

Lo que hacemos en el Casco Histórico debe llegar como un símbolo de trabajo y esperanza, en el momento en que la comunidad en la Habana Vieja se consolida, se construyen y restauran viviendas, se restauran o fundan nuevas escuelas y servicios. Y esto hay que repetirlo siempre, porque esa suma no solamente tenemos que tenerla muy clara, sino además probada.

 
 
 
 
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ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.