La Habana. Año XI.
22 al 28 de SEPTIEMBRE
de 2012

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Augusto Enríquez: El cubano que cantó con Pavarotti

César Gómez • La Habana

Fotos: Cortesía de Augusto Enrique

A diez años de distancia de los tres minutos y medio más importantes de su vida, el cantautor Augusto Enríquez accede a contar detalles inéditos de aquellos momentos cuando se convirtió en el “único cubano… ¡de Cuba!”, aclara enseguida, que cantó con Luciano Pavarotti.

Nuestra conversación transcurre amena y distendida, en su casa del Vedado habanero, bajo la mirada de grandes celebridades del espectáculo, con las cuales compartió y comparte escenarios y amistad. Solo dos de esas fotos son diferentes: aquellas que recuerdan uno de sus encuentros con el líder de la Revolución cubana, el Comandante Fidel Castro.

Meditativo por momentos, luego una gran carcajada… o los ojos húmedos de emoción. Augusto habla como canta. A pesar de sus largos años por los escenarios más famosos del planeta, él sigue siendo el mismo pepillo del Vedado, aquel chiflado de voz privilegiada, que un día dejó la medicina, para irse a conquistar el mundo con su canto.

¿Cómo llegó Pavarotti a tu vida?

Lo admiraba desde mis años en la universidad, pero lo veía como una especie de semidiós, de esos que van volando en sus aviones privados, por encima de las cabezas de los simples mortales. Caminé hacia él desde el mismo día cuando decidí transformar mi carrera de médico en cantante, cuando dije sí al Grupo Moncada. Y a través de Moncada y Jorge Gómez conocí a Gianni Miná, el famoso periodista, comunicador y conductor de la televisión italiana, quien a la postre se convierte en el mecenas de mi carrera.

En aquel momento crucial, cuando decidí iniciar mi camino en solitario, Gianni me ofreció la oportunidad de prepararme, como cantante y como ser humano, para poder asumir otros retos. Mucho antes de llegar a Pavarotti, ya yo estaba sentado en el trencito que subía su loma.

Le agradezco a Moncada que me haya permitido conocer a Gianni, y también por muchas otras cosas. No puedo olvidar que los últimos conciertos que hice con ellos fueron para 20 mil, 30 mil personas en Cuba…. Y que estuvimos, pongo un solo ejemplo, en tres festivales de San Remo, con los grandes artistas del momento.

Empecé con Gianni mi trabajo como solista en Europa, por los circuitos italianos, pero ni imaginarse que todo fue fácil. Hice un primer disco que no tuvo absolutamente ningún éxito, culpa de mi falta de experiencia… Entonces Miná también tenía sus propias dificultades, como consecuencia de los vaivenes políticos italianos, y porque la derecha le cobró por su relación militante con Cuba. Ese fue un momento bien difícil, llegué a cantar por bares y cantinas de Europa… Me ganaba cuatro pesos y los utilizaba para mantener a mis hijos. Nunca se lo he contado a nadie…

¿Cómo saliste de aquel bache?

A finales del 98, una mañana, le digo a Yami, mi esposa: “Quiero hacer un disco de música cubana de los años 40 y 50, con jazzband”. Yo partía de la idea de que, a través de Dámaso Pérez Prado, nuestra música se conoció en el mundo entero, y… qué tenía él, sino una jazzband. El resultado fue otro año y medio de estudio, y de reunir información con la ayuda de Yami.

Sin embargo, las casas disqueras cubanas de entonces me decían: “¿Jazzband?, ¿música de los 40? Si tú eres un peluito del Vedado”… Entre el berrinche y la tristeza, me llamó Miná y, no sé lo que hizo, pero en media hora volvió a llamar y me dijo que teníamos la RCA Víctor…

Ese disco se llamó Carambola y lo grabé en Cuba, en el viejo estudio de San Miguel, de la EGREM, con el excelente director, arreglista y compositor, que es Demetrio Muñiz. Este es el volumen que llegó a manos de Pavarotti.

Entonces, yo no me daba cuenta, pero Miná y otros amigos me fueron preparando previamente el camino. Con mi Jazzband hicimos importantes presentaciones antes del Pavarotti & Friends. En el 2001, participé en un concierto de navidad con la orquesta sinfónica de la Escala de Milán.

Cómo llega el disco a manos de Pavarotti. ¿Es él quien te escoge?

Todas las disqueras proponían los discos más vendidos del año a la organización del Pavarotti & Friends. Me contaron que él estaba presente, casualmente, el día cuando escucharon mi disco. “Quiero eso”, dice. Los que escogían, en esa especie de consejo artístico, le explicaron que se trataba de un cantante desconocido, de una orquesta que no tenía notoriedad… Entonces, Luciano respondió: “A mí no me interesa si son conocidos o no, a mí lo que me interesa es que suena bien, y yo quiero cantar con él”.

Cada vez que me comentan: “Es un privilegio para ti…” Claro que lo veo así, pero lo más importante no soy yo, sino la valentía y la generosidad del maestro, cuando decidió poner a cantar con él a una persona completamente desconocida, por encima de otros grandes del star sistem.

Conoces finalmente a Pavarotti…

Viajé a Italia una semana después de la llamada que me hace Nicoletta Mantovani, su esposa y colaboradora, para informarme que había sido seleccionado. Mi casa tiene todavía los huecos en el techo, de los brincos de alegría que di. Me invitaron a la conferencia de prensa, que se realiza un mes antes del espectáculo. Miná es quien me llevó a conocer a Luciano. Este me recibió como a un viejo amigo, e hizo una apología sobre mí y mi disco que yo no me esperaba. Ahí mismo propuso que fuera “Guitarra romana” la pieza a cantar. “Es una canción muy fácil”, me dijo, y ahí mismo se puso a cantarla, porque yo no la conocía. Entonces yo le dije: “Maestro, pero le pido una cosa: ya que usted me obliga a cantar en italiano… pues yo quiero que eso tenga ritmo cubano”. Él me preguntó: “¿Y es posible ponerle ritmo cubano?”; le respondí: “Óigame, de ahí sale un danzón y un cha cha cha…”. Se preocupó por quién hacía el arreglo, y le contesté: “Usted ponga su voz, que yo pongo lo demás…”

Así que bajamos juntos a la conferencia. Pavarotti me tiró un brazo por arriba y me sentó a su lado. Fue él quien anunció que íbamos a cantar, no dijo siquiera que nos acabábamos de conocer, sino que yo era “un amigo de Cuba, un importante cantante cubano, que tiene una gran orquesta”…

Regresé a Cuba, y ahí comenzó todo el trabajo. Iban y venían las comunicaciones con Italia. El maestro Demetrio Muñiz fue quien hizo el arreglo que finalmente aprobó Pavarotti.

Crucé el Atlántico tres veces, la segunda para ensayar con Luciano y con el pianista que era su repertorista. Fueron ensayos serios, pero muy relajados, en su casa en Módena. Más bien iba más a tomarme una copa de vino con el maestro, a hablar de la vida, y a pasar un par de veces la canción; porque, a esos niveles, el trabajo previo lo tienes que haber hecho bien, y yo me había preparado.

Él me recibía con un abrazo, con un cariño enorme. Era muy afable, generoso, como un niño grande. Tenía una risa abundante, pueril. Siempre estaba bromeando, se enganchaba de cualquier tema; hacía cuentos de su infancia, de su adolescencia. Pero sin jactarse, él no se jactó nunca de nada. “Recuerdo cuando conocí a fulano”, decía; y se refería a personas y situaciones de mucha importancia, que él, descontextualizándolas, las hacía pasar como muy normales. En el mismo estudio ensayábamos, conversábamos, almorzábamos...

El Pavarotti & Friends del 2002 estuvo dedicado a Angola. ¿En qué consistían esos eventos?

Eran conciertos benéficos, auspiciados por la UNESCO, para recaudar fondos destinados a distintas causas y pueblos. Cada cantante invitado hacía un hit suyo, y otra pieza del repertorio de Luciano, con él. Yo abrí la primera parte de ese Pavarotti… cantando “Carambola” con mi orquesta.

Fueron momentos de mucha tensión, y las cosas pasan a tremenda velocidad. Recuerdo que después de cantar en esa primera parte, yo estaba sentado en mi camerino; Luciano entró y me llevó para el reservado suyo.

Allí estaban también Sting, Bocelli, Zucchero, James Brown, Grace Jones…

Todos estaban allí, en ese reservado, conversando de cualquier cosa. Había un televisor grandísimo desde donde se seguía el concierto. Pavarotti y yo hablamos de Cuba, del evento; y ya cerca del momento antes de cantar, él me dice, “yo sé que estás nervioso, pero no eres el único, yo también, todo el mundo lo está. Lo importante es que tú llegaste aquí, y no porque tu característica fundamental sea el nerviosismo… Por eso tú vas a cantar ahí como los dioses, y vas a hacer bien lo que tienes que hacer”.

Momentos antes de entrar a la escena, me sirvió una copa de vino, y dijo: “Brindemos”. Efectivamente, él estaba también muy tenso, y triste, porque tres días antes había muerto su padre, y ellos eran muy cercanos. Además, tenía una gripe enorme. Yo sentí que él estaba a mitad de máquina cuando cantamos aquella “Guitarra romana” con arreglo cubanizado.

Al terminar, vino a abrazarme. Conservo el álbum que me dedicó, ahí puso esa foto del abrazo. Al final del concierto todos los invitados cantamos con él “Hey Jude”, la canción de The Beatles, que era el cierre del evento.

El público reaccionó perfectamente con “Guitarra romana”. Había unas 50 mil personas. También reaccionó muy bien la prensa. Al otro día los artículos publicados fueron buenísimos.

¿Viste después a Pavarotti? ¿Hablaron nuevamente de Cuba?

Nos vimos unas tres o cuatro veces más. Siempre habló maravillas de Cuba, de cuánto deseaba venir y cantar aquí. La  enfermedad lo sorprendió cuando ya estaba concluyendo el contrato que no le permitía venir.

Explícame eso del contrato… ¿Pavarotti te lo dijo así?

Me dijo que tenía un contrato con la empresa que lo manejaba en los conciertos por el mundo, que era neoyorquina. Había algo dentro de ese contrato que le impedía hacer presentaciones en Cuba. No es especulación mía, él me lo comentó por lo menos tres veces en diferentes momentos, y también a Miná; porque los tres soñábamos que algún día se haría el concierto que Pavarotti quería en la Plaza de la Revolución, “para todo el pueblo, con artistas de Cuba e Italia”. Él estaba loco por ir a Varadero, por conocer a los cubanos. Además de Miná, él tenía otros amigos que también lo habían embullado…

Nunca se pudo cumplir porque la enfermedad terminó con su vida en muy corto tiempo. Me invitaron al funeral. No pude ir porque tenía un concierto en México, con el teatro vendido, y no pude…

¿Qué significó para ti aquel concierto con Pavarotti?

Me cambió la vida, pero no como la gente piensa. No fue porque yo cantara con él. Fue porque conocí a esa persona de alma límpida que era y es Luciano Pavarotti. Y al final, ¿qué cosa fue lo que yo canté con él? ¿Tres minutos y medio? Pero fueron  los tres minutos y medio más importantes, porque me preparé toda la vida para ese momento.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.