La Habana. Año XI.
15 al 21 de SEPTIEMBRE
de 2012

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La dirección artística
Observaciones de esta faena en la escena titiritera cubana
René Fernández • Camagüey

Los referentes y vínculos importantes que impulsaron la dirección artística están en nuestra memoria: algunas señales anteriores a 1959 que han sido estudiadas por investigadores, y el proyecto cultural que avivó la Revolución. Nuestros primeros maestros: los hermanos Camejo y Carril, fundadores del Teatro Guiñol Nacional. Ellos nos revelaron la seriedad y calidad de nuestro arte, traducida en una exaltación a su ética artística. Sus puestas en escena para diversos públicos enriquecieron la cartelera teatral habanera. Crearon un espectador sensible, legitimaron en el teatro cubano el alto respeto a los títeres. Su renovadora mirada hacia las técnicas de animación, el tratamiento de relaciones plurales entre las figuras y el animador, el interesante procedimiento escénico de los retablos y sus múltiples espacios, el original traslado de nuestra cultura afrocubana y los clásicos de la literatura universal a la dramaturgia nacional, son cualidades que se han traducido en identidad titiritera. Aun en lo que hacemos día a día, está presente la huella artística y técnica de su imaginería.

¡Qué profundas raíces de enseñanza poseían estos maestros! Fue un privilegio, para los que tuvimos la suerte de conocerlos, ver con nuestros ojos su obra creadora y aprender de ellos. Soy heredero de esos maestros y ellos, a su vez, de mi desvalida desnudez titiritera.

También debo sumar a esta etapa de formación la capacitación que recibí en el Primer Seminario de Dramaturgia y la gratitud a mis maestros: Osvaldo Dragún, ideólogo del hombre y el teatro, construyó esa leyenda en el aula con estatutos de una dramaturgia conciliadora hasta la continuidad del teatro cubano, y Luisa Josefina Hernández, que nos trasmitió el profundo estudio de los géneros teatrales. Siempre estarán vivas en mí estas etapas de descubrimiento del teatro. Confieso que siento el compromiso de retribuir lo que estos maestros y otros me enseñaron. Ya ellos no están presentes como no están presentes muchas cosas en Cuba, pero aparecen y laten.

Contando algo de mi historia, que puede ser muy parecida a la de los que hemos iniciado, continuado y mantenemos activa la substancia artística, con alguna que otra racha creativa, es que podría descifrar las claves de la dirección artística en el teatro de títeres.

Lo que sucede es la única cosa que podía haber sucedido.

El destino me lanzó un reto, dirigir el guiñol matancero. Voy a ser traslúcido: cuando asumí esa responsabilidad conocía muy pocas herramientas de la disciplina, solo el curso que impartieron los hermanos Camejo y Carril, y el rastreo que había realizado en libros argentinos y mexicanos de la muy documentada Biblioteca matancera para la confección y animación de los títeres.

“Todo comienza en el momento indicado, ni antes ni después. Cuando estamos preparados para que algo nuevo empiece en nuestras vidas, es entonces cuando comenzará”.

Y comencé, como siempre me toca… siempre me siento comenzando, regresando en ronda de tiovivo. Asumir esta responsabilidad me exigía una profunda indagación y exploración del universo del teatro de títeres. Mi cabeza se llenaba de incertidumbre. Esa seria decisión me comprometía a organizar estudios de investigación y, en la marcha, entre sorpresas, asombros, el tiempo y con la ayuda de un ganchito, este símbolo del disparate que es el títere, ha ido componiendo y comprometiendo mi propia pedagogía con el objetivo de saldar carencias de teoría práctica en nuestros colegas. Estos estudios han partido del conocimiento de aspectos del cuerpo y el pensamiento del actor-titiritero: pensar con los hombros, los brazos, antebrazos, muñecas, dedos, falanges, como imprescindibles instrumentos de los titiriteros. He comprobado que, con la ejercitación sistemática de su cuerpo y el pensamiento, han logrado habilidades específicas artísticas y técnicas para lograr el veraz desplazamiento de las energías al objeto inanimado. Figurar la vida. Tener la conciencia de convertir el espectáculo titiritero en un suceso de revivido simulacro.

Mi labor en la dirección titiritera, como la de muchos, ha transitado por numerosas estadías. Soy un resultado de la trayectoria ideoestética de la cultura cubana y sus romerías teatrales. Siempre he sentido muy profundamente mi labor, el hecho de concebir una puesta en escena y convocar a titiriteros a su proceso, me emociona hasta el hoy de veterano. Manifiesto que disfruto hasta la obsesión los placeres de dos momentos: el análisis y la creación.  Considero necesario para cualquier levantamiento de puesta en escena estos dos potentes procesos del arte escénico.

Dicen muchos estudiosos del teatro que la dirección artística en Cuba es bastante empírica, ortodoxa y autodidacta. Al decir de Don Fernando Ortiz “hemos adobado un ajiaco”, y según la percepción dialéctica del conocimiento y la acción de José de la Luz y Caballero “todos los métodos y ningún método, he ahí el método, o todas las escuelas y ninguna escuela”.

Hemos crecido con la lengua y el lenguaje de los títeres en cada época. Nos hemos hecho y prolongado en la marcha, en el accidente, la peripecia, tanteando y reconociéndonos. Pensando en soplos del corazón y aspiraciones de la cabeza. En la mayoría de los colectivos titiriteros del país durante estas cinco décadas la dirección artística y general estuvo a cargo de un creador de la propia agrupación; así se mantiene en casi todos. Esto ha dado la posibilidad de no ser dirigidos por personas no instruidas en la labor artística del teatro, lo cual ha ayudado, además, a la permanencia de nuestro movimiento, pertenencia y potencial cultural. Golpes como la parametración, la emigración, la discriminación, el periodo especial, necios sistemas administrativos, los añozos procesos de evaluaciones, consejos artísticos, grupos de expertos y los cachiporrazos de la implantación en el país de políticas de ajustes y austeridad para arreglar la economía; todo esto nos pone en situación de pensar el destino del arte de los títeres.

Nada cae en saco roto

En estos 50 años podemos enumerar puestas en escena verdaderamente representativas de nuestro oficio; pero la indiferencia, el formalismo, la demagogia, la rutina, el estatismo artístico-técnico, la burocracia cultural y artística, diferencias metodológicas y actitudes pasivas en muchos de nuestros organismos, organizaciones, grupos, proyectos y profesionales han desalmado su ascención. Extrañamente, esa inestabilidad en la estación de la vida de los títeres, este sobredicho peregrinar, nos ha dotado de particularidades que distinguen nuestra dirección artística, marcada por los iniciáticos maestros y los directores-descendientes que marcaron con herramientas primarias la década de los 60, continuada con ausencias de importantes creadores en los 70, mejorada en los 80, superada en los 90 y provocando a finales de siglo y principios del nuevo una imagen alentadora de la escena.

No sería justo callar acciones que han diversificado el caudal de la accidentada trayectoria del teatro de títeres en estas cinco décadas. Entre estas significativas actividades está el respaldo del teatro de arte de los países socialistas, con métodos de carácter absoluto, tendencias y formas de expresión que se han cultivado en nuestro panorama teatral; las primarias escuelas de instructores de arte y las actuales. Rondaron todos los tiempos cursos de superación y capacitación, encuentros, festivales, talleres, concentrados, diplomados, diversidad de escuelas, la ENA, el ISA, el autoestudio, algunos técnicos y creadores extranjeros que nos visitaron, las pocas oportunidades de becas y cortos estudios en países socialistas y otros, giras de nuestras agrupaciones al extranjero, y en dos décadas y diez ediciones, el pujante Taller Internacional de Teatro de Títeres que en los expectantes momentos del periodo especial supo recobrar el terreno de los retablos y su espacio de intercambio para subsanar la lamentable ausencia de comunicación entre los titiriteros. De todo esto se ha nutrido nuestro quehacer.

Hoy me inquieta ver en los retablos reproducciones, copias y calcos de rutinarios recursos y procedimientos en muchas puestas. La falta de imaginación marca la escena en cuanto al uso del lenguaje de las imágenes, las técnicas de animación y las estructuras dramatúrgicas. Siento la ausencia de investigación y renovación de formas y contenidos, en fin, las búsquedas que exige la escena del títere y 50 años transcurridos en nuestro movimiento.

Nos hemos beneficiado al presenciar numerosos espectáculos extranjeros, interesantes, reveladores, experimentales y originales, que han enriquecido nuestro quehacer; pero, ¡cuidado!, la apropiación de estos signos expresivos no puede rendirse como réplica ante la identidad de un creador, deben operar a la inversa y devolverlo en un resultado propio convincente instalado en los diversos caminos del hecho y la escena titiritera actual. La instrucción en la cultura del títere es la regla para romper en nuevas percepciones.

“…el teatro no solo puede lanzar inventos, ideas, imágenes, debe ocuparse también de otras sensaciones: provocar la sensibilidad del público y la del propio artista”.

En arte, y concretamente en la dirección artística, uno emprende un camino que no tiene final; difícilmente se encuentra un punto de llegada. Cada propuesta de puesta en escena deja rastros en la memoria para emprender un nuevo viaje, es la evolución de un creador para avanzar ya enriquecido con esas experiencias. No quiero dejar pasar la equivocación. El error genera reflexión. No es sino en el hacer y rehacer que se progresa.

El director artístico es mucho más que un jefe, un mandamás, o un dictador, con un membrete de temperamental, violento, agresivo (me sonrío de esos estereotipos). Es un creador determinante en la realización de la puesta en escena, con la responsabilidad artística y técnica de guiar las etapas de trabajo, enriquecerlas con propuestas, estudios, procesos de búsqueda en la concepción del montaje, que tutela al frente del equipo creador integrado por diseñadores, técnicos y elenco. Deben estar presentes en el genio colectivo el puente del diálogo y los debates; pero dirigidos con todo el carácter y personalidad de un seguro guía. El respeto lo recibe por el serio compromiso de su profesión, la disciplina, el profundo conocimiento del arte que instruye. Esta simbiosis siempre ha dado solidez a los espectáculos que he dirigido. Entre sus tareas está el trabajo con los actores-titiriteros, saber orientar y traducir con claridad al elenco un lenguaje de comunicación.

En los títeres el trabajo es inverso, se procesa de afuera hacia dentro, apoyado por el estudio, la investigación del personaje exterior, su diseño plástico y la técnica de animación seleccionada, su escala, para atribuirle un carácter tipo. Sobre todo debe cultivar una entrega creíble al acto de dar vida a las figuras estáticas; el sentir y llevar a la práctica que cada montaje es una escuela —sin extremo academicismo, rompiendo estancos entre el que enseña y el que aprende, propiciando que todos se eduquen en acciones que se nutren por momentos de la improvisación, la espontaneidad y el accidente—; y el partir de una previa investigación que se desarrolla en los ensayos como un resultado práctico en un análisis activo. El director artístico tiene constantemente delante de sus abarcadores ojos un fresco mural que sugiere, informa, estiliza en su diversidad de planos, niveles y ángulos de visión. Rompe la distancia entre los titiriteros, los títeres y el retablo, observa con agudo sentido crítico y creador la provocación, sucesión o secuencia de las imágenes en el espacio, la cadena de acciones, los movimientos y sus contenidos. Disfruta con el virtuosismo de una buena animación, cultiva el rigor, la conducta, las reglas y las vivas sugerencias, y da notas a tiempo; trasmite que “todo puede ser mejor, todo en la escena se puede superar y mejorar”, “ahora no está bien, mañana puede estar mejor”. Exige al titiritero que se lance a la búsqueda del límite de sus posibilidades. Y es una constancia en el ambiente de la creación que el arte no reproduce lo visible, sino que hace visible lo que no se ve.

En todos estos trajines surgen códigos, símbolos, estilos, signos representativos de la propuesta. En estas relaciones artísticas y técnicas se alcanzan espacios participativos y orgánicos entre la dirección artística y las voces de los protagonistas titiriteros. Y algo más, no abandono nunca el estudio recogido en solitario y reviso a diario junto con el equipo de trabajo creador la responsabilidad de todos ante cada etapa vencida y por vencer. Mi actitud en la dirección artística después de muchos años sigue siendo la misma que cuando comencé. No me preocupa saber si toda esta obra que he escrito y dirigido volverá a los retablos, o si el tiempo la situará donde merezca estar; en todo caso, he tenido el placer de escribirla y dirigirla.

He enlazado mis modos y maneras de trabajo a dos importantes postulados: Constantin Stanislavski y Bertolt Brecht. En el ruso he asimilado los componentes relacionados con la formación del actor, aplicando aspectos medulares de la animación-interpretación. Me he auxiliado de estos aspectos en concreto para hacer creíble la invención de los títeres, no solo en el titiritero, también en la relación de los títeres con el espectador que debe creer esa irrealidad. En el retablo, el titiritero está rodeado de ficción. “El titiritero debe ser capaz de tomar todas las cosas como si fueran verdaderas, como si estuviese convencido de que todo lo que le rodea en el retablo, fuera una realidad viviente y debe convencer tanto al público como a sí mismo de que así es”.

En cuanto al alemán, más cercano a la dirección artística, me he nutrido de aspectos como los elementos mecánicos básicos de la dirección, los medios expresivos de los arreglos básicos y narrativos y sus análisis para los procesos de la puesta en escena. Sus fabulaciones de parábolas y la proyección social de su dramaturgia. Está la historia, está el texto de autor; pero lo importante es contar lo que el director quiere contar. El distanciamiento, esa constante reflexión, juicio o comentario que puede ejercer el titiritero sobre sus propias acciones, actitudes, diálogos y las del títere e involucrar al público mientras anima. Es un concepto con relaciones multifacéticas.

Y el fascinante mundo de la teatralidad en ese hombre de teatro llamado Meyerholdt: la convención consciente, el constructivismo, el ejercicio de la biomecánica, el énfasis especial en la plástica y las dinámicas enroladas del cuerpo y la puesta en escena.

Todo lo que he dicho fue punto de partida en mi formación y me continúa sirviendo; pero no con aplicaciones mecánicas, ya no porque es así o así es, sino con brotes involuntarios, prendidos a la conciencia creadora. Cuando digo esto es porque siempre he pensado que nuestro arte tiene cientificidad: el cuerpo, el pensamiento, la razón, la voluntad, la energía y la viva conciencia.

La continuidad en la tarea específica de la dirección artística a la que me refiero ha sido muy fragmentada. Los titiriteros hemos conocido periodos de triunfos, tensiones morales y políticas, lamentables ausencias, insatisfacciones, estancamientos, y un retorno de la justicia a su medio. A pesar de estas quimeras de abrazos entre luces y sombras, las ideas iniciáticas que han sido timón del títere cubano viven y ven brotar reveladoras inteligencias y las mejores cualidades creadoras en el presente relevo titiritero.

En la actualidad, nuestros retablos han evolucionado y se nutren de algunos talentosos directores artísticos —unos no muy bisoños y otros noveles—. Sin comparaciones que tienden a tornarse llanos de subjetividad, razones prácticas de la escena titiritera son la pauta que me atrevo a sostener, con el criterio de que la propia diversidad de sus creaciones nos hace observar favorablemente una de las cuestiones más interesantes de nuestro presente titiritero.

Con una carrera académica, varios años de experiencia con resultados artísticos y técnicos en un grupo titiritero madre y tiempo en el ejercicio de la dirección general y artística frente a Teatro de las Estaciones, Rubén Darío Salazar en sus numerosos y diversos espectáculos reaviva y reconfigura la visión de la escena del teatro de figuras cubano. Su labor creadora se distingue por sólidas premisas para la concepción de la puesta en escena, sustentadas por una inquieta investigación. El texto, la música, el diseño y la animación se emparentan y crean asociaciones con la partitura del espectáculo. Además, proyecta en sus propuestas una vital estética de la imagen y la apropiacioón en ella de valores sensoriales y recursos de la plástica en el avance y evolución de los nuevos tiempos.

Christian Medina: su formación se nutre de años de labor creadora y artística en un colectivo vértice. Actual director general y artístico del proyecto Retablo, posee capacidad transformadora para modificar y convertir en un imaginario expresivo la imagen anatómica y plástica del títere en función de caracteres a través de mecanismos, resortes, articulaciones, colores, texturas en las figuras que bien diseña y construye. Es todo un artífice del universo de los títeres. Concibe con gracejo popular sus textos y puestas en escena. Es un titiritero muy integral. Su estilo es sencillo, juglaresco y eficaz. Vive y se divierte en sus interpretaciones, no oculta nada de la magia del títere, todo lo muestra y es creíble hasta el punto de ver animales con absurdas figuras geométricas. Con esto lo digo todo.

Freddy Núñez Estenoz. Es un valioso creador que hereda esencias artísticas y técnicas de la tradición titiritera camagüeyana. Actual director de Teatro del Viento, exhibe originales enunciados donde el rigor del cuerpo y los registros resonadores de la voz del actor corporizan valores sensoriales, conectados a los objetos que interactúan en su dramática. La utilización en sus montajes de figuras animadas dentro del campo del tejido de su dramaturgia hace expansión e irrumpe en sus espacios “al teatro con títeres”. Ejemplo de ello es su puesta Aceite+ vinagre=Familia donde se relacionan y enfrentan los diversos medios expresivos en un fresco o icono de cuento clásico que convive con el presente, donde no existen distancias entre los contenidos que articula: los conflictos y la familia-los actores y los títeres.

Otra sorpresa es el ya crecido Arneldy Cejas. Su formación y la dirección artística se nutren de años de labor creadora y artística en un colectivo madre, Teatro La Proa. Sus puestas se caracterizan por lo típico y auténtico del títere. Sus propuestas articulan con ingenio lo tradicional y la contemporaneidad. Sus discursos escénicos logran la intensidad del diálogo con aspectos vinculados con el tiempo y el espacio titiritero, el sentido de articular bien el diseño con todo lo que es referente escénico y la confección y la animación, y la anatomía del títere muy compensada con la energía de los animadores. Posee valores para el diseño, la confección de figuras, visible en su factura y el acabado artesanal. Su lenguaje titiritero es prometedor y abierto a futuras transformaciones.

Miguel Santiesteban Domínguez formó parte de varios grupos teatrales infantiles y fungió como director general y artístico del Teatro Guiñol de Holguín. Sus concepciones para sus puestas en escena son muestras representativas del “todoterreno” de los títeres a partir de espacios fantásticos de la vida. Las enormes escalas de las figuras animadas eran portentosas habitando paisajes, compartiendo y compitiendo con pérgolas, monumentos, estatuas, fachadas de edificios. El brote de la espectacularidad en múltiples espacios no convencionales. El tronco de expresión de sus figuras animadas era el propio titiritero; se desprendían de sus cuerpos corporizando mezclas de técnicas clásicas en una nueva mirada; la colectividad de titiriteros componía y descomponía figuras en el juego de desarticulación del títere. Me atrajo su espectáculo El ogrito, la fuga agresiva de los ángulos en la monumentalidad de la escenografía y los objetos era un expresionismo inhumano que anidaba en las figuras-criaturas hermosas.

No puedo dejar de mencionar a Maikel Chávez, con estudios académicos y hoy en la fila del grupo Pálpito dirigido por Ariel Bouza. Se identifica con un estilo donde está presente “el teatro con títeres”, este ejercicio lo ha dotado de virtudes autorales y actorales. Lo he visto animando y su trabajo tiene valores ejemplarizantes. Es autor y de todo un poco (eso me remonta a nuestros inicios). En el hoy incomparable, este complemento le otorga tonalidades particulares a los espectáculos que interpreta, al igual que las relaciones que establece en sus propuestas entre el actor vivo y las figuras animadas.

Yaqui Saíz, creadora ascendente en “el  teatro de títeres”. En sus puestas el protagonismo de los títeres es absoluto, sin asociaciones, sus espectáculos se reconocen por la calidad admirable de las cadenas de acciones de las figuras, cercanas a una exacta realidad. El animador casi siempre se mantiene a distancia de la figura como recurso y, extrañamente, contrasta en la expresividad visual con el acento en las manos del animador que acciona las varillas y mecanismos de las figuras. Sus propuestas con técnicas diversas, títeres de guantes, marottes y, en lo que más se ha especializado, los títeres de mesa, le atribuye a estos innovaciones en su construcción y animación. Su labor en la técnica de construcción de títeres y los mecanismos de animación le permite lograr una alta calidad titiritera. Sus puestas en escena han explorado espacios de los retablos en escena.

Otros también reúnen valores para ser nombrados por su constancia en este oficio de dirección artística: Sajimel Cordero, Ernesto Parra, Yosmel López, Luis Montes de Oca, Wilfredo Rodríguez, Maikel Valdés, Yosvany Abril, Malawy Capote González, Roberto Figueredo, Daimany Blanco, Doris Méndez.

Todos hacen renacer y abren las puertas a “otras cosas” de estos tiempos, del apremiante hoy y ahora y, por qué no, del provisorio futuro donde debemos manifestar el arte de los títeres con toda su riqueza. Todos animan en sus esperanzadores discursos artísticos la continuidad y vanguardia del legítimo arte de los títeres en esta pequeña isla del Caribe.

Hemos ganado por llegar a los 50 años.

 

Ponencia leída en el Fórum “El mundo del títere cubano al paso de 50 años”. Camagüey, septiembre de 2012.

 
 
 
 


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14 Festival Nacional de Teatro, Camagüey 2012

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ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.