La Habana. Año XI.
15 al 21 de SEPTIEMBRE
de 2012

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Tres momentos para Virgilio
Frank Padrón • Camagüey
Foto: Maribel Amador

El Festival Nacional de Teatro no podía perder la oportunidad de reverenciar el “año virgiliano”, de modo que varios de sus montajes, paneles y documentales, tuvieron que ver con el dramaturgo cuyo centenario celebramos este 2012.

A piezas suyas (Aire frío, Dos viejos pánicos…) se sumaron tres monólogos que, o ponían en escena textos escritos también por él, o acercaban el decir de otro colega que lo homenajeaba. De un modo u otro, Camagüey acogió El trac y Un jesuita de la literatura —ambas por Teatro El Público—, así como La boca, de Tomás González por Teatro El Taller.

Ese último caso resultó particularmente interesante por cuanto se trata de un texto no concebido por Piñera, sino por alguien que, presintiendo ya su propia muerte, inminente y cercana, se reviste de un Virgilio narrador que nos hablará del más allá. Así, la voz dramatúrgica asume ideas y tonos que nos recuerdan al autor de La carne de René, mezcla criterios propios con los de su protagonista, propone una reflexión sobre la vida que se marcha, su fragilidad y endeblez, e incluso propone aspectos que Virgilio no abordara frontalmente —como la (homo)sexualidad— en una verdadera ósmosis de personalidades que desbordan la letra.

El trabajo del actor Yunier López Rodríguez es sencillamente impecable. El joven no incurre en los estereotipos excesivos que han terminado por caricaturizar la figura del poeta y dramaturgo maldito: no oculta, digamos, su amaneramiento y afectación pero los matiza y humaniza de manera muy auténtica; luego, emplea de manera muy convincente la eufonía y la gestualidad concluyendo un verdadero bordado del personaje.

La boca se abre y deja ver, escuchar, aquella lengua viperina de la que brotaron tantas maravillosas blasfemias, esta vez reinterpretadas y asimiladas por la escritura mayor de un colega suyo del que ojalá se repongan otros textos: Tomás González; desde el Valle de Josafat, hades de ilustres difuntos, también él se acomoda junto al motivo de su homenaje, y desde allí nos habla en medio de una muerte que cobra auténtica vida.

Texto difícil donde los hubo, que igual exige del intérprete una suprema interiorización y un esfuerzo extraordinario es El trac, en el cual Piñera concibe la vida como toda una puesta en escena, y que por tanto se manifiesta en un grupo de ejercicios que dramatizan estados anímicos y de alma.

Una vez más, el humor, el grotesco, el absurdo se adueñan de la escena, y el actor debe incorporar mucho de su propia capacidad vivencial y fabulatoria para enriquecer un intercambio que termina incorporando a un espectador tan desconcertado como cómplice.

Alexis Díaz de Villega asumió el desafío de representar ese actor que trasciende la escena para volverla su casa, y en un proceso que incorpora lo mismo a Stanislavski que a Grotowski, teje sensaciones y emociones, emplea la onomatopeya y el gesto aparentemente vacíos de significado, solloza, ríe y se queja, transitando de lo lúdicro a lo trágico sin que apenas notemos el paso. Su trabajo es coherente, virtuoso, y en fin, mayúsculo, de modo que para nada sorprenden reconocimientos como el Premio Terry de actuación masculina.

Otro laureado, esta vez con el Premio Nacional de Humor, Osvaldo Doimeadiós, también regido por Carlos Díaz, asume un complejo personaje en Un jesuita de la literatura. Un cuento del libro póstumo Muecas para escribientes sirvió al dramaturgo Norge Espinosa y al propio actor para tejer este monólogo donde Virgilio es la fuente de la propia intertextualidad.

No olvidemos, si creemos a los que estuvieron muy cerca del escritor, que él era justamente eso: todo un jesuita de la profesión que había abrazado tal único credo religioso, y así nos enfrentamos a ese intelectual que sufre el clásico terror de la “página en blanco”, pero a la vez padece las angustias cotidianas de un hombre pobre en una ciudad y un país llenos de conflictos sobre todo para quienes, como él, no tienen demasiado en lo material.

Él y otros  (vecinos, creaciones…) salen y entran de su mente y de su vieja máquina de escribir para repoblar su peculiar mundo. Doimeadiós compone tanto a Virgilio como al resto de sus fantasmas, con la prolijidad de recursos que lo caracterizan: modulaciones de la voz, gestualidad abundante y precisa, interiorizaciones, barreras continuamente quebradas entre lo cómico y lo dramático, caracterizan una vez más su desempeño.

En ambas piezas Carlos Díaz aporta su savoir faire escénico; él, un director que se las ve con grandes y complejos espectáculos, se ha ido especializando también en una proyección minimalista que le permite diseñar conseguidas atmósferas con muy pocos recursos, aunque eso sí, se auxilie de la expresiva banda sonora de un Juan Piñera (Un jesuita…) o recurra (y recorra) una variopinta plataforma musical que va de Kirshner a Bach pasando por toques afro (El trac).

Virgilio Piñera, entonces, pudo respirarse también en el clima escénico de la ciudad de los tinajones durante su más reciente Festival nacional; estos monólogos, obras mayores o las mesas y filmes que lo devolvieron desde el costado de la teoría o el testimonio, confirmaron aquella auto-profecía que lo hizo proclamarse convirtiéndose en isla. 

 
 
 
 


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14 Festival Nacional de Teatro, Camagüey 2012

ARTES ESCÉNICAS EN LA JIRIBILLA:

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.