La Habana. Año XI.
15 al 21 de SEPTIEMBRE
de 2012

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Tres estaciones de Estorino, otra experiencia, un nuevo arco con Teatro D’Dos
Omar Valiño • Camagüey
Fotos: Jorge Luis Baños

El grupo Teatro D´Dos, que dirige Julio César Ramírez, ha montado cuatro obras de Abelardo Estorino en dos grandes proyectos.

El primero, su cenital La casa vieja (1964), vino a culminar, en 1996-97, toda la primera etapa de labor del colectivo fundado en 1990. Participé del mismo como asesor teatral, una posición de privilegio que somete la mirada del crítico a un ambivalente “adentro y afuera” en los procesos de análisis y de montaje, pero que, al dejar descubiertos todos los mecanismos de funcionamiento escénico de un texto, permite ensayar las ideas de conjunto con el director y los actores, al tiempo que se construyen y afinan sobre las tablas. Una suerte de ideas en caliente que pude volcar en el texto “Ensayo en el teatro”, inédito hasta hoy.

El segundo, muchos años después, es la trilogía Tres estaciones de Estorino, conformada por las obras El robo del cochino (1961), Morir del cuento (1983) y El baile (1999). Repetí entonces la experiencia como asesor teatral en un momento muy distinto de Cuba y, de distinta forma, las obras, y mi escritura de otro texto en proceso —de nuevo al pie del espacio escénico—, se abrieron a un ensayo que se produjo sobre las tablas, siempre estimulado por las piezas del gran dramaturgo cubano.

Como parte de esa relación de trabajo y amistad, he escrito bastante sobre Teatro D´Dos. Lo he hecho desde dentro y desde fuera, según mi lugar en o ante cada montaje de la agrupación. En las penúltimas de estas páginas, recogí e integré en una serie el repaso de su trayectoria, a propósito de los 20 años del colectivo en 2010.

La asesoría o el intercambio sobre procesos de trabajo abiertos, es la vertiente crítica que prefiero. Permite introducir variables prácticas y de ideas dentro del magma de la creación, atisbar caminos, atajar desviaciones, perfilar coherencias en distintos planos. Lejos de la palabra escrita y publicada —que guarda desde luego su importancia—, los actores y el director se sienten más cercanos y libres, al tiempo que atienden una voz del crítico más concreta.

Esas han sido siempre las bases sobre las que hemos dialogado Ramírez, el grupo y yo. Ahora —con esta nueva inmersión desde dentro del colectivo—, retomamos la aproximación a la sobresaliente dramática de Abelardo Estorino en un proyecto mayor. Unidos por su obra, por similares posiciones ante el proceso de trabajo, por los hallazgos estéticos que D’Dos ha hecho carne de su carne, uno de ellos la vocación reflexiva entre teatro y sociedad, compartimos un trecho que tuvo sus centros fundamentales en: la pertinencia de la versión dramatúrgica de los textos, la particularidad de cada uno de los montajes como entidades autónomas, la organicidad de la trilogía como proyecto único, el arco de lecturas provocadas entre teatro y realidad teniendo como ejes la vitalidad de los originales y la continuidad de las marcas estéticas de Teatro D’Dos huyendo de la repetición.

Pocas veces en una dramaturgia se ofrece la ambivalencia pendular entre verdad y ficción, entre historia y  representación —esa magnitud lúdica de “la verdad de las mentiras”, según Vargas Llosa—, como en la obra de Abelardo Estorino.

Si a lo largo de su trayectoria, Julio César Ramírez había estrenado Ni un sí, ni un no, en 1985 y en 1997 con Teatro D´Dos daba a conocer su mirada a La casa vieja, hoy nos planteamos explorar otras estaciones y, esta vez, de manera concurrente, pues se tratará, a partir de este enero de 2012, de una trilogía programada de viernes a domingo, mostrando cada noche un título diferente.

Tres estaciones de Estorino está conformada por las obras El robo del cochino (1961), Morir del cuento (1983) y El baile (1999). El proyecto ha sido concebido por Teatro D´Dos especialmente para su Sala Estudio, un espacio ubicado en el tercer piso del Centro Cultural Bertolt Brecht, donde el grupo ha enclavado su laboratorio del actor. Una eterna aspiración del colectivo que busca sendas más altas al rastrear las posibilidades y riesgos que reclaman las obras y los personajes de este importante autor cubano.

Estorino tiene un lugar muy especial en el itinerario de Teatro D´Dos. La casa vieja fue un montaje que dio al grupo innumerables agrados, pues desde el proceso mismo fraguó en el colectivo una metodología de trabajo que fue madurando con posterioridad y el espectáculo se convirtió en un punto de inflexión de su repertorio.

Ahora se trata de una trilogía de la identidad, donde hablaremos de la realidad nuestra, latente o visible. Personajes concebidos por el dramaturgo, no importa si en los años 60, en los 80 o al filo de los 2000. Todos entretejiéndose con la historia y el devenir social, empeñados en encontrar una explicación a los fenómenos que viven.

Esa inigualable metáfora sobre la vida y el teatro que es la llegada de un grupo de personas al escenario para contarnos una historia familiar en Morir del cuento atraviesa la trilogía toda. En la ficción, esas personas se convierten en actores. Luego sabremos, por supuesto, que se trata de una convención: son y serán actores. Y es que el actor, el teatrista, es un vector impulsado por la búsqueda de la verdad. Así como la inmensa obra de Abelardo Estorino es un ejemplo de ello, y él la sintetiza magistralmente en esa aludida imagen poética, Tres estaciones de Estorino persigue el mismo objetivo: cómo estos textos renuevan verdades permanentes en la Cuba de hoy.

Asombrará al espectador actual que Ramírez retome El robo del cochino. Pareciera una obra vieja, de un tiempo finiquitado, pero más allá de las señales reconocibles en cualquier fragmento de la historia cubana contemporánea —el apagón, la necesidad y el delirio alrededor de la carne de res y el recurrente aserto de que “la cosa está mala”—, El robo… contiene marcas mucho más profundas que, a pesar de la distancia y la diferencia con el momento que originalmente transita la obra, son coordenadas del hombre por desgracia redivivas. De la disección de la República municipal y espesa a cómo se filtran en nuestra realidad las ambiciones del tener como signo de ser; al tiempo que se levanta ante ellas esa esperanza de limpieza ética que recorre el cosmos estorineano.

La tercera estación corresponde a Evangelina Zaldívar, Nina, a quien encontramos, o a la actriz que le da vida, en un estudio de grabación, de madrugada, sitio y hora para la soledad si los hay. Nina y su defensa de la tradición familiar que incluye a Cuba como una gran estirpe. Nina y su salvaguardia de una aristocracia del espíritu en medio de la pobreza material, de la altura y la fineza ante lo vulgar. Nina y detrás, o delante de ella, la sociedad cubana, el tronco roto, las dificultades de la vida cotidiana, los engorrosos trámites migratorios…

Julio César Ramírez convierte a El baile en lo que siempre fue de veras: un monólogo. Un monólogo de expiación por una culpa: la venta del collar ante los apremios de tantas carencias pero en contra de su voluntad. Comer o soñar, parece decirnos Estorino, parece reafirmar Ramírez, parece cantar Daisy Sánchez. 

Tres estaciones de Estorino es un gran desafío sin dudas, más cuando se trata de un colectivo de solo ocho actores en riesgo que ambiciona cruzar, de manera airosa, por las vidas, y no solo por las ficciones, de personajes de extraordinaria grandeza. Sendo, Antonia, Adela, Siro, Ismael, Tavito, Delfina, Cristóbal, Rosa, Rodríguez, Juanelo, La Maestra, Lola, Nina… Seres todos surgidos de la imaginación y la vida de Abelardo Estorino y Teatro D’Dos, saldrán al encuentro de los espectadores desde este mismo instante.

Usted estará ante sucesivos espejos entre narración, existencia, veracidad y representación. Asistirá a un juego donde el teatro se brinda para cambiar la historia mediante la ficción, al menos como método exploratorio de la verdad en la conciencia. Recordemos, con Jean-Louis Barrault, que  el teatro es un estrado donde se discute siempre un ideal de justicia.

Un arco entre teatro y sociedad al pie del escenario donde Teatro D’Dos monta a Estorino.


Palabras leídas en el panel “Trueques entre la escena y la crítica”. Camagüey, septiembre de 2012.

 
 
 
 


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14 Festival Nacional de Teatro, Camagüey 2012

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.