La Habana. Año XI.
15 al 21 de SEPTIEMBRE
de 2012

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Esbozo de la memoria sobre Jay Matamoros

Manuel López Oliva • La Habana

En 1969, por sugerencia de Fayad Jamís, visité al artista naif Ruperto Jay Matamoros. Fayad —que aparte de pintor y diseñador, era poeta— valoraba mucho a los denominados “pintores del instinto”, “ingenuos” o “primitivos. Ruperto era, para él, una suerte de clásico de la fusión entre los rudimentos del pintar académico (“mal asimilado”, según el concepto de Marx) y una carga de lirismo objetivo, natural, muy fuerte. 

Cuando llegué a su casa no tuve que hablar mucho. Me recibió con una sonrisa y un gesto caballeroso, típico en él. Yo era muy joven. Acababa de terminar mis estudios de pintura en la Escuela Nacional de Arte. Estábamos en el verano de 1969. Esa tarde hablamos mucho en su casa ubicada en un edificio de apartamentos de K y Línea, en El Vedado. Con una taza de café en la mano, revisamos prácticamente todo lo que él tenía visible y guardado en su casa: desde sus primeros dibujos de tiempos del Estudio Libre de Pintura y Escultura —donde estuvo como aficionado practicante, bajo la instrucción de Abela, Mariano y Rita Longa— hasta esa pintura de a veces verdes intensos contrapunteados con rojos y oscuros, que lo colocó en los 60 entre los pintores raros, “crudos”, poéticamente detenidos en un código cuasi naturalista, admirado y premiado en  el Salón de la UNEAC. También me reveló datos de su vida, incluso de su trabajo básico en el Ministerio de Justicia. De esa visita mía a su espacio de existencia y creación salió un artículo —hoy perdido— que publiqué en la revista Cuba Internacional. Se titulaba “Diálogo desde el espejo”.

Después estuve encontrándome con Ruperto en casi todas las exposiciones de museos y galerías. Recuerdo que conversábamos mucho —sobre todo— en la guagua que llevaba a los invitados a las inauguraciones de muestras en la Galería Amelia Peláez, del Parque Lenin. Allí aquilaté el consciente sentir de Matamoros por el proceso revolucionario, su comportamiento galante con las mujeres, esa capacidad suya de ver de un modo “mágico” (que unía lo sencillo-popular y cierta filosofía propia sustentada en la humanización perceptiva de lo circundante), además del respeto que sentía por los artistas mayores y jóvenes que entonces eran contemporáneos suyos. El hecho de ser un naif no implicó nunca en él desdén por la obra más compleja, por propuestas de la modernidad o tardo-modernidad, que frecuentemente no entendía, pero respetaba y trataba de captar mediante su detenida observación.

En 1973, cuando Fayad Jamís y yo organizamos en la Galería L una muestra de grandes papeles kraft con tema martiano, pintados allí mismo en esa entidad de arte, decidimos incluir a Jay junto con otros pintores de formación profesional mediante escuelas. Matamoros completaba el homenaje de las pupilas artísticas al Aniversario de Martí. Fue algo que no dejaba de agradecernos, a la vez que nos decía: yo creo que no quepo aquí, pues ustedes son artistas de sólida formación y yo un pintor que pinta solo lo que siente. Era esa una postura modesta que decía mucho de su condición humana, de su naturaleza de cantor espontáneo mediante la visualidad.

Posteriormente, me correspondió integrar el Jurado que le otorgó el Premio Nacional de Artes Plásticas…. 

Ahora, cuando se conmemora el centenario de su nacimiento —que ha coincidido también con los 100 años del natalicio de dos artistas que fueron orientadores suyos en el Estudio Libre (Mariano y Rita)—, y cuando el Consejo Nacional de Artes plásticas y el Museo Nacional de Bellas Artes se unen al Centro Wifredo LAM para mostrar parte de su obra en este último, quiero cumplir aquí con mi deber de humano respeto por aquel artífice de piel oscurísima que me recibió en su casa, aquella tarde, con mis 22 años de entonces, y me mostró las claves de su operatoria sin tiempo, de un crear “primitivo”, capaz de hacer vibrar también al ojo hoy contemporáneo.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.