La Habana. Año XI.
15 al 21 de SEPTIEMBRE
de 2012

Correo Canal RSS Canal en Twitter Facebook Flirck You Tube

 

BÚSQUEDA AVANZADA   . . .

ENLACES

SUSCRIPCIÓN
 
 

Epílogo ¿Revuelta o revolución?

Boris Kagarlitski • Rusia

Estamos viviendo una época de enormes conmociones. El comentarista conservador Robert Skidelski, en junio de 2002 escribía con perplejidad:

Hoy por primera vez desde la caída del comunismo, el capitalismo está en peligro.1

El capitalismo neoliberal estaba siendo atacado por tres flancos: la revuelta de los marginales se unía a la rebelión de la clase media y la revolución obrera se hacía una perspectiva real en las más diversas partes del mundo. El movimiento que había comenzado en 1999 en Seattle en contra de la dictadura económica neoliberal no se fraccionó, a pesar de que claramente se formaron dos polos: los reformistas y los revolucionarios. Cuál predominará en un final, estará en dependencia no solo de sus argumentos, sino también de la profundidad de la crisis del capitalismo y de la profundidad de la radicalización de las masas, provocada por esa crisis.

Serán las masas —no los jefes ni los héroes—, quienes determinarán el futuro del movimiento.

Una rebelión inesperada

Contra la rebelión de la clase media las elites están menos preparadas. El comienzo de la rebelión fue impresionante e inspirador. Pero, ¿cuáles son sus perspectivas?

A medida que se descompone el modelo liberal, la clase media tiene que repensar su papel y tomar conciencia de su lugar en la sociedad. ¿Quiénes son esos representantes de la clase media, que han sobrevivido el crac bursátil, la desintegración de la “nueva economía” y la frustración de las esperanzas surgidas con la revolución de la información? ¿Marginales acomodados, defendiendo los restos de una pasada prosperidad? ¿O pioneros de la futura economía en red, basada en el conocimiento y la solidaridad? ¿Qué está ocurriendo ante nuestros ojos: una revuelta pequeñoburguesa, como ha habido tantas en la historia del capitalismo o las primeras batallas de una revolución global contra el capitalismo? ¿En qué parará la crisis del neoliberalismo: en una “segunda edición” de la depresión de los años 30 que se coronó con el terror fascista y las reformas social democráticas? ¿O será el preludio de cambios sistémicos mucho más radicales?

La clase media no está en condiciones de cambiar el sistema por sí misma. ¿Pero qué pasaría si la rebelión encuentra resonancia en otras manifestaciones de protestas en masa?

El marxismo del siglo XIX esperaba la revolución proletaria en Europa. El viejo continente fue sacudido por la guerra y allí se desarrollaron batallas políticas y un movimiento obrero que cambió el mundo. Y sin embargo, las grandes revoluciones del siglo XX no fueron las rebeliones proletarias clásicas que esperaban los seguidores de Marx. Y tampoco ocurrieron en los países del “centro” europeo. Las revoluciones rusa, china y cubana resultaron complejos procesos sociales que de manera simultánea ocurrieron a diferentes niveles. El sistema cambió porque la protesta de diferentes grupos sociales se dirigió contra un mismo poder, contra un mismo orden.

En unos casos ocurrió una revuelta, en otros, una revolución. Los resultados de la revolución, a su vez, están muy lejos de lo que muchos soñaron. Pero a pesar de todo, movieron la historia hacia delante.

La cuestión radica en el enfoque de la protesta. ¿Podrán unirse los insatisfechos? ¿Surgirá en ellos un interés común? ¿Surgirá una ideología común o, al menos, un campo ideológico común?

Antonio Gramsci denominó ese fenómeno “bloque histórico”. Hoy, un nuevo bloque anticapitalista está comenzando a formarse. No son solo intereses diversos particulares y grupales, sino también discrepancias culturales. La clase media ha descubierto su verdadero lugar en el sistema y dolorosamente se ha librado de las ilusiones de los años 90. Son masas marginadas, desgarradas entre las tentaciones del nacionalismo y la revolución.

Los marginales sociales no generan ideas propias, solo asimilan las ajenas. Pero cuando se trata de marginales cultos, promovidos por las elites y la clase media en época de crisis, es otro el caso. Mientras peor le vayan las cosas al sistema, habrá más “relegados”, que a pesar de disfrutar de una vida próspera, se sienten torturados por ambiciones insatisfechas y sufren por las humillaciones ideológicas. 

En un medio así pueden surgir ideas revolucionarias y también utopías reaccionarias. El nacionalismo y el fundamentalismo no son más que un complejo de inferioridad convertido en principio ideológico positivo.

Con anterioridad protestaban los “perdedores”, los que no podían adaptarse. Pero hoy no es preciso que sean perdedores sociales. El millonario Osama bin Laden, en el sentido social, no puede considerarse un representante relegado del lumpen proletariado. Pero en el sentido cultural, es una persona looser, un dropout, que no pudo adaptarse a las reglas de vida de la elite global o que no recibió el lugar que según él tenía el derecho a ocupar.

La elite con complejo de inferioridad es un fenómeno típico de los siglos XX y XXI. Sobre todo en los países de la periferia: desde Arabia Saudita hasta Rusia. No es un fenómeno del todo nuevo, pero que ha alcanzado una amplitud sin precedentes: millonarios fracasados; jefes acomplejados; gobiernos marginales; burócratas frustrados. Las agresiones del centro imperial provocan en las elites marginales acciones de respuesta que, a su vez, justifican nuevas agresiones por parte de los guardianes del “orden mundial”.

A las elites coloniales les era más fácil. Tenían su estatus dentro del imperio, quizá, subordinado, pero suficientemente alto y, sobre todo, bien determinado. El “centro” imperial reconocía, respetaba y utilizaba las diferencias culturales. El capitalismo transnacional no es capaz de tenerlas en cuenta. Es demasiado primitivo y por eso reacciona ante las diferencias culturales de manera agresiva, al estilo de Huntington en Choque entre civilizaciones (Clash of Civilizations). Sus partidarios en los países de la periferia no se consideran a sí mismos como una parte privilegiada de la sociedad local, ni siquiera se consideran mediadores entre el imperio y los “aborígenes”, sino como parte de una élite transnacional a la cual se le ha encomendado la tarea de mantener el orden en un territorio dado. Esa gente no tiene justificación moral alguna y ningún futuro les espera.

Una parte de las clases gobernantes tradicionales trata de mantener la comunicación con la sociedad. Pero incluso en ese caso, a las elites “periféricas” las traiciona su ambiguo estatus. Formalmente no existe diferencia, lo único que tiene valor es el dinero. Pero, en la práctica, también existen barreras culturales. Mientras más enraizada está la clase en el poder en su propia sociedad (y por ende, es más legítima) son menores sus oportunidades de superar la barrera cultural al entrar en la comunidad transnacional. Pero la sedición contra esa comunidad significa una catástrofe inevitable: apoyarse en “sus” masas en contra de los explotadores “ajenos” significa rendir una significativa parte del poder y de los privilegios. Luchar en “dos frentes” significa la derrota tarde o temprano (como sucedió con Slobodan Milosevic y otros “líderes nacionales” que osaron reñir con Occidente). El poder en tal situación logra mantenerse solo gracias a un férreo control policial y una represión constante. Pero esa represión desacredita el régimen, reduce más su base social y, lo más importante, le permite a Occidente justificarse. El castigo a los jefes desobedientes deviene en “lucha por la democracia”.

El dilema de las "elites periféricas" es como en la leyenda rusa: si tomas a la derecha, perderás el caballo; si tomas a la izquierda, perderás la cabeza. La total integración cultural significa también la pérdida total de legitimidad en la propia sociedad. Mantener las relaciones culturales con el país natal significa limitar las posibilidades de la integración transnacional.

Los príncipes frustrados se vuelven a las masas y se convierten en líderes de los marginales.

Su llamado se escucha. En la sociedad condenada a la pobreza, aquel que hable de injusticia siempre encontrará quien lo escuche. Y ese auditorio no siempre está compuesto por los pobres a quienes han arrebatado el futuro, sino también por parte de la clase media a quien le han arrebatado su dignidad. Pero la unión de semejantes líderes y de sus partidarios no se basa en un interés social común y por eso no es una unidad sólida.

Es la unidad del odio, exenta no solo de un programa positivo, sino también de un ideal para el futuro. Por eso el islamismo, la nostalgia por la Unión Soviética y el nacionalismo pueden volverse consignas unificadoras, pero no sirven para elaborar una estrategia de victoria.

Parte de la clase gobernante que sufre los efectos de la globalización neoliberal continúa en la búsqueda de una “idea unificadora”, cuya esencia —independientemente de su formulación— siempre será someter las masas a “sus” elites. Esa subordinación deberá basarse en una “causa común”, en “valores comunes”. Mientras más ilusoria sea semejante relación, más atractiva ideológicamente será la idea. Otra cosa es que fundamentar la subordinación a las “propias” elites solo puede hacerse en contraposición a las elites “ajenas”.

 

Nota:

1- The Moscow Times, 31 de julio de 2002, p. 7

 
 
 
 
ARTÍCULOS RELACIONADOS:

La rebelión de la clase media:
estados del mundo

Víctor Fowler

.
© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.