La Habana. Año XI.
15 al 21 de SEPTIEMBRE
de 2012

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La rebelión de la clase media: estados del mundo

Víctor Fowler • La Habana

En términos de Historia, el momento presente es enigmático. Después de que la humanidad entera viviese —durante 74 años— dentro de las oleadas de un feroz enfrentamiento ideológico, económico, político, social y cultural, que dividió al planeta en esferas de influencia de los modelos capitalista o socialista, la desaparición del gran bloque socialista vino acompañada de una apabullante euforia de los ideólogos y políticos del capitalismo. El triunfalismo invadió los medios y las tribunas políticas en el instante de la desaparición del célebre Muro de Berlín y del inicio del proceso de reunificación alemana; pocos años más tarde, la victoria se tornó segura luego de la desintegración de la antigua Unión Soviética. Más allá de las particulares escuelas de capitalismo que uno u otro intelectual o político defendiese, en contra de cualquier socialismo, la derrota cultural de los socialistas fue aplastante y desintegradora.

Es necesario subrayar el anterior “más allá” para resaltar lo irrelevante de las diferencias cuando lo puesto en juego es la imaginación de las personas acerca de los “estados del mundo”, así como la conexión entre ellos, las expectativas de futuro y las posibles soluciones para la vida, tanto personal como de la clase o el sector social a que se pertenece, del país en el que se habita, de esta o aquella región del mundo y de la especie humana en general. En su nivel más básico, la dicotomía que obligaba a elegir entre cualquiera de los dos sistemas, muy activos en la lucha por extender influencias, quedó reducida a elegir el tipo de entrada o desarrollo dentro del capitalismo que se prefería.

A decir verdad, luego de ser borrado el bloque socialista, no quedaba mucho donde elegir, pues la tendencia de desarrollo dominante dentro del capitalismo único, pasó a ser, ahora sí de modo principal, cualquier movimiento animado por los conceptos de la ideología neoliberal; no importa si se trató de un asunto de los países “centrales”, altamente desarrollados, de la reincorporación al capitalismo de los países del bloque socialista recién extinto o de las posibilidades que entonces quedaron a los países del subdesarrollo.

Una ideología, y los conflictos que a su alrededor tienen lugar, origina un ambiente que, al crecer en el espacio y en el tiempo —si ello sucediera— genera nociones de cotidianeidad que ocultan lo precario del punto en el cual se está; dicho de otro modo, lo contingente aparece como inevitable y las maneras de vivir se transforman en cultura, en la cultura. Los sujetos nacen, aman, enferman, mueren, tienen éxitos o fracasos, imaginan el futuro y, en general, viven dentro de un determinado “horizonte de expectativas” cuya elaboración —que decide el límite de lo posible y concebible para la vida—, en esencia, es de orden cultural.

La rebelión de la clase media, libro de Boris Kagarlitski, sociólogo marxista ruso nacido en 1958, se aproxima al análisis del presente “estado del mundo” mediante la identificación de algunas de las tendencias principales del capitalismo contemporáneo y sus vacíos. Esto que, así enunciado, bien puede resultar una aburrida lección, resulta una amena experiencia de lectura gracias a la agudeza de los juicios del autor sobre nuestro tiempo y a la enormidad de elementos manejados (procedentes lo mismo de la arena política que de la economía, la sociología, el análisis de los medios o de acontecimientos culturales). Kagarlitski se desplaza con facilidad de un campo a otro para elaborar un juego de espejos que termina por mostrar la imagen fundamental o argumento del texto: la clase media es hoy el sector principal para decidir, al menos en los países del Primer Mundo, las luchas contra la dominación del capital.

Kagarlitski lee en el tiempo el devenir de tres principales bloques sociales: gran burguesía capitalista, clase media y obreros. En su análisis, la clase obrera de los países primermundistas no está en condiciones de liderar las luchas contra el capitalismo actual. Para arribar a este punto ha sido necesaria la concurrencia de una época de bonanza económica (el denominado “estado de bienestar”, con todo lo que ello implica en cuanto a pérdida o desvío de la radicalidad política del liderazgo obrero); luego el desmontaje de los programas de atención social y el debilitamiento de los sindicatos (propios de la ideología neoliberal) y finalmente la desaparición de aquello a lo que llamábamos el “mundo socialista” (con todo cuanto significa en términos de desorientación ideológica y pérdida de horizontes de lucha). Para Kagarlitski, la prioridad del capital, la dominación tiene lugar dentro del marco de “tareas” que el sistema está obligado a cumplir para funcionar, sostenerse y proseguir su desarrollo hacia el objetivo básico: la acumulación del capital mismo. De este modo, la extensión de medidas que favorezcan al obrero (altos salarios o prestaciones beneficiosas) son hechos que —pese a que la ideología intenta presentarlos como acontecimientos intrínsecos a cierta bondad del sistema— en realidad significan “pactos” cuyo objetivo último es diluir la idea de revolución, siempre latente en quienes no son dueños de los medios de producción.

La aplicación de este principio, ya enunciado hace mucho por Marx, revela un núcleo de crisis interesante cuando Kagarlitski identifica en la clase media (dentro de la cual sería cada vez más precario poder permanecer) el nuevo sujeto posible de las revoluciones futuras. Para arribar a semejante conclusión el autor llama en su ayuda un elemento cultural que, si bien existió desde mucho antes (o desde siempre), nunca había alcanzado la significación ni posibilidades que alcanza hoy: el trabajo colaborativo, en este caso, el trabajo “en red”. Para Kagarlitski la red no puede sino conducir al renacimiento, por vía inesperada, de una cultura —y sus concomitantes tradiciones— basadas en experiencias de colectivismo. Quienes trabajarían en estas nuevas condiciones serán exactamente los sectores de la clase media, justo quienes, luego del nacimiento del mundo unipolar, recién descubren la fragilidad de sus éxitos y la precariedad de su lugar.

Se puede discutir si este sector, tan identificado con imágenes de autosatisfacción y nuevos estilos de vida, está en condiciones de hacer colapsar el sistema; en cualquier caso, lo fundamental en el libro de Kagarlitski es la constatación de un nuevo “estado del mundo” mediante la localización de los espacios en donde tienen lugar protestas de nuevo tipo (en particular, los diversos modos de movimientos antiglobalizadores), pues estas indican un tipo de malestar que desborda el tipo de luchas propias del obrero.

Kagarlitski trabaja en la línea de autores como Slavoj Zizek y Zygmunt Baumann, quienes trazan grandes panorámicas de la época y para los que un dato principal en las ecuaciones de futuro es el componente cultural de la vida humana; en el fondo de cualquiera de ellos —pese a que ninguno enfatiza el término “alienación”— late una pregunta sorprendente, conectada en línea directa con las derivaciones antropológicas de la teoría de Marx: el límite del capital para la cualidad humana del ser. De esta manera, el libro de Kagarlitski puede ser leído como una gran narrativa de opresión y manipulaciones del capital contra los numerosos intentos de los individuos para resistir la cosificación y continuamente rehacer lazos de solidaridad rotos.

Vale la pena leer este libro por la cantidad de preguntas e inquietudes que deja abiertas en dirección al futuro.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.