La Habana. Año XI.
15 al 21 de SEPTIEMBRE
de 2012

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Primera ausencia, la misma pasión
Amado del Pino • España

El Festival Nacional de Teatro que organiza Camagüey es para mí mucho más que un evento cultural. Era un recién graduado en aquel húmedo junio de 1983, y mi cabeza estaba casi del todo blanca —como en el clásico tango— cuando presidí el jurado de la ahora penúltima edición. Han sido muchos años, muchas emociones teatrales, rencuentros amistosos y sobre todo la oportunidad de estar al tanto de la vida escénica de todo el país, de establecer diálogos con maestros en un ambiente propicio, sin la prisa o los despistes de una ciudad grande como La Habana.

Varias veces he escrito anécdotas, resúmenes, saldos de este esencial encuentro que ya ha devenido en tradición. Como una de mis formas de expresar el amor es el ejercicio de la discrepancia, quería comentar —breve, para no empañar la sagrada levedad y el tono fresco de la crónica— algo que no me complace de la presente edición. Estuve en la reunión de especialistas en la que se adelantó bastante la decisión de que este año no fuera competitivo. Argumentos de peso a favor y en contra se dieron. Creo que debieron mantenerse los premios como una forma de definir jerarquías en un ámbito tan desconocido a ratos como las artes escénicas. Del otro lado, personas que respeto mucho por su talento y experiencia argumentaron que la ausencia de la competición mejoraba el clima de intercambio y ofrecía otras ventajas que se impusieron al final. En este momento mi incomodidad es otra. Efectivamente, sin jurado y sin competencia el clima de debate —los clásicos, y con todo tipo de nivel a lo largo de esta historia, Encuentros con la Crítica, por ejemplo— puede ser más diáfano y elegante. Ahora bien, no es serio ni sano seguir diciendo que una ventaja de no competir es evitar disgustos o molestias en algunos teatristas. De ataques de vanidad, susceptibilidades, fallos discutibles sabemos mucho (y hasta es natural que existan) casi todos los creadores, pero ofrecer como argumento para una decisión como esa la preocupación por no lastimar el ego es algo que le queda pequeño a un Festival como el Nacional de Teatro.

Por lo demás, he revisado la programación de este año y a primera vista hay bastante presencia de varias provincias y esa es una virtud que se mantiene. Las crónicas de los colegas ratifican la respuesta de ese maravilloso público camagüeyano. Me agrada especialmente que haya dos espectáculos de Santiago de Cuba y con figuras tan entrañables como Fátima Patterson y Dagoberto Gaínza. El Estudio Macubá que encabeza Fátima ha aportado vigorosos espectáculos a varias ediciones de Camagüey, y de Dagoberto —además de su virtuosismo como actor que ahora se disfruta junto con Nancy Campos nada menos que en Dos viejos pánicos, de Piñera— evoco siempre nuestra conversación en el incómodo albergue de la primera edición.

Sería largo contar los espectáculos y las emociones en tantas ediciones de este encuentro. Escogería como botón de muestra los diálogos con el maestro Roberto Blanco en el restaurante del hotel o en otros espacios informales y el Teatro Principal repleto para ver ¡un Shakespeare!, aquel Otelo formidable del grupo Buscón, encabezado por José Antonio Rodríguez.

Más allá de lo artístico "Camagüey tiene sus nombres"; personas concretas que han impulsado desde la gestión una tradición tan difícil de fundar. Me quedo con dos. El inolvidable dramaturgo camagüeyano Rómulo Loredo, que llevó la idea hasta una mesa en la que yo era el más joven y mi opinión la menos sabia por entonces. Y —puedo escribirlo ahora sin miedo a pasar por adulón o "guataca", pues ya no está en ese cargo— Julián González, hasta hace poco Presidente del Consejo Nacional de Artes Escénicas. Rómulo fue el plantador de la semilla y Julián —combinando la preocupación por lo artístico con los detalles cotidianos pero esenciales de algo tan complejo como la vida teatral— encabezó un equipo que le da a este árbol su mejor sombra y los más jugosos o al menos eficaces frutos. Desde la distancia —único motivo posible para mi ausencia— pido, apuesto, sueño con que no se nos marchite el Festival.

 
 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.