La Habana. Año XI.
8 al 14 de SEPTIEMBRE
de 2012

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El Salón de Mayo en La Habana
Llilian Llanes • La Habana
Fotos: Cortesía de la Asociación Hermanos Saíz

Ambiente que rodeó su inauguración

El Salón de Mayo se inauguró en la capital cubana en el mes de julio de 1967, en medio de los festejos de homenaje por el XIV Aniversario del 26 de Julio, lo que contribuiría a darle al evento una dimensión popular poco vista hasta entonces en una exposición de artes plásticas. Por otra parte, su coincidencia con otros acontecimientos que se sucedieron en la misma fecha no sirvió más que para subrayar el carácter político que de cierto modo también se le había dado al proyecto.

Previo a la inauguración del Salón se había producido la visita de Alexéi Nikoláievich Kosiguin a Cuba, quien en un gesto casi simbólico se había trasladado a La Habana desde New York, donde había ido a participar en una reunión de las Naciones Unidas efectuada a solicitud de la Unión Soviética para analizar los recientes ataques israelitas contra el mundo árabe. La presencia del Primer Ministro soviético, en tales circunstancias, acusaba un acercamiento de enorme trascendencia después del enfriamiento de las relaciones que siguió a la Crisis de Octubre, conocida mundialmente como Crisis de los Misiles.

Al mismo tiempo, estaba teniendo lugar la Primera Conferencia de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS), acontecimiento destinado a repercutir en el continente, y que había atraído al país a un numeroso grupo de personalidades de la política del momento, algunos de los cuales —como el dirigente negro norteamericano Stokeley Carmichael— acudirían a la apertura del Salón. Un poco después tendría lugar en la Casa de las Américas el Encuentro de la Canción Protesta, donde se reunirían decenas de cantantes para quienes el arte era un compromiso con las luchas de los sectores más progresistas de todo el mundo.

La intensidad de los proyectos en los que estaba envuelta la nación cubana le habían dado una capacidad de convocatoria internacional sin precedentes, de manera que a todo tipo de encuentro, reunión o congreso que se organizara, asistían personalidades de muy alto nivel, políticos, creadores, científicos, toda clase de profesionales cuya proyección internacional era ampliamente reconocida. No había evento que se celebrara en el país que no estuviera rodeado del aura política y del fervor ideológico que inspiraba la Revolución, y que no terminara con una declaración donde se dejaban expuestos los ideales de transformación y solidaridad que todos compartían. Dentro de ese contexto, el Salón de Mayo no sería una excepción, y sus participantes también hicieron público su manifiesto.1

Pero 1967 no solo resultó importante por la cantidad de eventos internacionales que se llevaron a cabo en el territorio. También lo fue desde el punto de vista de la presencia de Cuba en el extranjero. Desde los primeros meses de aquel año, el país concentró gran parte de sus recursos a preparar su participación en la Exposición Internacional de Montreal, donde se proyectaría la nueva imagen de la nación. Con ese fin se diseñó un pabellón especial para ser construido en el recinto ferial, y se entrenaron cientos de jóvenes, cuya responsabilidad primordial era dar a conocer los éxitos de la Revolución.

Ese año también se celebraron en Canadá los Juegos Panamericanos. Es bueno recordar que para entonces, y durante mucho tiempo, el deporte constituyó un vehículo del que dispuso el país para mostrar el desarrollo alcanzado en la formación de los jóvenes. En los días cercanos a los juegos en la Isla no se hablaba de otra cosa, pues la participación de Cuba se convirtió en un tema de interés político y, en consecuencia, se dedicaron todos los recursos posibles a la preparación de los atletas que irían a Winnipeg.

En resumen, cuando el Salón de Mayo se inauguró el 29 de julio de 1967, La Habana estaba inmersa en un ambiente de total efervescencia, tal y como fue descrito en el discurso de inauguración que, en nombre del Gobierno Revolucionario, hiciera ante el público presente el entonces Ministro de Relaciones Exteriores, doctor Raúl Roa García:

“El Salón de Mayo abre sus arbitrarios vergeles —espléndida eclosión de colores, formas, metáforas, candores, enigmas, levedades, gravitaciones y sabidurías—, coincidiendo significativamente con la conmemoración del XIV Aniversario del Asalto al Cuartel Moncada, la apertura de la Primera Conferencia de la Organización Latinoamericana de Solidaridad, el coro exultante de la Canción Protesta, el crecimiento de la guerra de guerrillas en la América Latina, la corajuda batalla de la población negra norteamericana, la resistencia victoriosa del pueblo vietnamita y los sonados triunfos de nuestros deportistas en los juegos panamericanos. Y, entre tanto, la OEA haciendo el ridículo, y el imperialismo yanqui mordiéndose la cola.”2

Pero, al mismo tiempo, en su discurso el Ministro daba fe del agradecimiento del Gobierno al apoyo internacional que se verificaba en ese momento, por lo que se asumía como un acto de profunda solidaridad:

“¡Bienvenido el Salón de Mayo a la pequeña gran cuna de José Martí! ¡Bienvenida la rutilante constelación de escritores, poetas y creadores europeos y de todas partes que nos acompañan en estos días gloriosos de recordación y esperanza, empavesados de rojos estandartes y verdes augurios, de fe militante en nuestra Revolución y en la revolución que preña el vientre ubérrimo de la humanidad oprimida! (...) El pueblo de Cuba y el Gobierno revolucionario se sienten orgullosos y agradecidos de vuestra presencia en el primer territorio libre de América.” 3

Características de la exposición

De acuerdo con las declaraciones del comité directivo del Salón de Mayo, se había hecho una “rigurosa selección” de las obras expuestas originalmente en París, en aras de “reunir en Cuba un conjunto lo más homogéneo posible dentro de las manifestaciones contemporáneas”. Esta afirmación podría suponer que simplemente se había procedido a sacar de la muestra a determinado grupo de artistas. Pero sucede que, al mismo tiempo que algunos de sus participantes fueron excluidos, otros que no participaron de la versión parisina del evento fueron incorporados.

No quisiera detenerme en el primer aspecto porque no tuvo mayor trascendencia para la experiencia cubana. Sin embargo, sí me parece curioso mencionar los nombres de aquellos que finalmente fueron añadidos a la exposición, ya que en su inmensa mayoría formaron parte del grupo que viajó a la capital cubana. Estos fueron: Leonardo Delfino, Ansgar Elde, Michel Delluc, Alleyn, Lourdes de Castro, Irene Domínguez, Piotr Kowalski y Anik Sinet. ¿Por qué no habían sido invitados al Salón de Mayo de París? No lo sé. Pero sin duda tenían mucho en común con el resto de los visitantes, de quienes Wifredo Lam dijera: “no son turistas, son hombres de ideas que vienen a manifestarse y trabajar con su experiencia y dejar obras como homenaje a nuestra Revolución”.4

Todos ellos estaban muy relacionados con los artistas más jóvenes que participaban en el evento: Eduardo Arroyo, Gudmundur Erró, Adami, Mark de Rosny, entre otros, quienes fueran calificados, también por Lam, como “los que hacen los combates artísticos de hoy”.

Si, como se puede apreciar en los textos de presentación del Salón, estos nombres figuraban en la lista de creadores que estaban contribuyendo a mover el panorama artístico europeo más reciente, no me he podido aun explicar por qué no habían sido invitados ese año a la muestra parisina. Y me llama la atención, no porque los hayan seleccionado para participar en La Habana, sino por la incoherencia del discurso que sobre el Salón hacían algunos de sus organizadores. Quizá ello confirme, de algún modo, las opiniones disidentes entre algunos participantes, relacionadas con la situación en que se encontraba el evento ya para entonces. De cualquier manera, ¿por qué no considerar también que su dirección se vio estimulada por el proyecto de La Habana y trató de recuperar la energía perdida, sus viejas ideas, y reelaborar una exhibición más en consonancia con sus antiguos propósitos?

Lo cierto es que los artistas incorporados integraron el grupo de los más jóvenes expositores del Salón y viajaron a La Habana como parte de una delegación compuesta por colegas de distintas generaciones, todos dispuestos a correr la aventura cubana.

La exposición que se trajo a Cuba fue rediseñada en aras de equilibrar su representación, de modo que se les dio un mayor peso a las nuevas promociones específicamente, para entonces vinculadas con las tendencias más experimentales del continente. Desde luego, la presencia de los consagrados siguió siendo notable, pero sin duda los cambios introducidos permitieron ofrecer un panorama mucho más abarcador del arte contemporáneo, al cubrir, desde los ya considerados maestros como Picasso, hasta aquellos nacidos en el decenio de los 40. Sus organizadores lograron así reunir clásicos y emergentes en un conjunto capaz de ofrecer el amplio abanico de tendencias que convivían en el París de esos años, incluyendo simultáneamente a los grandes del surrealismo y de la abstracción, a los exponentes de las corrientes más recientes vinculadas al cinetismo y al pop, y a los jóvenes vinculados con la nueva figuración, tendencia esta última que venía disfrutando de un notable protagonismo dentro de Francia, sobre todo por la diversidad de puntos de vista que ofrecían sus representantes, en su común interés por abordar los temas de la vida material y por reflejar las vivencias cotidianas.

De este modo, en la versión habanera era posible disfrutar, tanto de la obra de celebridades de la plástica mundial —Picasso, Jean Arp, Joan Miró y Lam—, como del trabajo de Antonio Recalcati, Erró, De Rosny, Arroyo, Adami, quienes apenas llegaban a los 30 años. En síntesis, todos ellos daban fe de la diversidad de corrientes estéticas existentes en la Europa de entonces, y ofrecían ese rico universo de posibilidades artísticas a un pueblo que con justeza se mostró interesado y curioso. Una población que agradeció profundamente la oportunidad de ver por primera vez obras originales del arte contemporáneo internacional.

Se exhibieron piezas de 196 artistas. Dicho conjunto abarcaba incluso obras de algunos creadores de origen turco, argelino, latino, norteamericano, canadiense y chino, aunque en su inmensa mayoría eran europeos oriundos de diferentes países del Viejo Continente. Mas, no obstante su procedencia, todos los participantes en la exposición residían en París desde hacía largo tiempo y formaban parte del ambiente artístico de la capital francesa.

 

Fragmento del libro Salón de Mayo. De París en La Habana, julio de 1967, de Llilian Llanes. ArteCubano Ediciones, La Habana, 2012.

 

Notas:

1- Consultar en los ANEXOS: Documentos relacionados con el Salón de Mayo, y allí los textos: Declaración de los intelectuales y artistas participantes en el Salón de Mayo y Mensaje de los artistas europeos a la Revolución Cubana.

2- Fragmentos del discurso de Raúl Roa citados por Salvador Bueno en su artículo “Salón de Mayo” En: Revista Bohemia. La Habana. 4 de agosto. 1967.

Consultar en los ANEXOS: Documentos relacionados con el Salón de Mayo.

 3- Fragmentos del discurso de Raúl Roa. Ibídem.

 4- 'Ada Oramas. “Artistas del Salón de Mayo”. En: Revista Mujeres. La Habana, julio, 1967, pp. 86-88. (Archivo personal de José Veigas).

 

Consultar en los ANEXOS: Entrevistas y opiniones de escritores y otras personalidades extranjeras presentes en el Salón de Mayo.

 
 
 
 


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Artistas en la confección del mural "Cuba colectiva"

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ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.