La Habana. Año XI.
8 al 14 de SEPTIEMBRE
de 2012

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Tracatán de lujo
Luis Miguel Valdés • México
Fotos: Cortesía de la Asociación Hermanos Saíz

En 1965, en casa de Servando Cabrera Moreno, conocí la pintura de Valerio Adami a través de la revista Connaissence des Arts. En esos años de desinformación y encerrados en la burbuja de Cubanacán, era muy difícil saber lo que estaba pasando en Europa y el resto del mundo en el arte y solo esporádicamente nos llegaba alguna información, a excepción de Latinoamérica por el trabajo de Casa de las Américas (un beso a Lesbia).

La noticia de la llegada a Cuba del Salón de Mayo nos puso alertas a los alumnos de Cubanacán. Sabíamos que trabajaríamos como guías de la exposición del Salón y cuando supe que habían llegado los artistas y que entre ellos se encontraba Adami, traté de averiguar dónde estaba. Por medio de alguno de los profesores nos enteramos que en la antigua Funeraria Caballero estaban los pintores visitantes realizando obras para exhibir en el Salón y allá nos fuimos César Leal, Ramón Estupiñán y yo.

Llegamos a la funeraria y subimos. Yo buscando a Adami y preguntando a los pintores y ninguno me respondía, hasta que un español (Eduardo Arroyo), nos dijo que ninguno de ellos nos iba a decir; que Adami estaba pintando en la habitación del hotel y que él nos llevaba a verlo. Nos fuimos los tres con Arroyo al Hotel Nacional a la habitación de Adami. Nos presentamos y de inmediato la comunicación fue muy buena y eso derivó en ir todos los días a verlo a él, a Arroyo y a los demás artistas en la funeraria, en el hotel, la piscina, las comidas, etc.

Nos convertimos César, Estupiñán y yo en ayudantes incondicionales del mural que se estaba preparando y estábamos todo el tiempo con ellos. En el libro de Llilian Llanes se explica muy bien lo del mural y solo me referiré a mi participación personal.

Con la irreverencia de mis 18 años me mezclé a fondo con muchos de los artistas visitantes y también con los artistas cubanos, algunos de ellos profesores de la ENA y a los que el Salón de Mayo nos permitió un acercamiento mayor al existente solo en las aulas.

Son muchas las anécdotas de esos días ya lejanos sin cámaras digitales y muchas se mezclan, pero siempre recuerdo que intercambié un dibujo mío con Adami (que eran casi iguales porque yo lo copiaba); Edmund Alleyn me regaló toda la pintura que le sobró; coincidí pintando al mismo tiempo y en el mismo andamio con Lam y Adami (Lam y yo usamos el mismo tubo de amarillo y el mismo pincel); César Leal y yo cargamos a Amelia Peláez sentada en una silla para subirla a la tarima y que alcanzara a pintar su espacio; le serví de traductor a Jacques Monory con las dos preciosas mulatas que inmortalizó en el mural y muchas más. Detrás del mural había cajas de materiales y de ron, que eran usadas libremente y casi se usaba más ron que óleo.

Las experiencias fueron muchas e inolvidables, como estar de madrugada tirados en el césped de la entrada junto al mural bebiendo y compartiendo con Fernando Luis, José Masiques y Sergio Martínez, tres maestros que me hicieron llorar de maneras distintas cuando murieron: al cadáver de Masiques lo recibimos en el aeropuerto Griselda, su mujer, Silvio Rodríguez, Sergio Martínez y yo, y tuvimos que abrir el féretro para identificarlo. Brindé por Fernando Luis a orillas del Sena cuando alguien en la mesa de un bar mencionó que había muerto en EE.UU. y a Sergio Martínez le dio por morirse un 24 de diciembre cuando ya teníamos un puerco asándose en casa de Raimundo Orozco y tuvimos que brindar y comer con tristeza.

Cuando se terminó de pintar el mural, ya bien tarde, Mariano Rodríguez, Lisandro Otero e Yvon Taillandier y algunos pocos pintores que ahí quedaban, se pusieron a analizar el mural y llegaron a la conclusión de que había espacios con mucho blanco (fundamentalmente los que habían usado los escritores) y se veían huecos. Mariano me pidió que me subiera al andamio y con unos sprays fluorescentes que habían traído, le diera color a los blancos sin perder los textos para unificar un poco aquella locura. Menos el 25 de Fidel, que le metiera mano a todo. Algunos artistas que todavía estaban allí me pidieron que le diera un retoque a su parte con los sprays, como Fernando Luis que me dijo que repasara todo su cuadro para que brillara más.

No he vuelto a ver el mural desde entonces, solo fotos, pero parece que en la restauración han sido generosos porque los planos que yo llené con spray trasparente e irregular hoy se ven como planos opacos (como el 29 de Juan David). Yo retoqué los cuadros número 29 de Juan David que no se subió; 60 de Juan Goytisolo; 89 de Georges Limbour; 90 de Maurice Nadeau; 96 de Yvon Taillandier y el 74 de Fernando Luis.

Como consecuencia de nuestra participación en el mural, la exposición y todo lo relacionado con el Salón de Mayo, un grupo de estudiantes y jóvenes artistas fue invitado a participar en el siguiente Salón de Mayo en 1968, donde obtuvo el Premio Adam Montparnasse, que al final era un premio simbólico de una tienda de materiales pero que sirvió como un cartelito honorable para adornar el currículo hasta hoy y tomarnos unos daiquiríes en el bar de la Escuela Nacional de Arte al año siguiente con bonitos discursos de Lisandro Otero por el Consejo Nacional de Cultura y de Alberto Jorge Carol por los estudiantes.

El Salón de Mayo en La Habana abrió un horizonte para la plástica cubana de tal magnitud, que aún después de 45 años seguimos viendo sus repercusiones y sus reflejos en las muchas variantes que hoy tiene la plástica cubana y estos recuentos son imprescindibles para no perder la memoria y recopilar toda la información posible de esos años en que no teníamos las amplias posibilidades de registrar la historia diaria como nos permiten hoy las tecnologías actuales.

Agradezco a los amigos aquí presentes que me hayan invitado a escarbar en la memoria y compartir algunos recuerdos de momentos tan lindos de mi formación artística.

Cuernavaca, 25 de julio de 2012.

 
 
 
 


GALERÍA de IMÁGENEs

Artistas en la confección del mural "Cuba colectiva"

ARTES PLÁSTICAS EN LA JIRIBILLA:

 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.