La Habana. Año XI.
1 al 7 de SEPTIEMBRE
de 2012

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Luberta-Martínez
Una familia de radio
Abel Sánchez • La Habana

Este no es un programa de radio, pero podría serlo. Si usted, estimado oyente, digo, lector, tuviese en una misma sala a Alberto Luberta, a Caridad Martínez y al hijo menor de ambos, Alberto, o Albertico; la verdad es que solo faltaría un buen micrófono y la cabina de audio para empezar a grabar. No es un programa de radio, pero casi, porque esta familia, definitivamente lo es.

La historia de Alberto Luberta ya es bastante conocida. Llegó por primera vez a la emisora CMQ el 1ro. de julio de 1947, el mismo día que inauguraban Radio Reloj. Aun no había cumplido los 16 años, era mecanógrafo desde los diez, ese día empezó a trabajar en la radio como copista y nunca más se volvió a ir.

Después, la célula del Movimiento 26 de Julio, la Huelga General del 9 de abril de 1958, la toma de CMQ, el exilio de ocho meses y medio en Venezuela y el regreso a Cuba el 2 de enero de 1959. Luego vuelve a trabajar en CMQ y empieza a escribir programas, todos dramatizados, hasta ese momento nada que ver con el humor. Allí hace sus primeras incursiones, pero ninguna demasiado grande.

Hasta que un día se encuentra en la Rampa con Antonio Hernández, entonces director de Radio Progreso, y este le dijo que si le interesaba escribir para un programa que no estaba teniendo mucho éxito. Se llamaba Alegrías de sobremesa. Luberta escribió un guion, casi que para probar, y no ha dejado de hacerlo hasta hoy. Con excepción de varios meses en los que dijo que se retiraba. Pero después volvió a la carga, dándole a su vieja Olivetti para sacar al aire un programa diario.

La historia de Caridad Martínez no es exactamente igual, pero tiene varias similitudes con la anterior, entre ellas dos hijos. Caridad llegó a Radio Progreso en 1961, también como copista, y tampoco se fue. Tres años más tarde, en el 64, ya era productora de mesa. Poco después estaba dirigiendo programas dramatizados.

En una pausa en el camino, o mejor, de los 15 días de trabajo voluntario en el campo que hacía la emisora periódicamente, Caridad y Luberta unieron sus vidas. Después, entre programa y programa, nacieron sus dos hijos: Aldo y Albertico. Lo curioso es que ninguno de los dos insistió para que los muchachos siguieran sus pasos. De hecho, ambos querían ser militares, pero, igual que sus padres, llegaron a la radio un día y allí se quedaron.

“Nosotros no queríamos que ellos trabajaran en la radio —me cuenta Caridad—, porque este es un medio muy exigente y si eres un mediocre no vale la pena. Es muy triste que la gente solo te conozca porque eres el hijo de Caridad Martínez y Alberto Luberta. La verdad es que fue así como empezaron, pero ahora resulta que a nosotros nos conocen como los padres de Aldo y Albertico.

“Siempre tratamos de no traer a la casa los problemas del trabajo y hemos sido muy respetuosos con el trabajo de cada uno, incluso con el de nuestros hijos. A veces discutíamos entre todos problemas generales de la emisora, porque era algo que nos preocupaba. Pero el trabajo individual de cada cual lo respetamos. Después supe que Albertico leía muchos libretos cuando niño, pero de eso me enteré ahora, al cabo del tiempo”.

Albertico físicamente no se parece mucho al padre. Sin embargo, basta que abra la boca y comience a hacer chistes para empezar a notar semejanzas. Cuando ríe, por ejemplo, usa la misma risa contagiosa de Luberta. Estudió en la Escuela Militar Camilo Cienfuegos, pero no terminó, pasó a un preuniversitario civil y luego cursó un semestre de Ingeniería Mecánica en el Instituto Superior Politécnico José Antonio Echeverría. En las vacaciones de ese primer semestre comenzó a darse vueltas por Radio Progreso por simple curiosidad, para ver cómo se hacía. Con el tiempo, estas se hicieron más frecuentes a medida que disminuía su asistencia a clases. Hasta que la radio lo atrapó por completo y nunca llegaremos a saber cómo le hubiese ido de mecánico.

Hasta ese momento solo había escrito dos historias en su vida. Una cuando tenía 13 años, en forma de guion, basada en las peripecias con los socios del barrio. La otra apareció mucho tiempo después, durante una de esas guardias interminables en el Servicio Militar. Pero estando ya en Radio Progreso uno de sus primeros trabajos ganó un premio que convoca la Radio Exterior de España para piezas de teatro radiofónico, era el cuarto cubano en obtenerlo y fue así como supo que no andaba por mal camino.

“La noción de la responsabilidad llegó después —asegura—, los primeros libretos fueron un divertimento y poco a poco se fue convirtiendo en algo mucho más profesional. Lidiar con el legado de mis padres es algo muy fuerte. Es cierto que nunca insistieron para que nosotros fuéramos a trabajar a la radio. Pero creo que mi hermano y yo supimos ser consecuentes con ese legado labrando nuestro propio camino.

“Siempre he contado que cuando tenía 12 o 13 años mi papá vino a trabajar a la casa y escribía aquí los libretos de Alegrías de sobremesa. A pesar de que no me interesaba la radio, fui aprendiendo, gracias a él y a mi mamá, el rigor que debe tener uno si quiere llegar a ser un profesional. La formación militar que tuvimos también nos ayudó a adquirir esa disciplina que hay que tener en un medio como este, tan riguroso”.

“Me gusta mucho el policíaco y al humorismo le tuve un poco de miedo, hice algunos programas de los cuales no quiero acordarme, pero siempre me gustó. La primera novela que escribí para radio fue un policíaco y me fue atrapando poco a poco. Hacer adaptaciones también me encanta. En televisión hay menos posibilidades de hacerlo, pero en radio lo he hecho bastante”.

En 1994 pasó un curso de musicalización en Radio Progreso y comenzó a musicalizar programas radiales allí mismo. También siguió escribiendo, pero, además de eso, siempre supo que quería dirigir. Por eso, paralelamente, estudió cinco años en la Facultad de Radio, Cine y Televisión. Al tiempo que dirigía sus primeros dramatizados en la emisora y entraba a formar parte del equipo de producción del espacio televisivo Tras la huella. Hasta que, años más tarde, tuvo la posibilidad de dirigir “Abismo”, una serie de tres capítulos para ese mismo espacio.

“Le debo mucho a la radio —confiesa—. Por ejemplo, la manera de dialogar, que dicen que es una de mis virtudes, lo aprendí en la radio. Lo que sé de dirección de actores, más allá de lo que me enseñaron en la facultad, lo aprendí musicalizando en Radio Progreso, viendo cómo lo hacían los directores. Todo lo que aprendí allí, aunque son medios diferentes, lo he podido aplicar en la televisión.

“La radio es un lugar que quiero mucho y donde hay mucha gente que me quiere. De hecho, siempre que puedo me doy una vueltecita por allá y me meto en los estudios. Y aunque ahora estoy dirigiendo televisión y no tengo tiempo para nada más, no estoy cerrado a volver a hacer radio”.

Pero, ¿de qué se habla en una familia de radio?

—De pelota— se ríe Albertico.

—Y, de vez en cuando, de los problemas que tiene la radio— asegura Caridad.

—Estamos perdiendo algunos valores —interviene Luberta—. Antes no se suspendía un programa de radio por nada del mundo. Yo vengo de la radio en vivo y ahí nadie faltaba nunca.

—Tú empezaste cuando la radio se hacía en vivo y era capitalista —apostilla Caridad—. Pero comencé en el 61, un año después de la intervención socialista, cuando ya se grababan algunos programas. Y allí la palabra suspensión era una mala palabra, eso no existía. Es lo que tú dices, antes nadie faltaba a un programa.

“También hay que reconocer que tenemos mucha gente joven en los equipos de realización y hay muchos que todavía son responsables. Pero años atrás había un sentido de la responsabilidad con el trabajo que ahora se ha ido perdiendo. Tenemos que rescatar esos valores.

“El otro día escuché que alguien decía que la radio dramatizada de Cuba debe ser patrimonio nacional y yo estoy de acuerdo con eso. Pero no podemos perder ese patrimonio. Se nos está jubilando mucha gente, las especialidades se van perdiendo. Es bueno que las personas incursionen en otros medios, pero no podemos dejar que se nos vayan todos. La radio tiene que motivar a los muchachos jóvenes. Hay muchos que se sienten atraídos por el trabajo de la radio. Entonces, cuando lleguen a una emisora deben tener el recibimiento que se merecen para poder mantenerlos y que la programación dramatizada no decaiga.

—Muchas veces la gente que no sigue la programación dramatizada se imagina el dramatizado como algo viejo, pero en Radio Progreso se hicieron muchas cosas diferentes —me explica Albertico—. Se hizo Parque Jurásico, Granja siniestra, Los hermanos Karamasov, El ojo en la pluma del loro. Y se hacían con bastante dinamismo, manejando códigos actuales. Existía la intención de hacer cosas novedosas.

“Entré en la radio en una época en que la disciplina no era tan férrea y me impactó menos el cambio. A mí me duele que de la mayoría de los jóvenes que entramos en el 94 ya no quede casi ninguno. Para mí es doloroso porque ese es un lugar que quiero. Se están dando algunos pasos por asegurar el relevo, pero no se hace todo lo que se debería.

“Los realizadores pueden enfrentar el reto de Internet, yo creo que están preparados para eso y tal vez ese sea un camino viable. La misma radio dramatizada podría darse a conocer un poco más allá de nuestro territorio y hacer que nuestros mensajes lleguen a otras partes del mundo. Además, uno siempre tiene ganas de hacer cosas novedosas y ese podría ser un camino para que la gente joven se desarrolle.

—La radio no tiene fecha de vencimiento —concluye Luberta—. El primer golpe se lo dio el cine y salió airosa. Después vino la televisión, pasó lo mismo. Ahora con Internet va a ocurrir igual. La radio no va a desaparecer.

 
 
 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.