La Habana. Año XI.
1 al 7 de SEPTIEMBRE
de 2012

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festival circuba 2012

Los hijos de Martín Fierro

Abel Sánchez • La Habana

Fotos: Nancy Reyes

Dios le perdone al salvaje

las ganas que me tenía…

Desaté las tres marías

y lo engatusé a cabriolas

¡Pucha!... Si no traigo bolas

me achurra el indio ese día.

 

Era el hijo de un casique,

sigún yo lo averigüé,

la verdá del caso jué

que me tuvo apuradazo,

hasta que al fin de un bolazo

del caballo lo bajé.

 

José Hernández, Martín Fierro
 

 

Morían y mataban con inocencia.

No eran devotos, fuera de alguna oscura superstición, pero la dura vida les enseñó el culto del coraje.

 

Jorge Luis Borges, “Los gauchos”
 

En esta edición de Circuba 2012 uno puede encontrar malabaristas, mujeres que se burlan de las alturas, chinos de 12 años que suben escaleras con la cabeza, payasos expertos en el monociclo o el látigo. O sea, lo típico. Pero por primera vez, bajo una carpa cubana, cuatro gauchos argentinos han convertido un arma tradicional en espectáculo circense. Hablo, por supuesto, de las boleadoras.

Las boleadoras fueron usadas originalmente por los indios de la Pampa para cazar ñandúes o abrirle el cráneo al enemigo. Su fabricación era bastante sencilla: dos o tres piedras atadas a los extremos de una cuerda; las cuales, en manos de un experto y en un terreno llano como aquel, se convertían en máquinas potencialmente mortales.

Durante la caza, según las intenciones del cazador, podían arrojarse a las patas o a la cabeza del animal. En combate, en cambio, eran más efectivas cuando se sostenían por un extremo y con el otro se golpeaba al oponente. Un golpe seco, limpio, definitivo. Los colonizadores pueden dar buena cuenta de ello.

Tras la conquista, las boleadoras se convirtieron en una herramienta indispensable entre los gauchos. Estos les dieron un acabado mucho más fino, recubriendo las piedras con cuero o sustituyéndolas por bolas de plomo, plata o bronce. Solían llevarlas a la cintura o en bandolera mientras cabalgaban, que era la mayor parte del tiempo. Y, cuando se presentaba la ocasión, boleaban a todo animal que se les pusiera delante. A veces, cuando los obligaban a pelear en la frontera, también tenían que usarlas contra los mismos indios que las habían inventado.

Aunque no todos sus usos estaban directamente asociados con la muerte. Con el tiempo, la habilidad de revolear las boleadoras, más allá de ser muy útil en la caza o la guerra, se convirtió en un elemento esencial dentro de la danza tradicional gauchesca, conocida como malambo.

Precisamente ese es el número que Los Gauchos Argentinos presentaron en este Circuba. Aunque, estrictamente hablando, solo dos miembros del grupo pueden llamarse así, pues las otras dos son mujeres y ninguna es argentina.

Pero refirámonos primero a los porteños. Gastón y Marcelo son primos, ambos de Buenos Aires, sin embargo, un tío que vive en Francia fue quien los entrenó en el arte de las boleadoras. “Dominarlas toma sus varios años, no es fácil, primero debes aprender a hacerlas girar, luego meterle ritmo e incluir la coreografía. Lleva mucho ensayo y dedicación”, me explica Marcelo.

Él, a su vez, enseñó a su esposa Sandra, que es francesa. Mientras Gastón hizo lo mismo con la suya, Maylín, que es cubana —sí, leyó bien, una cubana que sabe usar las boleadoras—. Luego formaron el grupo y hace cinco años que ejecutan este número donde se combinan la destreza física, la percusión, el zapateo y, por supuesto, los giros de las boleadoras.

La base de todo es el malambo, que, igual que las boleadoras, nació en la Pampa. Se baila con botas altas sobre un tablado y tiene muchísimas variantes, dependiendo principalmente de la habilidad del gaucho. Aunque en un principio solo lo bailaban los hombres, ahora, bajo la carpa Trompoloco, también lo ejecutan las mujeres. Sus esposos marcan el ritmo con los tambores y ellas, muy erguidas, sin dejar de sonreír, golpean con tacones precisos sobre las tablas.

Después, cambian de posición y cuando los hombres salen al tablado, el baile adquiere un matiz mucho más agresivo, como en un duelo de boleadoras. Mientras uno toca el tambor, el otro las hace girar en caprichosas contorsiones, siempre llevando el compás con sus botas de cuero. A veces, las bolas golpean sobre el tablado y pasan a ser parte de la música.

“Nosotros tratamos de apegarnos bastante a la manera en que lo hacían los gauchos en su época —asegura Marcelo—. Hay gente que lo moderniza o lo hace con fuego. Nosotros, en cambio, tratamos de mantener la tradición y hacerlo como lo hacían ellos. Desde mi punto de vista creo que es mucho más bonito así, simplemente percusión, baile y boleadoras”.

Las que ellos usan están hechas con una cuerda de colores y dos bolas de teflón amarradas en los extremos. También se fabrican de madera, pero prefieren el teflón porque, a diferencia de la madera, este no se rompe al golpear contra el tablado.

A pesar de que ahora los vemos bajo una carpa, Marcelo me explica que este no es un número propio del circo. De hecho, en Argentina no son muchos los circos que los contratan, sus funciones son más de teatros y cabarets: “En un circo uno puede aprender actos de malabares, equilibrio y demás, pero las boleadoras no es algo que se aprenda allí, este es un acto muy tradicional”.

Quizá por eso no obtuvo ninguno de los premios del jurado en este Circuba 2012. No obstante, cada vez que salieron al ruedo y las boleadoras revolearon, la ovación fue unánime.

“El público cubano es muy afectuoso, muy caluroso —agrega Marcelo—, es impresionante. Mi mujer tampoco lo puede creer, para nosotros es una experiencia muy linda estar acá en Cuba. El nivel artístico es muy elevado, muy buenos números. Yo respeto muchísimo al artista cubano, tienen un nivel muy alto. Estamos muy contentos porque es un festival muy lindo y el público es muy agradable”.

Aún no lo sabe, pero justo un día después, ese mismo público les daría el premio de la popularidad. Tal vez votaron a su favor porque es un número diferente a cualquier otra cosa que hubiesen visto o por su atrevida proyección escénica y energía. Nadie puede saberlo. Prefiero creer que, quizá, alguien entre la multitud supo reconocer en la osadía de estos cuatro gauchos la valentía inocente y bronca de aquellos de poncho arremangado y cuchillo fácil, que se hacían matar con la misma tranquilidad con que cebaban el mate.
 

 
 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.