La Habana. Año XI.
25 al 31 de AGOSTO
de 2012

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Réquiem por María Soledad

Ernest Pépin (Guadalupe, 1950)

Capítulo 1

¡Cuando la desgracia abre sus fauces de caimán, sus colmillos son implacables!

¡Perdón para María Soledad! ¡Misericordia, Señor! Quien quiera comprender debe intentar reconstruir una historia que María Soledad lleva consigo como una bala de silencio. Habrá que poner los pies en la raya y pasar por encima de los manglares de las cosas que no se dijeron. Recoger migajas. Sondear al impenetrable Haití y sumergirse en lo oscuro. Estoy ahí sólo para encajar las palabras restituidas. Es mi trabajo. Afilo mi lengua para las mentiras y lo embobino todo para lograr una habladuría plausible. Todos sabemos que la verdad es una pordiosera. La palabra hermosa no tiene dueño, pero la malsana siempre tiene un rostro. ¡Alabados sean los cuenteros!

María Soledad siente una picazón en sus entrañas. Una especie de comezón como si en su interior miles de ratas anduvieran hurgando para buscar su camino. Su cabeza bulle y para colmo, tiene un mal presentimiento y el miedo deforma su bello rostro. Desde hace algún tiempo en Puerto Príncipe ha hecho su aparición una nueva palabra. Una palabra aterradora que suena lúgubremente. Se había conocido la palabra “sida” y se la habían echado a la espalda de los haitianos. ¡Se insinuaba incluso que se trataba de una enfermedad de los monos! Ti-Mano, compositor de kompas, había protestado con toda la indignación de su música. iSida era sida para todo el mundo! ¡Americano, aguántate la lengua! ¡Quédate con tu sida! ¿Pero quién nos escucha? Dos o tres extranjeros de tránsito. Unos cuantos periodistas. El kompa asumió nuestra defensa. Y todo mientras que por un lado se nos quiere denigrar alegando que Haití coloniza las Américas y el Caribe. Y que siembra el creole a como de lugar en el aeropuerto de Miami. María Soledad evoca un pasaje que le leyó su hija Regtna:

“Desde hace siglos Haití va y viene con las corrientes marinas. Alimenta tierras, ciudades, y sus manos abren barreras en los confines del mundo”. iDesde hace tiempo! Toussaint Louverture murió en el Fuerte de Joux, Bebé Doc erraba por Francia. ¡Se decía que estaba arruinado! Nuestros ancestros habían ayudado a Simón Bolívar, y derramado su sangre en Savannah. Otros habían trapicheado en Louisiana con los equipajes de sus amos. Ahora teníamos un lote de cubanos, guadalupeños, venezolanos, canadienses. Todos saben que Miami, Nueva York, Montreal, Pointe-a-Pitre, Fort-de-France, Cayena, Caracas, dan albergue al pequeño Haití.

¡Pero aquella palabra! Asechaba en los cruces, se encubría en las calles, buscaba a su presa en los vehículos y sin piedad lanzaba cadáveres en los montones de basura. iAquella palabra no era creole! Kidnapping! María Soledad tiene miedo porque su hija Regtna aún no ha vuelto a casa.

Al principio, esperó sin alterarse y luego, con el paso de las horas, empezó a sentir en sus entrañas las primeras comezones. Ahora, cuando la luz de los faroles parpadea en la oscuridad, su estómago da saltos y su rostro se descompone. No puede verse, pero la piel de su frente se ha encogido. Tiemblan sus labios y sus ojos se tragan la angustia.

Cuando Fanfán la descubre, postrada, aniquilada por el miedo, se da cuenta enseguida de que la desgracia la está golpeando. ¡Hasta suelta la borrachera! iFlip! iFlap! Recompone su ademán y lanza un “buenas” sin convicción y María Soledad no le hace ningún caso. Lo mira sombríamente, lo multiplica por cero lo más cerca del infinito, como se mira a un inútil, a un vómito de perro, a un barril de ron. Durante un rato, el uno y la otra sopesan su silencio y por las pupilas de María Soledad pasan relámpagos y borrascas que presagian que el combate se aproxima. Esa calidad de silencio purga una cólera fea. No puede desencadenar más que un malsano “no puedo más”. Fanfán no se atreve a dar el primer paso. Se pregunta qué puede querer decirle su mujer. Se percata de que dice sin decir, que tiene los labios sesgados, y las aletas de la nariz en acordeón. Sacude nerviosamente su pie izquierdo, concede a sus nervios tiempo para calentarse. Y entonces, abre las válvulas.

¡Perdón, Dios nuestro Señor! ¡Perdón, Virgen Santísima! ¡Que me perdonen todos los loas! ¡Perdón! ¡Tres veces perdón!

Así es que el negro regresa con los párpados pesados y la lengua más pesada todavía. Regresa como si nada estuviera pasando, después de barrer la calle y de haberse bebido todos los bares. ¡Los amigos! ¡Los amigos! iLos amigos te van a perder! ¡Al negro no le importa nada! iÉl flota en sus vapores! iCon los bolsillos vacíos! ¡Ni un maldito centavo! ¡Está regresando a casa! ¡No hay de qué preocuparse! ¡Para eso su matrona está allí! iÉl viene a llenarse la panza! ¿Acaso sabes dónde está tu linda hijastra? iTu cabeza no te ha aconsejado regresar temprano! iEh! ¡Tu hijastra no ha regresado todavía! ¡Perro callejero! iAguardentoso! ¡Te va a servir la mesa tu madre!

María Soledad le recuerda las entrañas apestosas, las meadas ardientes, la mierda sucia, y toda una sarta de malas palabras. Está que echa espuma. Que ruge. Y finalmente su cuerpo estalla en un llanto sin tregua.

Fanfán se llama al orden frente a semejante explosión de nervios. El asunto tiene que ser muy grave. María Soledad no es gente de mentarle la madre a nadie. No se sobrepasa nunca. El hombre no entiende muy bien. Su lengua trata de dar una explicación. iHay que mostrar aplomo! En primer lugar, no está borracho. ¡Apenas si respiró una gota! iDespués, no sé por qué habría que preocuparse: En resumidas cuentas, ya él está allí, lo tiene enfrente y va él tomar las riendas del asunto.

María Soledad le dedica una mirada despreciativa. ¡De desprecio real! Un cóctel de cólera inflada, de rencor rabioso, de caldo de avispas y de álcali puro. Fanfán, electrocutado, se da cuenta de que Regina quizás corre peligro de verdad.

-Pero, ¿desde hace cuánto?

-iY es ahora que hablas de tiempo!

-Pero...

No es el momento de ir más allá. María Soledad le arroja una avalancha de objetos. Cazuelas, cestos, mangos, recipientes, tenazas para desriz. El otro no riposta, esquiva el tiro e intenta hacer gestos para apaciguarla. Y por momentos, se miden. María Soledad, embotada, se deja caer en un taburete. Fanfán va y viene como una borrica en celo. Miles de preguntas devoran su cabeza. ¿Dónde está la muchacha? ¡¡¡Sabes bien cómo están las calles!!! ¿Las calles? ¿Todavía hay calles? Las imágenes del horror del mundo empiezan a desfilar por su cabeza.

Había mandíbulas de agua moliendo las laderas, torciendo y arrancando árboles, engullendo las cosas con bocados voraces, rascando la osamenta de los hoteles y vomitando cadáveres y más cadáveres. ¡La televisión hablaba de tsunamis que rajaban los riñones de las ciudades! Hordas furiosas que venían pisoteando. En Nueva York, la colisión de los aviones contra el World Trade Center le dejaron boquiabierto. Veía cómo se desplomaban las torres catapultando a hombres y mujeres como moscas despavoridas. Una tormenta de acero, fuego y humo. Un ruido sin nombre. Olor inconsolable donde las vigas, las redes eléctricas, las tuberías. Los cables eran muñones convulsos. ¡Todos los ventanales estaban derribados! Escapados de esta caldera, la polvareda histérica de un cielo arrodillado.

Oía las explosiones de kamikazes en lugares públicos. Jirones de carne. Charcos de sangre. Cadáveres tiesos, desangrados, adobe humano. Ballet de ambulancias y ruidos de sirenas. Convoy de olores. Manos en la boca. En las cabezas. Temblores epilépticos. La muerte saliendo por los entresijos de las naciones.

¡Pensó en el horror de los genocidas! ¡Ejércitos de machetes patrullando, tasajeando, mutilando! La multitud iluminando a los asesinos. Alfombras de cuerpos sobre las que pasan los vehículos en fuga. En las iglesias incendiadas donde arden las cucarachas. Y por la noche los estertores, los saqueos. Y en los pantanos, islotes de evadidos acostados sobre los matorrales.

En todas esas calles del mundo, ensangrentadas por las propias manos del mundo, extraviadas en el laberinto de las pasiones, perdidas en el extremo de sus imposturas, la muerte hace carnicería de toda piel viviente.

¡Pensó en las calles de Puerto Príncipe!

Bajo los bullicios desordenados, bajo las miradas en maniobra, las calles tensas como vigilancias, bajo la falsedad del sol, bajo la cadencia de las mujeres, dándole vueltas a los aros de carne viva... Bajo las hambres mudas y cansadas de engañar, de los despliegues de esculturas, de cuadros, de pedazos de sueños inútiles, del pregón implorante de los vendedores, debajo de los uniformes, del caos de los vehículos donde se exhiben frases sacadas de la Biblia, debajo de las zanjas mohosas y de las ratas sin alcantarillas hay calles que piden una gracia, un favor... Debajo de las manos mecánicas de un trío de trovadores, de las paredes donde el miedo pinta su sombra en los murales, de las pendientes sin freno, las cascadas de buganvilias, los senderos tupidos y las barracas cimarronas, bajo los vagabundeas de perro escuálido y del golpe de un día que descalabra los cráneos...

Bajo los fuegos de la cólera y la chispa de palabras soeces, bajo el habla febril y los silencios inquietos, la incandescente hermosura de las ceremonias cotidianas, el rumor de los espíritus y todo ese ir y venir de los muertos por las dos orillas de la vida...

Debajo de todo eso... las calles de Puerto Príncipe buscan la suavidad y una pequeña caricia del mundo. Una pequeña caricia aunque venga de una casa de donde salga un buen olor a comida, de una sabrosa siesta a la sombra de un mango, de una pausa de la historia del tiempo para calmar a los dioses de la Guinea. Una ternura de naciones que irrigarían los brotes de la existencia. El cariño de una ciudad que llevaría sobre su cabeza la cesta de sus deseos. Un cariño..., un honor..., un respeto...

Porque las calles de Puerto Príncipe —se dice a sí mismo— jamás han perdido la esperanza a pesar de los disparos que perforan el vientre de la noche, del hedor de la lluvia, los neumáticos quemados. Los pies miden la longitud de un quizás, sondean las profundidades de la vida y apuestan por la energía de la fe.

Sumido en su meditación. Fanfán sueña con la bondad de las calles, con un buche de agua fresca, un olor a grillo, una colada de plegarias en el fondo del alma, con la flor preservada de una palabra dulce, las volutas de una risa, el corte delicado de un tonel que deviene encaje, la noche que se abre al amor, con el canto de una llovizna fina, la montaña que se crece en un sueño, la nadería salvadora...

Todo eso lo conoce. Por el momento la angustia cuece su sopa en su cerebro. María Soledad y él se sienten débiles. iRegina no ha regresado! Las horas se acumulan. Los faroles vacilan y lloran, itristeza, sí! María Soledad solloza suavemente en brazos de Fanfán. 

Ella recuerda sus primeras visitas de amante. Como la casa en que vivía tenía solo dos cuartos, él dormía aliado del único dormitorio arriba de un cartón para que la niña no notara su presencia.

Una noche, inquieta por un ruido que la había despertado, preguntó a su madre. ¡Es un fantasma!, respondió esta. La niña encasilló la respuesta en una esquina de su cabeza y cuando vio que Fanfán abría los ojos por la mañana gritó: ¡Ese es el duende! Y luego lo adoptó.

Se reían juntos, jugaban, se hacían fiestas y hasta tenían efímeras disputas. La paseaba cargada a la espalda, la acunaba, la mecía hasta el vértigo. Le contaba cuentos, inventaba acertijos, adivinanzas y con frecuencia sencillamente conversaban. Y María Soledad feliz de verles alegres, fingía que sentía celos. Dentro de poco, te cogerás para ti toda la casa. ¡Ya veo que estoy de más! Fanfán se enroscaba a su alrededor, la rodeaba entre sus brazotes y la ahogaba de caricias.

-iUna casa sin mujer no es casa!

Regina iba creciendo. Medía su tamaño con un cartón que le ponía en la cabeza y luego, en la puerta, hacía un trazo con un lápiz para marcar el crecimiento. Se volvió una jovencita y se fue distanciando de esa intimidad, dando paso a un universo personal. Era una buena persona, ¡un caramelo, una raspadura! Con ojos de luna franca.

Ellos se sacrificaron para que tuviera libros. Para que tuviera vestidos. Para que tuviera zapatos. Se sacrificaron, pero la muchachita prometía. Por el moropo le entraban las palabras, las frases, las reglas de gramática, los cálculos llenos de cifras resbalosas, páginas de historia, mapas de geografía, conocimientos. Cuando la veían salir para la escuela se sentían orgullosos. Había avanzado sin repetir ni un año. ¡Ya se graduaba! María Soledad no cabía de gozo. ¡Su hija se graduaba! A veces parecía doblarse bajo el peso de una interrogante: ¿Quién era su padre? Sus ojos se velaban de tristeza detrás de miles de suposiciones. Eso la ensombrecía la volvía quimérica pero no por mucho rato. ¡Y ahora resulta que no ha regresado! Esta joven sin dobleces, sin malos sentimientos no ha regresado a casa. María Soledad siente que sus tripas la abandonan.


Ernest Pépin: Poeta, narrador y periodista. Fundó las emisiones literarias Anagrama, El compañero de la vida y Club de lectura, entre otras. En su país es delegado para Asuntos Culturales ante el Consejo General, primer secretario del Comité de Cultura, la Educación y el Medio Ambiente y preside la Fundación Alejo Carpentier. Algunas obras suyas son: Au verso di silence (1984), Salve et salive (1986), Remolino de palabras libres, Premio Casa de las Américas 1991, y la novela La pantalla roja (2000).

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218—0869. La Habana, Cuba. 2012.