La Habana. Año XI.
18 al 24 de AGOSTO
de 2012

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Mujeres y teatro en Tablas

Helen Hernández Hormilla • La Habana

“Lo personal es político” es una de las más conocidas consignas enarboladas por el feminismo de la segunda ola. Constatarlo nos podría parecer a todas luces tan simple que solo valdría revisar cualquiera de nuestros espacios cotidianos, evidentemente marcados por las dinámicas de las supraestructuras de poder. Sin embargo, la fuerza dinamitadora de aquella frase implica una revolución epistémica, una nueva manera de entender las relaciones sociales, políticas, de género, pero también la construcción del lenguaje, el arte y el conocimiento. La idea parte, entre otros matices, de redimensionar el espacio de lo privado y lo íntimo para convertirlo en materia trascendente, y su naturaleza subversiva ofrece la posibilidad de resignificar discursos, universos temáticos y lenguajes creativos.

Hago esta digresión antes de referirme al tema que nos ocupa, o sea: el espacio que dedicó la revista Tablas en su anuario del año 2011 a registrar sendos eventos desarrollados en Cuba sobre el tema “Mujeres y teatro”, pues leyendo esos textos la primera certeza que me alberga es justamente que a todo proceso con interés de desmantelar las estrategias hegemónicas del patriarcado resulta ineludible la dimensión subjetiva y la implicación ideológica de quien lo defiende. Si no se intenta cambiar el mundo, transformar la norma, crear relaciones de poder horizontales, repensar las habituales jerarquías vigentes en el arte, no se ha calado la verdadera dimensión política de la categoría género y sus múltiples concreciones prácticas.

La comprensión de la realidad social, personal, teatral, artística, también como parte, espíritu y resultado de una experiencia de vida, es una línea común en los 15 trabajos que integran el dossier sobre la III edición del evento Magdalena sin Fronteras, celebrado en Santa Clara del 8 al 18 de enero del año 2011 bajo la batuta de la incansable Roxana Pineda. Con ello, Tablas continúa una línea de visibilización del quehacer creativo femenino dentro de las artes escénicas del país, al tiempo que potencia la reflexión desde las lentes del género sobre la escena cubana e internacional, algo infrecuente en nuestros predios.

Fundado en 1986 en Gales por Jill Greenhalgh, el Magdalena funciona desde una de las más efectivas estrategias de las mujeres para reaccionar contra su marginación: el trabajo en redes, horizontal y desde la solidaridad. Dentro de ese proyecto, los eventos Magdalena sin Fronteras, celebrados con frecuencia indistinta en varios países y desde 2005 de manera trienal en Cuba, vienen a ser, sobre todo, espacio de concreción, diálogo y propuesta del pensamiento y quehacer de las mujeres de teatro, tanto de las que integran la red, como de otros y otras que se nutren de sus experiencias. El dossier de Tablas logra sintetizar los sentires, inspiraciones y puntos de tensión de la iniciativa, con ya 25 años, mezclando las voces de fundadoras, jóvenes teatristas y estudiosos del teatro. La diversidad de criterios, cada uno vertido desde la particular vivencia de quien escribe, no opaca ciertas constantes perceptibles en las reflexiones sobre el encuentro, donde la otredad se convierte en punto de partida para el intercambio y lo marginal se vislumbra como fortaleza.   

Se trata de uno de los pocos eventos, aunque no el único, que en Cuba ha puesto su mirada sobre la participación de las mujeres en el teatro, no solo para visibilizarlas o mantener sus voces protegidas, sino para impulsar los discursos escénicos renovadores y experimentales, las temáticas soslayadas por el patriarcado, la expresión de una experiencia desde el ser mujer que implica también una toma de postura discursiva, desde una alternativa a los hegemónicos enunciados androcéntricos.

Un tejido de voluntad” llama Roxana Pineda, principal impulsora de esta Red en Cuba, al encuentro que supo organizar esta vez bajo el tema “Investigación y procesos de trabajo”. El texto resulta una declaración de los principios básicos sobre los que se sustenta el proyecto, con premisas de autonomía, experimentación y discusión, en busca de estrategias contraculturales para huir de dogmas, normas y panfletos. La actriz y directora santaclareña, quien se ha consagrado en el Estudio Teatral de Santa Clara por más de dos décadas, afianza como metodología la búsqueda del discurso genuino desde las mujeres que hacen teatro y apuesta por desdibujar las jerarquías para fomentar la mezcla de experiencias artísticas reconocidas, con las que recién comienzan a gestarse. Otro punto que me gustaría distinguir en ese texto, publicado originalmente en la revista digital La Jiribilla, resulta de la valoración que esta teatrista, consciente de las complejidades de ejercer su oficio fuera de la capital, concede a que sea precisamente en Santa Clara donde se articule un centro de teatro hecho por mujeres. Las motivaciones para realizarlo se entremezclan entonces con sus propias inquietudes, en medio de un mundo donde el rigor y el compromiso del arte parecieran pasar de moda.

También desde sus perspectivas personales, hilando la historia del Magdalena con las de su vida teatral, exponen los desafíos contemporáneos del proyecto varias de sus integrantes: la fundadora Jill Greenhalgh, Geddy Aniksdal, María Isabel Bosch, Julia Varley y Emilce González. Cada una, atendiendo a su grado de implicación y a sus propias experiencias generacionales, refieren percepciones, legados, desafíos y disconformidades.

Greenhalgh rememora los inicios del Magdalena, sus horizontes y objetivos a la luz de esos 25 años en el texto “Resistencia a la invisibilidad”. Pese al trabajo sostenido por mujeres de varios continentes, aún siguen en la periferia del espacio teatral. El aislamiento aún no ha sido superado. Su reflexión instala interrogantes viscerales sobre las relaciones de este tipo de proyectos con el feminismo político, así como el dilema de la sobrevivencia artística sin hacer concesiones de sentido. En ese camino, la única certidumbre posible ha sido para la actriz noruega Aniksdal “lo que no se quiere ser”, punto de partida para la búsqueda, para el experimento.

Altero un poco el orden del dossier para entrar en el texto de Varley, veterana actriz del Odin Theatre, quien en una inteligente narración de su trayecto por el festival, desde el inicio de su llegada a Santa Clara, entreteje sus propias razones y cuestionamientos. A través de comparaciones con el pasado que acentúan también los cambios recientes de un contexto complejo como el cubano, cuenta sus impresiones sobre el festival, con particular interés en la observación del trabajo de las jóvenes teatristas y sus urgencias.

Más cercana en el tiempo y con nuevas inquietudes sobre lo que significa hacer teatro desde la experiencia femenina, Emilce González lanza el desafío de su pregunta fundamental y posiciona al Magdalena en el terreno de lo político. A su juicio, no se parte desde el margen o la minoría pues mujeres haciendo teatro en el mundo existen, y no son pocas. Se trata más bien de remarcar la diferencia y la diversidad. Desplaza así esta teatrista el campo semántico y coloca la experiencia del Magdalena de la periferia al centro, en tanto acción del presente.

Volviendo atrás, el testimonio de Maria Isabel Bosch titulado “El teatro: exorcismo y transformación” resulta conmovedor pues evidencia el camino de una artista con ambiciones de triunfo hasta el comprometimiento con la problemática social de su género. La directora de Tibai Teatro nos lleva por el curso de su descubrimiento, primero al identificar la trata de mujeres y la prostitución en su natal República Dominicana como uno de los problemas más serios de la mitad femenina, y luego en la búsqueda de sus raíces, recomponiéndose en la pieza Descubriendo a mi abuelo, que presentó en Santa Clara y en la pasada edición de Mayo Teatral a partir de los textos literarios de su antepasado, el escritor y político dominicano Juan Bosch.

Luego de estos textos aparecen referenciados cada uno de los talleres que se realizaron durante las sesiones del Magdalena: “El trabajo personal del actor”, impartido por la noruega Geddy Aniksdal; “Jugando con los muertos”, por la puertorriqueña Déborah Hunt; “Cantar y contar”, por la india Parvathy Baúl; “Escenarios espacio-temporales. Taller de escritura escénica”, por la cubana Raquel Carrió; “La amenaza del silencio”, por la británica Jill Greenhalgh y “Creación colectiva y autorreferencia”, por la colombiana Patricia Ariza. Como puede apreciarse por los temas, cada uno de ellos recorrió distintos espacios y modalidades teatrales, siempre bajo el punto común de romper los moldes de lo tradicional y explorar nuevas estrategias discursivas. Los textos que reseñan estas experiencias de pedagogía alternativa, escritos por personas que participaron en ellas de manera activa o como observadoras, sintetiza el pensamiento y la metodología creativa de las teatristas, cada una transgresora en su manera de entender la actuación, la escritura, la música, el movimiento escénico, la gestualidad, la palabra, etc.

Quisiera detenerme sobre todo en el que firma Yohayna Hernández, “Siete pasos para la tristeza, cinco para la alegría”, a partir de su participación en los encuentros con Geddy Aniksdal. Como la clásica voyeur, Hernández escarba en el pensamiento de la actriz noruega y devela tal cual los entresijos de una filosofía de trabajo actoral con la máxima de “menos es más”. Al final, reproduce su diálogo con Aniksdal, retratando la sinceridad de la actriz en su intención teatral viva.

Útiles tanto para teatristas, actores y actrices, como para quienes estudian los procesos teatrales serán las crónicas de estas peculiares experiencias formativas, firmadas por Blanca Felipe Rivero, Andy Arencibia, Carmen Sotolongo, Marcos Antonio Díaz y Gaby Carmona Pacheco. Con ellas se afianza el papel que están jugando las mujeres en esa búsqueda y renovación de la teatralidad en medio de las realidades controversiales del arte contemporáneo, en especial el teatro, pues más que representarlo, lo viven.

Omar Valiño presenta su valoración sobre dos espectáculos exhibidos en la cita, donde aparecen con fuerza varios de los principales conflictos que en la actualidad atraviesa la sociedad mexicana: la emigración y el feminicidio especialmente en la ciudad de Juárez. “Terrible díptico mexicano” titula su reseña el teatrólogo, a partir de los espectáculos Apuntes sobre la frontera de la actriz mexicana Violeta Luna y Murmullos en el páramo de Mercedes Hernández.

La entrevista que realiza Marilyn Garbey a Carlos Satizábal, “hombre de teatro”, resulta de sumo interés en el conjunto de estos textos pues añade la voz de alguien comprometido con las reivindicaciones de género, quien además ha participado en varias de las ediciones del Magdalena. Con conocimiento de los asuntos que en este caso han de ser medulares, Garbey induce las valoraciones de la amplitud conceptual de un proyecto que no solo incide en las mujeres involucradas, sino en el teatro mismo. El arte de lo “teatral femenino” tiene para el Satizábal elementos definidos que no deben interpretarse como esencias, sino como el resultado de una experiencia compartida a través de siglos de socialización de los géneros.

No desatender tampoco su mención a la violencia simbólica de género reproducida en las nociones del espectáculo comercial contemporáneo, que opera sobre los cuerpos de las mujeres y los prepara para la seducción.

En esa cuerda, las palabras de Patricia Ariza a propósito de la entrega del Doctorado Honoris Causa en el Instituto Superior de Arte coronan la propuesta ideotemática del dossier, pues trasciende el tema mismo de las mujeres en el teatro para no perderse de él. La fundadora del grupo La Candelaria realiza una llamada de atención sobre las condiciones de la cultura del espectáculo en el mundo contemporáneo, como uno de los principales peligros de deshumanización.

Casi finalizando el anuario, encontramos la valoración de la V Bienal Internacional de Dramaturgia Femenina La escritura de las diferencias realizada en Santiago de Cuba en marzo de 2011. En un país donde por lo general la ideología de género encuentra reticencias en el mundo del arte, resulta significativa la celebración de tan relevantes citas en períodos contiguos. Así lo hace ver Yohayna Hernández en “Practicar la diferencia: notas de la V Bienal” donde apunta como uno de los principales aciertos de la cita la condición de taller, donde no solo se explotó el pretexto de apreciar en la escena las obras ganadoras del Premio La escritura de las diferencias: Strip-tease, de Agnieska Hernández; Las flores contadas de Sandra Frazen y La pierna de Sarah Bernardt, de Soledad Agresti. En especial, me resulta interesante una observación de la autora cuando se refiere a la implicación del equipo de creadoras que organiza el evento en la totalidad de las tareas de producción, lo cual, como bien avista, va más allá del hecho artístico y teatral y evidencia la asunción de un pensamiento que también es ideología de vida, se expresa desde la horizontalidad, en el cambio de mentalidades, del entramado social, tiene en el teatro otro de sus escenarios posibles.

Hace poco, en un debate sobre dramaturgia femenina contemporánea en Cuba celebrado en la UNEAC, la joven teatróloga Marta María Borrás mencionaba estos dos eventos como ejemplos fundamentales en cuanto a la difusión de una perspectiva de género dentro del teatro cubano; pero, al dorso, se dolía de que aún su impacto no sea suficiente en cuanto a la difusión de una perspectiva de género expresada de manera sólida dentro del teatro cubano y la investigación sobre el mismo. La intención de Tablas por abarcar los debates, las puestas en escena, talleres, emociones e historias de vida que se entretejieron en el III Magdalena sin fronteras y la V Bienal Internacional de Dramaturgia Femenina, supone un paso para ir sanando esa brecha.

 

Palabras pronunciadas durante la presentación del anuario 2011 de Tablas. Teatro Raquel Revuelta, 10 de agosto de 2012.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.