La Habana. Año XI.
11 al 17 de AGOSTO
de 2012

Correo Canal RSS Canal en Twitter Facebook Flirck You Tube

 

BÚSQUEDA AVANZADA   . . .

ENLACES

SUSCRIPCIÓN
 
 

 

El humor según el profe Zumbado
Abel Sánchez • La Habana

De acuerdo con el diccionario de su graciosísima la Real Academia Española, el humorismo es el “modo de presentar, enjuiciar o comentar la realidad, resaltando el lado cómico, risueño o ridículo de las cosas”. Noel Clarasó, en su Biografía del buen y mal humor, define al humorista como “el hombre que cultiva el género literario llamado unas veces humor y otras veces humorismo. Y que, con su obra, pretende, junto con otras cosas menos evidentes y confesadas, divertir al lector”.

Por su parte, Freud, que a pesar de ser aburridísimo le sabía un mundo a eso de hacer chistes, asegura en El chiste y su relación con el inconsciente, que el humor es “un medio de conseguir placer a pesar de los afectos dolorosos que a ello se oponen y aparece en sustitución de los mismos. La condición que regula su génesis queda cumplida cuando se constituye una situación en la que hallándonos dispuestos, siguiendo un hábito, a desarrollar afectos penosos, actúan simultáneamente sobre nosotros motivos que nos impulsan a cohibir tales afectos, in statu nascendi”.

Vaya, en latín y todo, definición más completa ni en la Enciclopedia Británica. El problema es que ni los académicos de la lengua, quienes jamás hubiesen aceptado sus neologismos, ni Clarasó, quien aunque era humorista escribió un manual demasiado estrecho, ni el mismísimo Freud, que no hubiera entendido sus bromas —Mulato, ¿ese tabaco es de la bodega?—; ninguno de ellos, decía, conocieron a un cubano sabroso de verdad, de esos que siempre tienen el choteo asomándole por el colmillo y que definen, por sí mismos, lo que es el humor. Su nombre: Héctor Zumbado Argueta o, simplemente, H. Zumbado.

La verdad es que yo tampoco lo conocí, pero tuve el privilegio —así como todos aquellos que compraban el Juventud Rebelde del domingo en los 70— de leerlo, que no es lo mismo, pero es casi igual. Porque Zumbado sabía que todo buen humorista debe, en primer lugar, ser sincero. Nada provoca más risa que la verdad dicha de manera simpática, y en eso, Zumbado era el mejor.

Si bien es cierto que humorista fue toda la vida, también es sabido que antes de llegar a la Olivetti de la redacción del periódico ese habanero del 32 —todo lo habanero que puede ser el hijo de un tico y una nicaragüense, o sea, más que el Havana Club— rodó por una pila de escuelas y oficios:

-      estudiante de bachillerato en EE.UU.;

-      cuasi-graduado de comercial en Kentucky;

-      aprendiz de torero, traductor comercial, cobrador de una firma de navegación y vendedor de laticas de jamón del diablo en Venezuela;

-      auditor en una empresa de electricidad en Haití;

-      archivero en una agencia de seguros, vendedor de equipos de oficina, mezclador en el laboratorio de una fábrica de desodorantes, publicista y teórico de la croqueta en Cuba.

En 1963 escribe su primer cuento para la revista Bohemia; y entre el 63 y el 67 publica allí la nada desdeñable cifra de 15 relatos, o sea, 3,75 cuentos por año. Como estos ya tenían una vena simpática, esa que a Zumbado se le salía con el sudor, le proponen trabajar en La Chicharra, suplemento humorístico de Juventud Rebelde, hija de El Sable y madre del DDT.

Fue así como surgió “Limonada”, sección a su cargo, que tomó ese nombre con la idea de convertirse en una bebida refrescante contra el burocrático calor tropical. Años después esta cedería su espacio a “Riflexiones”. El término, desde luego, lo inventó el propio Zumbado, se trataba de un juego de palabras donde combinaba el acto de pensar, la reflexión y la crítica. O sea, disparaba contra todo lo que se movía, incluso él mismo.

Luego aparecerían sendos libros con los mismos nombres. El resultado de ocho a 12 horas de angustia semanal en las que se burlaba, a tecla batiente, de la falta de sentido común, la cuadratura cerebral y la envolvencia —¿Qué cosa? Pues eso mismo, mulato, una cosa envolvente, tú sabes, una cuestión circundante, cóncava-convexa, elíptica y parabólica, una especie de espiral, algo que se mueve alrededor, vaya, no quiere decir nada y, al mismo tiempo, mucho—.

Al Zumba, cuando no le alcanzaba el idioma, sencillamente lo trascendía. Por ejemplo, a esos gallos que le dicen que sí a todo les llamaba sinflictivos; estos que de pensar tanto las cosas nunca las hacen, los prudentes-moderados, los mesurados-precavidos, los ponderados-circunspectos, eran los plomópodos, por aquello de andar con pies de plomo, con sigilo; y ese social que todo tiene que consultarlo con las instancias superiores, era cosultoso. De ahí surgirían muchísimos términos como el guaguabol, el cañojorajo, el inventismo, la harakrítica, en fin, todo un glosario.

Entre 1970 y 1972 Zumbado escribe una serie de crónicas para Prensa Latina, El American Way, en las que critica precisamente eso, el american way of life, el establishment, sus presidentes, la sociedad de consumo, la guerra de Vietnam y la Coca Cola. Crónicas que, desde luego, años más tarde aparecerían en un libro.

En cuanto a sus cuentos —que nunca fueron tan pocos como él solía decir ni tampoco tantos como uno hubiese querido—, la mayoría no pueden escapar a esa manera suya de decir las cosas, siempre tan cercana a la sátira social y a la crítica costumbrista. De hecho, algunos parecían salidos del Juventud Rebelde del domingo, porque le tiraba a la burocracia, a los oportunistas, el vago —el querido compañero Rolo, que se pasa todo el día ahí, fajao con el sueño.

Después de casi una decena de libros publicados, incontables artículos y otras tantas tardes conversando junto al ron y los amigos, un accidente, de golpe, le borró a Zumbado todas las palabras. Algunos cuentan que tuvo que aprender a contar otra vez —él que siempre odió los números— y que pasaba horas sudando frente a la máquina —no como antes, sino un sudor estéril— intentando sacar 40 líneas decentes mientras tarareaba el tema de Casablanca.

Ya no volverá a ser lo que era y, a aquellos que no lo conocimos, solo nos quedan sus libros. Aunque, bien mirado, no se necesita más. Porque Zumbado, ese flaco con bigotes, de vista entrenada y verbo fácil, está ahí, en cada una de esas páginas. Y si alguien quiere conocerlo y divertirse, basta con hojearlas un rato, porque en eso de sacarle a uno el cajetín mientras lo hacen pensar Zumbado era el maestro —aunque, la verdad, yo prefiero llamarle profe, porque eso de maestro suena demasiado snoboide.

Una vez, cuando todavía era él mismo, a alguien se le ocurrió preguntarle qué era el humor, y el Zumba, en lugar de ir al mataburros, citar a Clarasó o a Freud —como hice yo—, se encogió de hombros y teorizó como solo él sabía hacerlo: “¡Yo qué sé! —dijo—. Solamente sé que me divierte mucho, me hace reír y sonreír cuando lo hacen otros y me atormenta cuando lo tengo que hacer yo”.

Así de sencillo, qué saben los académicos que se dan escofina en el ombligo y escriben ladrillos que no leen ni ellos mismos. Zumbado, como todo buen humorista, sabía que el humor es decir las cosas serias con una sonrisa, y que, en el fondo, es algo muy doloroso: “como perder un familiar o la libreta de abastecimientos”.

 
 
 
 
 
 
 
 
.
© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.