La Habana. Año XI.
4 al 10 de AGOSTO
de 2012

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El Salón de Mayo en otro julio habanero

Dainerys Machado  • La Habana

Los rostros muy conocidos del poeta Nicolás Guillén y del pintor Wifredo Lam, reciben en el Aeropuerto Internacional José Martí de La Habana a un grupo, también risueño, de artistas provenientes de París, de distintas edades y géneros, pero representantes todos de la vanguardia europea. Ante tan encumbrados visitantes, los saludos son sin embargo efusivos, el recibimiento casi familiar.

Transcurría el mes de julio de 1967 y con dicha llegada comenzaba a gestarse uno de los mayores acontecimientos culturales en la historia de las artes plásticas en América Latina: la muestra del Salón de Mayo de París, por primera vez fuera de las fronteras que lo gestaron. El capitalino Pabellón Cuba sería la sede de la sui géneris muestra colectiva, que, además de la plástica, permitiría a sus protagonistas compartir durante días caminos intelectuales, teóricos y sociales, en un recorrido que llegaría hasta la calurosa tierra santiaguera.

El arribo del grupo y la bienvenida; la elaboración in situ de algunos de los lienzos que conformarían la exposición; los torsos desnudos de los artistas en medio de la creación, sudorosos igual que en las horas de trabajo voluntario en el campo; el intercambio de creadoras y creadores parisinos, con sus homólogos cubanos, son algunos de los acontecimientos que quedaron retratados en el blanco y negro de los fotogramas que se suceden en el documental Salón de Mayo, del realizador Bernabé Hernández.

La proyección de las imágenes testimoniales, divertidas y escasamente conocidas, fueron el preámbulo elegido por la Asociación Hermanos Saíz para presentar el libro de la investigadora y crítica cubana Llilian Llanes, un texto que también asumió como título el nombre de la exhibición.

El volumen Salón de Mayo. De París en La Habana, julio de 1967, bajo el sello de la Editorial Artecubano, “es un instrumento de valor extraordinario para esas investigaciones por venir”, aseguró Helmo Hernández, director de la Fundación Ludwig de Cuba, durante las palabras de presentación a su cargo. La “entrega de una copiosa documentación” sobre el acontecimiento cultural, y el “lúcido ensayo introductorio” de la autora, fueron solo algunos de los valores esgrimidos por él para justificar tal clasificación.

Es que, con la acuciosidad que caracteriza su obra, Llanes produjo un valioso análisis sobre el acontecimiento cultural, que completó en páginas sucesivas con fotos de las obras y la identificación de la mayoría de sus autores, y con comentarios de la prensa nacional y extranjera de la época.

Tal complementación bibliográfica documental es, a decir de la autora, producto de las mismas e inquietantes preguntas que siempre se hace sobre ciertos sucesos y sobre todo, producto de las que le hacen personas más jóvenes.

Al frente durante años de las sucesivas ediciones de la Bienal de La Habana, Llanes descubrió, desde los años 80, el interés de los creadores cubanos por conocer sobre el mural “Cuba colectiva”. La obra, firmada por más de cien pintores, es la pieza más conocida que legó dicho Salón al país, y permaneció por lustros en un almacén. La primera copia, preparada para una de las tempranas ediciones de la Bienal, encendió la chispa de esta investigación, que se dilató por las responsabilidades de Llanes en espacios académicos y de otra índole.

A propósito, la profesora agradeció en reiteradas ocasiones los espacios que Armando Hart, presente en la sala, brindó a su generación en la creación artística, sobre todo a partir de los años 80. Y comentó cómo, gracias a ello, se siente también responsable de la pluralidad de acercamientos que se producen hoy hacia el universo de las artes plásticas cubanas.

Contó Llilian sobre cómo ha intercambiado alguna vez, en distintas geografías, con protagonistas del evento de julio de 1967, y el deseo expreso de muchos de regresar a Cuba para reeditar el acontecimiento. Convocó a las asociaciones culturales a que promovieran tal intercambio, no solo por la importancia de que los jóvenes conozcan una historia contada hasta hoy a media y con erratas, también porque algunos de los más jóvenes de aquel Salón de Mayo se encuentran entre los artistas de mayor reconocimiento en la Europa del presente. 

Memorias. Bienales de La Habana 1984-1999, fue el otro libro de Llanes promovido en el encuentro por Isabel Pérez, directora de la editorial Artecubano. Pérez aprovechó la oportunidad para reconocer el trabajo de la joven editora Patricia Ramos y del diseñador Ariel Rodríguez Martínez, quienes se enfrascaron en la tarea de completar el proyecto sobre las vanguardias europeas en Cuba, luego de que la editorial lo sumara a su plan anual.

El Salón de Mayo regresó a La Habana en julio. Las coincidencias se multiplicaron en la tarde del último martes de ese mes, porque la Asociación Hermanos Saíz promovió que la presentación del volumen se produjera, a manera de homenaje, en la sala del Pabellón Cuba que, presidida por el mural “Cuba colectiva”, lleva también el nombre de la histórica exposición.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.