La Habana. Año XI.
4 al 10 de AGOSTO
de 2012

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Ramiro Guerra: Caballo de danza y de batalla
Norge Espinosa • La Habana
Fotos: Cortesía de Isidro Rolando y Danza Contemporánea

El pasado 28 de junio, en el Centro Cultural Bertolt Brecht, un día antes de que en realidad se llegara a la fecha que nos convocaba allí, Ramiro Guerra fue una vez más el protagonista perfecto. A punto de cumplir 90 años, estuvo rodeado de colegas, amigos, personalidades, funcionarios y devotos de su creación, y hasta de su temperamento siempre listo a la polémica, a la discusión inteligente, y al chiste cubanísimo. Todo ello no alcanza a definir a un hombre que no es solo parte de lo mejor de nuestra cultura, y que arriba con plena lucidez a una edad tan respetable, sino que además es un batallador constante y despierto de lo que hacemos y lo que somos, no solo en el mundo de la danza, en el cual ostenta un liderazgo que nadie podrá arrebatarle, y que él lleva sin la pompa o la arrogancia que podrían consumir a otros menos avispados. Ramiro Guerra está respirando el mismo aire que nosotros, y la leyenda que forman sus principales coreografías y escritos sobre el arte al cual se entregó sin recato, no lo demoran en el análisis de la dinámica de estos tiempos, ni lo congelan en pose de museo. Todo ello estuvo al alcance de la mano en esa mañana que acabó con truenos y lluvia, como para complacer a su espíritu contradictorio y capaz de tales estremecimientos. A petición de los organizadores del acto, pronuncié unas breves palabras a manera de elogio, tras las cuales el Folclórico Nacional y la Compañía de Santiago Alfonso dedicaron al maestro sus interpretaciones, entre las que se rescató la coreografía que el propio Ramiro creó para el CFN a partir del refranero popular. Con un bastón africano como sostén, dice él que para eliminar cualquier maleficio o conjuro que le impida seguir viviendo, y con el privilegio entrañable de tener a su lado a esa gloria mayor y también viva de la cultura cubana que se llama Fernando Alonso, fue el actor principal de una mañana en la que poco importaron mis palabras, porque ante él, es mejor bailar o pensar que se baila. Es mejor honrar, y así, como lo dijo el Apóstol, saberse honrado. Esto dije en ese festejo, y a petición suya y de varios amigos, me atrevo a reproducir aquí lo que ante él, como amigo, admirador, y celoso alumno, dije en aquel instante:
 


Ramiro Guerra y Fernando Alonso

Gracias a todos por acercarse en esta mañana tan especial en la que acompañamos a Ramiro Guerra quien ha sido, como bien hemos podido comprobar los que le conocemos, los que lo queremos, los que estamos cerca de su obra, siempre un adelantado. Tal es así que estamos hoy festejando sus 90 años 24 horas antes de que en realidad esa fecha se cumpla. Lo mencionamos así para saber, ante él mismo, que la danza en Cuba vuelve siempre al punto de partida desde el cual él la imaginó recogiendo el legado de todos los que le antecedieron y le acompañaron, para que hoy se pueda decir que Cuba sigue siendo sinónimo de danza. Ramiro, en su apartamento del piso más elevado del López Serrano, ha tenido la gran suerte de contemplar a La Habana desde una altura desde la cual él, sin embargo, nunca se ha creído Dios. Es una persona que a lo largo de estos 90 años que parecen mentira cuando hablamos con él y comprobamos cuánta vitalidad, cuánta lucidez, cuánta manera de ser maestro sin tomar eso como una pose, ha estado siempre viendo La Habana desde ahí para sentirse parte de ella, para sentirse parte del país. Y para saber que en cada salón de baile, en cada salón de ensayo alguien de alguna manera repite los gestos que él imaginó tiempo atrás, un poco de tiempo atrás, o un mucho de tiempo atrás, y sin embargo todo ello es un gesto del presente y tan vivo como para que hoy esta sala esté llena de personas de distintas generaciones que entiendan cómo bailar gracias a Ramiro Guerra, cómo bailar, lo que en su esencia quiere decir cómo vivir, pensar, cómo sentirse cubano, en un paisaje donde cada paso de baile justamente nos explica, nos argumenta, nos justifica y nos da nuevas preguntas.  
 

Ramiro nunca ha dejado de ser un hombre de perspectiva abierta, tal y como lo demostró en su juventud al seguir el legado de quienes ya habían hecho un camino para la danza en Cuba, específicamente para el ballet, en una estela donde los nombres de Alicia, Fernando y Alberto Alonso son ejemplos indiscutibles. De su paso rápido por Pro Arte pasó a las manos de Nina Verchinina, su primera maestra en verdad, y de ahí siguió el rumbo delirante que lo pondría ante los maestros que halló en Nueva York: Doris Humphrey o Martha Graham, con cuyas búsquedas se nutrió para convertirse en un digno contemporáneo de esos hallazgos; para luego seguir asimilando los retos del postmodernismo, y la danza teatro, en su rendida admiración hacia Pina Bausch, o Béjart y otros imprescindibles que también le ayudaron a entenderse y proyectarse como un perfil genuino. Nos hizo saber que la danza tiene que ser un panorama en movimiento, no una escuela congelada o una escenografía llena de estatuas. De eso creó un mundo que se reactivó al fundar el Departamento de Danza Moderna en el Teatro Nacional de Cuba, y convocó a quienes fueron sus discípulos, como Santiago Alfonso y Eduardo Rivero, entre muchos más. Un mundo en el que los nombres de Elena Noriega, Julio Matilla, Eduardo Arrocha, Irma Obermayer, Gerardo Lastra, Isidro Rolando y tantos otros jugaron papeles esenciales. Pasó a esos colegas su piel, su memoria, sus interrogantes, los hizo crecer no solo como artistas, y aún hoy muchos de ellos se lo agradecen en un nivel que es también el de quien se sabe mejorado humanamente por la obstinación, la terquedad y el rigor que él les impuso. Logró que su rostro fuera pasando de mano en mano a todos los discípulos y así hoy, cuando en  Santiago de Cuba mencionamos a Santiago Alfonso, a Eduardo Rivero y tantos más que estuvieron junto a él, indudablemente estamos frente  a Ramiro Guerra que se ha convertido en esas personas, en la manera en que esa personas bailan, o hablan para bailar o de alguna manera también nos inducen a bailar aunque nunca nos atrevamos a subirnos a un escenario. Improntu galante, Chacona, Mambí, Mulato, Medea y los negreros, El decálogo del Apocalipsis, La rebambaramba, Orfeo antillano, Ceremonial de la danza y por supuesto ese clásico inicial que es Suite Yoruba, son páginas del álbum personal de muchos de ellos, no solo de Ramiro Guerra. En los recuerdos de sus espectadores, esas coreografías siguen vivas. Tantos años después, como un impulso que alienta incluso a quienes solo las conocen a través de esas memorias. Ramiro imaginó una órbita que no dejaba de moverse, cada vez más dispuesta a quebrantarse, a romper convenciones, como eco de un mundo tan descolocado como el que él intuía. Un mundo que, en efecto, está poniendo en peligro hoy hasta la manera en que lo entendemos, lo bailamos y lo leemos. Pero que no por eso dejará, caballo de batalla y de danza como él mismo, de seguir agitándose para provocarnos.

Ramiro Guerra, cuando no pudo bailar o coreografiar, se puso a escribir. Así nos hace sentir también con las palabras que el pensamiento y el movimiento tienen que ir ligados o de la mano, uno del otro. Teatralización del folclore, Eros baila, Coordenadas danzarias, Apreciación de la danza y su esencial Calibán danzante, existen no solo como letra impresa, sino para demostrarnos que somos parte de una tradición en la cual el baile mismo nos enlaza a otros pueblos, a otras culturas, a otra manera de percibir nuestra identidad. También esos libros nos retan: son otros modos en los que Ramiro Guerra supo retratarse para que, cuando ya la figura humana no pueda salir al escenario, impedida de danzar como lo hacía en sus días de juventud, sigamos sabiendo de su permanencia y de sus otras muchas habilidades.

Hoy por hoy Ramiro Guerra no tiene 90 años, Ramiro Guerra tiene la edad del país, tiene la edad de todo aquel que baile en el país, tiene la edad de un alumno que entra por primera vez a un salón de clase  para aprender los secretos mejor guardados de su propio cuerpo. Así lo aprendió él y nos deja saberlo, en plena representación o ejercitando su memoria caprichosa, haciéndonos subir los 14 pisos del López Serrano cuando el elevador no funciona y él nos reclama alguna ayuda, porque eso es la amistad, y él ha sabido también cultivar ciertas fidelidades con la pasión de un artesano, y de ahí la presencia de muchos de ustedes en esta mañana que tampoco significará, en su larga vida, una hora de detenimiento.

Ramiro Guerra es un hombre persistente, un hombre obstinado: un fundador, baste esa palabra para decir que hoy a sus 90 años  todavía sigue creando. No puedo hablar de Ramiro Guerra en términos de  despedida, no puedo hablar de Ramiro Guerra en términos de obra culminada.  Quiero hablar de Ramiro Guerra en vida para los próximos 90 años que vienen sobre él,  cuando finalmente esas memorias que escribe ahora mismo salgan a la calle y escandalicen a La Habana, para que lo volvamos a mencionar como un nombre que nos acompaña en tanto amigo, en tanto hechizo, en tanto maldición, en tanto chisme, en tanto leyenda irreverente, en tanto abrazo. Eso puedo pedirle y darle hoy, un abrazo, a este hombre que un buen día miró a la misma Habana de cuyas fotografías ya no podemos arrancarle, y nos dijo, con la voz bien alta: “Cubanos, ¡vamos a bailar”.

 
 
 
 


GALERÍA de imágenes

90 años de Ramiro Guerra

 


GALERÍA de bocetos
Diseños de Eduardo Arrocha para obras
de Ramiro Guerra

 
 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.