La Habana. Año XI.
20 al 27 de JULIO de 2012

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Rodríguez Bonachea seguirá exhibiendo
su arte junto a nosotros

Manuel López Oliva

Demasiado pronto las tensiones generadas por duras encrucijadas de la vida cerraron el productivo camino de Vicente Rodríguez Bonachea. Su preocupación de individuo sensible, padre ejemplar  y  artífice en la lucha por lograr la obra que deseaba, propiciándole a la vez un  destino favorable, sobrecargaron la psiquis y repercutieron en el organismo natural indispuesto, conduciéndole a una cruenta crisis cerebro-vascular que a la larga tuvo fatal desenlace. En la noche de la simbólica despedida, fueron muchos los de su generación y de otras anteriores o posteriores que estuvieron junto a su cuerpo yerto, para demostrar así la alta valoración que tenían de él como profesional y como ese amigo que nunca dejó de serlo, ni por razones subjetivas  que minan la comunicación humana, ni por ese afán desmedido por el dinero y la imagen lucrativa o de poder, que enajena, deshumaniza y conduce —incluso— a traicionar u olvidar a otras personas.


"Una oscura pradera me convida"

V. R. Bonachea siempre fue el mismo de personalidad, no obstante haber logrado superarse en el oficio y haber conseguido articular un lenguaje plástico identitario y evolutivo. Mucha gente sabe que nunca dejó de ser como era cuando estudiaba en la Academia San Alejandro, cuando vivía en el barrio habanero conocido por El Fanguito, cuando participó en la nómina de ilustradores para libros infantiles y juveniles, o cuando visitaba atento a pintores y dibujantes formados antes que él con el ánimo de aprender y establecer sincera relación entre colegas. Su rostro y su proceder mantuvieron un registro estable que expresaba los nobles sentimientos, la actitud franca, la sorpresa ante lo genuino e inusitado del arte, el respecto por los demás, cierta mezcla de transparencia y timidez, así como  el saber disfrutar sin desviarse y sin perder la sencillez que le era característica.

“Bona” —como le decíamos— se me apareció un día, impulsado por su profesor de dibujo Osvaldo García y por nuestro común amigo Juan Moreira, para mostrarme un grupo de sus primeros dibujos ilustrativos y solicitarme algún juicio al respecto. Entonces hablamos de lo importante que eran el diseño y la ilustración editorial, y de que en estos no se trataba de un “arte menor”, sino sencillamente de un género de servicio que a la vez podía llegar a trascender como imagen ancilar de lo artístico, o como parte de esa joya inmortal de la cultura que es el libro. Fui jurado de concursos del “arte del libro” que lo reconocieron, y así mismo le dediqué un artículo periodístico a su destacada condición de ilustrador interesado en trasmitirle al lector noticias comprimidas del texto referente y evocaciones fantásticas o metafóricas que le estimularan la percepción estética. Desde el primer lustro de los años 80, Vicente ocupó un espacio significativo dentro de quienes daban cuerpo gráfico a contenidos narrativos y poéticos fijados en páginas de cuadernos, revistas y libros.

Más adelante me tocó ser también testigo de su ingreso a la “aventura” del pintor. Y pude ver que, sin abandonar las claves figurales del ilustrador, avanzó resuelto por las vías del lienzo en óleo y sobre todo en acrílico. En los cuadros que expuso en muestras personales y colectivas estaba lo asimilado durante la práctica de imaginación editorial, pero había también una búsqueda de autenticidad constructiva de lo visual que lo llevaba a erigir visiones donde parecía existir un espacio de retablo y muñecos con vida que encarnaban, cual signos de una ideación lírica y “surreal”, su manera de concebir el amasijo de gentes y circunstancias, ensoñaciones y pesadillas existentes dentro de sus coordenadas existenciales. Poco a poco arribó a un personal bestiario que fundía lo humano y lo zoomorfo, a un código traslaticio que convertía lo familiar y lo histórico en sustancia posible de tipo onírico, aproximándose con acelerado ritmo al trabajo tridimensional ya anunciado durante la tendencia a modelar de forma cúbica y tubular sus figuraciones pictóricas. La gráfica ilustrativa de su primer tiempo y una necesidad por lo escultórico que fue despertando e instalándose a posteriori, se habían reunido así en la sintaxis de  su pintura.

Al conversar con María Milián sobre qué pediríamos a cada artista integrante, para armar la muestra del Proyecto AB&C establecida en el Hotel Nacional de Cuba durante la última Bienal, en el caso de Bonachea optamos por una de sus  piezas de tres dimensiones (¿escultura, juguete, ídolo o artefacto…? ¿ o todo eso a la vez?), porque en esa parte de su creación hay una síntesis más acabada de su trayectoria expresiva, la exteriorización integral de su espíritu imaginero, y algo así como una especie de parodia objetual del ser humano con sus proyecciones, hibridaciones y simbolismos. El día de la apertura de AB&C advertí que el montaje de las obras había puesto a dialogar mi cuadro con la interesante pieza ambivalente de Vicente. Él se sintió bien representado y contento de participar con muchos amigos artistas que ahora lo recordamos con tristeza, aunque seguros de que Vicente Rodríguez Bonachea continuará exponiendo su arte junto a nosotros.

La Habana, julio del 2012

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.