La Habana. Año XI.
20 al 27 de JULIO de 2012

Correo Canal RSS Canal en Twitter Facebook Flirck You Tube

 

BÚSQUEDA AVANZADA   . . .

ENLACES

SUSCRIPCIÓN
 
 

En el centenario de la masacre de los Independientes de Color

La construcción espiritual de la nación
se fragua en una unidad real

Miguel Barnet • La Habana

La maldita circunstancia del agua por todas partes, uno de los versos más dramáticos de la poesía cubana que encabeza el poema “La Isla en peso”, de Virgilio Piñera, vale para iniciar estas palabras con una paráfrasis: la maldita circunstancia de la sangre por todas partes. Agua que nos asfixia y libera, y sangre que desde la época de la conquista y la colonización se derramó en nuestro suelo para abonar la independencia de la nación. 

Sangre aborigen, sangre esclava de cimarrones que a la atadura de su primer yugo se  sublevaron en montes y cuevas; sangre de conspiraciones como la de José Antonio Aponte, la de Carlota en Triunvirato, la Escalera y otras más; sangre valiente vertida en tres contiendas sucesivas, sangre de los alzados que empuñaron el machete, el revólver o la tercerola para derribar los muros de la ignominia y la discriminación. Sangre de los rebeldes en montañas y llanos para derrocar la dictadura batistiana y alcanzar la plena libertad de la Patria. 

Nacida de múltiples contradicciones la nación cubana, desde su etapa primigenia, estuvo marcada por la sangre. Y es de un hecho de sangre de lo que vamos a hablar.

Pesa y avergüenza, como dijera José Martí, el pasado del que no se habla. Y es a esa triste y ominosa página de nuestra historia, a ese pasado, a lo que nos vamos a referir. Página que fue escamoteada en la república plattista y mediatizada y a cuya sombra quedó sepultado uno de los crímenes mayores que acontecieron en la Isla y que aún hoy queda sin su justa vindicación. 

Seguramente la más atroz masacre llevada a cabo por el poder hegemónico y su casta militar a un numeroso grupo de cubanos que aspiraban a ver sus ideales de justicia consumados en un partido, el de los Independientes de Color, fundado en 1908, cuya plataforma política y social fue la más avanzada de su época en este país. 

El objetivo de esos hombres, en su inmensa mayoría negros y mambises, algunos con grados de oficiales, fue derogar la controvertida Enmienda Morúa, que prohibía todo partido que fuera creado por motivo de raza, nacimiento, riqueza o título profesional.  

El Senado aprobó la Enmienda y se produjo la protesta armada. Las masas negras clamaban por sus derechos civiles y por la verdadera igualdad que le había sido arrebatada por los partidos políticos de liberales y conservadores. 

José Miguel Gómez, tiburón que se baña pero salpica, ejercía la Presidencia de la República con visos demagógicos y tácticas populistas. Era un liberal de gabinete pero en lo más íntimo de sus fueros, un racista consumado que combatió a los líderes del alzamiento y a sus seguidores con todas sus mañas y su  poder militar. 

Se alzaron, sí, el 20 de mayo de 1912, en varios lugares de la Isla, sobre todo en la zona oriental. No me toca a mí reconstruir los hechos que ya se han develado de esa oscura y dolorosa zona de nuestra historia. Ahí están los textos iniciales de Serafín Portuondo Linares, Pedro Deschamps Chapeaux, Jorge Ibarra, Silvio Castro, Tomás Fernández Robaina y otros más recientes. 

La memoria colectiva, el imaginario popular, recuerda esos acontecimientos con imágenes contradictorias e interpretaciones  fantasiosas y demoníacas, pero siempre con profundo sentido trágico. Los nombres de Pedro Ivonet y de Evaristo Estenoz, las más connotadas figuras de la Protesta, están inscritos en nuestra historia social con tinta de sangre. 

Oficiales ambos de la Guerra de Independencia, empuñaron las armas y reunieron a cientos de cubanos en el alzamiento o la insurrección como queramos llamarle. “A mi mando —le escribe el General Pedro Ivonet al Presidente José Miguel Gómez en carta fechada en su cuartel de campaña, el 22 de mayo de 1912— tengo cuatro mil independientes de color, y que no son todos Independientes, ni son todos negros, pues también hay blancos…”. 

El terror se impuso en los campos de Cuba. 

Los hombres del Ejército Permanente creado por el presidente Gómez, sobre todo el sanguinario general José de Jesús Monteagudo y su soldadesca, sembraron el pánico y, como expresa Silvio Castro en su libro La Masacre de los Independientes de Color, Monteagudo mismo reconoció que “en las batallas era imposible precisar el número de muertos, porque los combates —le escribe al Presidente— han degenerado en una carnicería dentro del monte”. 

La prensa de inmediato se hizo eco de la rebelión. Calificativos como forajidos, facciosos o criminales fueron los más comunes aplicados a los alzados. Rumores totalmente falsos de saqueos, mujeres blancas violadas, desmanes inimaginables se propagaron en publicaciones periódicas. 

La coyuntura propició que la Constitución de 1901, que proclamaba la igualdad  jurídica y social fuera burlada. El general norteamericano Leonard Wood, exgobernador de la Isla de Cuba, declaró ante el Senado de los EE.UU.: “Muchos de los actuales cubanos son el resultado de matrimonios entre negros y representantes del viejo tronco cubano y tales matrimonios producen una raza inferior”. 

La ocupación norteamericana alimentó los más espurios sentimientos racistas y la prensa oficial no ocultó su postura cómplice. Tal situación creó un ambiente  en gran parte de la población blanca totalmente desfavorable hacia cualquier reacción de la llamada raza de color. 

La desventaja de los alzados era abismal con relación al poder militar. La semilla del racismo, sembrada desde la esclavitud, germinó una vez más. Balance necesario y portavoz de los humildes lo fue el periódico Previsión, órgano del Partido Independientes de Color. En él y con inspiración maceísta Evaristo Estenoz argumentó: “La libertad  no se pide, la libertad no se mendiga, se conquista y el derecho, no se despacha en ningún establecimiento, el derecho se ejercita…”. Y continuaba en otro texto: “Errará quien piense que es posible conservar instituciones viejas en pueblos modernos y hollar a mansalva el derecho ajeno, resguardado por la fuerza brutal de las bayonetas”.  

Más adelante, como apunta Silvio Castro en su libro, el periódico Previsión decía en un artículo: “El noble propósito que informa nuestra propaganda no es ni debe ser torcido por nadie, no venimos a impedir la labor de ningún partido, ni a coartar la libre aspiración de ninguna personalidad en el ejercicio de un libre derecho que nos otorga a todos la Constitución… ¿Somos los cubanos de hecho y de derecho ciudadanos de una república democrática o no? ¿Tenemos iguales derechos los nacidos en Cuba a sentirnos libres, respetuosos y respetados en el orden político? 

“Creemos que nadie se atrevería a decir que no. El día en que en este país todos los nacidos en él puedan ser todo lo que haya que ser, desde  Primer Magistrado de la Nación, hasta el último barrendero, entonces y solo entonces empezará a brillar la aurora republicana para este miserable pueblo.”  

Previsión repetía el ideario martiano de que “el hombre no tiene derecho especial porque pertenezca a una raza u otra; dígase hombre y ya se dicen todos los derechos”. 

Nadie pretende a estas alturas tapar el sol con un dedo y mucho menos la historia. El Partido cometió errores tácticos y sacarlos fuera de contexto constituye un delito de  lesa cultura política. Pero fue sin duda una válvula de escape inevitable para las inquietudes e ideales de justicia y vindicación de las mujeres y los hombres negros de la Isla y sus aliados, donde, como ya vimos, se hallaban también blancos y hasta españoles. 

La rebelión, como aclaran muy bien los historiadores, liquidó al Partido y produjo una fisura profunda en la arteria más sensible de la sociedad cubana. Pero fue un brote de rebeldía que sirvió de aleccionador escarmiento al poder hegemónico que relegó a los negros al más bajo estrato de la sociedad, sin reconocer la escala de valores dictada por la medida de sus talentos y de sus méritos.  

Instalada la militarización se produjo el holocausto. Ya no quedaba espacio para la reflexión ni para las consideraciones políticas. El pensamiento cedió lugar a la barbarie.  

Los líderes fueron asesinados vilmente, la matanza se extendió por todo el país. Y quedó en la tierra que los mambises habían anegado con su sangre, una mancha oculta como un palimpsesto que revela hoy una de las más crueles y despiadadas violaciones de los derechos humanos en nuestro continente.  

Cabría entonces hacerse algunas preguntas: ¿Por qué las autoridades norteamericanas de la segunda intervención aceptaron legalizar el Partido Independiente de Color cuando una agrupación política similar hubiera sido impensable en los EE.UU.? ¿Fue acaso una trampa para dividir las fuerzas que en Cuba luchaban por la justicia social? La masacre de los Independientes de Color es una prueba fehaciente de lo que hubiera sido aquella república si la intervención norteamericana se hubiera perpetuado. 

República que, salvo excepciones de algunos patricios, era ya muy vulnerable y sus dirigentes hacía rato habían traicionado los ideales de José Martí y Antonio Maceo. “Los sucesos de 1912 sacaron a la luz al racismo en todas sus modalidades, desnudo y con escándalo” expresa Fernando Martínez Heredia en su texto “Protestas armadas e Independientes de Color” y continúa: “el racismo culto que sueña  con blanquear a Cuba, que permite al colonizado alternar y consumir un turno como si fuera colonialista… más allá de la cuestión racial también nos dice mucho de la sociedad republicana organizada durante la pos revolución a inicios del siglo pasado”. 

Hace unos años, en un Congreso de la UNEAC, Fidel Castro explicó con una profundidad meridiana que barrer las bases institucionales del racismo no significaba extirparlo de las conciencias y que ofrecer igualdad de oportunidades no solucionaba desventajas y desigualdades heredadas. 

Solo con la Revolución Cubana de 1959 se produjo la verdadera ruptura con el pasado. Los contenidos se alteraron, los valores se invirtieron. Los humildes ejercieron la plenitud de la esperanza y las acciones han podido más que las palabras. En la batalla contra la discriminación racial y los prejuicios estamos comprometidos todos como garantía de un futuro digno para las nuevas generaciones. La construcción espiritual de la nación se fragua en una unidad real y democrática que constituye la fuerza principal con que cuenta nuestro proceso revolucionario. 

La Comisión José Antonio Aponte de la Unión de Escritores y Artistas tiene entre sus prioridades la de fortalecer con acciones concretas los principios de esa unidad, en foros académicos, medios masivos de comunicación y asambleas de participación colectiva. 

La cultura de origen africano, heredada de la oprobiosa esclavitud, y transculturada  es  hoy un elemento esencial de la identidad nacional. 

La masacre de los Independientes de Color esparció sangre noble por todos los confines de la Isla pero no fue en vano. 

A cien años de esos desgarradores acontecimientos, podemos afirmar que el legado está ahí, como muestra del rechazo al hegemonismo colonial y a la discriminación racial y como cimiento de la nación. 

Discurso pronunciado el 18 de julio del 2012 en el Parque Central.

 
 
 
 


GALERÍA de IMÁGENES

Los Independientes
de color en la prensa norteamericana

.
© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.