La Habana. Año XI.
20 al 27 de JULIO de 2012

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Osvaldo Doimeadiós, Premio Nacional del Humor

"El humor nace de los contrastes"

Helen H. Hormilla • La Habana

Fotos: Sergio Morlán, Yaima Amador y Kaloian (La Jiribilla)

Entre las grandes figuras de la actuación contemporánea en Cuba, el nombre de Osvaldo Doimeadiós resulta imprescindible. Versátil, lúdico y sumamente profesional, este actor ha sabido ganarse un lugar en la memoria espiritual de cubanos y cubanas que lo identifican con personajes humorísticos como Margot y Mañeña, pero también saben perseguirlo cuando se anuncia en las carteleras teatrales o cinematográficas.
 

La faceta humorística ha sido una apuesta sustentada con rigor e inteligencia por más de 20 años, tanto en espectáculos escénicos y  unipersonales como en programas televisivos al estilo de Sabadazo, durante los años 90, o Deja que yo te cuente, actualmente en el aire. Desde su graduación en 1987 de la Facultad de Artes Escénicas del Instituto Superior de Arte (ISA) trabajó junto al grupo humorístico Salamanca, separado en 1996. Fue, además, el primer director del Centro Promotor del Humor, fundado en 1995, desde donde impulsó la superación de los humoristas, el pensamiento teórico sobre este arte y su merecida legitimidad entre los predios intelectuales.

Dentro del cine, ha sido parte de películas como Habana Blues, Operación Fangio y Amor Vertical, entre otras, mas en el teatro dramático es donde ha venido entregando en los últimos años saltos cualitativos importantes dentro de su carrera. Siguiendo la batuta de Carlos Díaz en el grupo El Público, ha formado parte del elenco de Fedra, Ceremonia para actores desesperados, Tartufo y ha desdoblado sus capacidades histriónicas en los unipersonales Santa Cecilia y Josefina la viajera, con textos de Abilio Estévez.

Reconocimientos en los principales certámenes de las artes escénicas del país han remarcado la merecida lisonja, mas, por estos días, el anuncio de que un jurado unánime le concedió el Premio Nacional del Humor vuelve a poner sobre su figura luces y micrófonos. Se trata del más joven laureado con el galardón cimero dentro del gremio humorístico. Para Doimeadiós, la emoción se asume con humildad, pues trabajar sinceramente ha sido su único objetivo. Tal vez ahora recuerde aquellos primeros intentos en una emisora de la radio holguinera, cuando de niño entrenaba la capacidad de hacer voces y afianzaba con seriedad una vocación ininterrumpida. Desde entonces, mucho ha llovido, pero el ansia de retarse y ascender cada vez más sin caerse de la cuerda floja, aún continúa vigente.  


Un jesuita de la literatura, puesta de Carlos Díaz

Aunque es conocida la historia de sus inicios en el humor con el Grupo Salamanca a finales de los años 80, me gustaría saber por qué apostó con tanta fuerza por esta modalidad cuando todo parecía indicar un futuro promisorio en el teatro dramático.

El grupo Salamanca nos tomó por sorpresa incluso a los estudiantes del Instituto Superior de Arte (ISA) que lo formamos. Empezamos casi en un juego, hasta que un día nos vimos actuando en la propia escuela. Al graduarme en 1987 me decidí a seguir ese camino y varias personas del mundo intelectual se espantaron, porque para muchos se trata de un género menor o al menos periférico dentro del arte en general; mas yo nunca encontré en eso nada extraño.

Los antecedentes venían del preuniversitario, donde había realizado algunos números humorísticos como aficionado, y en la radio en Holguín, de niño, en los programas infantiles, ejercitaba un poco lo de hacer voces y siempre notaba que las cosas que estaban envueltas con humor tenían una recepción distinta. En una academia de arte todo el mundo piensa en lo más grave y denso, pero nadie en las cosas más ligeras, como puede ser la comedia.

Influyó una excelente profesora y actriz, Ana Viñas, que le daba a la comedia tremenda importancia. Asimismo, la tradición acumulada tras haber disfrutado la actuación de grandes humoristas cubanos, hombres y mujeres, fue otra influencia, a través de programas de televisión icónicos como San Nicolás del Peladero y Detrás de la fachada. Enrique Santiesteban, por ejemplo, era un actor con un registro muy amplio, que trabajó bien en todos los géneros y medios.

Por otra parte, me motivó el contacto que en los 80 tuvimos con el grupo de humor argentino Les Luthiers, algo que no solo marcó a Salamanca sino a casi todos los humoristas de esos años. Con sus visitas a Cuba nos dimos cuenta de que había muchas maneras de hacer el humor y bombardear el espectáculo desde distintos ángulos, y no solo teníamos que apegarnos al costumbrismo. Hasta ese momento habíamos estado muy cerrados y no sabíamos lo que se hacía en materia de humor en el mundo, pero esas visitas fueron importantísimas, lo mismo que un congreso internacional de humoristas que a finales de los 80 organizó Virulo con la participación de Leo Maslíah y Alberto Fontanarrosa. A partir de todas esas experiencias me decidí conscientemente por el humor.


Un jesuita de la literatura, puesta de Carlos Díaz

En esa época y a inicios de los 90 era más usual encontrar grupos humorísticos, pero en la década más reciente la tendencia derivó hacia el unipersonal.

Aunque en los 80 había quienes hacían unipersonales, básicamente el humor de esa década era de grupos. Con Salamanca, por ejemplo, estuvimos trabajando hasta 1996; pero la irrupción de la fractura que tuvo la realidad en los 90 y lo que trajo aparejado el período especial, provocó que en el afán de sobrevivir varias personas abandonaran el grupo y se lanzaran a intentarlo en solitario. Como fórmula, en el mundo es más común el stand up; el actor que se dedica a monologar en un teatro, en la televisión o en otros medios.

A mí me gusta más trabajar en grupo, pero la propia realidad y las necesidades de los miembros de Salamanca fueron aflorando hasta que nos separamos. Algunos ya no están en Cuba, pero los que quedamos aquí a veces pensamos en hacer cosas juntos. No obstante, en estos años también he trabajado mucho con Pagola la Paga, Humoris Causa, con Carlos Gonzalvo y otros actores del movimiento humorístico. Me gusta el ejercicio del trabajo en colectivo, solo que a veces la diversidad de compromisos que estoy afrontando al mismo tiempo no me permite atarme a un grupo, sino que lo hago más esporádico.

Algunos sostienen que el humor cubano transita por una crisis prolongada. ¿Lo cree?

La creación siempre está en crisis. Si uno se lo toma de otra manera, no salen buenos resultados del trabajo.

A finales de los 80 irrumpimos sobre la escena cubana muchos de los que todavía hacemos humor. Teníamos ideas frescas y el mismo trabajo en grupo hacía que aparecieran maneras novedosas para hacer reír. Después, en los 90, también salió un grupo considerable de humoristas y este fenómeno se amplificó desde la capital a las provincias, sobre todo con humoristas que salieron del Oriente cubano, porque esa fue una de las prioridades del Centro Promotor del Humor.

En los últimos años ese proceso se había enquistado y no aparecían tantas experiencias nuevas. Ahora, con Kike Quiñones dirigiendo el Centro, se han retomado muchas de las iniciativas anteriores y han despuntado aspectos positivos. El espectáculo Reír es cosa muy seria tiene muy buena calidad, y en el último Aquelarre disfrutamos de una joven holguinera graduada del ISA, Venecia, con un trabajo excelente. Se han reeditado los eventos teóricos para continuar ese espíritu de búsqueda, de investigación, que nos caracterizó al principio. Es importante trazar nuevos objetivos, porque de ahí saldrá lo nuevo. Los cursos de superación para los humoristas se reanudaron este año y es una gran iniciativa, porque de experiencias similares en los 90 surgieron los principales exponentes del humor en la actualidad. Es una gran carrera de relevo y hay mucha gente que quizá en distintos lugares no han tenido la mano que les oriente.

Todo eso dice que se está trabajando sobre la crisis, no dentro de ella.

¿Cuáles son las tensiones o fronteras entre ese humor de aficionados que utiliza la comicidad de la idiosincrasia cubana y el que se asume desde una pretensión artística?

Esa es la primera contradicción que salta a la vista, porque hay muchas personas que vienen con bríos y química para el humor, a lo mejor porque tienen condiciones personales para eso, pero el espectáculo es otra cosa.

La función del Centro Promotor del Humor es ir limando esas diferencias. Una de las fuentes está en los cursos de verano, que se organizaron en los 90 y se retoman ahora, aunque no hay universidad para los humoristas. El público reclama de un actor, amén de su procedencia y estudios, todo el instrumental técnico posible, y mientras más recursos tenga para desarrollar, lo que hace será más productivo.

El reto del humor sigue siendo encontrar el punto que convierte ese hecho gracioso en arte. No se trata de un discurso tangencial, sino que se conciba dentro de un espectáculo donde funcione la escenografía, el vestuario, y confluyan todos los elementos escénicos que hacen de la actuación un hecho artístico. Es de los aspectos que adolece el humor cubano. Se vislumbra que va recuperándose, pero falta todavía.

¿De qué manera enfrenta ese reto?

No separo tanto las aguas porque no creo que estén divididas. La formación actoral en el ISA con el ejercicio cotidiano del humor me ha servido también en el teatro para pasar de un lugar a otro sin pedir tanto permiso, para organizar un espectáculo que se mueva en todos los sentidos y, aun cuando apele a la síntesis, tenga un pensamiento detrás.

Siempre digo que el humor es como un equipaje del cual no me puedo desprender aun cuando realice otros géneros como el drama. Incluso, Carlos Díaz no ha querido que desaparezca cuando he trabajado con el grupo El Público, porque forma parte de mi historia personal.

El humor nace de los contrastes y nosotros somos personas con contrastes, texturas, colores. Por eso los personajes y espectáculos tienen que tener esos claroscuros, esa manera de equilibrarse internamente y, sobre todo, mucha luz. El humor arroja luz sobre un acontecimiento, sobre un personaje o hecho que, en la medida en que alguien lo enfoca de una manera determinada, descubre otras caras.

Tiene entonces una responsabilidad social. ¿Cómo la está asumiendo?

El humor puede parecer en un primer instante una válvula de escape, pero, lo mismo que se movilizan tantos músculos en la risa, también debe moverse todo el pensamiento. La cuestión está en apelar a espectáculos de calidad y a espectadores que salgan enriquecidos desde todo punto de vista, con más claridad sobre los acontecimientos. La hiperseriedad de los medios, no solo en Cuba, tiende a condicionar la manera de ver un asunto. Por tanto, abrir esas compuertas para apreciar la vida desde otros ángulos es también tarea del humor.

La mayoría de los humoristas que están trabajando hoy en Cuba enrumban su trabajo por ahí, y es saludable para la sociedad. El hecho de romper ese molde que nos impone el estrés, lo institucional y el modo de ser ceremonioso totalmente ajeno a nuestras esencias y tradiciones, para reír en grupo, nos une.

Con el grupo de teatro El Público, en la última década ha logrado personajes memorables. ¿Qué rol ocupa dentro de su carrera esta alianza con Carlos Díaz?

La relación con El Público ha sido imprescindible para mi trabajo en los últimos nueve años. Siempre admiré la labor de Carlos como espectador silencioso de su teatro, desde que vi un montaje con su grupo de Bejucal. Aunque uno haga humor debe ir a otras zonas de la creación como ejercicio cotidiano para mantener el rigor. Luego coincidíamos en la calle y nos decíamos que queríamos trabajar juntos, pero el hecho no se materializó hasta 2003 y fue para mí un hallazgo, una suerte. Carlos ha sido la persona que me ha subido el rasero bien alto y me ha hecho saltar, porque mi carrera es una antes y otra después de El Público, y de trabajar sobre todo con textos de Abilio Estévez, además de otros dramaturgos. Carlos tiene una magia muy especial para tratar a los actores, y es un director que siempre va caminando muy adelante, pero te da la mano. Lo admiro por 18 amigos. A veces uno la trata de separar la creación, pero con él he aprendido a no hacer solo una cosa, sino a pasar de un lado al otro, a complementar mis personajes.

Ha sido Santa Cecilia, Josefina la Viajera, Margot… ¿Cómo asume el travestismo dentro de su carrera?

Si yo revisara los personajes que he hecho, son más los masculinos. Lo curioso es que los femeninos como Margot, Mañeña o los que hacía con Salamanca, siempre han sido muy bien recibidos por el público. Será porque siempre me los he planteado desde la manera más seria, o menos, pero tratando de llegar con todo el rigor a la esencia del personaje y no tanto a su manifestación exterior. Esos son personajes que a veces la gente hace criticándose a sí mismos, tratando de distanciarse o de identificarse demasiado. Hay que buscar una media y hacerlo sin complejo o inhibición.

Margot tiene más de 20 años y cuando Carlos me propuso hacer Santa Cecilia y luego Josefina, me dio miedo porque estaba muy marcado por estos otros personajes femeninos del humor y temía repetirlo. Pero al final salieron.

No veo diferencias, porque un actor tiene que estar abierto a interpretar personajes masculinos, femeninos, vegetales y animales. Eso está en el contenido del trabajo y el hecho de travestirme lo he mirado siempre de manera desprejuiciada. Lo he tomado casi como un juego, porque ese tipo de personajes también tiene una carga de ingenuidad que el público recibe, y los trata con mucho afecto.

También es complejo rozar el estereotipo sin llegar a convertirse en uno.

Has tocado un punto importante porque ahí radica la clave del humor: tiene que llegar al borde y regresar sin pasarse, porque si no se convierte en otra cosa. El humorista tiene que caminar sobre el precipicio, arriesgarse, cruzar la cuerda, pero no caerse para un lado o el otro. Uno les presta a los personajes su voz, su cuerpo, su manera de ver las cosas, pero no puede perder la objetividad de que es un actor interpretando un personaje en una circunstancia determinada.

Se ha convertido en el Premio Nacional del Humor más joven concedido hasta el momento. ¿Qué desafíos impone este reconocimiento?

Nunca soñé con ese premio y en una ocasión pedí que me sacaran de las nominaciones, porque me gustan poco las ceremonias. Llevo 25 años haciendo humor y pienso que, con toda justicia, muchos de los otros nominados lo merecían, como Alejandro García Virulo, a quien le debo mucho porque en los 80 aunó a todos los grupos y humoristas que comenzábamos. Pero también personas con las que he trabajado como Mario Aguirre, Carmita Ruiz o un caricaturista como Blanquito, que ha dedicado toda su vida al ejercicio del humor desde los medios. Fue una gran sorpresa el hecho de que el jurado me defendiera unánimemente.

La entrega del premio fue tremendamente emotiva, al ver que muchas de las personas con las cuales he trabajado y han sido mis alumnas en talleres o le ayudé en sus espectáculos, estén entregándome un premio. Pero mi mayor alegría es que no se ha perdido lo que queríamos hacer en los 90 cuando fundamos el primer Centro Promotor del Humor en el Cine Teatro Acapulco que, por incomprensiones institucionales, no progresó. Después seguimos luchando, lo reorganizamos en el 95 y hemos tenido personas que nos han ayudado mucho, pero también detractores. Ahora con Kike Quiñones al frente y otros humoristas más jóvenes ayudándolo continúa ese ejercicio de persistencia, de lucha cotidiana por preservar la calidad de un género y por defendernos gremialmente, aún cuando algunas veces nos sentimos solos en esa lucha.

De todas maneras, ya tengo los turnos para hacerme un chequeo médico.

Seriedad y humildad, ¿cómo las asume en su vida?

No sé qué me pasa que cuando la gente me mira me pregunta por qué estoy tan serio, aunque a veces me estoy riendo. Debe ser un problema de carácter o hechura de fábrica, algún rictus que tengo en la cara; pero soy una persona que hace muchas bromas entre amigos, aunque no voy por la calle prodigándome con un cartel de humorista.

Como he dicho otras veces, el teatro enseña la lección de que cuando la función se acaba todo terminó y al otro día hay que volverlo a reconstruir sobre un escenario. El teatro nos enseña también una elección de humildad, porque no hay que creerse nada, sino que todo deberá recomenzar. Tengo las mismas funciones vitales que cualquier ser humano y mis condiciones materiales no están por encima de la realidad, así que asumir la vida de esta manera la hace pródiga en resultados. Lo que hay es que trabajar todos los días sin esperar nada a cambio, por el placer. Escogí esta vocación, o ella a mí, no sabría decirte, y si no la realizara no sabría qué hacer con mi vida. Entonces, por amor y respeto a ella, trabajo todos los días lo mejor posible, con todos los obstáculos que se presenten. Y si por el camino se recoge un fruto, como es el caso de este premio, lo recibo con la misma humildad con que trabajo a diario.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.