La Habana. Año XI.
20 al 27 de JULIO de 2012

Correo Canal RSS Canal en Twitter Facebook Flirck You Tube

 

BÚSQUEDA AVANZADA   . . .

ENLACES

SUSCRIPCIÓN
 
 

Sobrevolando los monstruosos fantasmas
Joel del Río • La Habana

Muchas personas se asombraron en Cuba cuando se estrenó Vinci, debut en el largometraje del reconocido guionista y realizador Eduardo del Llano, quien se arriesgó a escribir y poner en escena el relato sobre unos días en la vida del pintor de “La Gioconda” y “La última cena”. La sorpresa obedecía a razones como la infrecuencia en nuestro cine de reflexiones sobre los grandes creadores universales. Tal vez algunos piensen que hacer un filme sobre Leonardo y Miguel Ángel, Shakespeare y los Beatles, Cervantes y Buñuel, sea privilegio exclusivo que detentan italianos, británicos y españoles, además de Hollywood y la Disney, que decidieron hace años autotitularse como los grandes relatores de todas las historias nacionales y del patrimonio cultural universal.

Del Llano asumió sin complejos tercermundistas de ningún tipo su visión personal sobre Leonardo y la Italia renacentista, e intenta retratar a un artista de 24 años, encarcelado por graves cargos de sodomía, y arrojado a un calabozo florentino, donde tiene que compartir el espacio con dos delincuentes comunes. El joven aprendiz del maestro Verrocchio solo tiene su talento para impresionar a los otros y obtener el respeto de sus rudos y lascivos compañeros de celda. Su arte y su inteligencia se ponen entonces en función de manipular a sus acompañantes, a dominarlos con el impacto de su inventiva, que es inmensa. Recordar que estamos hablando no solo de un pintor, sino también de un anatomista, arquitecto, botánico, escritor, escultor, filósofo, ingeniero, inventor, músico, poeta y urbanista.

Como casi todos los artistas del Renacimiento, da Vinci estaba preocupado por la belleza y el conocimiento de la figura humana, por la perspectiva, e incluso se le considera uno de los primeros científicos capaces de adelantarse al principio básico del cine cuando ideó una cámara oscura dentro de la cual se reflejaban objetos en movimiento. El filme cubano, y la civilización occidental en pleno, le rinden homenaje al espíritu idealista y al pensamiento en constante evolución de un artista, y un soñador, capaz de sobrevolar el cerrado cerco de la irracionalidad y el salvajismo.


Proyector

El hecho de que la película ocurra en un período de juventud del genio, sugiere una metáfora generalizadora, o alusión más o menos velada, sobre conceptos de eterna relevancia como la incomprensión del artista, la intolerancia, la contradicción entre vulgaridad y altura. Precisamente en esta contradicción o contraste entre lo común, chato, basto, brutal y prosaico, y la esfera del espíritu, la belleza, la creatividad, lo excepcional y la lógica más elevada, se localiza lo que a este cronista le parece el principal conflicto de Vinci cuya anécdota transcurre de manera bastante lineal, sencilla. Es en la defensa a toda costa de la segunda escala de valores antes mencionada que se estipulan los mejores lances de la cinta, y vienen a la mente otros enfrentamientos de este tipo en la filmografía de Eduardo del Llano como guionista. Recuerdo el denuedo de la instructora de arte contra un medio adocenado y grotesco en Alicia en el pueblo de las maravillas; el empeño de los tres protagonistas de La vida es silbar por crecer espiritualmente en un medio marcado por la doble moral y el hastío y las concesiones del intelectual interpretado por Luis Alberto García con tal de adaptarse a un contexto carnavalesco e hipócrita en Perfecto amor equivocado.

Por supuesto que la colisión entre lo común y lo excepcional también aparece en otras películas escritas por Del Llano como Hacerse el sueco, Kleines Tropicana y Lisanka, o en la decena de cortometrajes sobre el inconforme Nicanor O'Donnell, tantas veces interpretado por  Luis Alberto García, y está en el sustrato temático de muchas extraordinarias, como Amadeus, Andrei Rubliov o José Martí, el ojo del canario. Sin embargo, debe agradecérsele a Vinci su bien urdida trama, con algunas inflexiones hacia el verbalismo y la redundancia, la muy útil e inspiradora apuesta a favor de la belleza, la inteligencia y el respecto a la diferencia, sobre todo en una época que si bien dista mucho de los calabozos florentinos, todavía exhibe el triunfo de ciertos hábitos marginales y manifestaciones de intolerancia, rapacería y egoísmo.

En una locación casi única, y con recursos mínimos en cuanto a la ambientación, el vestuario y la utilería, Del Llano y sus excelentes colaboradores —mención aparte para la hermosa música de Osvaldo Montes, la foto claustrofóbicamente lírica de Raúl Pérez Ureta, y la excelente apropiación de los primorosos dibujos realizados por Roberto Fabelo—, Vinci confía no solo en la potencialidad de los diálogos, sino también, y mucho, en la intencionalidad y talento de los intérpretes para reedificar ante nuestros ojos un Renacimiento bastante sombrío y convulso, todavía medievalista. Sus actores comunican con certeza y convicción las ideas del autor en torno al papel del artista en la sociedad, solo que la dirección de actores insiste en pintarnos un Leonardo cuya inspiración y suavidad se confunde con amanerada petulancia.

Luego de su elogiado descubrimiento mediante Boleto al paraíso, y la popularidad conquistada con la aventura televisiva Adrenalina 360, Héctor Medina asume con gran responsabilidad y entereza el papel del Leonardo juvenil, el creador absoluto, el genio por antonomasia, un hombre decidido a adelantarse a su época en todos los órdenes. En general, los pocos actores que aparecen en la película a Héctor Medina se suman Manuel Romero, Carlos Gonzalvo y Fernando Hechavarría logran comunicar la esencia de una época de ignorancia y oscuridad que muchas veces socavó al artista, pero que también contribuyó a mejorar su obra. Porque cuando el reo trastornado por la envidia, el encierro y la concupiscencia le grita a Leonardo que nunca llegará a nada ni será alguien, el espectador —conocedor de que el joven artista se transformará en uno de los más grandes que ha dado la humanidad— sonríe con el delirio del pobre imbécil, aferrado a la balaustrada de sus instintos bestiales.

Porque cualquier espectador puede compartir el convencimiento de Leonardo respecto a que el amor a la belleza puede embellecer los grises muros de la vulgaridad, y conferir poderosas alas para escapar a la prisión de la grosería. Viendo Vinci quedamos en total acuerdo con el pintor respecto a que el placer más noble es el júbilo de comprender, de conocer, de entender las cosas, y por lo visto ese regusto por el conocimiento también inspira a los productores norteamericanos, porque la Universal está preparando un biopic más de acción y aventuras que histórico, sobre la figura del genio renacentista. Se titulará Leonardo, y al igual que el filme cubano, aborda los años jóvenes de un hombre en plena lucha para que la inteligencia renacentista se imponga en Europa y no regrese a la oscuridad de la Edad Media. Por otra parte, David S. Goyer, guionista de los Batman y del nuevo Superman, está trabajando en Da Vinci's Demons, una serie de televisión que abordará el lado más oscuro del genio a partir del género fantástico y especulativo. En 1971 se estrenó en Europa otra serie de televisión, bastante seria y cercana a lo poco que se conoce sobre la vida personal del pintor y científico. La dirigía Renato Castellani y protagonizaba Philipe Leroy.

En el terreno de la manipulación interesada del símbolo que significan Leonardo y sus obras hay que anotar El código da Vinci, libro y película, pues en su empeño por lograr un escándalo anticatólico ganador de millones de dólares en ventas de ejemplares y entradas, Dan Brown, el autor de la novela, asegura que la “Mona Lisa” fue pintada por Leonardo da Vinci como un autorretrato para satisfacer las tendencias homosexuales y travestis del autor, y que también su título es una referencia codificada a los nombres de los dioses egipcios de la fertilidad, Amón e Isis. Esta última durante un tiempo se llamó Lisa, así que la superposición de los nombres Amon Lisa provocaría el nombre del cuadro famoso. Las fuentes más fidedignas aseguran, a diferencia de Dan Brown, que la modelo es Lisa Gherardini, y que el nombre de Mona Lisa no fue escogido por Leonardo y se le aplicó a la pintura solo en el siglo XIX. Mona es una contracción de Madonna (que significa dama o señora) y además el nombre de “La Gioconda”, que fue el nombre usado por el pintor para referirse a su obra, obedece al apellido de casada de la ya mencionada Lisa Gherardini, pues se trata de la forma femenina de Giocondo, el apellido de su esposo.

De manera que tomar, sin ninguna seriedad ni base científica, la profunda simbología latente en la pintura de Leonardo da Vinci para convertirla en frívola punta de lanza contra ciertos baluartes civilizatorios e históricos, ha venido a ser uno de los últimos y más rentables negocios de los medios de comunicación globalizados. Alguien anunció el fin de la historia, y Dan Brown con El Código da Vinci pretende resucitar el pasado tratando de subvertir, desde el morbo, la provocación y el chisme de alcoba, la significación de un artista cuyas luces son capaces de vencer cualquier infamia o suspicacia. De hecho, el escandalito urdido por un habilidoso comerciante yanqui apenas significa algo frente a los siglos de cultura que Leonardo da Vinci ha impulsado.

 
 
 
 


GALERÍA de IMÁGENES

El genio de Leonardo
da Vinci

 
 
.
© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.